El ladrón de embutidos

EL GATO JAMONERO

No podía dejar de fijarme en aquel gato. Más que nada, porque robaba en mi pequeño ultramarinos del barrio. Y lo hacía de un modo tan peculiar que, sinceramente, resultaba imposible enfadarse con él. Al contrario.

Confieso que esperaba siempre con impaciencia el inicio de su ritual. Y tenía por costumbre grabarlo todo con el móvil. Luego, por la noche, se lo enseñaba a mi mujer y nos reíamos juntos. En fin.

El gato se quedaba largo rato sentado frente a la puerta abierta, con aire inocente de quien solo ha parado a descansar, desde luego, nada sospechoso. Miraba a un lado y a otro, asegurándose de que nadie anduviera cerca. Y yo, el dueño, me escondía tras el gran frigorífico, desde donde grababa aquel espectáculo.

Entonces, el animal entraba sigilosamente, directo al rincón de los embutidos. Allí, de repente, aceleraba, cogía un trozo de chorizo o una rodaja de salchichón y, raudo, salía disparado. Pero claro.

El hambre no le permitía correr demasiado lejos y, a un par de metros de la tienda, se paraba y se ponía a comer.

Salía yo entonces, sin acercarme mucho, y le preguntaba:
¿Está rico?

El gato alzaba la cabeza y soltaba un maullido de aprobación.
Eso es lo que importa le contestaba.
Vuelve cuando quieras.

Quizá os sorprenda pensar: ¿cómo es posible? ¿Los embutidos fuera de la nevera, medio escondidos, y aún por encima salchichones cortados y listos para llevar? La explicación es muy sencilla.

Resulta que tengo buen corazón.
Quería cuidar de aquel gato callejero. Apareció por la tienda flaco y demacrado, pero se negaba en redondo a arrimarse a nadie o a aceptar comida de mi mano. Así que ideé este método.

Al principio dejaba los trozos de salchichón muy cerca de la puerta para que Marco así le puse nombre al travieso pudiese llevárselos robando. Que al menos fuera un saqueo digno, con mérito.

Funcionó. Poco a poco, fui colocando el embutido más y más adentro, hasta organizarle su punto de provisión en la balda de abajo, justo a ras de suelo.

Marco hace tiempo que podría entrar, coger lo que le apeteciera y salir sin necesidad de disimulos, pero aquí amigos, el secreto está en el proceso: lo robado siempre sabe el doble de bueno.

Ya después puse junto a la tienda un bebederito, un gran cuenco con el mejor pienso y hasta una caja de arena. Al lado mismo, una pequeña caseta para perros con una mantita dentro.

Marco seguía siendo desconfiado y aún no se dejaba tocar, pero le encantaba charlar. Cuando salía tras el chorizo robado, me sentaba a hablar con él, y el gato, entre bocado y bocado, me miraba y contestaba con algún maullido.

No obstante, llevaba varios días dándole vueltas a una cuestión que me inquietaba. A Marco, a la vista estaba, ya no le faltaba de comer, estaba más gordito y lustroso. A pesar de ello, ¡no faltaba a su cita diaria con el robo! Un par de veces por jornada, se llevaba sus rodajas y desaparecía.

Intenté seguirlo muchas veces, sin éxito. Siempre lograba escabullirse.

Por eso compré una pequeña cámara con buena calidad, conectada al ordenador del despacho. Y así fue como, una tarde, descubrí el secreto de Marco.

Desde la ventana del sótano que daba justo a la vuelta de la esquina, salió disparado un gatito pelirrojo, que, muerto de hambre, se abalanzó sobre el manjar que le traía Marco.

¡Mañana mismo, has oído, mañana traes a esos dos a casa! me gritaba mi mujer, emocionada y llorando sin parar, pero…

No era tan fácil. Ahora resultaba sencillo atrapar a Marco, que hasta dormía en medio de la tienda, pero el pequeño era otra historia. Imposible acercarse a él.

