Te cuento lo que ha pasado últimamente en casa, que no sé si estamos todos un poco locos o simplemente nos ha dado el aire fresco. Verás, hace nada a Ramón, mi marido, le ha entrado la neura de que necesita tener una casa en el campo, pero de verdad, nada de soñarlo, sino de ir el lunes y comprarla tal cual. ¡Imagínate!
¿Pero de verdad lo necesitas, papá? le soltaba su hijo, Mateo, mientras movía las rastas por encima de la mesa y le subían los vaqueros medio rotos por las rodillas, donde se le veían aquellas piernas flaquísimas y pálidas que tenían más pinta de cigüeña que de humano. Ramón mira los pantalones de su hijo con cara de no soportarlos, pero se calla. Es una tontería de dinero y tiempo. ¿Por qué no vamos de vacaciones como siempre? Haz cuentas, papá, ¡por lo que cuesta una casa en la sierra te vas tres veces a Canarias!
¡No me voy a ningún sitio, lo sabes! ¡Si hasta me da miedo mirar los aviones! ¡Déjame en paz, Mateo, que esto es cosa mía! Llámalo manía de viejo, capricho de abuelo, pero quiero una casita de campo, ¡y punto! y el tío, así de serio, golpeando la mesa. Que haya un cobertizo y yo pueda trastear el coche, que en la pared se cuelguen palas y rastrillos, que pongamos una barbacoa al lado del porche y vengan los amigos. ¡No tenéis ni idea de lo que eso es! y ya al final se resigna y agita la mano como para espantar moscas.
Yo, que te hablo, soy Lola, la mujer de Ramón, y puedo prometerte que ni me inmuté: me senté con mi tacita de café de porcelana delante, como si no estuvieran a punto de volar todos nuestros ahorros porque, mira, todo el mundo sabe que meterse en una casa en el campo es como entrar en obras: nunca acabas de echarle euros y problemas.
Mamá, ¿pero tú por qué no dices nada? seguía Mateo quejándose. Claro, él tenía entre ceja y ceja que para sus dieciocho le iban a regalar una moto, y ahora sale mi marido con lo de la casa
Me terminé el café, coloqué cuidadosamente la taza, me quedé mirando, tan tranquila.
Cariño, ¿pero por qué te pones así? Papá y yo estamos en esa edad ya en la que, por fin, podemos darnos un gusto, algo a lo que agarrarnos cuando tú te vayas de casa. Porque te irás, ¿no?… y lo dije mitad en broma, mitad en serio, o quizá solo para dejar la cosa en el aire. Mateo, por si acaso, se me quedó mirando como si pensara que al final le íbamos a echar, pobre.
¿Irme yo? Pues no lo sé ¡Pero qué importa eso!
Importa, hijo, porque pronto cada uno tendrá su vida: tú estudiarás y harás tus cosas, papá comprará la casa y las pasará canutas cogiendo picaduras de mosquito, y yo pues yo, por fin, me voy a lanzar en paracaídas. Es hora de cumplir sueños, Mateo, ¡ya va siendo el momento! miré por la ventana, como las heroínas de novela, y Mateo puso una cara de no entender nada, ese gesto tan típico adolescente.
Ramón me miró superagradecido tengo un marido de oro, qué suerte haberlo elegido, te lo digo de veras, porque otra, en mi lugar, habría puesto el grito en el cielo con lo de ir a plantar tomates, que si las uñas, que si el spa, pero a mí me va la marcha, de eso no hay duda.
¡Bueno, vale! ¡Haced lo que queráis! Pero aviso, yo de casa no me muevo. Mateo ya se ponía nervioso, le vibraban las rastas, como un erizo cabreado.
¿Y a la universidad irás? le pregunté.
Iré, sí, ¡pero me quedo a vivir aquí!
Pues entonces, Ramón, hay que recortar. Coge un terreno pequeño, ¿me oyes? y les saqué esa sonrisa que calma tensiones, fregué la taza y me fui al trabajo.
Mateo, en cuanto me vio salir, empezó con el drama habitual adolescente, se largó a su cuarto a llorar por la moto y el móvil nuevo que ya no iban a llegar. Previsible.
¡Están todos locos! me lo contó luego al micro a su amigo Guille. Mi padre, con la chaladura de la casa, y mi madre que quiere tirarse en paracaídas. ¡Y lo peor, que casi me echan! Dicen que cada uno debe vivir su sueño ¡pero si a su edad ya no toca soñar! y el otro, mientras mascaba algo, solo hacía que darle la razón.
