Sin salida
¡Doña Casilda, de verdad que no me reconoce! Soy yo, Mateo Su único sobrino.
¿Mateo?
Durante unos segundos mi tía respiró agitadamente.
¡Madre mía! Pensé qué pecado que ya habías pasado a mejor vida o que estarías encerrado. Ni llamas, ni escribes jamás
*****
¿Por qué ahora, justo ahora?me preguntaba yo, Mateo, sentado frente al ordenador y escuchando cómo el taladro del vecino rompía el aire una y otra vez al otro lado de la pared. O más bien, era imposible no oírlo, porque ningún remedio servía de nada ante ese estruendo.
Había probado de todo: taparme los oídos con las manos, ponerme auriculares, meter la cabeza bajo la almohada
Inútil.
Con cada nuevo golpe, el chillido metálico y agudo me hacía sentir como si estuviese en plena obra, no en mi piso de Madrid.
¿Hasta cuándo va a durar esto? ¿Cuánto más tienen que torturarnos?
Me daban ganas de levantarme, atravesar el pasillo, derribar la puerta acorazada de una patada y quitarle el dichoso taladro a ese vecino.
Pero solo podía hacerlo en mis delirios o, quizá, en las páginas de mi próxima novela.
En la vida real, el vecino, Fran, ese fornido exparacaidista, podría darme un buen susto sin esfuerzo.
No me quedaba más remedio que resignarme.
Y quizás lo habría hecho, de no ser por un detalle…
Resulta que el director de una gran editorial en Barcelona, tras leer mi anterior novelaese misterio en un pueblo inventadose puso en contacto conmigo y me ofreció colaborar.
Una colaboración muy ventajosa, dicho sea de paso. Me prometió un buen dinero, en euros, claro.
¡Acepto sí, claro!exclamé, entusiasmado.
Perfecto. Solo un requisito: debes tener la novela escrita en tres mesesme advirtió.
Por supuesto.
Eso me pasaba a menudo: primero hablo, luego pienso. Y ahí estaba: acepté, y ni siquiera tenía una idea sobre qué escribir.
Evidentemente, debía ser una novela policial que enganchase. Para quien tiene experiencia como yo, debería ser coser y cantar, pero no era así de sencillo.
Para que el misterio enganche, primero hay que tener la idea, luego el argumento, los personajes y, sobre todo, inventar el crimen adecuado.
Inventar un buen crimen lleva tiempo. La última vez, tardé casi medio año. Pero entonces no tenía plazo. Ahora solo había tres meses.
Así que, justo cuando más necesitaba concentración, los vecinos inician las obras. Y con cada zumbido del taladro lo único que me venía a la cabeza era la palabra “muerte”.
Curioso, le pregunté a Fran, cuando coincidimos en el balcón, cuánto pensaba tardar con las obras.
Pues unos tres meses o así. ¿Molesto?
No, no, solo era por preguntarbalbuceé, marchándome al interior y cerrando la puerta.
Me quedó claro que, si me quedaba en casa, no escribiría ninguna novela. Tocaba huir. ¿Pero a dónde?
Saqué cuentas de lo que costaría una estancia en un hostal y enseguida descarté la idea.
Alquilar otro piso no era mucho mejor: más barato, pero aun así costoso. Y, además,
¿Quién me garantiza que los nuevos vecinos no empiezan también reformas?me pregunté.
No supe qué responder, porque la pregunta era puramente retórica. Y aún si no reformasen, podían tener un bebé y hacer fiestas, o tener una niña que practique el piano.
“Alquilar es un riesgo, al final todo puede salir más caro que un hostal”, concluí.
De repente, en el piso de al lado cayó algo con tanto estrépito que casi sentí el techo bajar. Di un salto, olvidando que estaba sentado sobre la cama y la estantería llena de mis libros sobre mi cabeza.
Tocándome el golpe, me vino, como por arte de magia, el número de mi tía Casilda a la mente.
