Promesas Olvidadas

Promesas Olvidadas

El viento otoñal jugaba con las hojas secas en la calle de Madrid, pintando formas caprichosas bajo la luz dorada de la ciudad. Alba estaba pegada al cristal frío de la ventana, la frente apoyada, viendo ese baile nostálgico de la naturaleza. Por dentro, su ánimo era igual de gris que el cielo de principios de noviembre.

En la habitación de al lado, Sergio se preparaba para ir a la oficina. Volvía a revisar dos veces si había cogido todos los pendrives, guardó el portátil en la mochila y metió, casi de refilón, la carpeta de informes. Vale, parecía que todo estaba listo.

¿Vas a llegar tarde otra vez hoy? Alba preguntó sin alzar la voz, aunque por dentro notaba un temblor de nervios. Hizo un esfuerzo por ocultar lo que realmente sentía.

Probablemente sí contestó Sergio sin siquiera mirarla, mientras se ajustaba la americana. Tenemos que acabar una presentación para el cliente.

Alba aferró la taza de té, tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos. Siete años atrás todo era tan distinto. Él le pedía ayuda con la presentación de su fin de carrera, sentados en el suelo del primer piso de alquiler, con el portátil sobre la mesita destartalada. Se reían juntos, cambiando diapositivas chapuceras…

Ahora parecía que una muralla invisible se había alzado entre ellos. Los recuerdos cálidos del pasado eran solo un eco lejano y el presente era frío, incómodo.

Si quieres, te echo una mano sugirió ella con una esperanza tímida, dispuesta a aprovechar su día libre para pasar aunque fuera un rato juntos.

Sergio levantó la mirada solo un segundo, para enseguida apartarla. Se abrochó los botones como si tuviera prisa por desaparecer.

Tranquila, es fácil. Los compañeros lo sacan, y además no les pagan precisamente mal por ello.

Las palabras le rasgaron el pecho como un bisturí. Compañeros. Antes le contaba con ilusión historias de todos, diciendo lo increíbles que eran. Ahora todos eran simplemente compañeros, casi deshumanizados.

La puerta principal cerró de golpe; Sergio ya se había ido. Alba se dejó caer en una silla, la mirada perdiéndose en el batiburrillo de papeles, platos y tazas. Sobre la mesa, entre el caos, brillaba un rectángulo blanco: un recibo del restaurante por trescientos treinta euros. Gastos de trabajo, fue lo que le soltó entonces.

La última vez que ella había propuesto ir a ese sitio, él se negó en redondo.

Bah, es todo postureo. Comida cara y normalita. Para impresionar a socios, si no, yo ni entraba.

Alba se tapó los ojos y contuvo las lágrimas. ¿Cuándo fue la última vez que salieron juntos? ¿Tres años atrás? En su aniversario… pero ya no estaba ni segura.

*****

Acurrucada en el sofá, rodillas al pecho, Alba trasteaba sin ganas las fotos del móvil. Cada imagen era una puerta a aquel mundo donde el amor parecía eterno.

Allí estaban en la playa despreocupados, felices. Sergio llevaba un bañador horrible de rayas, que ella había escogido solo para hacerle rabiar. A ella le daba un ataque de risa porque él acababa de derramar el helado sobre la camiseta. En otra, en el Retiro, alimentaban patos, y ella fingía estar celosa por la cantidad de pan que les daban.

Avanzando entre las fotos, encontró una de su primer apartamento juntos. Sergio subido a una banqueta rota, intentando clavar una estantería mientras Alba le pasaba el martillo y sonreía animándole. Sus amigos quisieron guardar todos esos momentos de estreno.

En todas las imágenes irradiaban felicidad… ¿cuándo se les escapó de las manos? ¿Por qué ahora ni hablar podían?

De repente el móvil vibró. Mensaje de Martina, su confidente:

¿Cómo estás? ¿Nos tomamos un café?

