Diario de Valentín
Perdone… ¿No cree que ya ha bebido suficiente?
¿Perdón? me sobresalté y alcé la vista. Delante de mí se encontraba una joven.
Le digo que quizá debería dejar de beber. Además, dudo que le ayude a solucionar su problema.
¿Y por qué cree usted que tengo algún problema? No le he contado nada.
No me hace falta que me cuente nada la chica sonrió. Se le nota todo en la cara. ¿Sabe qué? Mejor le preparo un buen café, que seguro le sentará mejor. Y si quiere, charlamos un rato.
La miré con detenimiento, intentando descifrar sus intenciones, y al final levanté la mano en señal de indiferencia. Que haga lo que quiera, total, peor ya no puede ir la cosa.
*****
Al salir del edificio, busqué por los alrededores a Carmen Guillén.
Al verla cerca del cercado de los perros, estuve a punto de llamarla, pero me contuve: ¿para qué gritar si podía acercarme directamente?
Dejé la mochila de herramientas en el suelo y fui caminando, con paso firme, hacia ella.
Carmen, ¿le puedo robar un minuto? le pregunté a la directora del refugio.
Ah, eres tú, Valentín se volvió de golpe. ¿Cómo lo llevas?
Casi terminado. Pensaba dejarlo todo listo hoy, pero calculé mal el tiempo. Así que tendré que volver mañana. Seguramente acabaré antes de la comida, y ahí liquidamos cuentas. ¿Le parece bien?
Justo mañana estaré aquí toda la mañana respondió, sonriendo. ¿Y cuánto te debo?
Lo que acordamos, no más. Ha sido culpa mía no llegar a tiempo.
De acuerdo. ¿Te acompaño a la salida?
Puedo ir solo, pero si insiste, no me quejaré. Déjeme recoger la mochila.
Fui corriendo a por ella y regresé con Carmen hasta la verja metálica.
De profesión soy electricista, y llevaba tres días en este refugio cambiando toda la instalación eléctrica y poniendo enchufes en la oficina.
Una faena sencilla, planeada para acabar en tres días. Y no lo logré. Por poco.
Mañana, para colmo, era un día importante.
Mañana era 14 de febrero Día de San Valentín y tenía preparado un plan para sorprender a mi novia, Beatriz.
No solo una cena romántica cocinada por mí por supuesto sino también…
…pensaba pedirle matrimonio a Bea.
Esperaba, de corazón, que dijera que sí.
No tenía motivos reales para preocuparme, pero la inquietud era inevitable; supongo que es normal cuando vas a dar un paso así por primera vez.
Aquello era exactamente lo que me había despistado ese día. No podía dejar de pensar en el menú, en el momento exacto para arrodillarme, en cómo pedirle la mano a Bea.
Nos conocimos hacía casi un año. Al principio sólo nos veíamos tras el trabajo: una cafetería aquí, un paseo por el Retiro allá, una película en la Gran Vía.
Luego, fue ella la que propuso que viviésemos juntos. Yo había llegado de una aldea de Castilla, y alquilaba una habitación lejos del centro.
Beatriz, también de fuera, alquilaba un piso de dos habitaciones cerca de Argüelles. Así que lo lógico fue invitarme a mudarme con ella: así estaríamos uno en brazos del otro al despertar y, además, compartiríamos los gastos.
¡Por supuesto! le respondí sin dudar. Mañana mismo llevo mis cosas.
Todo marchaba sobre ruedas. A Bea no le faltaban virtudes: guapa, pizpireta y con unas piernas interminables.
Sí, puede que solo cocinase lo justo, pero a mí tampoco se me daba nada mal. Me habían enseñado en casa: no solo podía hacer unas lentejas, sabía preparar también cocido madrileño y hasta carrilleras los fines de semana.
A Bea le encantaba presumir de ello con sus amigas.
