Una persona para otra persona

El hombre es para el hombre

Por la ventana abierta, entraba un frío extraño, un olor a humo de hojas quemadas, humedad, y aquella tristeza espesa que, a finales de octubre, lo cubre todo de niebla en Madrid, obligando a la gente a suspirar melancólica, a arroparse en camisas gruesas de franela, a buscar consuelo junto al gas de la cocina y a beber café, apretando la taza favorita entre las manos.

Todos aguardan la primera nevada. Es como si esperaran algo nuevo, aunque la nieve llega cada año y pronto cansa; sin embargo, la esperan como si trajese liberación. ¿De qué? Al menos de los dedos negros y retorcidos del viejo plátano de sombra que crece junto a la ventana del piso de Matilda, del moho frío, del resfriado, de los males del otoño.

Matilda aprendió desde pequeña: cuando escarcha por fin la ciudad, todo mal se disipa. Así se lo repetía su madre, Inés.

Se ríen de mí, pero yo lo sé. Cuando llueve y hace frío, todo es peor. ¡Un horror! Llegas a casa de la gente y ves la tristeza en sus ojos. Les cuentas un chiste, les gastas una broma, nada: Mal asunto, Inés. ¿Para qué nos cuentas historias?, siempre igual. Pero cuando nieva, se animan, han sobrevivido al limbo entre estaciones y ya sólo queda resistir hasta la primavera.

Inés era médica de familia y conocía a todos sus pacientes por nombre y apellido, recordaba con quién vivía cada uno y hasta de qué suspiraban. Por ejemplo, don Álvaro Jiménez, vecino del portal contiguo: cardíaco, viudo, solitario, aunque a veces le visitaba su hija, Berta, tan rígida siempre, como si llevara una gabardina abrochada hasta el cuello. ¿Por qué una gabardina? Así la veía Inés, quizás recordando uniformes de tiempos lejanos. Cuando Berta venía, parecía en guardia, cortante, tensa, preparada siempre para malas noticias. Inés entendía a qué se debía: no era que Berta no quisiera a su padre, sino que temía hundirse bajo el peso de la preocupación. Él, a su vez, se disculpaba:

Te he molestado otra vez, Berta, perdona. Qué disgusto darte quebraderos de cabeza.

Berta miraba a Inés, como si buscara su absolución.

No crea, no me cuesta nada venir decía mientras Inés se lavaba las manos en la cocina y ella preparaba una toalla dura de lino. Es solo que mi marido y mi padre no se soportan. ¡Discuten por todo! Así que vengo cuando mi esposo está trabajando y…

Lo comprendo, hija, deja ya de excusarte. Anda, pásame la toalla. Ay, ¡qué precioso está tu cactus de Navidad! ¡Se ha adelantado! Qué belleza fuera de lo común decía Inés, señalando la maceta rebosante de flores rosas, los tallos carnosos desbordándose y ocultando el mantel.

Sí, papá adora esa planta. La plantó mamá. Me da miedo que se mustie, ya está vieja.

Las dos cruzaban miradas; sabían que la vejez de una flor no era tan implacable como la del ser humano. Después, como recordando el porqué de su visita, entraban al salón. Don Álvaro se sentaba en el sofá con camisa de cuadros, pantalón, calcetines gruesos y zapatillas, las manos entrelazadas en el regazo. Todo lo entiende. Inés hace su trabajo, Berta ayuda como puede, él no espera ya milagros…

¡Pero hombre, no se entierre en vida! Vamos, le escucho. ¡Perfecto! ¡Respira como un chaval de quince! Inés hacía sonar su voz con alegría teatral. ¿Le apetece un concierto? Mañana, en el centro cultural, representan a Valle-Inclán. Me dieron entradas, pero no voy a poder. ¿Le gusta Valle?

Don Álvaro resucitaba, los ojos le brillaban.

¡Claro! Pero… vaya usted, Inés

No puedo, estudios. Tenga. Son dos entradas. Berta, ¿vas?

Ella encogía los hombros: un marido severo la retenía para la cena, para la rutina…

Debe ir con su padre, a él le hace ilusión insistía Inés, llevándola aparte. Vives cerca, ¡haz el esfuerzo!

