¿Puedo esperarte?
El camino a la felicidad de Juan Gómez, y no solo el suyo, pasaba inevitablemente por su estómago, maltrecho por la gastritis.
Juan Gómez Díaz era jefe en su pequeño despacho, demasiado estrecho para un hombre tan corpulento. Cada día acudía impecable: traje oscuro, camisa inmaculada y, por supuesto, recién planchada y almidonada. ¿Cómo? Pues en la tintorería, evidentemente. Vivía solo. Así, día tras día, lideraba, sudaba dentro de esa chaqueta de lana, ajustándose constantemente el cinturón que le cortaba la barriga, tirando de la corbata, protestando, golpeando la mesa con el puño, enrojeciendo, tomándose la barbilla, jugueteando con una barba inexistente, firmando papeles, haciendo llamadas y farfullando al auricular, escuchando y volviendo a refunfuñar. Luego, tragando saliva, se plantaba sobre la alfombra ante sus superiores, y el resultado era el mismo de siempre: sufría de dolores en el vientre.
A fin de recomponerse, Gómez ingresaba cada seis meses en el Hospital San Carlos “por prevención”; tomaba medicinas, luego le metían el tubo para que los médicos, sonrientes y bromistas, pudieran admirar el estado de sus mucosas, y después, otra vez a tomar pastillas, con muecas y gemidos. Durante sus estancias comía exclusivas cosas de dieta y, por las tardes, acompañado de un vaso de té, charlaba con amigos que le visitaban sobre la vida, el universo, hacía guiños a las enfermeras guapas y ellas se ruborizaban, apartando con apuro los bombones que él les ofrecía.
¡Anda, coged! ¿No os gustan los dulces? protestaba Gómez. Es solo por el gusto de ver a una mujer disfrutar, no hay dobleces.
Al final, las enfermeras, armándose de valor, aceptaban la chocolatina, y luego, ya en la sala de descanso, acompañadas de una infusión, desmenuzaban asuntos de amor y de Gómez, compadeciendo a aquel pobre hombre solo y deseándole lo mejor.
Entre estos entretenimientos, Juan también discutía a menudo con la doctora, Carmen Sandoval, que le pillaba una y otra vez en la terraza, encendiéndose un cigarro.
¿Otra vez? ¿No le han dicho aún que aquí no se fuma? ¡Como siga así, mañana mismo pido su alta y no vuelve a pisar este hospital! le increpaba Carmen, mirándole altiva desde abajo con sus enormes ojos grisáceos.
Venga ya, Carmen ¡Si hasta a usted la he visto fumar! ¿Por qué yo no? Saldría fuera, pero ¡vea qué lluvia! ¿Quiere que me cale hasta los huesos? respondía desafiante Juan, dándose un par de caladas más y apagando el cigarro en una lata de melocotón que alguien dejó como cenicero, rebosante de colillas, antes de marcharse con paso digno en su exuberante bata roja, regalo de su hermana, Lucía.
Carmen ni se apartaba un ápice; él tenía que pasarse rozándola, inhalando brevemente su aroma a limpio y a lejía, mezclado con el perfume ligero y floral de sus batas médicas.
Aquí no estamos en un balneario para estas confianzas protestaba ella, diminuta frente a ese hombretón. Mañana mismo se va usted de aquí.
Carmen protestaba sin entender por qué se alteraba tanto. No soportaba a Gómez. No podía y ya está. Desde que apareció, su vida dio un vuelco; antes la habitaban pensamientos oscuros y tristes, y ahora también él, Juan Gómez.
¡Déjeme pasar! Tengo que hacer mis rondas, no me retenga como si fuese usted la Dama de la Montaña. ¡Quédese aquí sola, ya que es tan arisca! ¡Y encima, Carmen, la gastritis es cosa de nervios, y usted me saca de quicio! gruñía Juan sorteando a «la doctora», como la bautizaba en su cabeza. Una vez hasta pisó a Carmen, que rápidamente retiró el pie enfundado en una sandalia celeste. Perdone murmuró él.
