Los sueños están hechos para cumplirse

Los sueños deben hacerse realidad

Margarita Pardo, tras acomodarse el pañuelo en el cuello y subir un poco más los guantes, avanzaba despacio por la Gran Vía de Madrid, disfrutando de cómo cambiaban los colores de los árboles con la llegada del otoño, cómo parecían decorados por algún pintor despistado, usando tonos rojizos y dorados que se posaban sobre las hojas cansadas por el sol del verano. Observaba los coches que pasaban, nuevos y relucientes, y a los peatones, con prisas y semblantes serios, concentrados en sus asuntos. Era bueno, pensaba Margarita, que la gente tuviera ocupaciones.

Se detenía ante los escaparates de las tiendas, desbordados de luces y adornos, cada uno como si fuera un pequeño escenario con sus propias decoraciones. Margarita no dejaba de asombrarse de cómo había cambiado todo, cómo se había transformado Madrid, la ciudad que antes recordaba oscura, con las huellas aún frescas del pasado.

¡Dios mío! ¿Cuánto ha vivido ya Margarita en este mundo…? ¡Era difícil de creer! ¿Y por qué la había dejado aquí el Señor, llevándose hace tanto a su padre, a su madre, y a tantos otros seres queridos?

Para que le dieras una hija a tu hija Luz, para que tuviera a Alejandra, y para que… le respondía en su mente la voz de su difunto marido.

Quizá tengas razón murmuró Margaríta con una suave sonrisa. Alguien tiene que continuar…

Margarita ya no tenía prisa. Su época de correr se había acabado. Primero fue al colegio, después quiso ir a la universidad, incluso aprobó el examen de acceso, pero estalló la guerra y acabó trabajando en una fábrica, viviendo el hambre y el frío del cerco de Madrid, apenas sobreviviendo, tan delgada que ni los vecinos la reconocían después, con los pómulos y las clavículas sobresaliendo bajo la piel. Tras el levantamiento del cerco, como todos, ayudó a limpiar, a insuflar nueva vida a Madrid, hermosa y herida.

¿Qué fue lo que salvó a Margarita en los peores momentos? Sus sueños. Ingenuos, simples, secretos.

¿Y con qué soñaba? ¡No lo creerías! Con café.

¡Sí, sí! Su padre, arquitecto, tomaba cada mañana café, bien cargado y oscuro, siempre con una sola cucharadita de azúcar y jamás con leche. Margarita, de niña, se sentaba frente a él en la gran mesa de la cocina. Mientras su madre preparaba el desayuno para todos, ella miraba cómo su padre, con los ojos entornados de felicidad, sorbía el café de una tacita pequeña de porcelana azul celeste, escuchaba el tictac del reloj de pared y algún portazo lejano, pero esos sonidos se volvían difusos porque papá estaba tomando café.

Era un ritual para todos en casa: la madre se levantaba temprano para preparar el café en el brikki, su padre se lavaba la cara y se ponía la chaqueta deprisa, pues no quería que el café se enfriara ni tampoco llegar tarde al despacho. Y Margarita, que adoraba a su padre más que a nadie, participaba en el ritual.

Su padre no era muy hablador, pero sí encantador de ver. Margarita, tapándose la boca para que su padre no oyera sus risas discretas, observaba cómo don Manuel fruncía el ceño leyendo el periódico, a veces levantando las cejas en gesto de sorpresa, otras torciendo los labios en señal de ¡vaya tontería dicen estos!. Cuando sonreía por una noticia buena, Margarita no podía evitar sonreír también como respuesta. Tras el último sorbo, arrugaba la nariz por alguna noticia desagradable, como si oliera a col rancia Era toda una función, y Margarita disfrutaba asistiendo a ella cada día.

¿Y tú por qué tan calladita, revoltosa? acababa diciendo don Manuel. Anda, tráeme la cartera, que debemos salvar el mundo, ¡grandes cosas nos esperan!

Margarita traía la cartera como una ofrenda solemne, su padre le besaba en la frente y se iba, y ella sentía que formaba parte de ese destino grandioso. La tacita, casi vacía, quedaba en la mesa con el poso del café al fondo. Su vecina, doña Leonor, juraba que sabía leer el futuro en esos posos, aunque Margarita sospechaba que sólo se inventaba historias. Predijo que su padre conseguiría un ascenso y que iban a tener un hermanito, pero no se cumplió.