Incluso las traía a casa para que yo demostrase lo que cocinaba. Una de ellas lo decía con envidia:
Ay Bea, ¡la suerte que tienes! Valentín es una joya. El mío ni sabe calentar un paquete de salchichas, el pobre… Y vosotros, ¿por qué no os casáis de una vez?
¡Que se lo curre él! respondía Bea, divertida. El que tiene que pedir matrimonio es él, ¿no?
Todavía no había presentado a Beatriz a mi madre, Rosa. No por falta de ganas, sino por falta de oportunidad. Pero la conocía muy bien de oídas, las historias que yo le contaba por teléfono. Mi madre ya esperaba al conocer a su futura nuera.
Estaba convencido: si le pedía matrimonio y aceptaba, lo siguiente sería ir juntos al pueblo a presentarles.
Ese pensamiento me dio aún más nervios en la víspera.
Aquel día en el refugio casi terminé mi faena y, junto con Carmen, caminaba hacia la verja. Ella me desvió por el camino a propósito para enseñarme unos interruptores que no funcionaban bien.
Oye, ¿tú crees que valdrá la pena arreglarlos? me preguntó. Dímelo de verdad, porque estamos sin un duro, todo se va en pienso y veterinario.
Mejor los cambio y ya está le respondí. Mañana mismo te los pongo, gratis.
¡Gracias, hijo mío! dijo, aliviada. Perdona que siempre hable de dinero, pero no sabes lo complicado que está todo…
Ningún problema. Mañana los dejo al pelo. Ahora, si me disculpas, que ya es tarde.
Cogí la mochila, pero, justo entonces, algo en uno de los cercados llamó mi atención…
Una gata muy bonita estiraba las patas por la reja. Lo raro era que no tenía ojos. El contraste me dejó clavado en el sitio.
Esa es Lucía… suspiró Carmen al ver mi cara.
¿Y qué le ha pasado?
Me acuclillé junto a la verja y alargué un dedo. La gata empezó a ronronear dulcemente. Sentí un cosquilleo, como una descarga. No precisamente 220 voltios, pero sí algo intenso.
No quise mirarla directamente a la cara vacía y, en su lugar, miré a Carmen.
¿No ves? volvió a suspirar. Lucía sobrevivió a una infección letal, pero perdió la vista.
No supe qué decir. Carmen siguió:
Nadie había logrado que ella se acercase desde entonces. Se ha vuelto arisca, pero a ti… has debido de gustarle.
¿Cómo? No puede ni verme…
Pero siente. Lucía es especial. Lo malo es que es caso perdido.
¿Por qué?
Porque no la querrá nadie, por ser así. Ya se fue adoptada una vez, cuando aún conservaba los ojos. Pero acabó de nuevo en la calle y una empleada la trajo de vuelta. Nadie quiere a una gata ciega. Y cuando uno de los nuestros vuelve, suele ser para siempre…
Caminé de vuelta a casa un barrio de Madrid cualquiera con el ánimo hecho trizas.
Lucía me había conmovido. Toda la noche estuve pensando en ella, incluso durante la cena, con la cabeza en otra parte.
¿Te pasa algo, Valentín? me preguntó Bea, notando lo callado que estaba.
Nada, sólo trabajo. Mañana termino en el refugio, pero quiero dejarlo todo perfecto antes del mediodía.
¿Y luego, planes?
Por la noche, tengo una sorpresa. Y preferiría pasarla aquí, en casa.
¿En casa? ¡Pensé que íbamos al restaurante! ¿No sabes qué día es mañana?
No se me olvida. Pero para tu sorpresa, aquí es mejor.
Bueno… Espero que tu sorpresa compense el glamour del restaurante.
Te aseguro que sí.
Después de la cena hice lo de siempre: recogí y fregué los platos. Por la noche, mientras Bea dormía a mi lado, yo sólo podía pensar en Lucía. Su imagen, sus patitas, su ronroneo… Hasta me dormí así.
*****
Al día siguiente, rematé los trabajos, dejé los interruptores listos, cobré y, antes de despedirme, volví a la jaula de Lucía.
