El Gran Divorcio
Exactamente cuatro años aguantaron los Rojales en su matrimonio. Pero, por mucho que intentaran actuar como enamorados eternos, nunca lograron echar raíces en el huerto de la felicidad conyugal. El divorcio ya se veía venir de lejos.
¿Y así, sin más, os divorciáis y ya está? le preguntó su amiga a Lucía Rojales cuando la invitó a ahogar penas a base de bocadillos redondos de pan gallego.
Sí. ¿Qué otra cosa nos queda? Lo hemos hablado. Será lo mejor para los dos…
No, si no digo por el divorcio en sí, digo por el evento. Habrá que celebrarlo en condiciones, ¿no? Poner un punto final de los de verdad.
Últimamente estoy de los nervios, tampoco hace falta que me lo recuerdes todo el rato se quejó Lucía, aniquilando su ansiedad a base de pizza con piña y luego con marisco.
¡Que no lo digo por ti, mujer, lo digo por el divorcio! ¡Si la boda fue espectacular, aún sigo pagando una letra por el trozo del pastel que me llevé! Entonces, ¿por qué no hacemos del divorcio algo sonado también? Un restaurante, desfile de coches, maestro de ceremonias, y quemar el puente simbólicamente Yo me apunto.
¿Eso se puede hacer?
¡Que si se puede! ¡Es que se debe!
No tengo apenas dinero ¡Ahora toca partirse la vajilla y hasta las fundas de las almohadas!
Mira, tengo una conocida que te organiza todo por un saco de patatas. El resto se arregla con regalos. Por ahora, pensemos en la despedida de casada. Algo casero y decente, para que digas adiós a la vida familiar como Dios manda.
O sea, lo de siempre: quedamos con las chicas y al final nadie va porque todas tienen marido y niños.
¡Eso sería perfecto!
Al día siguiente, Lucía y su amiga se presentaron en la oficina de la organizadora, que se llamaba Julia. Por alguna razón, Julia las recibió en un centro comercial, tras el mostrador de una cafetería de crêpes, atendiendo a clientes y tomando nota de pedidos al mismo tiempo.
¿Nos echas un cable? preguntó la amiga de Lucía, resumiendo la cuestión.
¡Facilísimo! Ya estoy imaginando el día: la divorciada, guapísima, vestida de negro riguroso, jura que nunca más y por nada del mundo. El exmarido, en sus pantalones horteras que ahora podrá usar a todas horas, suelta el ansiado no. Luego todos juntos nos vamos a la casa de empeños y entregamos las alianzas en una ceremonia. Los invitados corean: ¡Dulce! ¡Semi-dulce! Bueno, ya pensaré más cosas dijo Julia, y de pronto, gritando tan fuerte que se nos taparon los oídos, soltó: ¡Pedido número sesenta y cuatro, listo!
Para sorpresa de todos, el marido de Lucía acogió la idea encantado. Los padres, en cambio, no lo vieron igual.
¡Estas modernidades vuestras! En nuestra época se divorciaba uno en silencio y se odiaba al otro el resto de su vida refunfuñaron, ambos bandos. Ni un euro os damos para el divorcio.
Una semana después, todo estaba dispuesto. Según el guion de Julia, la fiesta arrancaba con una especie de rescate: el exmarido tenía que salir del piso atravesando varias pruebas: concursos, canciones, y solo podía avanzar si pagaba con monedas, cantaba o hacía caso a las indicaciones para largarse rápido. Como había doce pisos, a Sergio le dejaron usar el ascensor. Ahí también metieron sus últimos bultos y al padrino.
Luego, gracias al primo de Julia, guardia civil, acudió un fotógrafo forense que lo inmortalizaba todo. Cuando terminó el divorcio, nueve personas acabaron fichadas para el recuerdo.
¡Ahora, al Juzgado! anunció Julia, solemne, cuando todos bajaron.