Alba miró mucho rato el texto antes de escribir. Los dedos la traicionaban, temblando:

Todo bien. Perdona, pero estoy agotada. Hoy necesito dormir.

Envió el mensaje, se recostó en el sofá y cerró los ojos. Le pesaba la idea de aguantar preguntas, consejos…

La mañana siguiente amaneció plomiza pero Alba despertó con una pizca de decisión. Fue al vestidor a ordenar cosas y en una balda encontró una caja antigua cubierta de polvo. Temblando, levantó la tapa.

Allí estaban los tesoros del pasado: entradas amarillentas del cine, flores secas que Sergio le trajo para su primer aniversario, y una camisa arrugada de la época de universidad que él adoraba. Alba la olió, buscando restos de su colonia. Solo quedaba olor a jabón y a recuerdos.

Hurgando más, apareció una libreta arrugada. Sin pensar, hojeó las páginas y leyó su letra: Sergio dice que soy su mejor suerte. Al lado, garabatos de él “Alba + Sergio = por siempre”.

Quedó mirando esas palabras largo rato, acariciando el papel como si al tocarlo pudiera volver a creerse todo aquello.

Por la tarde, la calma se rompió con el ruido de la puerta. Sergio volvió antes de lo habitual. Alba, que estaba en la cocina, se quedó muy quieta oyendo sus pasos. Él pasó al baño, luego al salón. Al minuto, sonó un timbre bajo del móvil y la voz de Sergio, extrañamente dulce:

Sí, ya estoy en casa No, no estoy cansado. ¿Mañana quedamos?..

Alba clavó la mirada en la cazuela de sopa ya fría. Su pulso se aceleró al captar ese tono bajo y afilado, ese cuidado en hablar impropio de sus rutinas.

¿Quién era? soltó cuando Sergio por fin apareció.

Del trabajo no la miró ni siquiera. Para la reunión de mañana.

Ella asintió en silencio y se giró de nuevo a la cocina. ¿Cuántas veces había oído ya esa excusa? Demasiadas para creerla.

Avanzó la noche con lentitud. Alba se tumbó en la cama mirando el techo. Al lado, Sergio dormía plácido. Él nunca tenía problemas para dormir.

Alba pensaba. Siete años antes eran estudiantes sin blanca, compartían piso, no paraban de reír, celebraban un euro encontrado como si fuera un premio gordo. Lo compartían todo, incluso confesiones y sueños. Ahora la vida les había dado un piso bonito cerca de Gran Vía, saldo de sobra, posibilidad de viajar. Pero entre ellos se había instalado un vacío insalvable, que ni el mejor viaje ni el mejor regalo podían ocultar. Vivían como desconocidos.

***

La luz tímida entraba por las cortinas cuando Alba despertó. El aroma intenso a café llenaba la casa, algo poco habitual. Se incorporó y escuchó el trajín en la cocina: cubiertos, cafetera.

Quería darte una alegría anunció Sergio, aunque sonreía de forma artificial, como cumpliendo con un trámite. ¿Has dormido bien?

Sí, normal dijo ella sentándose a la mesa. Observaba sus gestos casi perfectos, como si pusiera el café en automático.

Hoy has madrugado dijo intentado medirle el ánimo.

Sí, necesito cerrar unas cosas antes de la reunión.

No quitaba ojo al móvil, nervioso.

Por cierto, este viernes¿te importa que me vaya al retiro de empresa? Dicen que será a lo grande.

La fecha le cayó como un jarro. Viernes. Su aniversario. Siete años juntos. Ahora que parecían tan lejanos.

No lo habías dichola voz de ella titiló.

Me lo dijeron ayer se tomó un sorbo de café, siempre sin mirarla. Es muy importante para mi trabajo.

Ella asintió en silencio. Por supuesto, el trabajo. Más importante que el aniversario, que ella, que esa promesa de por siempre escrita a mano.

Vibró el móvil otra vez y Sergio se sumergió entre los mensajes, desconectándose del mundo donde su mujer luchaba con las lágrimas contenidas.