En cuanto me acerqué, la gata corrió a la reja, maullando y extendiendo las patas. Sonreí:
¿Y cómo sabes tú que soy yo…? le pregunté en voz baja.
Toqué su pelaje suave. Otra vez, esa descarga cálida. Me pasé más de una hora allí, acariciándola, escuchando su ronquido.
¿Valentín? me llamó Carmen, extrañada al verme allí aún. ¿Sigues aquí?
Me incorporé, algo apurado.
Charlando con Lucía me excusé. Es increíble lo buena y cariñosa que es. No entiendo cómo nadie la quiere llevarse.
Porque la gente busca mascotas perfectas. Lucía, ciega, no tiene oportunidades. Si no fuera por ti, seguiría ignorando a todos. Sólo a ti te busca, fíjate.
Pensé entonces: ¿A quién le importa la perfección?, recordando algo de Sabina: la luna tiene cráteres, el mar es salado, las nubes cubren el sol… Todo lo bello tiene sus imperfecciones.
Lucía era especial. Se merecía un hogar. Se merecía ser feliz.
Voy a adoptarla, Carmen dije de pronto, emocionado.
¿De veras?
Sí. Vivo con mi novia y quiero consultárselo, pero creo que no pondrá pegas. Mañana te llamo.
Aquí te espero repuso Carmen, a punto de echarse a llorar.
*****
Nada más llegar a casa, me puse a preparar la cena especial.
El ánimo lo tenía por las nubes: iba a pedirle matrimonio a Bea y, además, Lucía vendría a vivir con nosotros. Tenía fe en que Bea acabaría aceptando a la gatita. Es especial.
¡Madre mía! exclamó Bea al entrar y ver la mesa puesta. ¿Cuándo te ha dado tiempo a hacer todo esto?
Se saca tiempo, mujer.
¿Romántico, eh?
Eso mismo. Ve lavándote las manos y siéntate. Tengo una sorpresa más.
Bea fue al baño. Yo saqué de mi bolsillo la caja con el anillo, la abrí, comprobé que todo estaba correcto y la guardé de nuevo. Todo marchaba según lo planeado, cosa que me tranquilizaba.
Solo que…
…no imaginaba lo que iba a pasar después. Cuando le conté mi idea de llevar a Lucía, Bea no solo se negó, sino que organizó un numerito.
¿Tú estás bien de la cabeza? ¿En un día como hoy lo mejor que se te ocurre es hablarme de una gatita, y encima ciega?
Quería comentártelo. Entiéndeme… Nadie más la adoptará. Merece un hogar. Además, es adorable, seguro que te cae bien. Te enseñaré fotos…
Busqué una imagen en el móvil.
¡No! ¡No y no! ¡No quiero esa gata, ni ninguna! No soporto los animales, nunca me han gustado; ni perros ni gatos ni ratones. Las personas con personas, los animales en la calle.
Pero yo…
¡Pues te has lucido, Valentín! Me has fastidiado el día. Pensé que tendríamos una velada especial, con vino y velas, y vas tú y me sales con esto. Me voy con mis amigas al bar. Quédate aquí mirando fotos de ese monstruo.
Se fue dando un portazo, mientras yo me quedaba en la cocina, apretando la caja del anillo. No era la noche que esperaba…
*****
Me encontré, horas después, en la barra de un bar, bebiendo un brandy. Yo, que apenas bebo normalmente. Pero necesitaba ahogar la frustración.
Ya ves, la pedida de mano… me repetía, recordando el escándalo de Bea.
No sabía qué hacer. Quería a Beatriz. De lo contrario, ni me habría planteado proponerle matrimonio.
Pero también quería sacar a Lucía del refugio. Lo había prometido.
Si elegía a Bea, debía olvidar a Lucía, que ya estaría esperándome mañana. ¿Y qué sentiría la pobre si la traicionaba? ¿Podría soportar otra decepción?
