Reuniré a todos en mi casa
Sofía Abril dejó a un lado la tablet y tomó el móvil: Abuela, ¿qué tal estás? ¿Cómo te encuentras? ¿Bien? ¿Y el abuelo? Bueno, si está friendo patatas, todo va bien. Yo he terminado el trabajo de hoy, recogeré a Dani del entrenamiento, pasaremos por el mercado y pronto estaremos en casa.
Luego Sofía marcó otro número:
Javier, hola, ya voy para casa, ¿vosotros con Lucía venís en camino? ¿Ya estáis de vuelta? Genial, que el abuelo está con las patatas, cenaremos todos juntos.
Sofía se levantó y metió lo imprescindible en el bolso. Se despidió de las compañeras: Hasta mañana, chicas, me voy ya.
Hasta luego, Sofía, que pases buena tarde.
Rápidamente se cambió los zapatos bajo la mesa, se puso la gabardina y lanzó una mirada distraída por la ventana oscura. Era una cálida tarde de otoño. Las luces brillaban amablemente en la distancia y la gente apuraba el paso hacia sus casas después del trabajo. Sofía se contempló en el reflejo del cristal y sonrió: quién lo iba a decir, jamás habría pensado que algún día tendría una vida normal, corriente. Que tendría una familia y, como otros, correría por las tardes para llegar a casa donde siempre la esperaban. No hacía tanto, estaba convencida de que eso nunca le sucedería.
Sí, tiene una familia peculiar, pero son muy felices y se quieren mucho.
A Sofía su madre la abandonó nada más nacer y escapó del hospital. En el breve informe del centro de menores solo ponía: madre desconocida, sin documentación, padre inexistente. La llamaron Sofía personas que ni conocía. Le pusieron Abril porque nació en primavera. Nadie recuerda de dónde salió el nombre. Siempre tuvo más amigos chicos que chicas. Su mejor amigo se llamaba Javi, un año mayor, y también Abril, por la misma razón. Sofía siempre sacaba buenas notas, obediente, trabajadora, deseando agradar, con la esperanza de que alguna familia la adoptara. Solo sabia cómo era una vida en familia por lo que veía en las películas. Pero no le tocó la suerte, quizá porque era larguirucha y torpe, o simplemente por azar. Cuando adoptaron a Javi, Sofía lloró toda la noche. No era envidia, era perder al único amigo de verdad. Él la miró a través de sus gafas sin saber qué decir:
Sofía, si quieres me quedo
No seas tonto, Javi. ¿Cómo ibas a rechazar eso? Vete, cada uno tiene su camino.
Te encontraré, te lo prometo.
Sofía se rió, aunque no tenía muchas ganas: No hace falta.
Terminó el instituto y entró en una escuela técnica de construcción, viviendo en la residencia de estudiantes. Cuando se graduó, le dieron un pequeño piso como corresponde a huérfanos, en las afueras de Madrid, pero no importaba. Consiguió trabajo de arquitecta en un despacho. Por fin, la vida adulta de verdad. Hizo buenas amigas en el trabajo, pero pensaba que todavía era temprano para formar una familia. Aunque tenía una ilusión: una casa grande, un esposo al que amar y que la quisiera, y niños. Dos, o incluso tres. Corriendo por ahí, jugando, riendo. Solo oir ¡mamá! o ¡papá!. Le fascinaba imaginar esas palabras, tan cálidas y casi desconocidas: mamá y papá. Abrir la puerta y que los niños gritasen ¡mamá, papá ya están! como en un cuento.
Un día, al llegar al portal, la puerta se abrió bruscamente, un chico salió corriendo, casi tirándola al suelo y con una mochila en la mano. Al entrar, una anciana yacía en las escaleras:
La pensión mi bolso me empujó. ¿Dónde están mis gafas? ¡No veo nada!
Sofía reaccionó enseguida, pero ya era tarde, el chico se había desvanecido. Ayudó a la abuela a levantarse, por suerte no se había hecho demasiado daño.
Ay, hija, ¿cómo pueden hacer esto? lloraba la anciana ¿Por qué a mí?
Acompañó a doña Carmen hasta el piso, donde su marido, don Andrés, postrado en cama, la esperaba. Desde entonces, Sofía les empezó a visitar, llevándoles comida y víveres, pues les habían robado la pensión. Denunciaron, pero no encontraron al chico, aunque Sofía le recordaba bien la cara. A los pocos días apareció el bolso sin dinero, pero al menos recuperaron los papeles.
Cada vez iba Sofía más a casa de la abuela Carmen. Llamaron a doctores para que trataran al abuelo. El ánimo volvió a la pareja de ancianos. Empezaron a llamar a Sofía nieta y la invitaban siempre, nunca habían tenido familia.
Una tarde, en el autobús, conoció a un chico. Era evidente que la observaba y sonreía:
Perdona, pero tu cara me resulta muy familiar. ¿Nos conocemos de algo?
