Descubrir la verdad

¿Qué clase de trabajo tienes tú, hija, que ni un ratito puedes quedarte conmigo, con tu propia madre? Bueno… Carmen González levantó la mano, resignada, como quien ya está muy acostumbrada. Anda, ¿por lo menos te preparo un táper para el camino? Seguro que no has comido nada

*****

¡Abuela, hola! gritó llena de alegría Ana, saltando del coche. ¡Fíjate, que me voy a quedar todo un mes contigo!

¡Hola, mi niña! ¿Un mes entero dices? ¿De verdad?

¡Claro! ¡Mamá lo ha dicho!

¡Pues qué maravilla! ¡Ya verás todo lo que podemos hacer juntas, Carmen la abrazó fuerte, apretándola contra el delantal.

Al ver las puertas abiertas del jardín, fue corriendo a ayudar a su hija con las bolsas.

¿Qué tal el viaje?

Hola, mamá. Todo bien. La verdad es que qué suerte tener coche propio. No me quiero ni imaginar cómo habría venido con Ana y todas estas cosas en el autobús.

Yo contigo siempre iba en autobús, ya sabes, coche nunca tuve, se rió Carmen apretando los mofletes de su hija.

Ya aún lo recuerdo. No sé cómo te apañabas cuando ibas a la plaza del pueblo conmigo. Tendría yo unos siete años Y tú ahí, vigilándome a mí y controlando todas las bolsas.

Pues sí, Anita, tú tenías siete, como ahora tú hija No sé cómo, pero me las apañaba. Gracias a Dios, como dicen. Bueno, venga, id a lavaros las manos que yo voy preparando la comida. Os he cocinado un montón de cosas.

Marina puso cara de culpa y miró a su madre.

¿Te pasa algo? preguntó Carmen con una sombra de preocupación. Marina, no me digas que

Sí, mamá. Me tengo que ir ya

¿Cómo? ¿Ahora mismo?

Sí, mamá, ahora. Perdóname, pero me ha pedido el jefe que termine cuanto antes un proyecto importante: no te imaginas la de trabajo que tengo y el tiempo que falta

Siempre falta tiempo, suspiró Carmen.

Mamá, no puedo fallarle a mi jefe. Tengo un buen trabajo y me pagan muy bien, euros, así que No voy a poder comer con vosotras. Además, tardaré como tres horas de vuelta a Madrid.

¿Pero qué trabajo es ese, que ni una hora te deja pasar con tu madre? Bueno Carmen, resignada, le revolvió el pelo. Al menos llévate algo para el viaje, que seguro que vas a estar sin comer.

Déjaselo a la peque, que en casa casi ni come, respondió Marina sonriendo.

La abrazó fuerte.

¡Ah! Casi se me olvida lo más importante Ana va a estar contigo todo el mes; cuídala mucho. Ya sabes lo curiosa que es, le gusta meterse en todos los rincones.

Claro que sí, hija, tú no te preocupes, Carmen la besó para despedirse y la miró por la ventana mientras el coche se alejaba. No podía evitar que se le escapase alguna lágrima.

Últimamente veía a Marina muy poco, casi siempre solo hablaban por teléfono. Pero, ¿es eso hablar de verdad?

Bueno, al menos Marina le traía a la nieta de vez en cuando, porque si no estaría ya de capa caída.

Y por cierto Carmen miró alrededor. ¿Dónde está Anita?

*****

Tardó diez minutos buscando por toda la casa y el huerto a la desaparecida Anita, hasta que al final la encontró en el patio de atrás.

¡Ana! Al menos avísame cuando quieras salir atrás, hija, me has dado un susto de muerte.

Perdona abuela Es que estabas hablando con mamá y yo me aburría. Así que he venido a ver qué había por aquí, Ana le sonrió. Quería preguntarte, abuela: ¿por qué no me habías dicho nunca que tienes un gato tan bonito?

Carmen miró a la niña y luego al gato naranja que estaba sentadito a su lado, ronroneando.

Solo entonces lo vio.

Pues ¡Si nunca tuve gato! respondió, sorprendida.

¿Y entonces quién es este? rió Ana. ¡Es de verdad! Y ha venido a verme él solo.