No pasa nada. Ya terminaré pronto sus tratamientos. Vaya paciente que me ha tocado masculló Carmen antes de girarse y marcharse. Pero luego, al caer la tarde, cuando el hospital languidecía de pacientes y solo quedaba el runrún del kéfir y los bollos, ella misma se escabullía a esa terraza, encendía un cigarro y miraba la lluvia…
Tengo que irme. Empezar de nuevo, respirar de verdad de una buena vez se repetía Carmen, sacudiendo la ceniza en la lata. ¿Creen que no puedo? ¡Claro que sí! Seré feliz, y todo…susurraba al póster de médicos jóvenes y sonrientes, todos con gorro blanco, como sacados de una escuela de cocina. Seguro que puedo. Solo que queda hacerle el seguimiento clínico a López, a Torres… y este pobre viejo, Mateo, va fatal Y han vuelto a traer a Sanz ¡Pobre hombre!
Y así Carmen decidía postergar irse un año o dos más, hasta que acaben todos los pacientes, hasta que regrese Lucía. Y nunca acababan; eran dados de alta, algunos la saludaban por la calle, agradecidos, otros apenas levantaban la vista, sobre todo los familiares que esperaban milagros que nunca llegaban.
Carmen no se ofendía; sabía que no era un caramelito para que todos la quisieran pero dolía. Tras apagar el cigarro y alisarse la melena corta, rubio ceniza, asimétrica Carmen se miraba en el pequeño espejo de hierro en el pasillo. Las enfermeras lo colgaron para que las pacientes se acicalen, aunque eran ellas las que más lo usaban.
Carmen dudaba si ese peinado le favorecía. Quizás resaltaba sus facciones delicadas, los ojos grandes y expresivos, los pómulos ¿O la hacía aún más andrógina? Solía vestir camisas de franela a cuadros, vaqueros, cazadoras de cuero, zapatillas deportivas y el gorro negro de punto de Lucía.
Cómprese uno bonito, ahora hay unos que son un primor decía la señora Julia, encargada de ropa limpia, una abuela de cuento. Vas por ahí hecha un espanto.
No, tía Julia, que es de Lucía replicaba Carmen, metiendo el gorro en el bolsillo con el gesto de siempre.
Déjame ese gorro, está chorreando, te lo seco en la estantería. ¡Mujer, qué cabeza la tuya! regañaba la señora Julia, quien después, absorta, retomaba sus crucigramas.
…Y ahora, tras despedirse rápido de sus compañeras, Carmen se caló el gorro negro y cerró la cremallera de la chaqueta con el gesto habitual.
¿Te acerco en coche, Carmina? le ofreció Diego Rodríguez, el Don Juan del hospital, pasándole las manos por los hombros.
No insistas, Diego. Me las apaño sola. Ahí tienes a Inés, la nueva del rayos. Llévala a ella. Hasta mañana. ¡Nos vemos, Alfredo! dijo Carmen al pasar junto al joven médico, ya absorbido por su ordenador. Cogió la mochila y salió disparada hacia la parada de autobús.
Tenía que llegar a casa antes de las diez. Cambió la cerradura y Lucía no tiene la nueva llave, así que si llegase se quedaría esperando en el rellano, se molestaría y se marcharía. Carmen ni siquiera se enteraría de que estuvo allí.
Al apuro, casi corría, colocándose la mochila a la espalda mientras pisaba de lleno un charco. Las zapatillas y los calcetines calados le helaron los pies.
¡Manda narices! susurró, viendo la esquina por donde el autobús acababa de alejarse, resignándose a caminar, resguardando en el bolsillo su abono de transporte revestido de una funda verde lima, con un gato dibujado regalo de Lucía por el Día de la Mujer, envuelto entonces con papel bonito y lazo. Fue muy tierno
¿Otra vez solo, Diego? se burló Julia. Porque Carmina no es para ti, búsquese otra más sencilla.