Con ella tenía una relación neutral; no mala ni buena, simplemente distante. La última vez que la vi fue en el funeral de mi madre siete años atrás.
Sorpresivamente, de su teléfono sí me acordaba. Tras ese coscorrón, el número apareció claro en mi memoria. Podría utilizar aquella oportunidad.
¿Hola?escuché la voz de Casilda y me alegré que siguiese viva.
Buenas, tía Casilda, soy Mateo.
¿Mateo Mateo?repitió, vacilante.¿El fontanero? Creo que ya pagué el grifo de la cocina ¿O me falta algo por abonar?
Doña Casilda, ¿de verdad? Soy Mateo su único sobrino.
¡Mateíto!
Un silencio ahogado.
¡Ay, hijo, pensaba que eras de esos que caen y nadie se entera! Ni una llamada, ni una postal
Estoy bien, tía. Mucho trabajo, ¿sabe? No he parado estos años.
¿Siete años sin parar ni un minuto? No andarás esclavizado
Nada de eso. Solo que trabajo de escritor. Novelas, ya sabe policiacas, porque se venden bien.
¿¡Escritor!? ¿Y para qué demonios te empeñaste en estudiar física? Tu madre y yo gastamos una fortuna en tu carrera. Para esto, ¿eh?
Al final, no era lo mío
Pero, bueno, supongo que no es sólo para charlar que hoy llamas, ¿verdad? ¿Vienes a por algo?
No. Bueno, sí. Ojalá saber de usted, pero primero quería pedirle un favor.
¿Dinero?
No. Su casita del pueblo.
¡¿Cómo?! ¿Quieres que te la regale, Mateo? ¡Vaya pretensión la tuya!
No, no Solo quería quedarme allí un tiempo.
La estoy vendiendo, hijo. Bueno, el gestor al que recurrí lo está haciendo.
¿Podría aplazar la venta tres meses, tía, por favor?
Podría ser…
¿De verdad?
Pero dime para qué te hace falta. Si es para llevar mozas, te digo que NO, y ni lo intentes.
¡Nada de mozas, ni tengo pareja!…
Confesé todo, y le dejé escuchar al taladro, incansable.
¿Lo oye? ¡No es broma!
Casilda me entendió y me autorizó a vivir esos tres meses en la casita, con la única condición de dejar limpio el terreno para posibles compradores.
No hay problema, tía, pásame el número del gestor así recojo la llave.
Ya después, reflexioné con horror sobre cuándo rayos iba a limpiar el terreno pero esperaba que, en silencio, lograría acabar el libro rápido y dedicar el resto a limpieza y desbroce.
*****
Lo tenía todo organizado o eso creía. Era finales del verano, los veraneantes ya en la ciudad. Estaba convencido: sería el único en el lugar.
El tiempo seguía siendo benigno, así que la falta de comodidades no me preocupaba.
Cruzando el salvaje jardín, avanzaba decidido, cuando una voz me detuvo en seco:
¡Alto! ¿Quién anda ahí?
Me quedé petrificado.
¿Quién eres? ¡Responde!
Mateo…
¿Qué haces aquí?
Vine de visita.
¿A quién? Aquí no vive nadie desde hace años. ¡Serás ladrón!
Es la casa de mi tía Casilda; me dio permiso para pasar tres meses. De verdad.
Ven junto a la valla.
¿Cuál?miré a mi alrededor, desorientado.
A la izquierda.
Vi entonces al otro lado al abuelo del terreno vecino, con un perro enorme, que me examinaba como si quisiera zamparme para cenar.
Quizá exagero, pero de pequeño siempre tuve miedo a los perros, y mi imaginación no ayuda.
El abuelo, sin embargo, charlaba sin pararse presentó como Don Gonzalo.
Al comprobar que yo era realmente el sobrino de Casilda, se relajó y me contó su vida. Supongo que su locuacidad era hija de la soledad.