Ya veo que es gato pero mío, desde luego, no es. Y en el pueblo no he visto nunca ninguno así de color anaranjado. Igual ha venido de otro pueblo

¿De otro pueblo? Anda ¡A lo mejor sus dueños le han echado! ¿Podemos quedárnoslo, abuela? preguntó la niña, con ojos de ilusión. Yo lo cuido todos los días, lo prometo. ¡Hasta le he puesto ya un nombre!

¿Cuál? le preguntó Carmen, medio sonriendo.

¡Melocotón!

Me lo imaginaba Venga, quédate con tu Melocotón. Pero primero, a lavarse las manos y a la mesa. Te prepararé a ti y a tu gato un buen banquete.

*****

Después de comer, Ana jugó con Melocotón en el jardín hasta casi la noche. Empezaron lanzándose una pelotita y luego jugaban al escondite.

Eso sí, Melocotón encontraba a Ana en seguida, pero ella nunca podía descubrir dónde se escondía el gato.

¡Me rindo, Melocotón! ¡No hay manera! ¡Sal ya!

A los segundos, el gato aparecía por detrás, restregándose en sus piernas. Anita miraba por todos lados, sin entender de dónde salía.

¿Será que se hace invisible?, pensaba, intrigada.

Anita, ya anochece. ¡Ven a casa! llamó la abuela.

¿Me dejas traer a Melocotón dentro? Es que me gusta tanto estar con él

No, mi vida. Dentro de casa el gato no entra. Ni lo pidas. Que duerma fuera, que ahora hace buen tiempo.

Vale… contestó, decepcionada.

Anita abrazó fuerte a Melocotón y le dijo que tenía muchas ganas de verlo otra vez por la mañana.

El gato maulló como si dijera lo mismo y fue hacia la caseta, su sitio favorito.

*****

A la mañana siguiente, Carmen fue como de costumbre al cobertizo a dar de comer a los pollitos.

La idea de tener animales la tuvo hace poco. Antes, lo suyo eran más bien las flores y el huerto, pero ahora se le antojó criar pollos.

¿Y por qué no? Así tengo huevos de casa y no tengo que andar yendo a casa de Manuela todos los días, pensó.

Dentro del cobertizo, los contó y… se quedó pensativa.

Le faltaba un pollito. Ayer por la noche había dieciocho, hoy solo diecisiete. Raro.

¿Se habrá escapado? ¿Cómo? Si la puerta estaba bien cerrada… murmuraba.

Se puso un poco triste, pero se le pasó pensando en su nieta, que pronto se levantaría, así que corrió a preparar el desayuno.

Abuela, ¿por qué estás tan seria? preguntó la niña con la boca llena de tortitas con mermelada. ¿Has dormido mal?

No pasa nada, Anita, solo… me falta un pollito, no sé dónde estará suspiró Carmen.

¿Tienes pollitos?

Sí, hija, ahora me ha dado por criar aves, sonrió la abuela. ¿Quieres verlos?

¡Por supuesto!

Pues termina la tortita y vamos juntas a verlos.

Diez minutos después, Ana se quedó mirando a los pollitos, que parecían rayitos de sol corriendo por el suelo del cobertizo.

Son tan curiosos y bonitos como yo, pensó la niña.

Luego los contó:

Diecisiete

Justo, Anita, son diecisiete. Antes eran dieciocho, estoy segura. ¿Dónde estará el que falta?

No te preocupes, abuela, seguro que vuelve. Habrá ido a dar una vuelta la tranquilizó.

Ojalá

Pero a la mañana siguiente había desaparecido otro. Y al tercer día, Carmen iba por la casa contando siete veces los pollitos y nada.

Quince. Faltan ya tres.

Cada día desaparecía uno. Si hubieran desaparecido todos de golpe, ni le sorprendería. Pero uno por día parecía cosa de brujas. Además, todo empezó cuando llegó la nieta y

¿Por qué tienes esa cara, Carmencita? le preguntó su amiga de toda la vida, Manuela Romero, que apareció por la cancela.

¿De qué voy a estar contenta? ¡Niña, se me están perdiendo los pollitos!

¿Cómo que perdiendo? replicó Manuela, mirando de reojo a Ana, que jugaba con el gato. ¿Y no será una zorra?, ¿o un zorro?

¿Tú has visto zorros en estos pueblos, Manuela? Anda ya ¿Entonces quién puede ser?

Yo vigilaría a ese gato tuyo señaló hacia Melocotón. Nunca antes te había visto un gato naranja aquí. ¿De dónde ha salido?