Mientras tanto, yo pensaba que mis padres, cuando les conté lo de la casa, lo celebraron a lo grande. Hasta mi madre, Carmen, estaba entusiasmada.
Te lo decía siempre, Lola, hay que tener tu propio terrenito, ¡para que Mateo coma cosas de la huerta, que no respire humo todo el verano! Nosotros llevábamos a tu padre y a ti al chalet en Segovia, ¡qué bien lo pasábamos!
Lo de qué bien lo pasábamos era su versión. Yo lo recordaba como un suplicio: mi madre decía que si casa de campo no era suficiente cerca de Madrid, tenía que ser en Segovia sí o sí. Y allá íbamos, cargados en la furgoneta con media casa encima como si no fuéramos a volver nunca.
Que si sus tazas de porcelana, que si la ropa de cama, sus perfumes y, por supuesto, nada de improvisar: ni coger moras del arbusto, ni jugar con los niños de al lado, ni nada que pudiera mancharme el vestido.
Ni hongos, ni mariposas, ni nada de eso. Todo bajo control y orden. Y, claro, me duró hasta que empecé la universidad, me corté el pelo y me compré unos vaqueros horrorosos llenos de dibujos, para hacer todo lo contrario de lo que ella quería.
Cuando me casé con Ramón, incluso el nombre de mi hijo lo escogí para fastidiar, le llamé Mateo porque a Carmen le parecía feísimo, decía que tenía pinta de catedrático ¡Pero yo lo hacía a mi manera!
A veces echo la vista atrás y pienso en todo esto. Porque, oye, me prometí que en mi casa nadie iba a forzar a otro a nada: cada uno tiene derecho a hacer lo que le dé la gana. Pero claro, entre la casa, el niño, el trabajo al final no hay tiempo ni para pensar tus sueños. Y eso me enfadaba.
¡Ramón, no puede ser que siempre se nos olvide lo que queríamos! me desahogaba con él, sobre todo aquellas noches de cansancio cuando Mateo lloraba y yo apenas podía con el alma.
Y él siempre respondía con paciencia, ofreciéndose para hacer hogar y no dejarme sola. Hasta me animó a irme un día de escapada con mis amigas, para que desconectara.
Y oye, fui y me lo pasé como una cría; terminamos en un club, bailando hasta las tantas, como si tuviéramos veinte años. Hasta que alguna maleaba me arrastró para besarme y ahí me vinieron a la cabeza todos los miedos, la voz de mi madre echándome la bronca. Volví a casa casi al alba, y menos mal que Ramón estaba al mando de la nave.
Me vio llegar, el pobre, más tenso que un cable. Tragué saliva. Nos miramos los dos, agotados.
Lola, no nos hagas pasar más sustos, ¿vale? me soltó, de verdad tocado.
Y así, poco a poco, fuimos encontrando nuestro sitio. Lo difícil era entender cuándo había que ceder y cuándo era tu momento de soñar. Ramón me ayudó un montón, la verdad.
Cuando Mateo creció y se independizó porque al final las cosas pasan, sentí que llegaba el tiempo de recuperar mis sueños. Ramón ya andaba buscando terreno por Guadalajara, y yo empecé el curso de paracaidismo. ¡Quién me lo iba a decir!
Al final saltamos juntos, los dos, y gritamos de miedo y de alegría. Era tan alucinante ver la tierra desde arriba, tan pequeño todo, menos Mateo, que esperaba abajo grabándonos con el móvil.
Un año después, Ramón compró por fin la casa. Hacíamos barbacoas con los amigos, Mateo vino con su novia, Alba, y allí, tumbados en la hamaca mientras devorábamos frambuesas, supimos que la vida está llena de momentos para soñar, solo hay que saber cuándo es el tuyo.
¿De verdad saltasteis en paracaídas? le preguntó Alba, con los ojos brillando.
De verdad le sonreí. Y no veas lo que nos costó llegar a eso: toda la vida preparándonos.
¡Pues yo no pienso esperar tanto! soltó ella con gracia. Quiero hacer las cosas a mi manera, aunque me salga mal.
Tienes razón, Alba. Pero a veces, un poco de espera da más sabor a los sueños. Y otros son caprichos que tampoco hay que seguir solo por llevar la contraria. Hazlo por ti, siempre.
Se rieron, cogieron la bici y se fueron al río. Y yo, mientras me quedaba tumbada al sol, sentí que, al final, todo va encontrando su sitio. Solo hace falta atreverse, y dejar que cada uno haga lo que quiera pero sabiendo cuándo hay que parar, y cuándo lanzarse al aire.






