Al gatito lo traicionaron, lo abandonaron y le dieron la espalda por un análisis. En pleno invierno, bajo la helada…

Diario, martes por la noche.

Hoy he recordado de forma amarga la historia de mi gato, uno al que la vida le jugó una mala pasada. Todo ocurrió aquel invierno, en una de esas heladas que calan en los huesos por las calles de Madrid.

El protagonista fue un gato al que llamábamos Tomás. Una vecina lo encontró ante la puerta de su propio portal. Pobrecillo, no paraba de ir de un lado a otro, maullando con desgarradora tristeza, arañaba la puerta de metal helada intentando entrar como fuera, y hasta llegó a intentar morderla, presa del terror. Se notaba a simple vista que nunca había pisado la calle en su vida. Habituado a la comodidad y el calor de un piso, confiado, iba hacia cualquiera que pasaba junto a él: vecinos, desconocidos, daba igual. Se enroscaba entre las piernas, temblando de cabo a rabo, mirando a los ojos de la gente con una súplica clara: sacadme de este horror, devolvedme a mi tranquilidad.

El porqué de su abandono fue insultantemente sencillo. Su dueña se encaprichó de tener otro animal en casa tras ver un anuncio de un gato de raza regalado y se puso con ello. La persona que gestionaba la adopción le pidió que hiciera pruebas médicas a su gato actual. Cuando llegaron los resultados, se descubrió que Tomás portaba el virus de la inmunodeficiencia felina. Bueno, el gato vivía una vida normal, sin síntomas; aquel virus no representaba ningún peligro para humanos ni perros, porque sólo afecta a otros gatos.

A pesar de todo, Tomás sólo era portador; el virus estaba bajo control por su propio sistema inmunitario. Pero la dueña, en vez de informarse, se asustó: No quiero un gato enfermo, a ver si va a ser contagioso. Sin más, no dudó y lo echó a la calle, justo en pleno invierno.

La alarma la dio la portera, Rosalía. Una mujer de esas que parecen de otra época: con autoridad y con corazón. Se dio cuenta de que Tomás ya no merodeaba ante la puerta, sino que yacía hecho un ovillo sobre la nieve, casi en trance. Congelado y exhausto, se iba quedando traspuesto. Y todos sabemos que quedarse dormido en el frío suele tener el peor final. Pero Rosalía no pasó de largo: lo llevó al cuarto de limpieza, extendió su propia chaqueta cerca del radiador y le ofreció parte de su comida unas simples lentejas que compartió. Aquello, para Tomás, fue un auténtico salvavidas: el calor y la comida lograron reanimarle.

Posteriormente, Tomás fue atendido en un refugio. La hipotermia era grave, y la gripe no tardó en pasarle factura, pero con cuidados se recuperó. Ahora está sano, fuerte, ha recuperado la confianza. Está castrado, tiene todas sus vacunas y su cartilla al día.

Es un gato jovencísimo, unos tres años, de carácter manso y puro cariño. Busca a las personas con ansia de afecto: te rodea con sus patitas, te ronronea directamente en el oído, y disfruta cabeceando o buscando caricias. Cada despedida con los voluntarios le parte el alma; volver a la jaula se le hace imposible. Tomás es, sin duda, un gato para estar en un piso, entre mantas y manos que le den amor.

Hoy, al recordar su historia, sólo puedo sacar una conclusión: abandonar por miedo o ignorancia no tiene excusa, pero todavía existen personas buenas, como Rosalía, que salvan vidas en pleno invierno. Aprendí que la verdadera bondad está en los detalles diarios.

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Al gatito lo traicionaron, lo abandonaron y le dieron la espalda por un análisis. En pleno invierno, bajo la helada…
La segunda esposa de mi padre apareció en nuestra puerta una tarde. Traía una caja llena de dulces y dos pequeños caniches que caminaban moviendo la cola.