La escapada de mamá
¡Mamá, por favor, quédate en casa! ¿Sí? ¡De verdad! ¡Las calles están resbaladizas, el ayuntamiento pasa de todo, y encima, en el metro, la mitad de la gente estornuda y la otra mitad tose! En mi oficina, la mitad estamos de baja le insistía mi madre pero con toda la razón del mundo. Así que hazme caso, ¿vale?
Llamo a mi madre todas las noches: para preguntarle cómo está, si quedó algo de pan, si necesita fruta, para escuchar cómo le va. Luego hablamos de mí, de cuándo me animaré por fin a pedirle matrimonio a mi pobre Sofía, de la casa del pueblo y del maldito tejado, que habrá que reparar la próxima primavera.
Mi madre, Carmen Antúnez, escucha siempre con el mismo cariño. Sabe reconocer mis suspiros, las inflexiones en mi voz, adivina mi estado de ánimo casi sin equivocarse. Por eso, cuando la vuelvo a aleccionar sobre no salir de casa, me responde con evasivas:
Sí, hijo, claro, procuraré ser muy prudente responde con delicada amabilidad.
Mamá, ¿te vas a ir a algún sitio? le pillo, con voz cansada, ¡que no es momento para irse de aventuras! Quédate en casa, de verdad
Mamá asiente en silencio al teléfono.
Pero, seamos sinceros: ¡qué vida más aburrida! No se resigna a pasarse los días tejiendo o viendo pasapalabra, ni tiene la paciencia de cultivar los geranios del balcón o rellenar sudokus como sus amigas. A Carmen la vida se le hace cuesta arriba sin un poco de emoción.
Hay veces que me imagino cómo se escapa de noche, con su amiga Marga, que tiene cinco años más que ella, rumbo a Sevilla en el AVE, paseando todo el día por el centro, tomando chocolate con churros en una terraza, y luego volviendo agotadas pero exultantes a Madrid. Esas cosas le dan la vida.
En su viudedad no le falta algún crucero nocturno por el Manzanares, sesiones de cartas en casa de las Salinas, ir al teatro una vez al mes, pasear por los mercadillos dos veces al mes, no por capricho, sino por necesidad, como decía el añorado papá. Y otras alegrías que me calla y que, sinceramente, no quiero ni saber.
Yo, por mi parte, soy muy meticuloso con lo suyo: análisis, visitas al médico dos veces al año, revisiones, suplementos, gotitas para la tensión Lo llevo todo organizado.
Pero ir con mi madre a la consulta es sufrir. Es de esas personas que se hacen amigas de todo el mundo en la sala de espera, cambian de tema, preguntan si han ido al Museo del Prado o al teatro Maravillas, y cuando el médico la llama, pierde el turno.
¡Pero mamá, si te dije que entraras a las cinco! le recrimino, corriendo por el pasillo con una botellita de agua en mano.
Ay, hijo, perdona, me lié hablando. Hasta luego le sonríe a todo el mundo mientras se escabulle por la puerta del médico guiñando un ojo, como si fuera cómplice en algo prohibido.
Dentro, charla de perros, nietos, la sierra de Guadarrama, el Quijote y la ópera. El médico pregunta por la salud y ella se distrae. Hasta que salto yo, perdiendo la paciencia:
¿Te puedes estar callada un minuto? ¡Te están preguntando si se te duermen las manos!
¡Mira, Miguel, a mi edad se me puede dormir hasta el moño, pero tú déjame hablar con el doctor de Murillo y del cristal de La Granja! me espeta ofendida.
Mamá es culta, ocurrente y charlatana. Eso, a veces, le juegan malas pasadas.
Después de despedirme por teléfono, baja a tirar la basura y, ya que está, se acerca a mirar los claveles del rellano, donde topa con don Enrique, el vecino.