Siguiendo la tradición que acababan de inventar, los Rojales se montaron juntos en el coche, aunque a la vuelta cada cual iría por su lado. A los demás invitados se les repartieron abonos de metro, suelto para el autobús y la furgoneta del fotógrafo, donde hacían concursos de huellas y falsas declaraciones por el camino al Registro Civil, cantando a pleno pulmón Hoy puede ser un gran día de Serrat.
Firmada la sentencia y extinguida la célula familiar, la comitiva se volcó en la calle. Julia sacó una enorme jaula y propuso atrapar un par de palomas. La gente se rió, cantó, felicitó a los recién divorciados. Los hombres de verdad felicitaron al exmarido y le desearon años de alegría solitaria con cierta envidia. Sus mujeres, de inmediato, les echaron la bronca y acabaron cogiendo el ramo: un conjunto de recibos de la luz y el agua hecho flores.
¡Vaya si se lo están pasando bien! ¡Eso sí es celebrar! comentó alguien de otra boda del lugar.
No, que se están divorciando, me han dicho.
Al ver a los felices Rojales, no pocas parejas aplazaron su propia firma ese día.
Después de cortar el candado del puente y vender las alianzas en la misma casa de empeños para costear gastos, la comitiva se fue al restaurante. Allí les esperaba el grupo musical amigo de Julia, menú de mediodía y una mesa de crêpes con miel. El banquete lo patrocinaba La Crepería Número 8, donde Julia era cajera. Por supuesto, también el pastel era una torre de crêpes.
Esto parece un funeral más que una fiesta suspiró Lucía, viendo el ambiente animado pero a la vez solemne.
Pues estamos enterrando la vida en común, así que tiene sentido le respondió la cajera-todera y sugirió a los ya no jóvenes que se marcasen su último baile.
Sonó Chopin.
¿Sabes? No ha quedado tan mal le confesó Lucía a Sergio, bailando con él en el centro.
Totalmente asintió él. Nunca había visto a tus padres y a los míos llevarse tan bien.
Durante una vuelta, Lucía se sorprendió al ver a los dos padres, que normalmente eran enemigos, abrazados como viejos camaradas, tarareando algo y llorando a la vez.
La mesa rebosaba de regalos: juegos de sábanas individuales, entradas para conciertos, pesas de un solo brazo, vajilla para uno solo, bonos de yoga, gimnasio y hasta un cursillo de baile exótico Al final, a los recién separados les entregaron llaves de hotel en distintas zonas de Madrid, cupones de descuento para la Crepería Número 8 y un vale de dos viajes en el coche de la Guardia Civil.
La fiesta terminó con fuegos artificiales y liquidación del pastel. Los invitados, contentos, regresaron a sus casas, a sus esposos, esposas e hijos, y los Rojales se marcharon cada uno por su cuenta.
Tres semanas después, el álbum de fotos estaba listo. Sergio fue a casa de Lucía a recoger su cortaúñas.
Salió muy bien, fíjate exclamó Lucía, hojeando junto a su exmarido las fotos en blanco y negro, llenas de caras felices y pruebas disparatadas.
Sí, no está mal. ¿Te vas a cambiar de apellido?
No, ya me he acostumbrado y López tampoco es que suene mejor bromeó.
Tienes razón sonrió Sergio. ¿Me voy, entonces?
Sí Espera, ¡espera!
Sergio la miró, sorprendido.
¿Te apetece cenar algo en la crepería? Los cupones caducan hoy y me daría pena perderlos…
A mí también respondió Sergio. Y ya sabes que el crêpe es símbolo de renovación. Igual es nuestro momento. Entonces, ¿es una cita?
No sé Lucía titubeó un instante, ¿no será un error después de semejante divorcio? Cuentan que hasta salimos en las noticias…
¿Y qué? Nadie nos juzga. Somos libres y podemos vernos cuando queramos. Por cierto, la semana que viene, el padrino y la testigo se divorcian. Nos han invitado. ¿Te apetece ir?
Ya lo pensaré dijo Lucía, sonriendo. Ya tengo el juego de sábanas que me regalaron Algo tendré que llevar.







