El destino de Brunov

El destino de Brunet

Ella lo devolvió a Marta, igual que se devuelven unos zapatos que no encajan o una barra de labios que no te convence. No, quizá aquello era menos humillante. A los zapatos les da igual quién los pise por los charcos del otoño, y al pintalabios, en qué tocador acabe.

Pero a Sergio, a Sergio no le daba igual. A él le dolía. Le repugnaba.

Era humillante, que lo sacaran del hospital en una silla de ruedas, mientras asentía, indefenso. Sí, ahora eres un fardo… Sí, no has dado la talla… Sí, ¿y el trabajo ahora?.. Sí, no habrá dinero…

Sí, sí, sí…

Tenía ganas de gritar esa palabra, que todo el pabellón escuchara que lo llevaban a casa de su exmujer. Que se lo entregaban de mano en mano, como si fuera un recién nacido no deseado o un cachorro malparido y dejado en una caja junto a la puerta.

Marta, por Dios, ¡no te adelantes! Solo hace falta esperar un poco, los médicos dicen que aún puedo volver a caminar. Todo saldrá bien, no te angusties… así decía Sergio unas semanas antes, cuando Marta llegó una tarde, los ojos hinchados de llorar, preguntando con voz temblorosa por el señor Sergio Brunet. La enfermera, que recogía una cuña de otro paciente, señaló la cama junto al lavabo.

Marta tragó saliva, cerró los ojos un segundo y luego, al fin, logró dibujar una sonrisa y se acercó.

Sergio dormía. El cuerpo le dolía a rabiar, le acababan de poner una inyección, y podía quedarse sopor, flotando en ese letargo cálido y profundo hasta bien entrada la noche. Cálido, sí, eso era esencial. Porque antes solo conocía el frío. Durante mucho, mucho tiempo…

Sergio fue joven. Un chaval atrevido, que conducía su moto de regreso de la casa de Marta, deleitándose con la velocidad, sintiendo el viento golpear contra sus hombros, las luces deslizándose por el asfalto bajo sus ruedas… hasta que… Algo pasó, algo se cruzó en su camino, la moto salió despedida, Sergio giró, recibió un fuerte golpe en la cabeza, todo empezó a resonar y las imágenes se fundieron en destellos.

…Ahí estaba Lucía, con lazos en las trenzas y el uniforme de colegio, en “el último timbre”. Reía, girando cogida de la mano de su amiga, Marta. Tan felices, tan llenas de vida y alegría. Sergio les trajo helados, las chicas le dieron un beso en la mejilla y se lanzaron a quitar el envoltorio de plata. Lucía prefería chocolate, Marta vainilla. Y Sergio siempre se equivocaba al repartir.

¡Sergio, tienes que estar más atento! ¡Eres futuro abogado! le imitaba Marta imitando a la señora Saldaña, la profesora de Geografía, con cariño de abuela aunque ni eran parientes.

Perdona, Martuca, ya sabes que tengo la cabeza en las nubes respondía alegre Sergio, y el cuerpo le pedía hacer alguna travesura, así que fue a la barra, y se puso a hacer flexiones y luego “la bandera”.

Las chicas lo miraban. Marta, deslumbrada y Lucía…

Ella lo miraba seria, hasta severa.

¿Por qué me mirabas así entonces? le preguntó Sergio esa misma noche, cuando caminaban por la Castellana hasta la casa de Lucía.

¿Así cómo?

Así No sé cómo decirlo Sergio se encogió de hombros.

No me gustan las exhibiciones, también se encogió de hombros Lucía, con ganas de añadir algo más, pero sus labios no alcanzaron a decirlo, ocupados en un primer beso…

… Sergio volvió a despertarse. Había luz en la sala, la gente corría arriba y abajo, todos de blanco.

Aguanta, chico, ahora va a doler un rato. Es lo que toca… le decía una voz junto a él.