Si elegía a Lucía, me tocaba buscar piso. Bea no iba a aceptar vivir conmigo y la gata.
Perdone… ¿Por qué no deja de beber ya? me interrumpió la camarera.
¿Eh? la miré sorprendido.
Que este no es el camino para arreglar sus problemas.
¿Y cómo sabe que tengo problemas?
Se le nota. No hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta. Todos los hombres hoy están con su pareja. Usted está solo. Y bebiendo mucho. ¿Han discutido?
Sí… pensaba pedirle matrimonio. Tenía todo preparado… y al final hemos discutido por una gata.
¿Por una gata?
Le conté todo sin saber muy bien por qué. Ella escuchó en silencio. Cuando terminé, me entregó una notita escrita a mano.
¿Esto qué es? pregunté.
Un detalle, para que lo recuerde. No soy adivina, pero estoy segura de que todo irá bien para usted. Se le nota buen corazón.
Leí el mensaje: El amor es más fuerte que nosotros.
Esa noche no lo entendí del todo. Pero sí me quedó claro que no iba a pedirle nada a Bea.
Y que no iba a seguir con ella. Porque jamás traicionaría a Lucía.
*****
Un mes después.
Me fui de casa de Beatriz, sin haberle propuesto nunca matrimonio. Volví a mi antiguo piso en Carabanchel, con Lucía. La dueña, encantada, no puso pegas por la gata.
¡Es preciosa! me dijo, asombrada, al verla.
Todas las gatas lo son le sonreí.
Y la verdad, vivir con Lucía fue sencillo. Al principio tenía mis dudas, pero pronto me di cuenta: la gata se movía por la casa como cualquiera; saltaba al alféizar, me esperaba en la ventana y después corría a la puerta cuando me oía llegar.
No sé cómo ve que soy yo, pero tampoco importa. Lo importante es que ya nunca más está sola.
Y yo tampoco, de algún modo.
No faltó mucho para que la felicidad llegara de otra manera.
Uno de esos sábados de limpieza, Lucía sin querer tiró al suelo la notita que me regaló la camarera. La recogí y, al releer El amor es más fuerte que nosotros, lo comprendí.
Elegí a Lucía porque la quería de verdad. Y el corazón tiene razones que la razón no entiende. Pero había algo más.
Recordé a la camarera. Simpática, distinta, no perfecta quizá, pero me pareció guapa y triste a la vez. Entonces no le di importancia, pero igual era el momento.
Tengo que buscarla me dije, guardando la nota en el bolsillo.
¡Miau! Lucía pareció animarme.
Aquel mismo día fui al bar. Por fortuna, ella trabajaba esa noche.
El lugar estaba tranquilo, la chica limpiaba vasos, tomando notas de vez en cuando.
Buenas noches la saludé, sentándome al fondo de la barra.
Buenas noches respondió, y vi que sus ojos brillaban al verme. ¿Todo bien esta vez?
Todo en orden. Solo quería agradecerle de corazón su ayuda. Y preguntarle si le gustaría dar un paseo conmigo después de su turno.
No me lo esperaba… Pero sí, me encantaría rió. Por cierto, me llamo Nuria.
Yo, Valentín.
Esa noche paseamos hasta el amanecer. Hablamos sin parar, tan a gusto que nos costaba despedirnos. La amistad pronto dio paso al cariño, y después…
Ahora vivo con Nuria y Lucía.
Nuria y la gata se entendieron desde el primer minuto. Verlas compartir juegos y cuidado me hace pensar: Qué suerte tener a alguien que ama a los animales como yo.
Y sí, estoy planeando pedirle a Nuria que se case conmigo. Me da respeto, pero por alguna razón, ahora sé que esta vez irá bien.
La vida me ha enseñado algo, y lo iré guardando en el corazón: hay amores que son más fuertes que nosotros, y tomar el camino que marca el corazón, aunque a veces duela, es lo correcto.






