Nunca Jamás

Nunca
…Salvador se asomó a la azotea, hecho una furia, tembloroso, y se quedó helado mirando a la mujer. Era la típica abuelita de barrio, con su gabardina descolorida, los rizos entre grises y lilas en la cabeza minúscula, flaquísima, las manos finas entrelazadas en el regazo, las piernas débiles enfundadas en medias color arena y unos zapatos anchos, con puntera cuadrada, de los que su padre solía decir: Adiós juventud.

Sí, esos zapatos, precisamente. Y sí, ella, la abuela, era como cualquier abuela de las que Salvador dejaba sentar en el autobús, con las que se peleaba en la cola de la frutería, las que charlaban sentadas en los bancos descascarillados de las fachadas de ladrillo visto de cualquier barrio castizo de Madrid. Y es que la ubicación natural de aquellas abuelitas era el solecito, la tranquilidad, la calma y el banco. Ahí apuran la vida, decía su padre con una mueca sarcástica. O van tirando, si se ponía cínico.

Pero no. Esta abuela que tenía ante sus ojos, inusitadamente paralizado, no estaba sentada en un banco, sino en el filo de la azotea, en el borde helado del metal verde, mirando al horizonte con las piernas colgando. Una tira de sol al ocaso, medio tapada por nubarrones negros, le sedaba la mirada. Ella entrecerró los ojos, revolvió en el bolso, se puso una boina, metiendo a trompicones los rizos entre la lana con esos dedos torcidos de artritis. La cara se le había teñido del rubor anaranjado del atardecer.

Salvador tragó saliva.

¡Esa abuela no pintaba nada aquí! Nada de nada. Todo tenía que ser distinto. Todo el drama era para él solo, para el pobre Salo atrapado en su tragedia, despeinado, con la nariz roja, peleado con el mundo, subido en una fría azotea resbaladiza, oxidada por las lluvias de Madrid, la luz hiriente del sol en los ojos y una rabia amarga como la espuma de un carajillo en el paladar. ¡Eso! Solo él, el corto vuelo y el ya está: el salto. Después vendría el llanto eterno de su madre en el cementerio y así, Salvador conseguiría vengarse por fin.

La lana de la boina le había desbaratado el plan. Qué inoportuno tener testigos. No quería que la abuela armara el escándalo con “¡Por Dios, paren esto!”, sujetándole de la pernera, de la manga Y los vecinos, como hormigas abajo, levantarían la vista, lo reconocerían, llamarían a su madre, que saldría del trabajo corriendo, destrozada, y bajo la lluvia de súplicas acabaría echándolo todo por tierra.

Su padre, don Manuel García, investigador en el CSIC, diría de esta mujer que era “normotípica”. Don Manuel adoraba esa palabra. Que si el vecino no lo era, que si la señora del bajo menos aún, que si la profesora sí pero el de tecnología, don Jacinto, del que aprendió de niño a hacer taburetes, pues ya había pasado la frontera de lo normal hace décadas.

Su padre sabía mucho, era listo, una especie de psiquiatra pero sin receta; escribía artículos, observaba, apuntaba. “Soy un científico, Salvador”, le decía. “Observo cómo la sociedad se embrutece. Ni te imaginas las taras que vamos acumulando. Y tus compañeros del cole, ni te cuento…”

Ahí aprovechaba la mínima para soltar el sermón sobre lo deficientes que eran las nuevas generaciones, pero su madre, Mercedes, siempre cortaba en seco:

¡Basta ya, Manolo! Eso no es ni ético ni bonito. Salo es amigo de ellos, son buena gente. ¡Cállate ya, que me das asco con tanto análisis clínico!

Y entonces su padre se encendía y empezaban a discutir.

A Mercedes le molestaba la actitud de Manolo, aunque cuando se casaron ya sabía el material del que estaba hecho. Lo eligió precisamente por ser tan culto, tan leído, el típico que queda bien en el teatro o en una reunión. Un pelín plomo, sí, pero eso les pasaba a todos los estudiosos, y era, seguro, solo por envidia.

Como marido tampoco era para echar cohetes, o eso pensaba la propia Mercedes cuando le entraban las dudas en la cabeza. Pero Manolo la eligió, se lo curró, fue delicado; no forzó nada, fue hasta cursi con los versos y los halagos, y eso a ella, que había crecido con un par de mujeres secas una madre y una abuela a las que jamás pudo contentar, la derretía enterita.