Sergio giró apenas la cabeza. En la cama de al lado había otro joven, ensamblado a pedazos por los cirujanos, llevaba allí semanas, lo visitaba una anciana que no parecía ni ser de la familia. Parecía estar mejorando, incluso reía, pero esa noche algo fue mal, y otra vez aparecía pálido, los labios amoratados…

Brunet apartó la mirada y cerró los ojos. Asustado. Sin querer mirar.

“¿Por qué aquí no ponen cortinas? En las películas siempre los aíslan con cortinas…”, pensado a mil por hora, y de pronto escuchó cómo se llevaban al chico en una camilla que chirriaba. “Aguanta ahí, ¿me oyes?”

No hubo respuesta, y Sergio volvió a caer rendido en el sueño.

… Lucía… Estaba de pie en medio de un pasillo largo. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Una consulta prenatal o como se llamara…

Sergio… Estoy embarazada, le dijo sin alegría en la voz.

¡Pues qué bien! Es lo natural, ¿no? Mi pequeña… él le sonrió, deseando abrazar a su esposa.

Se habían casado hacía cuatro meses, aprovecharon las vacaciones para ir a La Coruña y, allí, Lucía comenzó a sentirse mal. Lo achacaron al cambio de ambiente, pero luego fue al médico…

Sergio, el niño no vive… No me toques, Sergio. ¿No lo entiendes? No vive. señaló Lucía, de pie en ese pasillo amplísimo y luminoso, lleno de macetas en los alfeizares, por el que desfilaban otras mujeres acariciando sus vientres, mirándoles de reojo.

¿Cómo que no vive? Seguro que es un error, Lucía… ¡Si ni se ve casi! Qué tonterías cuentas, seguro que esos médicos se confunden. Vamos donde la doctora Ballester, ella prometió ayudarnos. Vamos, vamos…

Julia Ballester, amiga de la infancia de ambos, trabajaba de administradora en una clínica privada. Tenía buenas relaciones allí.

Ahora se veían poco, tal vez porque a Julia le dolía que Sergio hubiese elegido a Lucía y no a ella. Aunque él, la verdad, nunca le prometió nada a Julia.

¡Los Brunet! Mira qué sorpresa… Julia sonrió, jugueteando con un bolígrafo. ¿En qué puedo ayudaros?

Julia, por favor ya sabes Sergio dejó la tarjeta en el mostrador. Dijiste que ayudarías… Lucía, siéntate aquí, en la salita.

Pero Lucía no quisó sentarse, miró fijamente a Julia. Qué extraño, pensó, qué de repente el destino de una se colocara en las manos de otra.

Julia levantó el teléfono con desgana, marcó unos números.

¿Doctor Bernal? Sí, están aquí. ¿Los dejo pasar? Vale, hasta ahora. Rió por lo bajo. Gabinete tres, el médico les espera.

El doctor Bernal era un gran profesional. Revisó a Lucía tres veces para asegurarse por completo.

Suele ocurrir. No se amarguen, es una alteración genética, el cuerpo lo rechaza solo. Son una pareja sana, seguro que al final lo conseguirán. Lucía, no sufra tanto. A mi mujer le pasó lloró a mares, pero luego, sin esperarlo, nos vinieron dos hijos revoltosos. Así que… Quería animarla, Lucía asintió, limpió el ecógrafo de su barriga, abrochó los vaqueros y salió. Todo quedaba claro, aunque doliera.

Ahí fue donde todo se enfrió entre ellos. Allí mismo. Sergio decia aquello de que no pasa nada y Lucía lloraba, gritándole que él no entendía nada, obligándole a ir de un médico a otro, a hacerse analíticas. Tres veces se repitió la historia. Tres. Finalmente les recomendaron hacer una pausa, intentar distraerse.

¿Distraerse? ¡Menuda estupidez! gritaba Lucía. ¡Hay que encontrar la causa, luchar, Sergio! ¡Soñábamos con hijos! ¿Lo recuerdas?

Él sólo recordaba que quien soñaba con hijos era ella. Él solo asentía. Los hijos son lo natural, el destino lógico y natural del amor matrimonial, ¿para qué tenerles tanto en mente?