Berta sabía que en casa habría bronca, un castigo, una noche áspera.

Sabía, también, que dependía de aquel hombre tosco, Nicolás, que puso los euros cuando don Álvaro necesitó la operación urgente. Dinero que ella sola nunca hubiera reunido. Nicolás (gordo, con barriga prominente) ni ayudaba a su suegro a subir al coche. Berta giraba, cuidaba sola al padre mientras Nicolás miraba y compraba a su esposa.

Inés no se metía en vidas ajenas; bastantes problemas tenía ya. Incluso esas entradas… se las había dado su amiga Rosario para ir con Matilda, su hija. Rosario, taquillera del centro, había cogido los mejores asientos, sabiendo cuánto amaban madre e hija el teatro. E Inés, en cambio, los regaló… ¡a ese viejo y a su hija desvalida!

A la noche siguiente, Rosario telefoneó.

¿Se puede saber por qué? ¡Me costó un mundo conseguir esas butacas, hasta bajé la cabeza ante el director! ¿Qué hacían ahí ese viejo y la ratoncita? ¿No fue Matilda?

Matilda había montado un escándalo en casa. Una vez más, lanzaba a la cara de su madre que para Inés siempre eran más importantes los pacientes que ella, su propia hija.

¡Siempre fue así! ¡Desde que tengo memoria! ¡Primero tu insaciable consulta, luego, quizá, yo! ¿No te da vergüenza? ¿Para qué me tuviste?

¿Entonces fueron? ¿Y sonrieron? preguntó Inés ignorando los reproches.

Yo qué sé. Ni les miré. Inés, ¿cómo es posible? Tú

Fue lo correcto, de verdad respondió Inés. Lo esencial es que esos billetes, tan generosos, sirvieron para algo bueno. Hablo en serio, Rosario, ven el sábado con Matilda a casa; tomamos algo

Rosario, que vivía sola (el hijo lejos, el marido fallecido hacía dos años), era quejica pero buena mujer. Llevaba el corazón a flor de piel. Iba a menudo a casa de Inés, la cuidaba como una hermana.

Lo que tengo es hipertensión, y me sube con tus cosas mascullaba. Iré. A ver si no me dais el disgusto de comprar tarta, ¡yo llevo magdalenas!

Las magdalenas de Rosario eran su especialidad, un orgullo en cada reunión de amigas. Muchas veces, Rosario se compadecía de Inés: madre sola, arrastrando la vida, esclava de la consulta Ni al teatro la podía sacar. Siempre donaba las entradas a los más necesitados.

Inés tampoco se conformaba con regalar entradas; también repartía la ropa que ya no servía a Matilda, compraba medicinas y las llevaba ella o mandaba a su hija de recadero, aunque no a todos. Algunas veces, sí.

¿Y para qué, mamá? Ni te dan las gracias, lo toman por hecho. Hoy han llamado los Sanjurjo, otra vez medicinas. ¿No pueden ir ellos? ¿O tiene que ser mi obligación? Yo iba a salir al cine, pero tú me lo has fastidiado. ¡No pienso ir! protestaba Matilda cada vez más rebelde. Hoy teníamos concierto en el instituto y tú, como siempre, ausente. ¿Por qué? ¿Qué hacías? ¿No lo recuerdas?…

Ya basta

¡No, lo diré! Acompañabas a la abuela Dolores del bloque de oficiales, esa vieja ni siquiera es familia. Fuiste a buscarla al hospital, le compraste claveles, la metiste en un taxi, la ayudaste en casa ¿Y mientras tanto, yo? ¡Tu hija! ¡Maldita consulta! ¡Malditos enfermos!

Matilda gritó tanto que, de un portazo, desprendió una tabla suelta del quicio de la puerta, que cayó y dio a Inés justo en la pierna.

Bien merecido suspiró entonces Inés, con gesto amargo. Lo tengo merecido.

Inés era una madre torpe, lo sabía. Una hija debería ser lo primero. Pero Matilda no enfermaba nunca, era fuerte, y otros la necesitaban más. Cuando todos estén bien, me sentaré, hornearé galletas de jengibre para Matilda y viviré sólo para ella. ¿Pero cuándo será eso?