Los días pasaban. Yo veía por la cámara cómo el pelirrojo se acercaba, bebía en el bebedero y a veces dormía en la caseta, pero al menor intento de acercarme, salía disparado como una centella y desaparecía.

Todo cambió aquel día. Me llamó la atención un maullido insistente al otro lado de la puerta del ultramarinos.

No había clientes, así que salí de detrás del mostrador en busca del origen del ruido.

En el umbral estaba el pelirrojo, gritando con todas sus fuerzas.
¿Qué te pasa, pequeño? pregunté.
El minino corrió hacia mí, buscó mis ojos y salió disparado calle abajo. Yo, sin pensarlo, le seguí.

Allí detrás, Marco yacía herido, quejándose. Un perro le había mordido la pata trasera. Logró zafarse, pero la herida era profunda.

El cachorrillo se acurrucó contra él y volvió a gemir.
Madre mía… susurré.

Me quité la chaqueta, envolví al pobre Marco, y metí al pelirrojo en el bolsillo interior. Cerré la tienda como pude y salí corriendo al veterinario.

Pasamos allí cinco horas. El veterinario cosió y curó a Marco mientras yo, durante la espera, me ganaba el cariño del pequeñajo, a quien bauticé como Chispa, porque era vivaracho y juguetón.

Esa noche, cerré el ultramarinos y llevé a casa a Marco, todavía medio aturdido por la anestesia, y a Chispa. Mi mujer estaba encantada. Y ya se sabe lo que hace una mujer feliz: llamar a todas sus amigas para contarles la historia al detalle y pedirles consejo entre risas y exclamaciones.

Cuando terminó, el silencio reinaba en casa. Yo, Marco y Chispa dormíamos estirados en la cama.
¡Vaya panorama! dijo mi mujer. ¿Y yo dónde duermo?

Pero Chispa, buen anfitrión, se apartó un poco y fue a acurrucarse junto a ella, masajeándole con sus patitas minúsculas.

Así es como los tres encontraron su hogar.

Ahora, dos gatos grandes y elegantes viven con nosotros, sin rastro de aquella vida de calle. A veces, Marco, por costumbre, acicala a Chispa, que no se queja en absoluto.

Y justo enfrente, al otro lado de la calle, junto a la zapatería, se ha instalado una pequeña gatita gris. La dependienta suele venir al ultramarinos a comprarle algo bueno de comer.

¿La adoptará también algún día?
Quizá.

¿Quizá llegue un día en que todos los gatos tengan familia, y sean un bien tan preciado que haya lista de espera y cursos obligatorios para adoptarlos?

¿Lo veis posible?
Quién sabeYo, por si acaso, sigo dejando cada mañana unas lonchas de jamón detrás del mostrador. No por si viene Marco eso ya no es necesario, sino por si algún otro invitado inesperado necesita recordar que, en este barrio y en este pequeño ultramarinos, lo robado no es otra cosa que la ternura de saberse bienvenido.

Y quién sabe, tal vez esa nueva gatita gris un día se atreva a cruzar la calle y, con el paso sigiloso de quien sabe que será perdonada de antemano, se cuele en mi tienda. Yo, por mi parte, prometo hacerme el despistado y grabar el ritual, quizá riendo de nuevo por las noches junto a mi mujer, porque al final los mejores robos no dejan la caja vacía, sino la casa llena.

Cada maullido, cada salto y cada bocado robado, desde entonces, me recuerda que la generosidad siempre encuentra caminos insospechados para llenar de cariño las estanterías de la vida cotidiana. Y, mientras afuera pasen cosas normales, aquí dentro, un pequeño milagro seguirá colándose cada día por la puerta.