Don Enrique, qué personaje. Nunca le caído bien a mi hijo. Un señor serio, poco hablador. Siempre revolviendo en los rosales de la comunidad, luego se va a pescar barbos al Tajo (“Hoy voy a por barbos”, le comenta a Miguel, que pasa de todo eso, claro) y en navidad adorna el portal. En invierno, esquía en Navacerrada y alimenta ardillas, pero sigue siendo arisco y solitario.
Don Enrique, buenas tardes, ¡vaya ventisca! le saluda mamá. Mi hijo acaba de llamarme, que no salga, pero confiesa, bajando la cabeza, pero tengo que salir No sé cómo decírselo.
¿Decírselo a quién? responde don Enrique, inexpresivo.
A Miguel, claro. Me ha ordenado quedarme, pero ¡Llegaré tarde! ¡Perdone, me marcho!
Y Carmen sale aprisa dejando a don Enrique meditando en la escalera.
Las pequeñas dolencias no iban a frenarla: colesterol, presión algo alta, una molestia en el pie derecho cuando cambia el tiempo bah, minucias para quien ansía belleza y alegría.
Enrique observa cómo su vecina sube a un taxi y se pierde entre el tráfico en la Castellana, rumbo a no sé dónde.
Y llegó el baile. Y qué bien se lo pasó mamá. Bailó estupendamente: su pareja, don Ricardo Salcedo, altísimo, algo clásico, con bigote y rostro encendido, le recitó a Quevedo entre paso y paso. No le gustaba mucho, pero no venía a casarse ni a hacer la comida, sólo a bailar.
Mi madre estaba harta de tanta vigilancia. Quería travesuras y locuras, reír, soñar, como en la juventud.
No está loca: sólo es una mujer común con problemas, una vida de pérdidas, un hijo único quizá demasiado pendiente de ella y un miedo silencioso a acabar rodeada de cuidadoras cuando cumpla ochenta.
Pero esa noche, antes de Fin de Año, bailando entre la música y las luces, se sentía viva y agradecida, aunque hubiera tenido que mentirme para escaparse.
Don Ricardo le ofrece un refresco y se lo tercia de un trago. La anima a beberlo de golpe ¡Por la salud!. Ella, con una sonrisa incómoda, prefiere no beber mucho, por si se marea y tiene que volver pronto. Todo había salido tan bien. Ya me había llamado y no la vigilaría más esa noche. Mentiras pequeñas para grandezas puntuales.
Fue a esa fiesta porque le llegó un folleto: el gimnasio recién inaugurado organizaba bailes para mayores. Se apuntó, se arregló y allí estaba, con vestido y maquillaje, al compás de un vals.
Don Ricardo empezó a hablar de las mujeres del club, de que todas eran unas cazafortunas, de sus coches y su casa en la playa de Sitges, y que no iba a compartirlo con ninguna. Se quejaba en voz alta y de muy malos modos.
Pero ¡si yo sólo quería bailar! protesta mamá, buscando apartarse. ¿Por qué se empeña?
Él, molesto, le impide el paso y, con ironía, la critica: Menuda casa de muñecas. Y la insulta delante de todos. Mamá no aguanta y se pone a llorar, el maquillaje empieza a correrse. Como una niña asustada, corre al baño, queriendo desaparecer, pensando que quizás yo tenía razón, que salir solo complica la vida.
Empapando la cara con lágrimas y maquillaje, suena el móvil. Es Miguel.
Mamá, ¿dónde estás? Estoy en la puerta de casa, llevo diez minutos llamando. ¿No entiendes que sólo quiero que te cuides? ¿Y si te pones mala? me oyó irritado.
Tranquilo, cariño Sólo salí a tomar el aire, no podía estar encerrada Vuelve a casa, anda. Ya me he alejado demasiado, no regreso le digo, entre hipidos.
Voy a buscarte insisto. ¿Dónde estás?
¡No! Por favor, no vengas
Lo sé todo. El vecino me ha avisado. Estoy aquí fuera, mamá Y don Enrique ha entrado a buscarte. Dice que está preocupado.