El día que cayeron las primeras bombas, la taza también se quedó intacta en la mesa, y su padre salió corriendo al ministerio, a buscar respuestas sobre cómo seguir viviendo.

Gracias a la previsión de doña Leonor, que había aconsejado meses antes hacer acopio de comida, en casa de los Pardo aún quedaban provisiones. A pesar de la guerra, intentaban vivir con dignidad, y la madre de Margarita continuaba preparando el café cada mañana.

Se decía que evacuarían a las familias de los empleados del ministerio pero no llegaron a tiempo.

Margarita se sentó a descansar en un banco del Retiro, cerca de donde una gata joven jugaba entre las hojas caídas. Le saludó con la cabeza. Era bueno que hubiera vida por todas partes; durante el sitio, hasta los gatos desaparecieron

Y su padre también. Nadie volvió a ver la tacita sobre la mesa, pues ni siquiera dio tiempo de recogerla antes de correr al refugio. Desde entonces, nunca más volvió.

A Margarita y a su madre se lo comunicaron casi enseguida. Su madre, Olga, se volvió de piedra en aquel momento: empalideció, las manos se le cerraron en puños, los labios se le convirtieron en hilos sin color.

Desde entonces, Olga apenas hablaba, sólo abrazaba a Margarita con fuerza, tanto, que a veces dolía, pero la chica aguantaba porque así debe ser.

Margarita, casi universitaria en aquel entonces, no entendía por qué habían matado a su padre. No había hecho daño a nadie, ni él ni las demás víctimas, y aun así les arrebataban la vida.

Esa injusticia, la impotencia de no poder ayudar a su madre enferma, la penuria, el frío y los alimentos agotados sumieron a Margarita en la desesperación. A veces sacaba del aparador la tacita de papá con aquel poso endurecido que no dejó que tiraran, y la apretaba contra la nariz, buscando el aroma perdido.

¿Pero qué haces, niña? le preguntó alarmada doña Leonor. Mejor ve por agua. ¿Quién va a lavar a tu madre, eh?

Recuerda cómo apartaba la mano de su madre para lavarla, rogándole que se dejara cuidar.

Venga, mami, sólo un poquito la espalda. Mañana pediré al médico que venga a verte. Ahora nos lavamos y luego te quedas en la cama le susurraba Margarita.

Olga negaba con la cabeza, quería que todo terminara de una vez.

Vete, Margarita. Llama a Leonor. Déjame respondía, tapándose con la sábana.

La estufa ardía con las tablas de la mesa del comedor, su tesoro. Habían quemado todo: libros, papeles, cortinas… y Margarita defendía hasta el último pedazo. Al amanecer, con la mirada fija y el oído pendiente de su madre, salía al trabajo, no sin antes pensar en su padre y el ritual del café. El último día, la tacita se rompió…

María, resignada, iba a buscar a la vecina. Leonor llegaba rezongando, cerraba las ventanas para que no entrara frío, lavaba con esmero a Olga.

A veces iba Miguel, el hijo de doña Leonor. Él y Margarita, si coincidían, se sentaban junto a la estufa a soñar cómo, cuando acabara todo, irían a una confitería y comprarían tantos dulces como pudieran cargar.

Y yo compraría café. En casa aún tengo el brikki. ¡Espera, te lo enseño! dijo Margarita, rebuscando en el aparador, ignorando las quejas de su madre. ¡Aquí está, Miguel! Así olía la mañana con papá.

Miguel, un chico de diez años con la cabeza rapada, se pasaba el brikki por la nariz, cerraba los ojos. Olía a café tostado, a metal y a madera.

Cámbiala por comida, Margarita, te lo pido en serio ordenaba su madre. Ya papá no lo usará. ¡Miguel, basta!

Miguel soltaba el brikki, y Margarita exclamaba:

¡No lo haré! ¡No lo haré! Ese brikki es nuestra esperanza, huele a nuestra vida de antes, ¿no lo entiendes, mamá?

No volverá esa vida… Al menos trae comida para el niño susurró Olga. Y rompió a llorar.

Tras la muerte de Olga, doña Leonor explicaba a Margarita que su madre siempre fue frágil, de casa y música, soñando con libros y el piano, criada en una familia culta que no podía con esas ventanas tapadas de periódico ni la pobreza reinante.