Sofía se rió:
Que yo sepa, no.
El muchacho era simpático, y en el trayecto hasta su casa, le contó casi toda su vida: que se llamaba Germán, que vivía con su madre, trabajaba, etc. Parecía un viejo amigo, esa fue la impresión. Germán empezó a buscarla al salir del trabajo y a acompañarla a casa. Un día, Sofía le invitó a merendar y le sirvió té y bocadillos. Sin saber cómo, le contó su infancia en el centro de menores. Germán la escuchaba con una expresión extraña, como queriendo decir algo, pero sin atreverse. Quizá le daba lástima. Sofía sentía simpatía por él, pero algo la inquietaba. Pronto, ocurrió lo inesperado. Germán fue a su casa, y mientras Sofía iba a poner el té, él se acercó y la abrazó fuertemente. Al intentar tranquilizar la situación:
Germán, ¿no deberíamos ir más despacio?
Pero él solo apretaba sus manos y, de repente, ocurrió lo que ella temía. Sofía gritó, y Germán, furioso, murmuró:
Me has denunciado, sabía que eras tú, menuda pieza. Ayudaste a esos viejos, ya me lo avisaron, que eras de un orfanato. He visto el retrato robot, por poco no me pillan. Ahora te callas y ni se te ocurra abrir la boca, ¿me entiendes? Nadie te va a querer ayudar y lo sabes. Y si hablas, peor para ti.
Sofía no se atrevió a denunciarlo. Temía la vergüenza pública. Pero un mes después tuvo que ser llevada de urgencia desde el trabajo en ambulancia. Tenía un embarazo ectópico, hubo complicaciones y le dijeron que probablemente no podría tener hijos.
La abuela Carmen cuidó de Sofía, le susurraba palabras de consuelo y le daba caldos para que recuperara fuerzas. Le preparaba infusiones. Al salir del hospital, Sofía se sintió perdida, sin rumbo. Un día, sin darse cuenta, sus pasos la llevaron al monasterio del barrio. Era un noviembre azul, el cielo alto y profundo, las cúpulas bañadas en oro y las campanas lanzando su eco hacia arriba. Los voluntarios recogían los últimos ramos ya marchitos. Otoño
¿Sofía Abril? escuchó de repente. Al darse la vuelta, vio a uno de los trabajadores sonriéndole con alegría.
¿Javi? al fin le reconoció.
Se abrazaron y Sofía rompió a llorar. Javi le secó las lágrimas:
Sofía, ven, vamos al comedor. Hoy hay potaje, empanadillas y té. Luego charlamos.
Sofía ni recuerda cómo fue que se lo contó todo a Javi, ni cómo él le relató su vida: cómo lo adoptaron, cómo el padrastro le pegaba por cualquier cosa, cómo huyó y acabó mendigando con una pierna herida hasta que dio con refugio allí, en el monasterio, donde por fin encontró paz.
De vuelta a casa, Sofía pensaba en la suerte de haber encontrado a Javi de nuevo, porque había estado tan mal que ni quería volver. Pasó días en el monasterio, donde todo se aclaró. La abuela Carmen y don Andrés le habían ofrecido hace tiempo poner el piso a su nombre, pero Sofía y Javi pensaron en algo mejor.
Cuando les propusieron irse todos a vivir juntos, los abuelos no se lo creían de alegría. Jamás imaginaron que ni ellos, viejos y enfermos, podrían volver a tener una familia.
Y así llevan ya cinco años casados Sofía y Javier Abril. Se trasladaron a las afueras y viven todos en un piso grande, con espacio suficiente para todos. La abuela Carmen y don Andrés son los mayores y los jefes allí, y se sienten en casa, por fin acompañados.
Hace dos años se cumplió el mayor sueño de Sofía: pudieron adoptar a dos niños, Dani y Lucía, precisamente del mismo centro de menores del que ellos salieron.
Javi, ¿te acuerdas cuando esperábamos a que alguien nos escogiera, soñando con tener nuestro hogar? decía Sofía, radiante. Mírales a los ojos y prométeme que seremos los padres con los que siempre soñamos.
Ahora en casa resuena:
Mamá, ¿dónde está papá? ¡Abuelita, ven, mira lo que hemos hecho con el yayo!
Sofía ya no quiere pensar en lo malo. Un día, la abuela Carmen le susurró que finalmente atraparon a aquel sinvergüenza. Otra vez metido en líos y esta vez iba a la cárcel por muchos años.
A cada uno le llega lo que merece, tarde o temprano. Tanto en esta vida, como en la que nos espera.
Hoy he aprendido que, aunque la vida te arranque toda esperanza, siempre puede brotar una nueva familia y, con ella, la alegría. La verdadera casa es donde te esperan.







