Parece que no estaba destinado
¡Joven, usted…! ¿Pero qué está haciendo? ¡No tiene vergüenza! La joven miraba a Andrés horrorizada, mientras él, atrapado por la sorpresa, no supo articular palabra.
Espere, es que lo ha entendido mal… balbuceó Andrés, consciente de lo poco convincente que sonaba.
Pero la muchacha ni siquiera pensó en escuchar sus explicaciones. Se acercó con paso firme, recogió su monedero y le propinó una sonora bofetada.
*****
Desde la noche anterior hasta bien entrada la mañana, Andrés no había hecho más que beber café y charlar en el chat con la usuaria Tu Bellez@.
Fue él quien rompió el hielo con un sencillo: «¡Hola!». Ella respondió al cabo de un minuto también con un «¡Hola!» y, de mensaje en mensaje, la conversación fluyó.
Charlaron de maravilla; sus dedos se movían ligeros y alegres por el teclado del portátil, y empezó a imaginar que quizá con esa amable rubia de ojos claros (esperando que su foto de perfil fuese real) sí podía haber una historia, tal vez una amistad, tal vez algo más. Pero eso tampoco era lo fundamental.
Lo importante era que ella parecía dispuesta a acercarse. Al menos, cuando él propuso:
«¿Te parece si esta semana tomamos un café y nos conocemos mejor?»,
ella respondió: «Todo es posible», acompañado de un guiño sonriente.
Después le preguntó en qué trabajaba y…
…todo empezó a torcerse, justo donde menos se lo esperaba.
«¿Para qué le habré contado yo a qué me dedico, y encima le mando una foto desde la oficina?» pensaba Andrés, enfadado consigo mismo.
No era culpa de la chica, sino de él. Pero, por otro lado
Al final, lo habría sabido igual tarde o temprano y… ¿qué?, Andrés, ¿entonces qué?
No hacía falta contestarse, porque la respuesta era clara: lo sabría y le escribiría, o peor, le diría a la cara lo que acababa de leer en pantalla.
Tras leer otro vez ese mensaje donde le recordaba que un administrador de sistemas, pegado día entera a una silla, poca suerte tiene en el amor, Andrés estuvo tentado de responder con unas cuantas palabras «amables», pero luego lo pensó mejor.
Demasiado honor para ella. Mejor que crea que sus palabras me dan igual.
Así que respondió sencillamente con un emoji de risa con lágrimas, cerró el portátil de un portazo y hasta le pareció oír algún crujido dentro ¿la pantalla, alguna tecla?, pero no quiso mirar, suficiente disgusto tenía por hoy. Más que de sobra, como decimos por aquí
Hacía ya tres meses que Andrés dedicaba casi todo su tiempo libre a las webs de citas, con la esperanza de encontrar a «la indicada».
Pero sólo servía para convencerse de que no servía para nada No iba encontrar a nadie allí.
Sin ir más lejos, con esta Bellez@ había pasado toda la noche despierto y nada, rechazo total.
Como tantas otras que parecía que sólo querían hombres con negocios propios y jamás a los que formatean Windows en los PCs de una oficina.
Pero en fin, ¿qué más daba eso ya?
Puso la radio para distraerse… y, para colmo de males, sonaba una canción de Nino Bravo:
No estaba en nuestro destino, no estaba en nuestro destino, cantaba el estribillo mientras pareciera burlarse de él. No era amor para los dos, no era amor
Andrés apagó la radio de inmediato, pero admitió para sí mismo que quizá aquello simplemente no estaba en su destino.
¿Y quién me manda a meterme en webs de citas? Cuánto tiempo tirado a la basura…
Pero no lo podía evitar: hasta Miguel, su mejor amigo, le había aconsejado buscar pareja por internet.
Que yo a mi Clara la conocí así alardeaba Miguel, tan orgulloso que Andrés sentía algo de envidia
¿Y yo qué tengo de menos? ¿No podré encontrar una buena chica, como Clara?
Pero resultó que Clara había sido el premio de un millón para Miguel. Y a él… sólo le quedaba resignarse a que los informáticos no estaban de moda. O tal vez, simplemente, no era su destino.
Ya está bien de dramas, se dijo. A saber si habría funcionado algo con ella
Miró el reloj, las siete y media, bostezó y decidió que nada mejor que dormir un buen rato. Al fin y al cabo, era su día libre y no tenía planes.
*****
Apenas se había tumbado en la cama y tomado el móvil para silenciarlo, cuando sonó: era Miguel.