Siempre queriendo enterarse de todo, ¿eh? gruñó él, peleando con la manga de la chaqueta, maldiciendo la neuralgia que no le dejaba girar el brazo.
¡Vaya, hombre! refunfuñó justo cuando Carmen perdió el bus. ¡Siempre metiéndose!
No grites, que eres nuevo aquí, pero Carmina ya lleva mucho. Incluso desde que vivía con Lucía. Los hombres no podéis entenderla, a Carmina Va, Diego, déjame ayudarte con la chaqueta. ¡Listo! Ala, vete ya que ni tienes vida personal.
Diego pensó que quizá aún la podía alcanzar en la parada, pero no dio tiempo, así que optó por intentar con Inés.
Julia, por su parte, nunca tenía prisa; iba a la sala de enfermería a tomar el té, donde Tamara y Lourdes, de turno esa noche, picoteaban la cena traída de casa, bostezando y mirando el reloj.
¡Que aproveche! saludó Julia, retomando un hilo anterior. Diego va detrás de Carmina, se ha afeitado para gustarle porque escucha que no soporta barbas. Le trajo incluso una chocolatina, pero ella no quiso, tan orgullosa No es fácil esa chica. Pero harían buena pareja
Lourdes, guardando su táper, sirvió tres tazas de té, una para cada una.
A Carmina le da igual la barba; como si nada, hace mucho. Solo espera, espera y espera Si no está con los pacientes, revisa el móvil, llama, se enfada, fuma y discute con este Gómez. Vaya elementos. Él coquetea con las jóvenes, hace lo que quiere porque paga habitación privada. Y la vuelve loca a ella. Gómez está siempre en el balcón, barriendo el suelo con su bata, liándose el cinturón al dedo y fumando. Carmina le riñe, él le suelta alguna frase y tan contento. ¿Para qué viene, si es gastritis solo? Con el dinero que tiene, podría estar en cualquier clínica, pero vuelve aquí como un reloj. Bueno, bebed vuestro té…
Yo digo que viene por Carmina opinó Tamara, desenvolviendo un caramelo.
Anda ya zanjó Julia.
En serio. El corazón no engaña, yo lo noto. Y Carmina es lista, guapa, una gran médica. ¿Por qué no iba a enamorarse? dijo Julia suspirando. Solo que ella no le deja entrar. Ojalá pasara página, se mudara…
Guardaron silencio.
Es que no puede, es su hermana. Lo lleva como promesa a los padres que se fueron Pobre musitó Tamara.
Alguien tosió en el pasillo y se callaron.
Juan Gómez veía todo esto desde fuera, estirado en la cama, con las manos detrás de la cabeza, mirando al techo.
Es como clavar una mariposa con un alfiler, pensaba. Debería volar, tan joven y bonita, con tanta fuerza pero se clava ella sola a la vida, atada con cadenas de hierro. Una pena…
Recordaba los ojos de Carmina, su pelo corto y atrevido, la figura menuda, el pecho, las rodillas marcándose bajo el vaquero, sus manos frías palpando el vientre, como si dieran adrede. Juan lo percibía todo. ¿Un mujeriego? No. Había otra cosa: el deseo de proteger, de salvarla, aunque ni él supiera por qué.
Fuma demasiado, eso no está bien, determinó.
No durmió casi esa noche, avergonzado por la discusión del balcón. Se sentía fatal.
Siempre había estado acostumbrado a ser el jefe, otorgar bombones, elegir lo mejor, exigir tratos preferentes.
Pero Carmina no encajaba en ese molde. Él pagaba su estancia privada, podía exigir atención, ¿pero ella? Ella colocaba las manos frías y era estricta con él.
Juan se sentó, buscó sus zapatillas y salió.