Ya tenía Matilda veintisiete años, licenciada, ajena para siempre a la medicina (¡Dios me libre de ser como mi madre!). Vivía aún con Inés, aunque pasaba el tiempo afuera. Los amigos sí la valoraban, le dedicaban tiempo. Pero su madre, siempre en lo mismo: Compra esto, lleva lo otro, ¿te cuesta tanto? Para ti es fácil, para ellos puede cambiarlo todo

Don Álvaro, ya muy mayor, seguía vivo. Inés lo visitaba. Berta seguía haciendo el papel de mártir, atada a Nicolás por gratitud y miedo a quedarse sin un euro. El padre, abandonado a los cuidados de la médico del barrio.

Matilda se sentía rabiosa con su madre y consigo misma.

Pero hoy el enfado se volvió miedo. Se habían llevado a Inés del ambulatorio directamente al hospital: infarto. Fue Rosario quien llamó a Matilda, se notaba que estaba muy agitada:

Matilda, la vi pálida, los labios del color del papel, la sujeté y caímos juntas balbuceaba. La llevaron al Clínico, hay sitio, queda cerca. Ve a verla, hija

¡La culpa es vuestra! ¡Tanta angustia, ni un respiro le habéis dado! lloró Matilda, tirando el teléfono, pidiendo permiso y saliendo apresurada.

¿Qué te pasa, Matilda García? alzó la vista del informe el jefe de Matilda, don Rafael.

Mi madre está en el hospital. ¿Puedo irme antes? Ya lo recuperaré.

Anda, vete. ¿A dónde tienes que ir? ¿Diagnóstico? Rafael dudó. ¿Llamo al chofer? ¿Le presto el coche? Deberías llevarte mi coche. Dime la dirección, lo arreglo ya

Pero Matilda ya bajaba las escaleras, corría. No quería coche ni chofer. Ella sola.

Esperó, caminó sin cesar, el tiempo caía sobre sus hombros como las hojas mojadas del Retiro. En la entrada del hospital, cola de gente, bolsas, DNI, preguntas.

¿A quién busca? ¿Qué planta? ¿Cuándo ingresó? Frío administrativo. Pasaporte, registro, permiso.

Matilda atravesó el hospital con paso de sonámbula, entre jardines marrones y las miradas vacías de los enfermos desde las ventanas.

En Admisión hojeaban listados.

¡¿No pueden decir nada?! ¡Hoy ingresó! Matilda apretaba los dientes.

Si es hoy, igual no está reflejado. Ah, la encontré. Su madre está en reanimación. Chica, ¡no se venga abajo aquí…!

La jefa de Admisión, Carmen, la sacó de allí y la sentó. Matilda sollozaba:

Mi madre también era doctora. Se dejó la salud por los demás… ¿Y para qué?

Carmen sólo le acercaba agua, que Matilda rechazaba.

¿Puedo verla?

No, ahora no. Mejor espere al doctor. Tercer piso. Tome, aquí el nombre

Al entregarle el papel, Carmen añadió:

En esta profesión, a veces se cruza esa línea donde uno deja de ser persona y sólo queda trabajo. Mi marido es médico de urgencias. Apenas coincide conmigo. Pero los afortunados son sus pacientes: es de los buenos. Al principio discutíamos por eso, luego me resigné. Así es el camino de cada uno.

Matilda subió las escaleras contando peldaños: si conseguía llegar a cien sin equivocarse, todo iría bien, su madre se salvaría. Si fallaba supersticiones absurdas, como de novela antigua.

¿Matilda? la frenó una voz que reconoció: Berta. Matilda, fuera de sí, intentó librarse, pero Berta la acogió en sus brazos.

Tranquila, Matilda. Todo saldrá bien. Hay que esperar al médico. ¿Cómo has venido? Cuéntame.

Berta preguntaba como si la ruta desde la casa al hospital fuese un conjuro.

Matilda respondía sin pensar, volvía a cerrar los ojos.

¿Por qué estás tú aquí? ¿Tu padre está ingresado?

Berta asintió mirando al suelo.

Matilda no sabía si debía preguntar más. Su madre le había hablado de don Álvaro, pero ella nunca escuchaba.