¿Y tú, cómo vas a seguir? preguntaba, mirando a la joven, quien, abstraída, se quedaba esperando ver a su padre atravesando el zaguán, recto, guiñándole un ojo tras ajustar la boina y agitando el maletín.

Margarita inconscientemente saludaba… sólo por costumbre.

Desde entonces, Leonor, Miguel y Margarita vivieron juntos en una habitación más pequeña pero, según Leonor, mejor y más cálida.

Miguel pasaba el día solo en casa; mientras su madre y Margarita trabajaban, leía siempre el mismo librito de aviones, con dibujos pequeños y en blanco y negro.

A ellos les daban cartillas, también a Miguel, y por las noches, los niños se colaban en la estancia fría y vacía de Margarita, se sentaban en el suelo y soñaban en voz baja, cogiéndose de la mano como conspiradores.

Cuando acabe todo, reconstruiremos Madrid y será más bonito, Miguel. Haremos puentes y repartiremos helados gratis.

A mi madre no le gusta el helado, le duele la garganta contestaba Miguel, pero sus ojos brillaban con la mención de algo dulce, lo cual era esperanzador.

¿Y qué le gusta, entonces?

El café. Tu madre lo hacía muy bueno… Lo molía despacito, y olía… Ahora me doy cuenta de que era agradable. Yo veía mariposas en la ventana y tu madre sonreía, llamándome Miguelete… Mi madre siempre quiso hacer café igual, pero en casa sólo había malta…

Eso era por papá le explicaba orgullosa Margarita. Consiguió granos de lejos. Si hubieras pedido, te hubiéramos dado. Ya no queda ni a quién pedir…

Suspiraban juntos. Incluso ahora Miguel habría reunido el valor, pero ya era tarde.

Así seguían, hasta que el frío les hacía volver a la cama de Leonor, abrazados.

Hubo más bombardeos y las casas iban cayendo una a una, pero la de Margarita resistió. El brikki sobrevivía, escondido detrás de la cama, al alcance de su mano.

Cuando acabe todo, te prepararé el mejor café, Miguel. ¡Ya verás! susurraba Margarita, y dormía con una sonrisa.

Soñaban soñar no podía detenerse aunque costara verbalizarlo.

Pero un día el pasado desapareció para siempre: al buscar el brikki, no lo encontró.

¿Dónde está? Miguel, sobresaltado por el grito, no supo contestar.

¿Dónde está? ¡Es nuestro! ¡De papá!

Cállate ya, niña. Lo cambié por comida. Me dieron papas y carne en conserva, ¿de dónde creías? Un hombre miraba y se lo di Dos cucharas plateadas, antiguas también. Margarita, ¿por qué lloras? Quería hacerlo por vosotros mascullaba doña Leonor, medio dormida.

¡No teníais derecho! Era nuestro Margarita no pudo más y se echó a llorar, temblando bajo el suéter de su madre.

Miguel trató de consolarla acariciándole la espalda, pero Margarita se escapó a la antigua habitación, sentándose con ojos cerrados, balanceándose adelante y atrás.

Tenía frío, y aunque la comida sabía bien y Miguel volvía a tener algo de vida, a ella le dolía perder el brikki, más de lo que podía soportar…

Desnutrición. La evacuaremos, pero no puedo prometer cuándo dijo el doctor, tras examinar a Miguel. Prepárate, hay que estar atentos.

¿Y tú? susurró Leonor.

Ella conocía al doctor, Federico del Moral, desde hacía años.

No, Leonor. Yo voy al hospital de campaña, hace falta allí. Tranquila, se arreglará le decía el médico al tiempo que acariciaba su espalda. Después, para animar a Miguel, continuaba: ¿Y tú, pequeño? ¿A qué te entusiasmaría volver a ver el sol? Hay que aguantar hasta que llegue la primavera, ¿eh? Margarita, recuerdo cuando te sentabas en las rodillas de tu padre, nadie se atrevía a separar a la consentida de don Manuel. Siempre olía bien en esa casa. A pasteles o a café…

A café susurraba Margarita.

¡Eso! Ahora ya nadie encuentra Bueno, hay que resistir. Leonor, le dejo esto

El médico sacó un poco de pan, y unos terrones de azúcar.

¡Guárdalo! ¡No lo toques! Leonor lo apartó. Lo necesita él más.