Una noche, Sergio se cruzó por casualidad a Julia en el Metro, justo después de salir a la carrera del centro de reproducción, habiendo dejado a Lucía llorosa en una cafetería, con el último informe en la mano.

¿A dónde vas? susurró Lucía.

A despejarme. Vete tú en taxi. Yo me quedo, iré en Metro, dijo mientras cogía la cazadora.

Sergio…

¡Y déjame en paz de una vez! agitando la mano, salió, haciendo sonar el timbre de la puerta.

Julia, muy arreglada, peinada y con un ramito de flores, algo achispada, apareció junto a Sergio en el andén. El ambiente desenfadado, acabaron riendo después de que Sergio se quejara de Lucía y de tanto médico.

He dado a análisis ya millones de células, ¡tendría que haber hijos míos corriendo por toda España! se reía tristemente contestando a Julia.

Pobrecillo Julia deslizó un dedo cálido por la mejilla de Sergio. Claro que necesitas distraerte. Y mira añadió cuando salieron y ella le pidió acompañarla a casa, Lucía tiene parte de culpa. ¿Nunca te contó? ¿Recuerdas que estuvo ingresada en décimo? Todo un mes sin ir al instituto.

Sergio se encogió de hombros. Algo recordaba.

Pues fue por lo mismo. Se resfrió tanto que tuvo complicaciones, y ya entonces le dijeron que sería casi imposible tener hijos susurraba Julia, tropezando con el largo paso de Sergio. Ella te lo ocultó, Sergio, ¡y ahora se queja!

¡Pero qué dices! se detuvo de golpe, Julia chocó con él, flores y todo. Si fuese así me lo habría dicho.

¡Anda ya! ¿Para qué habría de hacerlo? Tú eres bueno, quieres una familia… Te está engañando, así de claro. Y mira, menuda cara se te ha quedado. Vente a casa, ¿quieres? Tengo té, un poco de coñac… ¡Vamos! Hoy es mi día, ¡me han ascendido! anunció con júbilo al abrir la puerta.

Sergio mismo nunca supo cómo acabó en el piso de Julia, tomando aquella copa, luego otra…

Recordaba la primera noche con Lucía, ya convertidos en marido y mujer. Ella tan tímida y él tan eufórico… Todo fue torpe, desordenado, pero por la mañana, tumbados juntos, inventaban nombres para hijos que solo existían en su imaginación.

A partir del encuentro con Julia todo se precipitó. Sergio empezó a respirar distinto, a hacer planes sin Lucía, gritándole que jamás iría a otra clínica y que ella era quien tenía el problema.

¿Culpable de qué? Lucía no entendía.

¡De nada! Que te cures si quieres. A mí déjame. Yo estoy tan sano como un toro. Dejó caer la mano dura sobre la mesa, y se fue. Con Julia.

Hasta llegó a pensar que aceleró el matrimonio y no supo ver a Julia. Porque con Julia la vida era ligera, una fiesta: cenas, risas, excursiones, anécdotas tontas…

Con Lucía se divorciaron un año después, cuando la aventura ya no pudo ocultarse. Julia insistía en que no pensaba compartir a Sergio con ninguna otra, o la dejaba o lo dejaba a él.

Si no hay niños, todo es más fácil dijo una funcionaria al teléfono. ¿Tienen hijos menores?

No. Gracias, le he entendido. colgó Lucía.

Así fue. Sin hijos, todo se termina rápido. Ellos, que lo dieron todo y no pudieron tener hijos, y ese mismo deseo destrozó la vida de Lucía. Tocaba empezar de cero: volver a vivir, llegar a un piso vacío, buscar cómo pasar los fines de semana. Nada, pensaba su padre, ya se le pasará.

Sus padres vivían cerca, podría irse con ellos. Pero… mejor no. Les daría pena.

… Sergio volvió a despertarse, ya era de mañana, olor a gachas y té con limón. Pero no quería comer, no tenía ni fuerzas ni apetito.

¿Vendrá alguien a verle? ¿Le darán de comer? susurraron por encima de su oreja.