Yo aquí llevo siete años, Mateo. Mi piso lo dejé a mi hija, que se casó y yo aquí me mudé. Al poco, este Fiel apareció. Y desde entonces, juntos.
Ya veo… musité, sin apartar la vista del perro, que tampoco apartaba la suya de mí.
Además, cuido las casas de los demás cuando se va todo el mundo. Aquí hay mucho electrodoméstico que vigilar. No pagan apenas nada, pero es mejor que nada. ¿Solo tres meses por aquí?
Exacto. Tengo que escribir una novela y, para eso, necesito silencio. En Madrid es imposible.
Buena elección. Aquí no te molestará ni el aire. Más que tú, yo y Fiel, no queda ni Dios.
*****
Tras despedirme, fui a la casa, saqué del coche bolsas con comida, el portátil y el microondas. Había nevera, y no necesitaba tele. No vine por eso.
Viendo la finca, suspiré y modifiqué mi hoja de ruta: Primero limpiar esto; viviré aquí tres meses y, por respeto al abuelo, hay que tenerlo decente.
Así empleé los siguientes cuatro días. Al quinto, ni una brizna de hierba quedaba.
Toda la maleza la acumulé en el patio trasero, por si alguien quería hacer compost.
Todo ese tiempo, Fiel no me quitó ojo de encima. Silencioso, pero en su mutismo había algo inquietante, casi siniestro, que me ponía la piel de gallina.
Por suerte, la verja metálica separaba ambas fincas; ningún perro, por grande que sea, la saltaría.
Ese hecho me tranquilizaba más que la valeriana. Si no, ya me habría encanecido del susto.
¡Ahora sí puedo centrarme en el libro!me animé al abrir el portátil.
Sonreía, además, porque tenía tiempo de sobra y reinaba una calma absoluta. Nada de coches, ni gallos, ni vecinos con taladros. Pero la felicidad duró poco.
Justo cuando me sentaba a escribir, el perro del vecino empezó a ladrar como un loco.
¿Y esto ahora?me extrañé.
Durante mi tarea de limpieza, el perro guardó un silencio total. Pero ahora no paraba, un ladrido tras otro, tan fuerte y persistente que me hacía dudar si prefería taladro o can.
Curiosamente, si salía de la casa, el animal callaba y me miraba moviendo el rabo. Entraba de nuevo y empezaba a ladrar sin pausa.
¡Por el amor de Dios! ¿Qué mala suerte es esta?
Hablé con Don Gonzalo, que se encogió de hombros.
No sé, hijo, pero por mi experiencia, si te ladra es que le caes bien.
Pues yo no le devuelvo el cariño
Ya verás, al final te acostumbras. Imposible no amar a los perros. ¡He visto a muchos decir que nunca los querrían y acabar inseparables! Aunque, claro, no todos Fiel lo abandonaron, por eso llegó a mí.
Esa gente ni merece llamarse personas, don Gonzalo.
*****
Esa misma tarde, una ambulancia llegó al terreno vecino y sacaron al abuelo en camilla. Yo vi todo desde detrás de una puerta, conteniendo la respiración.
Oí a Gonzalo decir, exhausto:
¿Y ahora quién cuidará las casas y a Fiel? ¡Que el perro está solo, no sobreviverá!
Tranquilo, le curarán y volverá a vigilar aquíle animaba el sanitario, pero ahora no puede quedarse, es un infarto de miocardio.
Aquella noche, tendido en la cama, escuchaba a Fiel aullar a la luna. Dormí ya al amanecer.
Y así noche tras noche. Hasta que llegó el guardia rural.
Entró, estuvo un rato en casa de Gonzalo y colocó precinto en la casa.
Perdone, ¿qué ha sucedido?
¿Quién es usted?
Estoy aquí temporalmente.
Le conté lo mismo que al vecino, con DNI y teléfono de Casilda. El guardia me dio la mala noticia.