Llegó justo cuando vino Anita. Lo encontré en el patio Debe de ser de otro pueblo, porque aquí gatos así no hay.

¿Te das cuenta? Justo tres días lleva aquí igual que las desapariciones

¡Pero si le doy de comer! ¿Para qué iba a comerse los pollitos? Además, no hay huellas

Carmencita, ¡que los gatos son cazadores! Y por la noche es cuando más salen Está claro.

Carmen no quería creer que el gato tuviese la culpa, pero la duda se le metió en la cabeza. Recordó a Melocotón rondando el cobertizo, muy atento. Y colarse le sería muy fácil.

¿Y si es verdad? susurró.

*****

¡Anita, ven a comer! gritó Carmen desde la puerta.

¡Voy, abuela! Dile a Melocotón que ahora vuelvo, ¿vale?

Yo creo que mejor no Además, tu gato no pinta nada aquí.

¿Por qué? la niña se sorprendió.

Porque me está robando los pollitos por las noches. Desde que está él, me faltan pollitos cada mañana. ¿No notas la coincidencia?

Abuela, eso no puede ser. Melocotón es bueno, y le das de comer. Además

Abrazó al gato:

Además, no tienes ninguna prueba. ¡Y sin pruebas, no es culpable! Así que

Ana, entiéndelo: los gatos cazan. Es algo instintivo, y lo hacen de noche, es imposible pillarles en el acto. Anda, entra en casa que ahora mismo echo a Melocotón del jardín.

En ese momento, apareció un hombre tras la valla. Se quedó parado, luego se acercó a la puerta.

¡Carmen, buenas! ¿Todo bien? era Don Pablo, el guardia civil del pueblo. ¡Que se escucha tu voz hasta la plaza!

Buenas, Pablo, contestó Carmen, seca. Todo bien. No estoy gritando, solo hablando claro. Vete, hombre, que bastante tengo ya

¿Seguro? Si necesitas ayuda insistía Don Pablo. Que me pagáis para eso, ¿eh?

Gracias, pero puedo sola.

Carmen llevó a su nieta a casa, echó al gato del patio y se quedó pensando, mirando a Don Pablo mientras se marchaba por el camino.

¿Qué hará aquí ahora este? ¿Todavía sigue esperando que le haga caso?, se dijo.

Con Don Pablo, Carmen tenía historia. Cuando se jubiló el anterior guardia vino él, joven, guapo y muy simpático. A ella le gustó desde el primer día pero él nunca se atrevía a decirle nada. Ni una palabra de amor, ni una propuesta. El tiempo pasaba, y Carmen acabó casándose con Vicente, el tractorista, que siempre le rondaba.

No cuajó aquel matrimonio. Se separó rápido, pero de aquello tuvo a Marina, su tesoro. Don Pablo nunca se casó. Años después, le mandó una carta confesándole su amor, pero Carmen ya no quería jaleos: prefería centrarse en criar a su hija.

Y luego vino su nieta En fin, que ese tren ya había pasado.

Pero Don Pablo no paraba de escribirle cartas. Un día Carmen se plantó y se lo dejó claro:

Lo siento, Pablo, pero lo nuestro no puede ser. Por favor, deja de escribirme y de venir por aquí. Si no, llamo yo misma a tus jefes.

Él desapareció un tiempo y mira tú por dónde, ahora vuelve.

Quizá sólo pasaba por casualidad

*****

Por la tarde vino Manuela a merendar y Carmen le contó entre té y pastas su preocupación. Mientras, Ana hablaba con el gato al lado de la valla.

Melocotón, por favor, no te enfades con la abuela. Seguro que la culpa es de la tía Manuela, que le habrá metido esas ideas. Pero yo sé que tú eres bueno, ¿a que sí?

Miaaaaau…

Pues eso. Me parece raro ¿Y si es ella la que los roba? Como viene tanto a casa, ha visto dónde están

Ana sospechaba que alguien del pueblo robaba los pollitos. Y si no era Melocotón, pensaba que la sospechosa era Manuela.

Así que hay que atrapar al ladrón con las manos en la masa. Melocotón, ¿me ayudas?

Miaauuu

No sabía aún cómo hacerlo, pero confiaba en su gato: era listo, además de bueno y guapo.