Tonterías. Soy como el hada madrina en los cuentos. Pide, que a ver qué consigo en tierras lejanas.

Yo querría una cámara de fotos. Nunca la tuvimos…

Te la traeré, Miguel. Lo juro.

¿Y tú, Margarita?

Un brikki. Para el café. Pero no ya no tiene sentido pedir deseos. Cuídate, doctor, prométalo.

Federico asintió…

Margarita vio desde la rendija de la puerta cómo Federico y Leonor se abrazaban, puede que incluso se besaran. Miguel dormía, ajeno a que era su futuro padrastro quien partía al frente esa noche.

Vio a Federico cruzar el patio nevado y, justo antes de marcharse bajo la arcada, volver la cabeza y despedirse con la mano.

¿Cuántas personas más tendrían que marchar para que todo acabara y por fin llegara la nueva vida con la que soñaban?

El brikki, para Margarita, se convirtió en el símbolo de aquella paz y calidez antiguas, pero la memoria del café familiar se fue apagando con el tiempo. También los sueños, se dijo, debían marcharse algún día No se les dé vida eterna.

Las evacuaron meses después, por la noche, en un avión. Era aterrador y milagroso a la vez oír rugir el motor, ver a los pilotos dedicando una sonrisa a los niños y mujeres.

Y luego… sol en Valencia, donde los naranjos y acequias brillaban como espejos bajo la luz, el jugo de una sandía, brillante y dulce, rodajas de pan recién horneado y leche fresca, cuyo sabor Margarita casi había olvidado.

Y café. Margarita vio, un día, a la mujer valenciana que las acogió sacar del armario el molinillo, verter el café molido en el brikki y ponerlo al fuego. A Margarita se le iluminaron los ojos y quiso avisar a Miguel para que lo oliera. Pero el café allí olía distinto, fuerte, agradable, sí, pero demasiado denso. No era como en casa. Y Margarita supo que el pasado seguía allí, pero que ya nunca sería igual.

Doña Leonor y Miguel se quedaron en Valencia. Margarita, cuando se pudo, volvió a Madrid.

Poco a poco, los que habían estado en la guerra o la evacuación volvieron a casa. Nadie era el mismo, pero el bullicio había retornado a la cocina del piso compartido de Margarita: pucheros humeantes, una radio cantando coplas, ventanas tan limpias como el cristal, dejando entrar el sol generoso.

¡Ya está, Margarita, ahora sí que todo irá bien! le decía don Gregorio, el vecino, dándole una palmada cariñosa. Se había vuelto canoso, y a Margarita le entraban ganas de consolarle.

Margarita ingresó en la universidad, decidida a seguir el ejemplo de su padre y ser ingeniera, reconstruir la ciudad, llamar a Miguel, y entonces…

Soñar otra vez…

Un día, llegó corriendo de clase y se quedó de piedra al ver su viejo brikki hervir en el fuego.

¿De quién es? ¿Cómo ha llegado aquí? susurró.

Mío respondió una voz desconocida a sus espaldas. Perdona, no me he presentado. María Gavira. Como la del Quijote, sólo que sin tanta locura bromeó la mujer del abrigo raído y cuello de encaje, con medias marrones y zapatos grandes.

La del Quijote es Maritornes, no María replicó Margarita, despeinada. Pero, ¿ese brikki? Era de mi madre. ¿Cómo está aquí?

Vivo ahora en la habitación de al lado, me dieron el piso. Lo trajo un médico, Federico del Moral. Estuvo con mis sobrinos en Valencia en la guerra, partió luego al frente Dejó el brikki porque suponía que sería más útil aquí. También dejó una cámara de fotos. ¡Te la enseño!

La sacó envuelta en tela. Margarita, emocionada, recorrió la cámara con los dedos. Federico no había olvidado su deseo ni el de Miguel.

Puedo devolverte el brikki. ¿Te apetece tomar un café conmigo para celebrarlo? No es de verdad, es sucedáneo… Pero tengo bollos y mantequilla. El vecino me regaló. ¡Un bollo con mantequilla es felicidad, Margarita!

En los ojos de María brillaba esa alegría infantil con la que Miguel soñaba con los caramelos. Margarita sonrió, pensando que cada uno tenía sus sueños, pero cualquier sueño que se cumple, aunque sea poquito, es motivo de alegría…

El café no era como el de su padre, ni la tacita de porcelana azul, pero Margarita era feliz: cerca había alguien bueno, con su propio cúmulo de pérdida y esperanza, capaz de celebrar simplemente esos bollos, el verano por llegar, y las ganas de vivir.