Siempre igual, piensa uno en ti y apareces.
¡Andrés, hola! Oye, necesito un favor, pero urgente.
Hola, Migue, respondió Andrés con otro bostezo. Llevo toda la noche sin pegar ojo. ¿No puede ser en otro momento?
Imposible. Es ahora o nunca, tío. Sabes que no puedo confiar en nadie como en ti
Ya empezamos pensó Andrés. Aunque era normal: Miguel era jefe del departamento de IT y él su subordinado.
¿Y qué ha pasado? ¿Ha caído el servidor? ¿Otra vez la base de datos?
Que va, esto no es del trabajo. Ve, mejor te lo cuento en persona. ¿Te importa si paso ahora por tu casa? No te vayas, ¿eh?
Vale, ven.
Apenas unos minutos después sonó el timbre. Andrés fue a abrir aún sin haberse tumbado, y en la puerta estaba Miguel con sonrisa de oreja a oreja y…
…Tristán.
¿Y el perro, para qué lo traía?
Has venido rápido desde la otra punta de Madrid, se rió Andrés. ¿No estarías esperando aquí abajo y sólo llamaste cuando sabías que te abriría sin subir andando?
Correcto, confirmó Miguel, tendiéndole la mano.
Pero en lugar de un apretón, le entregó la correa de piel, con Tristán al otro extremo.
A ver, Migue ¿qué es esto?
Mira, tío, Clara ha ganado un viaje de una semana a Italia para dos, con hotel de cinco estrellas, excursiones y quiere que vaya con ella.
Y tú odias volar, claro.
Desde luego. Le dije que fuese con una amiga, pero me suelta Quiero ir contigo. Si no, me quedo allí a vivir.
Cuidadito Andrés miró al perro que no le quitaba ojo.
Y empezó a sospechar lo que le iba a pedir: que se quedara con Tristán.
Es que no puedo llevarlo lamentó Miguel. Y no hay nadie más en quien confíe. Solo hay que darle de comer, sacarlo, ya sabes
Migue, sabes que no soy amigo de los perros, y de experiencia cero, protestó Andrés.
Si es un bendito, sólo hay que pasearlo y darle la comida y la camita, sonrió Miguel. Nada de líos ni ladridos.
Ya… se dijo Andrés para sí.
Sácalo por la mañana y al anochecer. No voy a ofrecerte dinero porque no lo aceptarías, pero te compenso con días libres
¿Y no se escapa? ¿No destruye zapatos? ¿Ni ladra las noches?
Qué va, es un crack. Pero eso sí, Tristán odia ir con correa: siempre busca escaparse. Dale libertad y luego vuelve él solo. Pero mejor no te la juegues, ¿vale?
Pues bueno, lo intentaré, suspiró Andrés, aferrándose fuerte a la correa.
Miguel aún no se había ido y él ya sentía la responsabilidad.
Sabía que podía contar contigo, amigo. Gracias.
Eso sí, si tu Tristán me destroza el piso, pagas tú el arreglo. ¿De acuerdo?
Hecho. Pero ya verás que no.
*****
Cuando Andrés despertó ya era de noche. Echó algo de pienso en el cuenco y se lo dejó a Tristán, que, mientras él dormía a pata suelta, guardó silencio absoluto.
¿Vas a cenar? Ya va siendo hora, amigo, le dijo al perro acariciándole la cabeza.
Pero Tristán sólo le devolvió una mirada humana, de esas que preguntan sin palabras, y siguió tumbado tan quieto que ni se giró.
¿No tienes hambre? O…
«Claro recordó Andrés Miguel decía que tienes tus manías, que sólo cenas después de pasear».
Pues vamos a dar una vuelta, que me vendrá bien despejarme y ver a gente más feliz que yo… porque el amor, a mí, ni verlo.
Tristán se animó al instante, saltó y movió el rabo, fue hasta el recibidor a buscar la correa y esperó a su paseador provisional.
*****
Pasearon por el Retiro más de una hora, y el perro ni un intento de huir; sólo tiraba más de la correa cuando Andrés se paraba mucho.
Un perro de lo más tranquilo. Injustificadas sus preocupaciones. Pero esto duró sólo hasta el día siguiente.
Por la mañana, todo en paz, pero entrada la tarde, durante el paseo por el parque, Andrés se distrajo unos segundos escribiéndole a Miguel que todo iba bien y al tirar de la correa, descubrió que Tristán ya no estaba. Había escapado.