Sergio abrió los ojos. Un par de ojos femeninos, con arrugas en las esquinas y un azul casi gris, lo miraban por encima de las gafas. Una mujer mayor.

Su mujer viene a veces. Déjenle, igual le da de comer. murmuró otra voz a su espalda, probablemente la del personal de cocina.

Bueno, lo dejamos entonces. María, marca en la lista, Brunet recogió el desayuno. Vamos. Que os mejoréis, chicos. les deseó la mujer, alejándose con el carro de la comida.

Julia no era su esposa oficialmente. Nunca lo inscribieron.

Apareció una hora después, escondida tras el cuello de la blusa, haciendo una mueca.

¿Le das de comer tú? ¿O traes algo propio? alguien se intrometió de nuevo.

Le daré, tomó el plato de la mesilla, lo olisqueó y dudó. Tienes que comer, Sergio. Esto es infame, pero no traje nada más. Ayer fue el cumpleaños de los Jiménez. ¿Recuerdas a Lucía y a Esteban? Te mandan recuerdos. Ay, ¡cómo quiero dormir! Pero si ni entra la comida… ¿Náuseas? Vale, espera…

Julia se levantó apresurada, se limpió con asco las manos y salió al pasillo.

Mi marido… Le está sentando mal la comida, ¿puede venir alguien? Es que esto no es normal… Sergio la oyó reclamar y cerró los ojos, escuchándola protestar sin tapujos.

Al día siguiente no vino, ni al otro. Luego apareció, pero para decirle que había estado hablando con los médicos.

¿Y qué te han dicho? preguntó Sergio.

Nada bueno. Maldito sea el día que te compraste la moto. Con lo que va a costar la rehabilitación, dinero a raudales, y gratis… nada va rápido. Yo necesito que tú… Julia se mordió la lengua al ver los puños crispados de Sergio. Necesitamos que te recuperes pronto, quiero que vuelvas a ser como antes… En fin. Te he traído…

Ni se agachó para besarlo. Lanzó en la mesilla una bolsa de naranjas y una botella de agua, se sentó al borde de la cama, mirando hacia la ventana.

Julia… murmuró Sergio, intentando acariciarle la rodilla. Pero ella negó con la cabeza. No te pongas así, mujer. Saldré adelante. Ya lo verás, lo del accidente fue una tontería, aunque… tú decías que era genial tener una moto. Anda, olvídalo. ¿Te pasa algo más? ¿En el trabajo? Te dije que te tomaras unas vacaciones, cuando me den el alta nos escapamos juntos…

Cuando te den el alta, te llevaré con Lucía. Y yo… me iré a la costa de vacaciones. No puedo seguir, Sergio, no puedo. guardaba miedo y malestar por el hospital, por los aparatos, los gritos de los enfermos, las paredes de color beis.

El hombre mayor a su lado, con la pierna rota de una caída en la obra, la miró.

Perdone, señora, saldríamos fuera, pero no podemos, ya lo ve…

Julia miró el catéter de él con evidente desagrado, trago saliva y se levantó, marchándose a casa.

Cuando volvía de ver a Sergio, llegaba a su piso, tiraba la ropa al suelo, iba directa a la ducha y se frotaba largamente intentando limpiar el olor del hospital. Rociaba su cuerpo con perfume, pero nada. El olor seguía en ella, impregnado en el pelo y en la piel. Horrible.

Pero lo peor era ver a Sergio así, tan débil, casi inmovilizado, el rostro ceniciento. Había que asearlo, ponerle cremas, inyecciones… Lo había dicho el médico. Y antes Brunet era un galán: alto, fuerte, aventurero… Hace nada. Julia se sentía orgullosa de habérselo quitado a Lucía la sencilla.

Y ni siquiera pensó si Lucía querría de vuelta a su exmarido. Solo lo dejó allí en el piso, igual que se deja un paquete.

Aún quedaba la familia de Sergio. Pero su madre sufría del corazón, su padre del estómago. Iban a ver a Sergio y luego pasaban el día bebiendo infusiones para calmarse. No, allí tampoco podía llevarlo. Julia era “humanista”, lo pensaba todo, lo consideraba todo.

