Nuria no soportaba los días en los que venían posibles adoptantes al centro de acogida. Durante los siete años que llevaba viviendo allí, jamás habían elegido quedarse con ella.
Cuando era pequeña, aquellos días los esperaba con ilusión. Miraba hipnotizada a los señores y señoras elegantes; le parecían magos capaces de llevarla a un castillo. Imaginaba a una nueva madre que la arroparía con un beso cada noche, y a un padre dispuesto a llevarla sobre los hombros por el parque. Se veía con su propio cuarto, y, por fin, lejos de ese Diego tan pesado, que siempre la molestaba, le tiraba de las trenzas y la llamaba Pardillo.
Nuria no entendía qué significaba esa palabra, pero le sonaba insultante. Diego cada vez que podía:
¡Pardillo! ¡Pardillo!
Nuria tenía cinco años cuando llegó a aquel lugar en las afueras de Valladolid, tras perder a sus padres en un accidente. No lograba entender por qué su madre y su padre no volvían a buscarla ni por qué la habían dejado allí.
Con el tiempo comprendió que ya no estaban. Poco a poco, su rostro se desdibujó en su memoria. Las voces y los olores se perdieron. Incluso la casa en la que vivían juntos quedó tapada por el olvido.
Nuria anhelaba que algún día la eligieran, pero el milagro no llegaba, y a medida que crecía se daba cuenta de que probablemente nadie lo haría. Ella no era como las demás. Siempre escogían a las niñas bonitas, con lazos perfectamente colocados en las coletas y sonrisas dulces.
Diego seguía fastidiándola; aunque ahora Nuria ya sabía que el pardillo era un pájaro, no dejaba de molestarle.
Aquel día volvieron a llegar parejas interesadas. A todas las niñas las pusieron guapas, trenzas con lazos nuevos. Nuria, sin embargo, se cortó el pelo muy corto, como un chico. No quería que nadie más la eligiera. Decidió que, a partir de ahora, sería ella quien eligiera en su vida.
Las cuidadoras se quedaron boquiabiertas al verla, y Diego, fiel a su costumbre, le gritó desde la puerta:
¡Pardillo!
Nuria acababa de cumplir doce, Diego, tres años mayor, ya pensaba en irse.
Ese día, nadie quiso elegir a Nuria, y menos con su corte de pelo desigual y la mirada desafiante en sus grandes ojos verdes.
Tres años después, Diego abandonó el centro. Se despidió de todos y, al llegar a la puerta, buscó a Nuria:
¿Adiós ya, Pardillo?
Adiós, adiós respondió Nuria, con indiferencia.
Tú aguanta, ya te queda poco. Sólo tres años más. Después vendré a buscarte dijo con seguridad.
¡¿Y quién te ha dicho que te voy a elegir?! ¡Tonto! le soltó ella, enfadada.
Diego la miró un largo instante, con una expresión extraña, y se fue, sin mirar atrás.
Cerrando la puerta del centro, Nuria salió a la calle y aspiró el aire frío de libertad y adultez. En todos aquellos años, el patito feo se había convertido en un cisne hermoso. Llevaba el pelo largo y brillante, los ojos grandes y expresivos y una figura esbelta. Se dirigió al antiguo piso de sus padres, en Salamanca. De repente, una voz conocida la detuvo:
Hola, Pardillo.
Nuria se giró y vio a Diego.
¿Y tú qué haces aquí? preguntó, molesta.
Te prometí que vendría a buscarte. Aquí estoy dijo Diego, acercándose.
¡Te he dicho mil veces que soy yo la que va a elegir! replicó Nuria mirando hacia arriba, pues Diego ahora era alto y fuerte.
Pues elígeme a mí, Nuria, por favor le pidió Diego.
Me lo pensaré contestó, antes de encaminarse a su nuevo hogar.
Diego la siguió hasta el portal, esperó a que entrara y se marchó. A partir de ese día, cada tarde, se sentaba en el banco frente a su casa y no se movía hasta que Nuria apagaba la luz.
El largo verano dio paso al otoño lluvioso. Tras él llegó el invierno, y Diego seguía allí, noche tras noche. Un atardecer, Nuria se sentó a su lado en el banco.
¿No te has cansado? Estará helado aquí fuera
No importa puedo aguantarlo. Tan sólo elígeme, Nuria susurró Diego con ternura.
Nuria se levantó sobresaltada y corrió a casa. Desde detrás de la cortina le observaba sentado, mirando hacia sus ventanas.
El 31 de diciembre, Nuria volvía a casa apurada desde la tienda. Tenía que preparar la mesa y ponerse el vestido nuevo antes de la Nochevieja. Diego no estaba en su banco. El corazón de Nuria dio un vuelco ¿Y si le había pasado algo?
Acabó todo deprisa, se sirvió una copa de cava y fue a la ventana. Él no estaba. Una inquietud le apretaba el pecho y poco a poco el miedo empezó a enroscarse en su estómago.
¿Qué hago si le ha pasado algo? ¡Ni siquiera sé dónde vive! ¡Qué tonta soy! se decía.
De pronto, fuera, algo iluminó la noche.
Ya empezaron los fuegos pensó, acercándose a mirar.
Sobre la nieve, enormes llamas formaban unas palabras:
¡ELÍGEME, NURIA!
Y en el banco, Diego, sonriendo, la saludaba con la mano.
Aquel instante enseñó a Nuria que la vida, a veces, nos pone en el camino personas que nos eligen sin pedir nada a cambio. Al final, aprendió que el mayor valor es tener el poder de elegir, y, sobre todo, la valentía de dejarse elegir cuando quien espera, lo hace con el corazón.