No pasa nada, Matilda. Tu madre es fuerte. Se recuperará dijo Berta, y fue hacia el ventanal de la sala de espera, rodeándose los hombros. Mi papá ya es muy mayor y… quería estar en el mismo sitio que tu madre, decía

Matilda entendió (“en el mismo sitio”), sintió miedo de que su madre los quisiera tanto como ella en ese instante deseaba a don Álvaro Pero, ¿tanta preocupación por cada paciente?

En el pasillo se oyó un grito varonil.

¿Otra vez aquí, Berta? ¡Te dije que no quiero que vengas! ¡Todo lo que he sacrificado para que…!

Era Nicolás, rojo, furioso, retorciéndole la muñeca a Berta. Gritos, discusiones, amenazas. Hasta que los celadores lo sacaron medio a la fuerza.

Quiere que tenga un hijo explicó Berta, hasta divertida. Pero no puedo.

Ni yo lo tendría con ese energúmeno saltó Matilda. No entiendo por qué te casaste.

Por gratitud susurró. Y luego, por miedo. No soy nadie, tan poca cosa… Si él no me quiere, no existo.

La luz del sol atravesó de pronto las vidrieras: los colores bailaron en el piso, chispas en el mundo gris.

A papá le gustaba este hospital, es antiguo, bonito

Bonito, salvo que aquí se viene para no volver cortó Matilda. Las clínicas son puro sufrimiento. ¡Qué manía de idealizar!

Mejor aquí que en casa, sin poder ayudar dijo Berta. Tu madre sabe aliviar dolores, y no sólo del cuerpo. Un alma quebrada sólo puede salvarla un ser humano bueno, compasivo y sin juicio. Tu madre era así al graduarse. Luego llegó la consulta, la carga, la soledad.

Sólo necesitaba a los pacientes. A mí nunca dijo Matilda. Vivíamos en dos mundos. Yo le traía el té y ella ya dormía. Yo dormía todavía cuando ella salía. Muchas veces, yo le contaba mis miedos por la noche, y se dormía antes de terminar. Mejor que los médicos no tuviesen familia, sería más justo para todos.

Pero entonces se volverían duros como piedra. Quien da tanto necesita su propio rincón. Un nido. Todos necesitamos a otro ser humano. Sin eso… nada suspiró Berta, rompiendo a llorar de improviso.

Matilda miró al pasillo donde entre las figuras blancas alguien desaparecía. Las almas se despiden en silencio, humildes, volando un instante para decir adiós. Don Álvaro ya se había marchado.

Matilda no recordaba cómo habló luego con el médico, sólo que debía ir a casa, esperar la noche, como si el mundo quedase suspendido. Arrastraba a Berta, que andaba a su lado como sonámbula. Se separaron antes de llegar.

Ahora, en la penumbra de la cocina, Matilda se sienta junto a la ventana entreabierta. La cenicera rebosa colillas; su madre había empezado a fumar más…

Debería limpiar. Si mamá vuelve y ve este caos se dice, pero no se mueve. Cerrarse la chaqueta, cerrar el ventanal, cubrirse la espalda, pero el cuerpo se le ha vuelto de piedra. Mejor no hacer nada.

¿Y si mamá? ¿Cómo se sigue? Imposible, incomprensible. Inés sabía disfrutar de los detalles; Matilda gruñía siempre. Inés lograba que la gente sonriera. Matilda, en cambio, sólo quería huir. Mamá…

Mamá, por favor ¿me oyes? No te vayas. No estoy lista. Siempre pensaste en los demás, ¡apiádate de mí una vez! Matilda no quería llorar, pero lloró, de verdad, no como las actrices del cine.

Sonó el teléfono. Matilda contestó maquinalmente.

¿Matilda? Soy Rafael, tu jefe. Disculpa la hora. ¿Cómo está tu madre? ¿Necesitas algo?

El rostro de Matilda se estiró, dejó de sollozar.

¿Rafael? ¿Usted…? ¡Tan tarde y aún en la oficina?

No, estoy en casa, insomne, pensando en ti Pasé por eso, sé lo duro que son las noches. ¿Quieres que vaya?