La silla de ruedas apenas cabía en el ascensor, menos mal que tres meses antes habían instalado una rampa para casos así.

Como si lo supieran comentó Julia detrás, empujando la silla. Y, Sergio, no te ofendas, pero yo tengo que vivir, ¿entiendes? ¡Señora! ¿No ve que llevo un invalido? ¡Espere su turno!

Si Sergio hubiera perdido la salud “en acto de servicio”, en un acto heroico, le pagarían algo, y Julia podría presumir de tener a alguien así. Pero… los accidentes de moto pasan todos los días, eso no impresiona a nadie.

¿Sergio? ¿Es usted? la vecina puso la mano en la boca. ¿Qué ha pasado? ¿Viene a ver a Lucía?

¡No pregunte tanto, mujer! bufó Julia, sintiendo que algo iba mal.

¡Basta ya, Julia! gruñó Sergio, aferrándose con los nudillos blancos al asiento de la silla.

La vecina los miró asustada. No me faltes al respeto, chica… Sergio, Lucía no está. Ella…

Pero el ascensor ya había cerrado y Julia pulsaba “diez”.

Sergio todavía guardaba su propio juego de llaves del piso de Lucía.

Ni por cambiar la cerradura se molestó… rió Julia. Vamos allá…

Te odio, ¿me oyes? ¡Te odio! Sergio la agarró del brazo y se lo susurró. Me dejas tirado como un trapo usado. ¡Ojalá te arrepientas toda la vida!

Escupió, impotente, furioso por esa sensación tan masculina, tan humana, de no poder ni pedir ayuda para ir al baño, ni beber agua, ni tomar medicación sin ayuda…

¡Vete al diablo! contestó Julia, dejó la bolsa con sus cosas y salió, dando un portazo.

Sergio se quedó ahí, solo, en medio de la sala. Frente a él seguía colgado aquel cuadro de trocitos de ámbar que retrataba un bosque. Lo compraron en el viaje de luna de miel, en Galicia. Lucía no lo tiró, al parecer.

Todo estaba igual: los muebles, las postales, la colección de discos, el gran cactus “Don Joaquín” que Sergio casi ahoga de tanto regar cuando Lucía estuvo de viaje.

Pero el cactus sobrevivió. Él, en cambio, ni sabia…

Por lo visto, Lucía no vivía ya ahí. Los grifos secos, el gas cerrado. ¿Se habría ido lejos? ¿Por mucho tiempo?

Llamar. Tenía que llamarla. ¿Dónde está el móvil?

Sergio sacó torpemente el teléfono del bolsillo de la camisa, se le cayó al suelo, intentó recogerlo sin éxito.

¡Maldición! ¡Maldita sea! gimió, y se echó a llorar.

Del dolor, físico, moral, del miedo, de la impotencia. De no saber qué iba a ser de su vida.

Luisa entró en casa cerca de la medianoche. Interrumpió el viaje y volvió. Una vecina le había llamado para decirle que Sergio estaba allí.

Tropezó con unas bolsas, encendió la lámpara y se quedó paralizada.

En la franja plateada de la luna, como si unos extraterrestres lo hubieran dejado allí, estaba la silla de ruedas con Sergio dormido, la cabeza echada sobre el pecho, respirando pesado.

Así devuelven a los niños no deseados al orfanato, a los cachorros al refugio, a las cosas defectuosas a cambio de un recibo. O a los adultos que ya no encajan en la vida de nadie…

…Les costó mucho, muchísimo. Sergio quería irse; decía que tenía piso, contrataría cuidadora, que no quería ser una carga.