¡Lo que me faltaba! exclamó Andrés y arrancó a buscar al perro.
Conocía el parque, pero sabía que lo imprevisible era la lógica del animal.
Media hora más tarde, seguía sin rastro de Tristán, cruzándose sólo con una muchacha muy guapa, con la mirada distraída y el gesto melancólico.
Disculpa, ¿has visto un perro por aquí? Es pequeño, naranja y blanco.
¿Un perro? No, lo siento respondió, y fue a marcharse.
Andrés, intrigado, la alcanzó.
¿Ocurre algo? Te veo pensativa. ¿Puedo ayudarte?
Me temo que no. He perdido el monedero y llevaba el dinero para las medicinas de mi madre. ¿No habrás encontrado uno?
Lamentablemente, no.
Qué pena Bueno, gracias de todos modos. Es bueno saber que todavía hay gente amable.
No tenían entonces mucho más que decirse y ambos siguieron cada uno a su búsqueda.
Pero a Andrés la joven no se le iba de la cabeza. No era la rubia virtual, sino de carne y hueso, sinceramente hermosa.
¡Tristán! ¡Tristán! gritó por el parque, y justo iba a dar la mala noticia por el móvil a Miguel cuando vio aparecer un perro.
Tristán… suspiró de alivio.
El canino venía directo a él, y llevaba algo en la boca.
Desde lejos no era claro, pero al acercarse reconoció el monedero, rosa, con dibujos en rombos y una pequeña corona dorada en el centro. Justo como lo había descrito la joven.
¡Qué casualidad más loca! Se sintió héroe rescatando a una princesa. Se disponía a buscar una tarjeta con el teléfono, cuando apareció la chica.
¡Pero bueno, joven! ¿Qué hace? ¡Qué poca vergüenza! le gritó con mirada de espanto, y Andrés quedó terriblemente confundido.
Lo ha entendido mal… le juro que iba a devolvérselo. El perro lo trajo, buscaba su contacto empezó a explicar Andrés, torpemente.
La chica no dio opción. Se acercó, le arrebató el monedero y le cruzó la cara con una bofetada.
¡Pero si no hice nada! ¡Me lo trajo el perro! Buscaba su número intentó justificarse mientras ella se alejaba indignada.
Ya, claro, buenas excusas; y además inventándose perros
¿¡Cómo que no existe!? replicó, mirando alrededor y viendo que Tristán, desaparecido de nuevo, dejaba sola su defensa.
La desconocida se fue ofendida y él se dejó caer en un banco, frotándose la mejilla dolorida.
Pero qué mala suerte ¡Tristán!
El perro salió de los arbustos y se sentó a su lado, moviendo la cola con aires resignados.
Gracias, amigo. ¡Menuda me has liado!
Tristán agitó la cola apenas y los dos regresaron a casa
*****
Durante los cuatro días siguientes, Andrés fue con Tristán al parque, cada mañana y tarde, esperando cruzarse de nuevo con la joven.
Quería disculparse y explicarle todo, pero ella jamás volvió a aparecer.
Sin embargo, Tristán encantado: tres veces más tiempo de calle, y ni una fuga. Todo obediencia.
Fue ya el viernes cuando Andrés recuperó algo de esperanza. Vio a la joven sentada en un banco.
Buenas tardes
¿Otra vez usted? ¿Qué quiere ahora?
Sólo explicarme. Me siento fatal por lo que ocurrió.
No hablo con mentirosos ni ladrones. Todo queda muy claro
¡Pero si yo no robé nada! Le devolví el monedero.
¡Me lo arrebaté yo misma! Y casi se lleva todo el dinero, reservado para mi madre.
Ni lo necesitaba; gano bien, sólo buscaba su tarjeta para contactar. De verdad, a mí no me gusta coger cosas ajenas. De hecho, fue el perro quien lo traía.
¿Pero es que no lo va a dejar? ¡No hay ningún perro!
Sí lo hay, mire… tiró de la correa, pero no estaba: Tristán se había escapado otra vez.
Disgustado, Andrés se despidió, resignándose a que no podía hacerse entender.
Discúlpeme, me tengo que ir
La chica, por el contrario, lo celebró.
No se preocupe. Espero que no volvamos a encontrarnos.
*****
No pudo hallar a Tristán antes del anochecer. Caminaba solo, oyendo ruidos entre los setos, preguntándose qué demonios se le pasaba al animal por la cabeza.