*****

Esa noche, Anita no podía dormir, dándole vueltas a la cabeza. Su abuela, hasta tarde en la cocina, luego ya se fue a la cama.

Casi dormida, escuchó un rasguido en la ventana. Se asomó y vio a Melocotón, maullando y pidiendo entrar.

¿Qué haces aquí, Melocotón? Si la abuela te pilla otra vez

Miaauuu

¡Chist!

Abrió la ventana, lo cogió y el gato enseguida se le escurrió, saltó a la mesa y volvió a maullar.

¿Quieres que salga? ¿Crees que el ladrón vendrá hoy?

“Claro, si roban por la noche, solo de noche podremos pillar al ladrón”, pensó.

Se vistió corriendo, cogió el gato y fue de puntillas a la puerta. Justo cuando estaba por salir, una voz severa la hizo pararse.

¿Adónde crees que vas a estas horas?

¿Abuela? ¿Y tú qué haces levantada?

Lo mismo podría preguntarte yo, ¿eh? ¿Dónde vas, y con el gato?

Carmen encendió la luz y, al ver el gato, se llevó la mano al pecho.

Melocotón ha venido a buscarme, abuela. Creo que hoy podrá atrapar al culpable de los pollitos.

Hija, los pollos los roba tu gato y punto. ¿Qué persona humana va a venir por la noche? Venga ya

Abuela, ¿tú me quieres?

Claro que te quiero. ¿Qué pregunta más tonta?

Entonces, créeme: Melocotón no es el ladrón lágrimas en los ojos. Tenemos que poner una trampa y pillar al verdadero culpable.

Carmen suspiró. Sabía que la nieta no iba a rendirse y pensó que así, al menos, podría demostrarle la verdad.

Vale, Anita. Te doy una oportunidad. Pero si esta noche no desaparece ningún pollo, tendrás que aceptar que Melocotón fue el culpable.

Trato hecho.

Iba a salir, pero Carmen la paró.

Espera, que no vas tú sola por la noche. Vamos juntas. Dame cinco minutos.

En cinco minutos, armadas de valor (y con gato incluido), salieron al jardín a buscar sitio. Melocotón se metió entre los rosales y maulló varias veces.

Abuela, aquí mismo. Desde aquí se ve todo el cobertizo.

Venga, pues aquí, rió Carmen.

Pensaba que era una tontería, pero así la dejaría tranquila. Nos quedamos un rato, y ya.

*****

Al rato, Carmen ya cabeceaba de sueño, cuando Ana la despertó dándole un codazo.

¿Qué pasa?

¡Mira, abuela! Ana señaló hacia la cancela.

Carmen se frotó los ojos. De verdad, había alguien ahí. Un poco más y era una película: una mujer que se movía como ladrón de noche y, al acercarse, Carmen vio que era Manuela.

¡No puede ser!

Pero Manuela iba como perdida, echando un ojo por todos lados, buscando algo.

¡Manuela! saltó Carmen del seto. ¿Qué haces aquí?

Manuela casi se muere del susto y, al ver a Carmen y Ana, suspiró.

¡Virgen del Rocío, Carmen! Por poco me matas del susto.

¿Desde cuándo merodeas los jardines ajenos por la noche? ¿No te bastaban ya tres pollitos? ¿Me los piensas robar todos?

¡Estás mal de la cabeza! ¿Para qué quiero tus pollos si tengo de sobra en casa? ¡Que no!

¿Entonces a qué has venido?

A ayudarte, mujer. No quiero verte tan disgustada, así que venía a vigilar por si veía al ladrón.

¡Mentira!

¡Que no! Que somos amigas desde la infancia, ¿cómo puedes pensar así de mí?

Carmen la miró… y le creyó.

Por tu culpa, Anita, casi me peleo con mi mejor amiga, pensó.

Perdóname, Manuela. No sé

¡Shhh! Manuela hizo gesto de silencio mirando a la puerta.

¿Qué ves? susurró Carmen.

Alguien viene.

¡Abuela, tía Manuela, ¡al seto! gritó Ana, cogiendo al gato.

Las dos mujeres, obedientes, se agacharon. Y en ese momento, la puerta se abrió suavemente y un hombre entró con un saco del que asomaba un pollito.

Carmen estaba a punto de reventar ¡Era Don Pablo!