Cuando Sergio cerró la puerta, Alba se quedó sola en la cocina con la taza ya fría. Su mirada era un pozo, y las ideas daban vueltas como las hojas de fuera.

Al final, recogió lo justo en el bolso, cogió el abrigo y salió. Necesitaba aire, volver a sentir que había vida más allá de aquellas paredes donde todo era ausencia.

La ciudad le sonrió con su bullicio inconfundible. Paseó por lugares que conocía de memoria, queriendo encontrar respuestas entre tiendas, bares y esquinas. Ese ultramarinos pequeño donde compraban cava para celebraciones, ahorrando; el parque en el que Sergio, ruborizado y torpe, se le declaró. Y la parada de autobús donde tiritaban juntos porque el taxi era un lujo. Pero lo bonito era estar juntos.

Acabó sentada en un banco del Retiro. Delante, una pareja joven se susurraba cosas al oído, él se sonrojaba, ella sonreía con todo el cuerpo. Alba los miró y reconoció ese brillo. Así eran ellos. Hace mil años, pensó.

Fue entonces cuando, con las manos temblando, llamó a Martina.

Hola. Sí… Vale, nos vemos.

En el café, bullicio de fondo, música suave y charla alegre. Martina, nada más verla, captó la tristeza: el brillo ausente, el gesto demacrado, labios apretados.

¿Qué ha pasado? fue directa.

Alba suspiró hondo.

Sergio ha cambiado dijo, con una tristeza que dolía. No sé cuándo empezó, pero ahora es casi un desconocido. Como si entre los dos hubiera un muro.

Martina escuchó en silencio, sin interrumpir. Cuando Alba acabó, preguntó:

¿Has intentado hablar con él de verdad? No el típico todo bien sino a fondo.

Alba se encogió de hombros.

He intentado. Él dice que exagero, que todo va bien. Que no ve el problema.

Tras pensar un momento, Martina planteó:

¿Y tú, de verdad crees que exageras?

Alba miró por la ventana; la lluvia desdibujaba la ciudad tras el cristal.

Me parece que hemos perdido lo esencial. Lo mismo por lo que un día dije sí en el registro. Eso que nos hacía uno.

Martina la cubrió la mano.

Todo el mundo cambia, Alba. Para bien o para mal. Pero no hay que perder lo que os unió. No dejes que los problemas apaguen el fuego.

Alba asintió, la mente girando. ¿Estaré dramatizando? ¿Será una crisis pasajera? Pero en lo más hondo sentía que no, que era más profundo. Como vivir una vida bonita… que no era la suya.

Al volver a casa, otra vez olor a café. Sergio, absorto trabajando en el salón. Alba se sentó a su lado.

He estado pensando ¿Y si nos vamos algún finde, solo los dos? Como antes.

Sergio apartó la vista de la pantalla, molesto.

Imposible ahora. Demasiado trabajo.

Solo un par de días… pidió, ya sin fuerzas.

Alba suspiró él como explicándole algo a una niña. Si ahora paro todo se va al traste. Es importante para nosotros.

Ella se levantó, derrotada.

Vale, lo entiendo.

Se metió en la habitación. Sergio ni se inmutó, siguió escribiendo correos.

Abrazada a sus rodillas en la cama, Alba sentía la distancia. Más allá de esa pared vivía el hombre que tanto había amado. Ahora era un extraño, ausente, sumido en otro universo en el que ella sobraba.

Las horas se estiraban, y el sueño no venía. Cerca de medianoche, se levantó y se asomó por la ventana, escuchando el repiquear de la lluvia. Cogió el móvil, buscó la foto de aquel viaje juntos, la playa, la felicidad. Lo abrazó contra el pecho, imaginando volver allí.

¿Dónde estás, Sergio? susurró. ¿Qué fue del hombre que conocí?