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El ladrón de embutidos
Cómo la madre de mi nuera nos arrebató a nuestro hijo: desde que se casó, ya no nos visita, siempre está en casa de su suegra, que requiere ayuda urgente para todo. No puedo imaginar cómo vivió esa mujer antes de que su hija se casara con nuestro hijo. Nuestro hijo lleva más de dos años casado y después de la boda se mudaron al piso que le compramos cuando empezó la universidad. Siempre le hemos apoyado y comprendido, incluso antes de casarse vivía solo porque el piso estaba cerca de su trabajo. No diré que mi nuera no me gustara, pero me parecía que no estaba preparada para el matrimonio, aunque sólo era dos años más joven. Se comportaba muchas veces como una niña pequeña y solía ser caprichosa. Nuestro hijo siempre ha sido tan dulce y yo pensaba cómo iba a compartir la vida con alguien tan infantil. Después de conocerla a ella y a su madre, comprendí de dónde venía ese carácter. Aunque la suegra de mi hijo tiene mi edad, se comporta como una cría. ¿Has conocido alguna vez a personas que, aun siendo mayores, parecen niños indefensos? Gente así, totalmente inmadura e inútil. Al casarse su hija, la mujer llevaba ya seis divorcios. Nunca tuvimos tema de conversación; ella estaba en su propio mundo, pero al menos no se nos imponía. Sólo coincidimos en felicitarnos mutuamente por la boda de nuestros hijos y nada más. Ya antes de la boda me daba mala espina ver cómo mi nuera arrastraba a nuestro hijo a casa de su madre: que si el grifo gotea, que si hay que cambiar un enchufe, que si se ha caído un estante… Al principio quise pensar que era lógico: en esa casa no había “mano masculina” y podía venirles bien una ayuda. Pero después, los problemas no dejaban de surgir. Nuestro hijo cada vez nos hacía menos caso, siempre con la excusa de ir con su mujer a casa de la suegra. Luego empezaron a celebrar allí todas las fiestas y en nuestra mesa sólo quedábamos yo, mi padre y mi suegra. Al principio me resigné cuando nuestro hijo dejó de venir a eventos familiares, pero lo peor fue cuando empezó a ignorar también nuestras peticiones de ayuda. Hace poco compramos una nevera nueva y le pedimos que nos ayudara a subirla. Al principio aceptó, pero luego llamó para decir que no podía: tenía que ir con su esposa a casa de la suegra porque le estaba fallando la lavadora. Cuando mi marido llamó a nuestro hijo, se escuchó a la nuera decir: “¿No podían tus padres contratar una mudanza?” Al final nuestro hijo vino, pero de mal humor y soltó un: “Papá, ¿no podías llamar a una empresa? ¡Ahora tengo que cargar con esto!” Perdí los nervios y me pregunté por qué la suegra nunca llama a un profesional. Quizá vive en un mundo paralelo sin especialistas… Mi hijo decía que la mujer necesitaba ayuda y que hoy en día todo el mundo intenta estafar y cobrar sin arreglar nada. Entonces, mi marido estalló y dijo que igual la suegra no entiende de electrodomésticos, pero es una auténtica pastora, porque sabe cómo llevar y guiar a su “ovejita” muy bien. Nuestro hijo se enfadó y se fue sin decir palabra. No intervine porque, sinceramente, mi marido tenía razón: la familia política tiene a nuestro hijo explotado, hace allí de fontanero y manitas, y de nosotros se ha olvidado, no tiene tiempo ni para vernos. Después de esa discusión, nuestro hijo lleva más de dos semanas sin hablar con su padre. Mi marido tampoco cede y dice que no va a reconciliarse el primero. Yo me siento entre la espada y la pared: por un lado sé que mi esposo tiene razón, pero podría habérselo dicho de otra manera y ahora el hijo está dolido, se niega a vernos y yo no quiero perderle por esta tontería. El caso es que ni mi marido ni mi hijo quieren dar el primer paso para reconciliarse, y mientras tanto, ¡solo la suegra sale ganando!