Ella cuelga la llamada y vuelve a sollozar. Una señora del servicio de limpieza aparece, con ese acento tan castizo del barrio de Lavapiés.
¿Pero qué haces aquí, mujer? le pregunta.
Necesito recomponerme. Mi hijo y el vecino me esperan. ¿Y cómo salgo así?
La señora saca de su bolsa unas toallitas: Mira, de mi nieta, que entiende de esas cosas. Te limpias bien. ¡No te frotes los ojos, eh! Esta parte suave es para la cara y la otra, exfoliante. Así, como una piel de melocotón, dice la niña.
Mamá sonríe, agradecida, y se limpia la cara. Le va mejor sin maquillaje que con él. Hablan un poco. No se llora por los hombres, sentencia la señora. Y menos por uno así de necio.
Recupera la compostura y salen las dos del baño. Allí la espera don Enrique, impasible en su abrigo y bufanda de lana, completamente fuera de sitio entre el confeti y las luces. Se le nota distinto: preocupándose por Carmen y dejando claro que, con don Ricardo, ya ha hablado claro.
¿Cómo has sabido dónde estoy? pregunta mamá.
He memorizado la matrícula del taxi y he llamado para preguntar. La operadora era una chica joven y me lo ha dicho.
¿Has llorado por ese imbécil? se atreve a decir Enrique. Estabas guapísima, Carmen. Y ahora estás aún mejor, más auténtica.
Ella sonríe tímida. Se da cuenta de que esa es la gente verdadera.
Vamos, tu hijo nos espera. Y le da las gracias a la señora de la limpieza, que se despide dándole el paquete entero de toallitas. No te faltarán. Yo también me arreglo, aunque limpie escaleras, dice.
En la puerta me espera mi hijo, brazos cruzados, gesto reprobador.
Por favor, mamá, ¿qué necesidad tienes de arriesgarte así? Me tienes loco de los nervios. Sabes que te quiero, pero no quiero perderte
Lo sé, Miguel, lo sé. Pero necesito vivir, ¿entiendes? No quiero estar todo el día encerrada, sin ver a mis amigas, sin pasear, sin reírme. Quiero disfrutar, no sólo sobrevivir.
Bueno, bueno, subid al coche. Gracias, don Enrique. Y mamá, ¿qué más me escondes? ¿Juegas a cartas, vas al yoga, bailes de salón, alguna pelea más?
Ella ríe baja la ventanilla. Jugamos por diversión, nada de dinero, que la pensión no da para riesgos, hijo.
Menos mal… Que mis amigas te despluman al mus, seguro dice Miguel, resignado.
El viaje a casa tiene algo de reconciliación, de Navidad anticipada, del Madrid que añoro.
En casa, después de la cena, mamá deja las toallitas sobre la mesa.
Hijo, pásaselas a Sofía, son buenísimas, tienen dos texturas para el maquillaje.
Más inventos vuestros madre, ¿cuándo vas a tranquilizarte?
No lo sé, hijo. Por cierto nuestro vecino, Enrique ¿me dejas ir a dar un paseo mañana con él?
Mi hijo resopla, al final asiente.
Haz lo que quieras, quizás deba dejarte más espacio. Igual me animo y me caso con Sofía.
Yo sería feliz, hijo. Y me gusta mucho Sofía. le digo abrazándolo.
La Nochevieja la celebramos en familia, los cuatro: mi madre, don Enrique, Sofía y yo. Fue una noche feliz. Después de las uvas, en la ventana, brillaba un abeto iluminado que Enrique había adornado como regalo para mi madre.
Gracias por las toallitas, Carmen. Son mágicas me susurró Sofía. Ya hasta mis amigas las quieren.
Me alegro mucho, cariño, hay que ayudarse entre mujeres.
Nos sonreímos. Y entonces comprendí: a veces, proteger demasiado a quienes queremos acaba cortando sus alas. Aprendí esa noche a soltar un poco la cuerda y a confiar. Cada uno debe poder bailar el vals de la vida a su manera.