¡¿Pero bueno, Pablo, se puede saber qué haces aquí?! ¡Así que eras tú el que rondabas ayer! ¿Por qué te ha dado por robarme los pollitos?

Don Pablo se quedó blanco, sorprendido al ver a Carmen, a Manuela y a la niña con el gato.

¿Nada que decir? siguió exigiendo Carmen. ¿¡Era por venganza, por no haberte hecho caso?!

No, Carmen, has entendido todo mal empezó a balbucear el guardia.

¿Ah, sí? ¿Y cómo es entonces?

Don Pablo se sonrojó y lo confesó todo: sí, había robado los pollitos, pero sólo para que Carmen le pidiera ayuda y así quedar como héroe.

¡Tócate las narices! Menudo héroe ¿Tú sabes que eso es robar, Pablo?

¡No sabes el susto que me has dado! intervino Manuela.

¡Eso! ¿Te imaginas, guardia civil, robando pollos a una pobre mujer? ¿Qué va a ser lo próximo?

Ana miraba a Don Pablo, y por algún motivo le creía. Además, Melocotón tranquilo, ni se inmutó.

Perdóname, Carmen. No sabía cómo llamar tu atención. Te quiero.

¿Ahora?

Siempre la he querido, susurró él.

¿Y por qué nunca te atreviste? Cuando podías

Me daba miedo que me rechazaras.

Mira, Anita, mira lo que les pasa a algunos hombres, que ni saben lo que sienten rió Carmen. A ver si tú eliges mejor.

¿Y los pollitos, señor Pablo? ¿No se los habrá comido ya, verdad? preguntó Ana.

¡Qué va! abrió el saco y mostró los pollitos. Aquí están todos, sanos y salvos.

Se los devolvió a Carmen.

Cuando vi lo mal que estabas ayer, supe que era una tontería todo esto. He venido a devolverlos. Pensaba que así

¡Ya está bien, veníos dentro a tomar algo! rió Carmen. Total, ya no tenemos sueño.

Y en cuanto Anita vio esto, Carmen le dejó meter esa noche al Melocotón en casa. Carmen, Manuela y Pablo estuvieron hasta el amanecer charlando y riendo como hacía tiempo.

Carmen se reconciliaba con Don Pablo, y no podía evitar sentirse ilusionada al ver cuánto la quería. Tanto, que ni se casó nunca.

Creo que este hombre se merece una oportunidad, pensó Carmen.

*****

Mamá, ¿qué tal se ha portado Ana? preguntó Marina al recoger a su hija.

¡Muy bien, cariño! No te preocupes.

¿Seguro que no me engañas? Es que Ana tiene tela. En casa la profe siempre se queja

Va, que sí. Ha sido un angelito. ¿Comes algo antes de irte, o vas con prisas como siempre?

Como contigo, mamá, le sonrió Marina.

¿De veras?

Que sí, presentación finalizada y me han dado la semana libre. ¡Tengo tiempo para ti!

¡Pues maravilloso!

Durante la comida, Marina miraba sorprendida cómo Pablo atendía a su madre, y se alegraba de corazón. Ojalá, ahora la abuela no esté sola.

Y viendo a Ana con el gato, flipaba de ver lo bien que se entendían; de normal, su hija no era de muchos amigos.

*****

Marina pasó la semana entera con su madre. Sabía que últimamente la había tenido abandonada, así que quiso aprovechar.

Al séptimo día, listas para volver a Madrid, Ana se despidió de Melocotón.

Melocotón, pórtate bien y haz caso a la abuela, ¿vale? le abrazó muy fuerte.

Tanto, que solo al soltarlo el gato pudo decir:

Miauuu

Vendré en todas las vacaciones, ¿verdad, mamá?

Claro, mi cielo. El trato es el trato: Melocotón se queda aquí y tú, cada vez que haya vacaciones, vendrás con la abuela y el abuelo Pablo.

*****

Carmen se quedó mirando cómo el coche se alejaba. Solo que ahora sonreía.

Porque pronto vendrían de nuevo su hija y su nieta, y porque, al fin, ya no estaba sola: tenía a su lado al hombre que siempre le quiso, y al querido Melocotón, que ya le había perdonado por haber dudado de él.

Eso sí, todavía Carmen no lo sabía y seguía cuidando a su gato y preparándole unas croquetas de pescado que ni en el mejor bar de Madrid. Y Melocotón, por eso, la quería aún más.

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