Margarita, ya adulta, seguía creyendo en los milagros. ¿No era un milagro que el brikki hubiese vuelto a casa de los Pardo? Los milagros existen, para que los sueños se cumplan.

Seis meses después, llegó una carta de Federico del Moral a la antigua vivienda de Leonor en Madrid. Margarita la contestó y envió una dirección en Valencia para Miguel y Leonor. Dos meses después, un animado valenciano se presentó en el piso: traía una sandía, racimos de uvas, higos y caquis. Casi sin aliento aun sonreía.

Esto es para vosotras, de parte de Federico. Da las gracias. Encontró a su esposa, Leonor, y ahora Miguel vive con ellos, están bien.

Otra vez esa alegría contagiosa…

Margarita regaló la cámara de fotos a Miguel.

…La vida siguió rodando, entre baches y lluvias, sumando historias: Margarita, María Gavira, luego el marido hallado milagrosamente, y Miguel, ya hombre, bigotudo y moreno, algo torpe sin Leonor, y Vladimiro, el esposo de Margarita, delgado, con gafas, ojos profundos como los de su padre.

Vladimiro trajo un paquete de café verdadero, poquísimo, un tesoro.

Pero Margarita, embarazada, al olerlo salió corriendo al baño a vomitar Después rompió a llorar porque no lo soportaba ni siquiera en casa.

Pero todo termina; nació Luz, corría a su lado, le agarraba con manitas gordezuelas y sonreía con un entusiasmo que daba ganas de alzarla al aire y girar, y que Soleil riera, mientras el sol y las casas pasaban en torbellino y Vladimiro sonreía.

Por las mañanas Margarita servía café a Vladimiro; él lo tomaba deprisa, siempre con prisa. Nada que ver con su padre, pero no importaba: lo importante era tener a quién preparar café.

Gracias, Margarita, que voy tarde le besaba él al salir.

Cuídate susurraba ella, aunque el país estaba en paz. Pero quería que se cuidaran

El marido murió hacía un año, el corazón, tras toda una vida de sobresaltos… Su hija Luz se había ido con los niños al Mediterráneo a coger el veranillo de San Miguel, y Margarita paseaba cada día por el Madrid que ayudó a reconstruir. No levantó puentes, pero su calle volvía a ser luminosa, llena de casas con colores como bloques de juguete. Y aunque algunos decían que los patios madrileños eran oscuros y húmedos, se engañaban, nunca vivieron en el Madrid que amaba Margarita. Allí vivían el alma de su padre y su madre; Miguel, ya mayor y cojo, siempre llamaba los domingos para invitarla a pasear.

Allí viene, por la alameda, saludando a las chiquillas. ¡Viejo galán!

¡Hola, Margarita! saluda, sentándose a su lado y estirando la pierna dolorida. ¿Vamos a nuestra cafetería, como antes?

Margarita asiente. En su café, pequeño, acogedor, sirven el café en tacitas como las de sus padres. Ahora se hace con máquinas que silban y burbujean, pero a estas alturas ya se ha acostumbrado.

Miguel bebe despacio y le dice cumplidos sobre sus ojos, sobre su sonrisa, sobre todo.

¡Ay, Miguel, basta! Mejor compramos helado, mucho, ¿vale? ríe Margarita.

¿Recuerdas cómo soñábamos dar helado a todos los vecinos? le guiña Miguel.

Margarita recuerda.

Y su padre parece, por un momento, sentado en el rincón, leyendo el periódico, con su taza de café pequeña, solo con azúcar. Y su madre, elegante, con su vestido de domingo…

Margarita parpadea y pide el helado. La joven camarera es simpática, tiene la vida por delante, y Margarita solo desea que todo lo bueno la acompañe: amor, sueños, bondad, y la voz de su padre: Vamos, revoltosa, ¡tráeme la cartera, nos esperan grandes cosas!

Y a Margarita le queda mucho por hacer… Vida, sueños, deseos; un gran revoltijo sobre la mesa de su vida. Lo fundamental es seguir adelante, y seguir en los demás. Así es como, al final, los sueños se hacen realidad.

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