Mercedes conoció a Manolo en el CSIC, en unas prácticas aburridas rellenando tablas y cifras. Y entre decenas de chicas normales, él la vio a ella, tan normotípica y previsible… Y así empezó todo.

Se casaron, Manolo quiso hijos inmediatamente y Mercedes, después de un parto complicado, trajo al mundo a Salvador, que no se parecía nada al padre: pelirrojo, cejas blancuzcas, paliducho. Manolo no decía nada, pero fruncía el ceño. El niño, eso sí, era un encanto: anduvo antes que nadie, hablaba como una cotorra, memorizó el abecedario a los tres años, y con cuatro leía gracias a la abuela, doña Pilar, madre de Manuel. Con cinco y medio, Manolo decidió que a la escuela directamente.

¡Este crío no es normal! Es superior a la media, hay que explotar ese potencial decretó el patriarca.

Y por explotar no quedó: colegio, inglés, natación, orquesta, teatro Mercedes los llevaba a todos, y ambos, por las noches, rendían cuentas del día. Don Manuel, sorbiendo el té en su taza de porcelana fina (herencia de tía Encarna), escuchaba, a veces torcía el gesto si el progreso no era espectacular, y recordaba que el desarrollo infantil tiene mesetas y que, tras el estancamiento, llega el torrente de sangre (metafóricamente, claro) y el reconocimiento, el verdadero.

Salvador crecía, el padre envejecía. Once años más mayor que su madre, Manolo lucía ya canas en las sienes, según él, fruto de la preocupación: el mundo en declive, arte en decadencia, los críos cada vez más tontos

Pero tú, Salo, y los como tú, sobreviviréis. Yo ya no lo veré, ¡qué tragedia!, decía, deseando que Mercedes o el propio Salvador le aseguraran que iba a vivir mucho, disfrutar de bisnietos genios

Y Mercedes no compraba el drama. Y Salo, cansado, cada vez más serio y peleón como su progenitor

Las peleas de sus padres fueron cada vez más frecuentes. Nadie le explicaba nada, lo mandaban a estudiar. “Las peleas forman parte de la vida”, repetía su padre.

¡Ya está, en un rato se les pasa! afirmaba también Miguel, el mejor amigo. En casa de Miguel, ni normotipos ni gaitas; los padres, un desastre etílico, y Manolo prohibía la amistad. Pero, ¿quién puede resistirse a Miguel?

La tregua nunca llegó. Un día, al volver de natación, Salvador oyó gritar a su madre desde la cocina.

¿De verdad se te pasa por la cabeza dejar a tu madre en una residencia? ¿No ves que es tu madre? La podemos traer aquí, cuidar Si no, buscamos una buena cuidadora. Pero lo que pretendes es inhumano, Manolo, ¡INHUMANO! ¡Como quien abandona un perro viejo!

La comparación fue demasiado.

Su padre, resignado, mascullaba algo de previsible, lógico, ya lo he pensado.

Y entonces, a gritos, dijo que estaba decepcionado con Mercedes, que no lo entendía ni eso, que ni se le ocurriera seguir alzando la voz porque la había elegido estudiando el árbol genealógico, y que sin él, ella no era nadie.

Gracias a ti, no soy nadie le corrigió Mercedes. Pero sí, reconocía que en su momento le encantó la idea de ser la elegida y se creyó la historia del amor y sentir ¡Pero era sólo cálculo! Y a la pobre Pilar, nunca se lo perdonaría. ¡Vete ya!

Salo, desconcertado, captó la feroz mirada de su madre, huyó del piso y se marchó corriendo por Madrid, resuciándose el jersey y los pensamientos.

Al llegar la calma, tomó una decisión: “Esto será temporal. Mañana todo como siempre”, se dijo.

Pero el día siguiente arrojó la cruda realidad: a Manolo le prepararon la maleta y la bolsa en un plis, sin desayuno. Camisas, trajes, calzoncillos, una bolsa con las zapatillas de casa, colonias baratas Intentó recuperar cosas, pero Mercedes no se lo permitió.

Vas a correr a la calle, ¡ya verás! gritaba él, con la nariz temblándole. Luego volverás arrastrada, ¡y nanai!

Ella, con una dignidad de premio Goya, lanzó la bolsa al descansillo, y seguro que unas gafas se rompieron.

Vete a montar el numerito a otro sitio, Manolo.

Él amagó con la mano, pero Mercedes, imperturbable, le cruzó la cara con una bofetada perfectamente perfeccionada con los años. Y fin.