Lo dijo como un amigo de toda la vida. Matilda se sintió desarmada… Las amigas dormían ya. Sólo quedaba Rafael.

Preparó un té con miel y limón, le dijo que se sentara en el sillón, cerró la ventana, comprobó la calefacción.

Hay que dormir, lo necesita, Matilda García. Mañana debe ir a ver a su madre. Si no descansa, no tendrá fuerzas. ¿Qué se ve? ¿Oscuridad?

Rafael siempre en vaqueros, larguirucho, tenía la costumbre de masticar bolígrafos. En verano iba en bici al trabajo y en invierno forzaba a todos a salir de excursión, a casas rurales, ¡a respirar!. En Navidad, hacía de Papá Noel y repartía regalos sudando bajo la barba falsa. Todas las compañeras suspiraban por él, hasta las casadas.

Oscuro murmuró Matilda, repitiendo el tópico literario.

Para nada replicó Rafael. Está nevando. Mañana se derretirá, pero aún así No está mal, ¿verdad?

Él se volvió hacia Matilda; ella ya estaba a su lado, mirando también la nieve. Inés decía que la nieve todo lo curaba, lo cubría, lo limpiaba. Quizá fuese verdad.

Al alba la despertó el teléfono. Rafael se había ido, la casa estaba sola.

¿Matilda García? una voz de mujer, lejana, en la línea. Sentía el pánico del día en que le dijeron que su padre había muerto.

Yo misma.

Su madre ha despertado. Puede venir. Le explicaré lo que debe traer…

Matilda garabateaba notas, hipaba, reía y lloraba. Afuera seguía nevando. Nieve que no pensaba derretirse, nieve que era alivio, esperanza, papel en blanco. Muy pronto, alguien caminaría sobre ella, dibujando huellas frescas hacia el futuro. Don Álvaro ya no. Él mira, sonríe a su hija desde lejos. Ella, pronto, será madre.

El niño llegará en verano, ya divorciada Berta. Nicolás la dejará ir, desaparecerá en la deriva de la península. Nunca sabrá que ese hijo es la viva imagen de su abuelo Álvaro.

Inés, con el bebé en brazos, sonríe. Ahora hay un hombre más en el mundo. Y pronto boda de Matilda: se casa al fin. Rafael le gusta mucho a Inés. Siente que comprende de verdad a su hija. Eso es lo que más importa. Ojalá con él, Matilda sepa ser más cálida, reciba lo que su madre no supo darle. Ojalá

El ser humano necesita a otro ser humano, tenía razón Berta. Sí, lo necesitaMatilda observa el manto blanco desde la ventana, rodeada por ruidos nuevos: el llanto menudito de su sobrino, los pasos tranquilos de su madre, el perfume de las magdalenas que Rosario sigue trayendo a casa. Dentro, el caos ha cedido a una paz tibia, como si la escarcha hubiese cerrado todas las viejas grietas.

En la mesa, Inés acaricia la cabecita del bebé, le canta bajito una melodía de otra época, y Matilda se sienta a su lado, por fin sin prisas, sin deudas. Se miran de reojo y sonríen, sabiendo que todo lo verdadero permanece, a veces en silencio, bajo la nieve.

Rafael llega, disfrazado de Papá Noel aunque abril asome tras la cortina. Trae flores, libros, y un brillo especial en la mirada que sólo Matilda reconoce. El pasado duele menos cuando ella se recuesta en su hombro y siente la promesa de un porvenir propio, ajeno ya al rencor.

Afueran, las huellas se multiplican: Berta empuja el carrito despacio, saluda a los vecinos, se detiene ante la portera y comparte una risa tímida. A cada paso, una mujer se descubre capaz de comenzar de nuevo.

De fondo, la ciudad palpita: la nieve cede, bajo ella brotan los brotes, el ruido de los niños en el parque, un futuro inesperado y luminoso.

Matilda, por fin, comprende: no hay soledad para quien se entrega, no hay sombra donde alguien extiende la mano. El hombre es para el hombre. Y los inviernos, por duros que sean, traen siempre la posibilidad de un perdón, un abrazo, una casa encendida tras la tormenta.

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