Tu vecino ha muerto, hijo, infarto.
Vaya Qué hombre más amable ¿Y el perro?
Ni idea, si quieres, te lo quedas. O suéltalo, seguro se las arregla.
Eso es fácil de decir, pensaba yo viendo a Fiel, días sin moverse, atado a la cadena.
¿Tendrás hambre, verdad?me lamenté al notar lo obvio.
Le lancé un trozo de chorizo desde lejos, pero fallé; la cadena le impidió alcanzarlo.
Volví a intentarlo (fui pésimo en baloncesto de niño). Otro fallido. Tercero igual.
Diciendo todas las barbaridades que me sabía, crucé al terreno contiguo temblando de miedo. Fiel me observó con unos ojos hambrientos, relamiéndose.
Solté la comida cerca de la caseta, y devoró los tres trozos.
Entonces, sin pensarlo demasiado, liberé al perro de la cadena. Fui retrocediendo, y de pronto me tiró al suelo y empezó a lamerme la cara.
¡Aaaaaaaahhh!
Grité, pero allí no había nadie quien pudiera oírme.
Mi idea era soltarle para que buscase mejor suerte, pero Fiel no se fue. Pegado a mis talones, siguió cada paso moviendo el rabo.
¿Y tú qué pretendes? ¿Crees que voy a quedarme contigo?
¡Guau!
Mala suerte. Ni esta casa es mía, ni puedo traer animales, ni siquiera tengo trabajo fijo, con esta novela imposible de terminar, gracias a ti, por cierto
¡Guau!
Si no hubieras ladrado y aullado todo el tiempo, tal vez habría podido trabajar me quejé.
En fin, daba igual. Fiel no iba a pedirme permiso. Solo me comunicó a su manera: “Soy tuyo, vivo contigo”.
No tuve más remedio que aceptarlo.
Lo extraño fue que, a partir de entonces, dejó de ladrar y molestar. Pero, curiosamente, ahora que por fin había silencio, el cerebro no me funcionaba; ninguna idea para el libro, ni ensoñaciones, ni nada.
Eché de menos mi apartamento. En aquel ambiente hostil quizás me habría salido una estupenda historia de misterio sobre un exparacaidista llamado Fran y un asesinato con taladro de por medio.
Pero allí, en la casita, pasaba el tiempo en todo menos escribir: trasladé la caseta del perro a mi finca para tenerlo controlado durante las comidas.
Por qué, preguntarán… pues porque Fiel robaba la comida de la mesa en cuanto me descuidaba.
Ponía la mesa fuera, me metía a la cocina por el té; al regresar, platos vacíos.
¡Pero hombre!protestaba yo.
Y ahí, con los ojos más inocentes del mundo, relamiéndose.
Por eso me traje la caseta de hierro y lo metía dentro en la hora de comer.
Poco valió el empeño. Un día espié por la ventana y vi cómo un gato gris llegó, abrió el pestillo con la pata y se lanzaron ambos a zampar. Al terminar, gato cerraba la puerta y Fiel dentro, tan pancho.
Esto es surrealista, pensé.
Desde entonces, todos comíamos juntos: yo en la mesa, Fiel a mis pies y el gato, al que bauticé como Caradura, se sumó al banquete.
Por cortesía, el felino pagó su estancia cazando todos los ratones de la casa y depositándolos, ordenados, ante mi cama.
No repetiré aquí las palabras que se oyeron aquella mañana, seguro que llegaron al pueblo más cercano, a quince kilómetros.
A ver, repasemosmusité tomando el té para consolarme. Dos semanas, ni una sola idea, ni personajes, ni argumento. Pero sí tengo perro y gato y necesito alimentarlosreflexioné, mirando la nevera vacía.
Así que tocaba volver a la ciudad por víveres. Planeaba ir solo, pero Fiel y Caradura tenían otras ideas.