Hagamos una cosa se sentó Lucía frente a él y le sirvió un café. Te recuperas y te vas, ¿vale? No es caridad ni pena, Sergio. Somos algo más que desconocidos, incluso nos quisimos… No vas a estar solo, tú sabes que no soportarías a una asistenta ni una hora. Tu madre se preocupa, ya ha llamado dos veces. Iría a diario desde Aranjuez hasta aquí, llorando por el camino. ¿Es eso lo que quieres? No. Mejor quédate aquí, he contactado con un fisioterapeuta, Miguel Lozano, ¿te acuerdas? Él es muy bueno, suerte la nuestra que se metió en medicina. Mañana vendrá. No es gratis, así que ve preparando el monedero. ¿De acuerdo?

Brunet debería negarse, largarse por orgullo. Pero no tuvo valor, le daba pavor quedarse solo con su desgracia.

¿Y Lucía no tuvo miedo entonces, años atrás? Sergio se fue buscando vida fácil, nueva, mientras ella firmaba el divorcio, lloraba en el registro civil, se culpaba todo el tiempo. Y sola. Porque a los padres no se les cuenta todo…

Ahora era distinto. Ahora eran compañeros en el infortunio, hasta que el infortunio se fue.

Lucía no le mimaba; le exigía, le hacía ayudar en casa, le apuntó a clases de francés y le recordó que tenía que reciclarse como abogado aunque trabajase desde casa. Y él lo hizo.

De su vida personal, Lucía contaba poco. Sergio no preguntaba. Recibía alguna llamada, hablaba en voz baja, tapando el móvil.

Y él aguardaba. Esperaba el regreso de la fuerza, de la libertad.

Llegó antes de lo previsto. Miguel Lozano era excelente, exigente, duro, pero eficaz. Para mayo Sergio ya podía andar pasillo arriba y abajo, y en julio fue solo a comprar flores para Lucía. Podía haberlas encargado por internet, dinero tenía, pero importaba ir él mismo. Era libertad.

Aquel ramo, Lucía lo tiró por la ventana y le gritó que se marchara.

Él asintió, se acercó y la abrazó fuerte. Duró un segundo y una eternidad.

Gracias, Lucía. De verdad, gracias. Perdóname si puedes. Te amo. Déjame una última oportunidad…

Lo lógico sería haberlo echado y seguir sola. Solo eran compañeros de infortunio, y cuando la desgracia acaba, quedan dos almas solas.

Pero entonces la soledad ya no dolía. Y la decisión llegó como sin querer. Bastaba con estar juntos, sin pensar en juicios, ni en el qué dirán, ni en nada, simplemente compartir el día y la noche, como antes.

… ¿Y qué? ¿Qué tal con el “inválido”? se burló Julia cuando topó con Lucía en el mercado, empujando un carrito de bebé.

¿Con cuál? Aquí todos están sanos, ¿a que sí, don Daniel Sergio? dijo Lucía, sonriendo hacia el bebé mullido que descansaba en el cochecito. Lo siento, tengo prisa, Sergio tiene cita con el ayuntamiento, hay que acompañarle. Y maniobró hacia la puerta.

¿Eh? ¿Dónde? Lucía, ¡yo lo cuidé en el hospital, acuérdate! le gritaba Julia.

Gracias, Julia. Sabía que eras buena amiga. Les cuento a ambos que te alegras por nosotros. Lucía sonrió y se fue.

Esa noche, Julia cenó en un restaurante con un hombre nuevo, luego hubo copas, un baile, y una noche larga, vacía y parecida a todas las demás. El hombre la llamaba “guapa”, “princesa”, ella apartaba la cara, sabiendo que aquello tampoco era lo que buscaba. Marcó el número de Sergio, pero él no respondió. Quedó en el pasado.

No… no lo soportaría, mamá. No soporto a los enfermos. decía Julia, llorando en la cocina de su madre.

Ya lo sé, hija. Para qué te va a hacer falta alguien así, roto. Ya te buscaremos uno bueno, entero. respondía la madre, acariciando su espalda y luego encendía la tele. Mira, qué mala madre. Abandonó a su hijo enfermo. ¡Yo las metería en la cárcel! Hay tanto corazón de piedra en el mundo… Ay, hija, ¡qué miedo da vivir!

Julia miraba a su madre, con los ojos llenos de lágrimas. También ella tenía miedo. Y se sentía muy sola.

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