El móvil se apagó y ella quedó mirando la noche, rezando porque el día siguiente fuera distinto. Pero sabía que el cambio había llegado gota a gota, sin fecha exacta.

A la mañana Alba pidió el día en el trabajo y, sin avisar, se fue a casa de su madre. En cuanto abrió la puerta, Carmen lo entendió todo. Puso el té a calentar y sacó esa mermelada de frambuesa que tanto le gustaba a su hija de pequeña.

Cuéntame dijo su madre mientras servía el té.

Alba le relató todo: la distancia creciente, los números sospechosos, los eventos de empresa, las charlas que ya no eran de pareja sino de trabajo, su soledad en ese piso tan deseado.

Carmen la escuchó sin interrumpir, moviendo la cabeza a ratos. Cuando Alba terminó, dejó la cuchara con mermelada delante.

A ver, ¿cuándo fue la última vez que él te preguntó algo de verdad? No ¿Qué hay para cenar? sino de ti… cómo te sientes, qué sueñas.

Alba pensó y no supo responder. Ni una vez, ni una sola pregunta genuina. Solo rutinas, respuestas vacías, escasos gestos.

Eso asustaba.

Por la noche, la ciudad era de tonos morados y Alba volvió a casa en silencio. En el salón, Sergio seguía trabajando frente a una cena fría y una taza vacía.

Sergio dijo Alba sentándose cerca, tenemos que hablar.

Él cerró el portátil casi con resignación.

¿Otra vez? Bueno, dime.

De nosotros. Siento que nos hemos perdido. Ya no eres el mismo.

¿Ah, sí? Trabajo mucho por tener lo que mereces.

¡No quiero todo! se le quebró la voz. Quiero a ese hombre que me regalaba margaritas del campo, que venía conmigo a dar de comer a los patos, que se reía de mis tonterías. Quiero dormir contigo abrazada, como antes.

El silencio pesó. Sergio se encogió y por primera vez mostró algo de dolor.

¿De verdad echas de menos eso?

Mucho. Porque entonces éramos felices. Ahora… parece una obra de teatro. Faltan sentimientos.

Sergio respiró hondo.

Pensé que todo lo material bastaba: casa, coche, viajes. Creía que así te hacías feliz. Mientras, me olvidé de ti.

No quiero cosas. Quiero que me mires, que me escuches. Que tú seas tú, conmigo.

Me he perdido En el trabajo siempre dicen que hay que mejorar, ir a más. Y no paré. Cuando miré… ya no estabas.

Sí estoy le cogió la mano. Pero tú no me ves.

Él tomó su mano, apoyando la frente en sus dedos.

Perdóname susurró. Creía que lo hacía bien.

Se quedaron así, en calma, rodeados por el confort de la luz cálida. Por primera vez en mucho tiempo, sintieron el calor del otro.

¿Recuerdas lo de ir a la sierra, dormir en una cabaña y no hacer nada más? susurró Alba.

Sergio sonrió por fin.

Lo recuerdo. ¿Vamos este finde?

¿Y el trabajo?

A la porra el trabajo, si me roba lo más importante.

A la mañana, el olor a café inundo el domicilio. Sergio cocinaba, seguro, como en los viejos tiempos.

¿Qué haces? dijo ella abrazándolo.

Desayuno. Y he cancelado el viaje de empresa del viernes. ¡Nos vamos a la casita junto al Lago de Sanabria!

Alba le rodeó más fuerte, oliendo su piel, el hogar que a punto habían perdido y estaban rescatando.

Gracias susurró llorando de alivio.

¿Por qué? preguntó él.

Por volver.

Sergio la besó en la frente.

Ni me di cuenta de que me había ido. Pero estoy aquí. Ahora sí.

Fuera seguía lloviendo, pero el sonido era de limpieza, no de tristezacomo si el universo les diera una segunda oportunidad. Y la casa olía a café, pan tostado y algo más: ese aroma a amor, tan fácil de perder y tan valioso de encontrar.

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