Desde hace días, Juan no conseguía hallar descanso. Se sentía perdido en su propio hogar, atormentado por la preocupación de que Carmen, su esposa, estaba en Madrid haciéndose unas pruebas. Mientras tanto, él permanecía en su pequeño pueblo castellano, revolviéndose entre la esperanza y la zozobra, esperando alguna noticia de ella.
Carmen nunca se quejaba de nada y Juan, por costumbre, asumía que a su mujer nunca le pasaba nada grave. Treinta años de matrimonio, dos hijos criados. El calor y el orden de la casa recaían sobre los hombros de Carmen. Cocinar, limpiar y esa retahíla de tareas que parecían nunca terminar. Juan pensaba que era lo natural; no era asunto de hombre poner la mesa o tocar los fogones.
Pero Carmen tampoco era una ama de casa convencional: trabajaba como contable en la misma empresa cárnica que Juan. Tras regresar ambos del trabajo, él se dejaba caer en el sofá, poniendo el telediario, suspirando y quejándose del día. Carmen, por su parte, se adentraba directa en la cocina, preparaba la cena y el almuerzo del día siguiente, fregaba los platos, ordenaba la casa y planchaba la ropa, como si el tiempo se fugase entre la espuma del lavavajillas.
En la vivienda siempre brillaba el suelo como si fuera un reflejo del cielo de Castilla. El aroma a guiso reciente se enredaba con la luz de la tarde. Juan odiaba repetir menú y a Carmen no le quedaba más remedio que inventar sabores distintos todas las noches. Nunca levantaba la voz, nunca reclamaba ayuda; tampoco a Juan jamás se le pasaba por la mente ofrecerle una mano. ¿Para qué? Eso no era de hombres.
El día que Carmen pidió un día libre en el trabajo para ir al médico, Juan se extrañó.
¿Te pasa algo, Carmen? le preguntó, atrapado entre la incredulidad y el miedo.
Espero que no Llevo unos días con mal cuerpo, nada más suspiró ella.
Será cosa de la primavera. ¿Por qué no tomas unas vitaminas? propuso él, con la simpleza de quien sólo sabe mirar hacia fuera.
Por la tarde, Carmen fue clara:
Mañana tengo que ir a Madrid, me han dado un volante para unas pruebas más serias.
¿Pero por qué? preguntó Juan, con la torpeza de quien no quiere ver.
Hay una sospecha de algo feo, nada más. Pero aún no hay nada seguro intentó tranquilizarlo Carmen, que ya había agotado las lágrimas antes de que Juan regresara a casa. Ya tengo billete de autobús, saldré a las ocho.
Bueno, ¿has cenado? preguntó él, mirando la maleta sobre la cama.
No tengo hambre.
Juan contempló a su esposa organizar su ropa y no pudo evitar recordar la última vez que prepararon juntos una maleta: iban a ir a la playa, en aquel verano que nunca llegó. Había comprado Carmen dos bikinis coloridos, una blusa blanca con bordados de la sierra de Salamanca y un sombrero de paja que aún guardaba olor a sueños de mar. Pero al final Juan tuvo que sustituir a un compañero enfermo en el matadero. El jefe prometió una paga extra y Juan aceptó. La casa necesita reforma, se repetían. Carmen fingió alegría pero lloró por la noche, diciéndole a Juan que sólo era un mal sueño.
Al año siguiente tampoco fueron, y de pronto Carmen dejó de hablar de ver el mar. Juan se alegraba. ¿Quién necesitaba viajes si en la finca siempre había algo por hacer y amigos a quienes invitar a una barbacoa? Además, allí al lado corría el río Duero.
Ahora Carmen llenaba la misma maleta, pero no para tumbarse bajo el sol, sino para viajar entre pasillos fríos de hospital. Aquella noche Juan no cenó y el sueño no le visitó: escuchaba los suaves sollozos de Carmen y sentía sus brazos convertidos en plomo, incapaces de acercarse a consolarla.
Por la mañana acompañó a Carmen a la estación. Se abrazaron bajo el reloj estancado y Juan sintió que los minutos eran de plomo. Al partir el autobús, unas lágrimas que sabían a trigo quemado le nublaron la mirada.
Carmen Sólo quiero que estés bien musitó al viento terroso.
Volvió a casa y todo era un eco sin sentido. Se obligó a calentar la cena de la víspera y comió a desgana. Quiso evadirse encendiendo la tele, pero no encontró más que ruido. Sacó el álbum de fotos familiar: allí estaba Carmen, cuando se conocieron en el cumpleaños de Tomás, el amigo de la infancia. Ella llegó del brazo de un tal Guillermo y Juan de la mano de Menchu. Pero nada más ver a Carmen, él supo que su vida había cambiado. Si alguien le hablara entonces de flechazos, se reiría. Pero fue así.
Esa noche rompió con Menchu, que se fue llorando, aunque pronto rehizo su vida. Conquistar a Carmen le llevó tiempo. Ella no dio su brazo a torcer hasta meses después, pero al final aceptó los paseos por la ribera y las cartas con hojas de encina, y así se entrelazó su historia.
Con cada página del álbum, Juan sentía que revivía todo lo feliz que había sido. ¿Cuándo fue la última vez que le dijo te quiero? Apenas recordaba haberle dado las gracias siquiera. Pensaba que el amor era cocinar a diario sin rechistar, limpiar la casa y planchar las camisas para él.
Sólo ahora Juan veía cuántas cargas había asumido Carmen. Cuando él enfermaba, ella le hacía una sopa de ajo o una crema de calabacín y le cuidaba la fiebre. Cuando ella se encontraba mal, Carmen misma se preparaba un té y se iba a trabajar.
Durante esos días llenos de sombra, Juan se movía como un fantasma. Llamaba a Carmen, pero ella no decía nada en claro, y él sentía que el tiempo era de gelatina y los muebles respiraban.
Le dolía el remordimiento de haber sido un hombre distraído y egoísta. Si pudiera desandar el camino
Una tarde, al fin, sonó el teléfono. Carmen, del otro lado, tenía otra voz:
Juan, me han dado buenas noticias. No era lo que temíamos Bueno, tengo mis achaques, pero nada grave.
¿De verdad? Carmen, ¡qué feliz me haces! casi gritó Juan.
Días después fue a buscarla a la estación. Llevaba en las manos un ramo de lirios blancos, su flor preferida.
Juan, ¿y todo esto? rió Carmen. Con lo caras que están las flores en esta época Pero gracias, de verdad.
Él la abrazó, respirando el aroma de junio en su pelo.
No sabes lo que he llegado a temer por ti. Te quiero, Carmen. Perdóname.
¿Perdonarte? ¿Por qué? ¿Me has puesto los cuernos?
¡Qué va! se apresuró él. Sólo que no he sido el mejor marido. No te he ayudado casi nunca. Pero va a cambiar. Por cierto, tengo una sorpresa: he comprado dos billetes. El mes que viene, en vacaciones, nos vamos a la playa. A la de verdad.
¿En serio? ¿Y la finca?
Bah, que le den. Si quieres, la vendemos y compramos las berenjenas en la plaza Mayor de Salamanca.
No te reconozco dijo Carmen, con media sonrisa.
Yo tampoco a mí mismo. Pero perdí noches en velas pensando que podía perderte. A partir de ahora, te cuidaré como al último tesoro de Castilla. Te quiero, Carmen.
Ay, Juan A veces la vida pone estas pruebas sólo para que recuerdes lo que importa sonrió ella, cogiéndolo del brazo mientras volvían andando a casa, bajo el sol dorado y surreal de la siesta castellana. La casa, de pronto, parecía latir de nuevo.






