Valeria caminaba deprisa hacia su oficina cuando, de pronto, se dio cuenta de que se había dejado el móvil en casa. Dudó unos segundos, giró sobre sus talones y regresó al edificio. Pulsó el botón del ascensor y, al entrar, respiró aliviada por ahorrarse los ocho pisos de escaleras. Pero la suerte le jugó una mala pasada: entre el séptimo y el octavo piso, el ascensor se detuvo de golpe.
Valeria se armó de paciencia, esperando a que apareciera el técnico o algún vecino apretase el botón de alarma. Fue entonces cuando, filtrándose por las finas paredes de metal, comenzó a oír voces en el pasillo. No tardó en distinguir la de su marido, Gregorio, conversando con otra mujer.
Carmen, mi cielo decía Gregorio, qué ganas tengo de verte esta noche. Me muero por estar de nuevo contigo.
Tranquilo, amor, hoy después de las diez te espero. Mi marido sigue en turno de noche toda la semana, no regresará antes de las siete. Pero debemos darnos prisa, no vaya a ser
¿Y por qué tardaba tanto el ascensor hoy? protestó Gregorio, algo nervioso.
Venga, baja por las escaleras. No quiero que nadie sospeche insistió Carmen.
Durante cuatro minutos, Valeria escuchó sin poder moverse, helada, todos los detalles de la relación y la complicidad de la pareja. Las palabras de Gregorio, colmadas de agradecimientos por los momentos juntos, terminaron por disipar las dudas. Más aún cuando Carmen lo nombró por su nombre, y reconoció en ella a la vecina del octavo, la del piso cuarenta.
Al abrirse finalmente la puerta por fin el técnico llegó treinta minutos más tarde, Valeria ya tenía un plan decidido para esa noche.
Poco antes de las diez, Gregorio se preparó como siempre para su paseo nocturno bajo el aire fresco de la calle.
Valeria, cariño, bajo un rato a estirar las piernas.
Pero, Gregorio, está lloviendo a cántaros en la Gran Vía le advirtió Valeria.
No es problema, cojo el paraguas. No me hace falta más que caminar, que me viene bien para el corazón.
Pues yo que tú, salía al balcón y ya está. Por lo menos no te mojas, y el aire pasa igual, ¿no crees?
No, no. Es mejor así. En una hora estoy de vuelta.
Gregorio salió, pero volvió en media hora, empapado, descalzo y sin paraguas.
Valeria abrió apenas un resquicio de la puerta, que dejó asegurada con la cadena.
¿Y tus zapatos, tu abrigo? ¿Dónde vas así?
Me han asaltado unos tipos bajando por la calle Princesa. ¡Imagínate! Me dejaron sin nada, ni móvil ni cartera.
Tus cosas están junto al cubo de basura, al lado del portal. De paso, saluda de mi parte a Carmen.
¿Carmen?
La del octavo. Con la que respiras aire puro cada noche.
Valeria cerró la puerta y se sentó a ver la televisión, aliviada. Menos mal que los niños son ya mayores y no han presenciado este espectáculo, pensó.
Gregorio, desconcertado, encontró la maleta donde Valeria dijo. Se cambió de ropa y, tras dudar, pensó en pedirle un taxi para irse a casa de su madre. Pero cayó en la cuenta: el móvil lo había dejado en el piso de Carmen. Se resignó y volvió al portal para pedirle el teléfono a Valeria y entonces, el edificio sufrió un corte de luz general. Por segunda vez en el día, el ascensor quedó bloqueado, ahora con Gregorio atrapado en el mismo octavo piso.
Cuando la luz volvió, Valeria ya había salido hacia la oficina. Gregorio, sin llaves de casa, optó por bajar a pie. En el descansillo del octavo, se topó con Carmen, que también llevaba una maleta.
¿Tienes mi móvil? le preguntó Gregorio, de mala gana.
Sí Y tus cosas también respondió ella, visiblemente nerviosa.
Bajaron juntos hasta el portal en silencio. Afuera, tomaron taxis que los separaron en distintas direcciones.
Y así comprendió Gregorio que toda mentira, por cómoda que parezca, termina tarde o temprano saliendo a la luz. Valeria, por su parte, aprendió que, aunque los errores y los desengaños duelan, lo importante es tener la fuerza para cerrar una puerta antes de perderse uno mismo.