Salo, desde la puerta, sintió vergüenza ajena.

Manolo se marchó asegurando que llamaría a medio Ministerio, que Mercedes acabaría encerrada.

Ni se despidió de Salvador.

Mamá, ¿qué está pasando? atinó a decir el chico. Mercedes, furiosa, barría el suelo de la entrada con saña de ama de casa cabreada.

No voy a estar más con tu padre, Salo le espetó. Hoy mismo, empezamos de cero.

¿Es una broma? Pronto volveréis, ¿no? insistió Salo, perdido.

No. Ya nunca será como antes, y mejor así. Ahora le puedes llamar cuando quieras si lo necesitas.

Mercedes se fue a la cocina y al rato estaba hasta cantando. Salo, ese día, ni colegio ni nada. ¡Había que pensar!

¿Cómo sería seguir sin padre? La sola idea le provocaba sudor de manos pese a que a su padre no le hiciera ni pizca de gracia su manía de cogerle la mano.

Intentó llamar a Manolo, lo ignoró, después le colgó y al final acabaron gritándose.

¿Qué quieres? Dile a tu madre que vuelva de rodillas, que me lo supliche y entonces, ya veremos le gritó el padre.

Papá, que no es eso, quería preguntar

Pero Manolo no le dejó, lo llamó de todo y colgó.

“No es justo”, pensaba Salo. “La mala es mi madre. No yo”. Y Mercedes ni explicaciones le dio.

Aquella noche, su madre ni lo miró. El día siguiente le soltó la bomba: harían sitio en casa para la abuela Pilar, la madre de Manolo.

¿Para qué? Si tiene casa propia, aquí vamos a estar como sardinas protestó Salo, que recordaba a la abuela según la versión paterna: sí, la de ya no está bien de la cabeza.

¡Eh, ni una palabra! dijo Mercedes, tajante. Pilar está mayor, nos ayudó mucho cuando tú eras pequeño, ahora le toca a ella. Así es lo humano.

Salo miró a su madre tan crítico que cualquiera diría que la estaba evaluando el mismísimo tribunal de Salamanca. Ya nadie pensaba en lo que él sentía, sólo dictaban y punto.

Enfadado, se encerró en su cuarto. Allí gestó su pequeña venganza: notita de despedida en la que culpaba a Mercedes de todo, recordando cada agravio, especialmente ese de desplazar a la abuela y expulsar al padre. Dejó la nota sobre el mantel y subió a la azotea a consumar el patético cuarto acto de su drama casero.

El viento en Madrid le hinchaba la camisa; le castañeaban los dientes.

La abuelita, que también parecía tener frío, se arrebujó y, girando al notar la presencia del chico, lo saludó.

Buenas tardes, joven, si no bromea. ¿A mirar el sol se viene, eh? Aquí tienes sitio, si te apetece.

Salvador quiso decirle que ni sol ni gaitas, pero algo de la forma en que la mujer se lo decía le detuvo.

Avanzó como pudo, los tenis traqueteando sobre la chapa. Imaginaba que todo el barrio lo oía, que pronto llegarían bomberos, policía, los del ambulatorio y la prensa. Fin de la escena.

Toma asiento, que aquí hay hueco, anda insistió ella. Fíjate, el sol está ya besando la tierra.

Subió la mirada y, efectivamente, el cielo se arremolinaba en ocres y morados.

El corazón del chico dio un salto tonto. Aquella expresión La decía mucho Pilar cuando veraneaban en Laguna de Duero, sentados en el porche viendo el universo teñirse de oro. A Salvador le prohibieron más veranos allí, pero recordaba a la abuela diciendo El sol besa la tierra

Recordó a Pilar, ahora ya una anciana asustada, encogida, los ojos grandes de tanto miedo.

Mientras pensaba, la abuelita se movió y señaló con el dedo abajo.

Ahí, mira informó.

¿El qué?

Pues ahí será mejor si te quieres tirar. Que ahí abajo hay coches, pero a la izquierda, solo lila. Y la lila, cariño, merece seguir creciendo dijo tan seria como si estuviera hablando del precio de los garbanzos de León.

¿Me lo dice en serio? Tendría que irse a casa, esto es peligroso para usted, no para mí masculló Salvador, irritado.

¿Ah sí? ¿Y dónde está el sitio de los viejos? En ningún lado, somos un estorbo. Aguantamos hasta que se acuerdan de echarnos. Pero mira, algún día lo entenderás suspiró.