En cuanto abrí la puerta, se metieron en el coche antes que yo.
Fuimos los tres. Entre las tiendas y sus paradas para perseguir gorriones, casi tres horas en vez de una.
Pero con ellos, era inútil hacer planes: al final, mandaban ellos, no yo.
Yo solo quería huir de allí, pero ya no tenía a dónde.
*****
Tras la cena, por fin me resigné: al día siguiente llamaría a Barcelona para decirle al editor que no habría libro.
Pero, de nuevo, nada sale como uno espera.
Al anochecer, con mi tercera taza, escuché un motor muy cerca, claramente no era turismo.
Me olió raro y llamé al guardia.
Enseguida paso, veré qué ocurre respondió tras dudar.
Vi cómo una furgoneta de reparto entraba en el terreno de Gonzalo. Yo me hallaba en el baño, con la luz de la veranda fundida: nadie podía verme.
Por la ventana vi a dos tipos revolviendo la casa y sacando electrodomésticos.
Era evidente: ladrones.
¿Qué hacer? La policía podría tardar y los ladrones se largarían antes.
Además, cuando descubriesen mi coche, sabrían que no estaban solos
Hay que actuar yasusurré, buscando el papel.
Salí, ordené a Fiel y Caradura quedarse y me acerqué.
Vi el contenido de la furgoneta: microondas, neveras, una consola botín de los chalés de la zona.
Al acercarme a la casa, salieron los dos bravucones.
Me resultaban familiares, pero no caía.
Oye, nos ha salido bien dijo uno, con un televisor bajo el brazo.
Sí, y las medallas del abuelo, que valen para coleccionistas.
Entonces me vieron.
¿Y tú quién eres?
¡Guardia civil! mentí. Están detenidos, levanten las manos.
Repetí las frases de tantas películas policiacas.
El chico del televisor palideció.
Pero su compañero:
¡Qué va! Este es el vecino escritor, ¿no recuerdas que el abuelo habló de él?
Cierto rió el otro.
Peleas no son lo mío: ya me veía muerto. Pero, justo cuando se acercaban, surgieron de la sombra mis compañeros.
Caradura brincó a la cabeza de uno y Fiel atacó al otro, derribándolo y gruñendo encima de su cara.
Los gritos eran ensordecedores. Yo até a uno las manos como buenamente pude con la cadena del perro.
Y, en ese momento, llegó el guardia, encantado de colocar esposas auténticas.
Bien hecho, Mateo me felicitó. Solo contra dos ladrones.
No estaba solosonreí señalando a mis amigos.
Con amigos así, no hay quien te detenga. Cuidas bien de ellos
Si ya lo hago pensé.
Por cierto, ¿quiénes son? Me suenan
Son los conductores de ambulancia me aclaró. Aprovechaban para robar donde iban con el servicio. Los llevaba meses buscando, y tú los pillas en una tarde.
El guardia se marchó, mientras yo corría a casa: por fin tenía la gran idea para la novela.
*****
Dos meses y medio después, entregué el manuscrito al editor. Se lo leyó de un tirón.
¡Chico, esto es un best seller! Te ganarás un buen dinero, y tendrás porcentaje de ventas.
Poco después vendí mi piso en Madrid, compré la finca de mi tía Casilda y, con el dinero, también la de Gonzalo.
Uní las dos. Lo que sobraba, más los derechos de autor, me permitió hacerme una casa con calefacción y baño.
Así empecé mi nueva vida, lejos de la ciudad, junto a Fiel y Caradura. ¿Por qué no?
Tranquilidad absoluta y, por encima de todo, con mis mejores amigos.
Por el día, trabajaba en el portátil; por la tarde, paseábamos juntos la parcela y vigilábamos que nadie extraño entrara por allí.
Cada noche agradecía al destino por todo. Y, en el fondo, también a Fran y su maldito taladro. Sin aquella obra, nunca habría llegado aquí.