De pronto, oyó unas voces: una de mujer, el resto varoniles. Reconoció al instante la de la joven; los otros no los había oído jamás. La escuchó titubeante, intentando apartar a unos chicos con muy mala pinta.
Chica, vente a hacernos compañía, te calentamos el frío
Estoy esperando a una amiga.
Pues la calentamos también a ella cuando venga, bromeó otro.
Oye, vamos a dejarlo, que yo grito…
Puedes gritar, pero ¿quién te va a oír aquí? se burlaron.
Andrés supo que no podía quedarse parado y corrió hacia ellos.
¡Eh, basta ya! ¿Por qué molestáis a la señorita? intentó sonar seguro, aunque temía que si había lío físico, saldría perdiendo.
¿Y tú quién eres? le espetaron con desprecio.
Soy… soy su novio, improvisó. Y ahora llega mi perro, que odia a los extraños; muerde sin aviso. El collar lo llevo yo, como veis
Los fulanos vacilaron, y justo entonces algo gruñó ferozmente entre los arbustos.
Tanto, que hasta Andrés asustado, prefirió pegarse a la chica para protegerla. Los agresores, por si acaso, salieron corriendo.
Al calmarse la situación, emergió Tristán, vino hasta Andrés y se sentó, moviendo la cola.
Muchas gracias, compañero. Nos has salvado, le dijo acariciándole la cabeza.
¿De verdad es usted su perro? preguntó la muchacha.
Sí, es Tristán. Pero en realidad es de mi amigo. Ellos están de viaje y me pidió que lo cuidara.
Entonces, no me estaba mintiendo.
Nada de mentiras. Tristán encontró su monedero, yo sólo intentaba buscar su tarjeta en él. Lo único, que siempre se escapa cuando le necesito
¿Y por qué se esconde entre los arbustos?
Es muy listo. Sabe que si le ven esos matones, no se asustan. No es un mastín, pero parece que bastó.
Muy inteligente, rió la joven. ¿Muerde? ¿Puedo tocarlo?
Sin problema. Por cierto, me llamo Andrés. ¿Y usted?
Verónica.
Encantado, Verónica. Pero, ¿y usted, sola a estas horas aquí?
Esperaba a una amiga y nunca apareció, ni responde el móvil. Mejor me voy a casa.
¿Le parece si Tristán y yo la acompañamos? No vaya a haber más sustos.
Me parece bien
*****
Desde aquella noche, Andrés y Verónica pasearon juntos cada tarde. Luego la acompañaba a casa. A esas alturas, Tristán ya no estaba; Miguel y Clara habían regresado de Italia y el perro había vuelto al hogar.
Sin embargo, sin Tristán, la tarde sabía a poco. Se lo pasaban bien juntos, tenían miles de temas de conversación. Pero uno sentía que faltaba algo esencial
Un día, mientras paseaban un domingo por el parque, un cachorrito les salió al paso de entre los setos, portando en la boca una cartera de piel gruesa, de las que sólo llevan los empresarios.
Se acercó a la pareja y se refugió tras sus piernas, mientras a lo lejos un hombre con corbata protestaba:
¡Canalla! ¡Devuélveme mi monedero ya mismo!
Se lo devolvieron al dueño y, al cachorro Andrés y Verónica decidieron quedárselo.
Eso sí, hay que ponernos de acuerdo, le dijo Andrés al pequeñín, sentándolo en el banco con el dedo en plan profesor : Nada de coger lo ajeno, ¿ok?
El cachorro le lamió la mano varias veces, tomando eso como promesa.
Desde entonces, caminaban los tres juntos. Y, al poco, empezaron a vivir juntos también.
Y los tres eran felices, porque cada uno había encontrado lo que más deseaba.
Aunque
¡Pícaro, ladrón! ¡Devuélvelo ahora! gritaba una voz cercana.
Verónica y Andrés intercambiaron una sonrisa, y al mirar vieron correr hacia ellos a Sherlock.
Sí, Sherlock, porque siempre encontraba líos allá donde iba. Venía hacia sus humanos con un bocadillo entre los dientes, sabiendo que no le regañarían.
¿Salimos corriendo? sonrió Andrés.
¡Vamos! rió Verónica.
Andrés dejó sobre el banco un billete de cinco euros para compensar al pobre del bocadillo. Luego, de la mano, corrieron los dos, mientras su querido Sherlock los seguía con el botín en la boca.
Y eso fue, ni más ni menos, la dicha que encontraron. Pelo revuelto, un poco de locura, pero auténtica y verdadera.