Salvador se encogió de hombros. Su padre detestaba el victimismo gerontológico, así que él lo veía igual. Pero algo no cuadraba.

Váyase. En casa la esperan, seguro.

Ahora iré, pero a ti te da miedo estar solo, confiesa. Sin mí la lías. Tienes derecho a equivocarte, pero la lila no tiene la culpa. Elige otra vida le aconsejó, con la sabiduría de los cuentos de la abuela.

¡Eso lo decido yo!

Tú sí Pero tu madre seguro que se preocupa. Habla con ella, explícale todo antes de lanzarte a ninguna parte, ¿vale? Y deja en paz la lila, que veranos y atardeceres quedan aún.

Ese nunca más le sonó ensordecedor, profundo, irreversible. Nunca más volvería a nada, ni vería a su padre, ni conduciría, ni besaría a una chica, ni sería la cabeza pensante de la familia Nunca.

Salvador sintió frío y miedo real, no por su madre, a la que aún odiaba, sino por sí mismo. Y sobre todo sabiendo que dolería. La abuela lo sabía, claro

De pronto la azotea era más oscura y más hostil. Cruzó la cabeza bajar Y qué menos, debía ayudar a la abuela, esa mujer no llegaba sola al hueco de la trampilla.

Venga, baje con nosotros, le invito a un té dijo. Aquí no está bien, es peligroso.

Ella plantó las manos, terca como una mula, y negó.

No. No pinto nada en vuestra casa. Ven, vete tú, yo me quedo.

De eso nada.

Claro que sí. Hasta pegó un saltillo para subrayar su decisión.

Resoplando, Salvador tiró hacia la trampilla, pensó en buscar ayuda, a su madre. La llevó a la azotea, le explicó nervioso.

Subieron a todo correr, se asomaron; no había nadie. Solo el barrio, las farolas encendidas, el perro mestizo de la señora Consuelo.

¿Se habrá ido, mamá?

Seguro

Decía, como la abuela Pilar, que el sol besa la tierra

Mercedes se sentó rendida en el pavimento frío, se llevó las manos al rostro emocionado. El fresco le aclaró la cabeza.

Sí A Pilar la trajo tu padre una vez y la dejó en la residencia. Fui hoy a verla. Tenían cena, gachas. No le dieron cuchara. Se le olvidó a alguien, nada grave pero tu abuela, abochornada, llorando, comía con la mano. No me atreví a contártelo Quería que siguieras viendo a tu padre como el bueno. Pero nuestra Pilar no puede vivir así, tiene que estar en casa, aunque estemos apretados, con su calorcito, el té en nuestro salón y no en una habitación que huele a lejía.

Mercedes empezó a llorar de verdad, con las manos temblando.

Salvador no sabía qué hacer. Pero abrazó a su madre, como cuando era pequeño y las pesadillas lo devolvían descompuesto a la cama de la infancia, buscando refugio y sollozando bajito. No había que explicar nada, solo abrazar y decir, como le decía ella antes, que todo iría bien.

Y la nota de despedida, la dramática, acabó en el cubo de la basura. Canceló su “nunca”.

Traer a la abuela Pilar fue complicado, claro. Manolo, digno hasta el final, proclamó que Mercedes solo lo hacía por la pensión y que la abuela debía cederle el piso y la parcela en Soria. Abogados, notario, documentos. Mercedes sufría, pero lo logró: Pilar acabó con ellos en el piso pequeño y soleado de Carabanchel.

¿Fue fácil? No. Pero ganaron algo que ni el mejor científico podría medir: la tranquilidad de que jamás abandonaron a Pilar.

Muchas veces, Salvador pensó en aquella abuela de la azotea, que no era ni del portal ni del barrio, ni figuraba en ningún censo. ¿De dónde apareció? ¿Se la inventó? A veces, mirando el atardecer, volvía a ver la boina y los rizos al viento en el filo de una azotea y sentía que eso, en realidad, era lo importante: aparecer en el sitio justo en el momento preciso para recordarse a uno mismo que la vida sigue, pase lo que pase. Para Pilar, para Mercedes y para Salo, el sol besará la tierra mil veces más. Aunque el padre los tilde de tarados. Y que siga, que para algo está la ciencia; para las emociones, mal que pese, todavía no han inventado tesis. Y es que esto no va de normas: va de amor. Y a don Manuel, sencillamente, le faltó ese gen.

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