Alguien rebufaba en la habitación continua. Juan, curioso, abrió la puerta y, tras dudar, entró porque los lamentos eran lastimosos.
¿Necesita algo? ¿Llamo a la doctora? Voy a abrir la ventana, aquí huele a encierro dijo, titubeando.
En la vida, todos le servían: el té, la chaqueta, las cortinas A cuidar de otros, había olvidado cómo se hacía, más aún tras la muerte de sus padres. Ni siquiera con las mujeres que convivieron con él; él pagaba, ellas cuidaban.
Encendió la luz azulada: la luz descubrió las cortinas moradas, la cena fría, una bata tirada y un anciano huesudo cuya cara parecía una máscara mortuoria.
Por favor, agua de ese vaso susurró el hombre, casi sin dientes.
Juan llenó el vaso en el pasillo; el hombre se irguió penosamente.
Aquí. ¿Seguro que no quiere que llame a alguien? Se oían sus gemidos desde fuera se preocupó Juan.
No, no. Dejemos dormir a las enfermeras. Ya las he fastidiado bastante el anciano dejó caer los brazos, apagado. Gracias. No molestaré más. Lo siento Es el estómago. Es mi castigo por los excesos. Pero, ¡qué bien vivíamos de jóvenes! Añadió, con una sonrisa sin alegría.
Bueno, joven, lo fuimos todos. Juan recordó la España de los noventa, el miedo nocturno, calles peligrosas… Un escalofrío le recorrió la espalda. Voy a abrir la ventana; aquí no se puede respirar.
Hágalo No se engañe, eso de que todos éramos felices son cosas que uno se cuenta. La juventud engaña jadeó el hombre, haciéndose una bola en la cama.
Jamás había oído Juan un sufrimiento tan sordo y definitivo.
Voy a buscar a los médicos. Están para atenderle. Quiso salir corriendo.
Habitación privada, sí Mi hijo me trajo para no molestar a los demás. Se rascaron los bolsillos y aquí me dejaron. Como un rey vivirás, papá, me dijo mi hijo. En dos semanas vengo a buscarte. Yo le espero
¡Menudo desagradecido! musitó Juan, pensando en sí mismo.
Nada, hombre. Los jóvenes a vivir, nosotros a morir. No se puede estar pendiente siempre de los demás, uno se cansa. Usted sí ha vivido, se le ve. Y eso está bien le sonrió el anciano. ¿No está Carmina? Seguro que ha corrido a casa, por Lucía Pobre niña.
Bueno susurró Juan, eso no viene a cuento. Llamaré al médico, usted está muy mal.
Temió que, en ese instante, ese hombre al que ni conocía el nombre, muriera ahí mismo. Un nudo de angustia atenazó a Juan.
Vagó por el pasillo y encontró a Tamara dormida en un sofá. La sacudió.
¿Qué pasa? ¿Se encuentra mal? despertó alarmada la enfermera.
No, yo no. Mi vecino, sí. Creo que necesita ayuda señaló Juan.
Gracias. Váyase usted a descansar dijo Tamara, corriendo al fondo del pasillo. Llegó también el médico de guardia, despeinado; Juan estiró el cuello, pero no supo nada más.
Miró el Madrid nocturno, todo luces, por la ventana. Suspiró. Se sintió sucio por dentro, anheló un té caliente con bollito de canela. Como le ponía su abuela Mercedes de niño, cuando iba al centro cultural a estudiar astronomía. Lo sentaba en la cocina minúscula, le ponía la taza enorme, la de caballos, llena de té dulce, y un bollo caliente. Ya has estudiado muchas estrellas, mi niño. Ahora a reponer fuerzas. ¡Cuánto añoraba esa cocina pegajosa de hule, la maceta en la ventana, las cucharas de madera y ese recorte del velero sobre el mar turquesa!
Solo le venció el sueño al amanecer, tras oír ruidos en la habitación de al lado.
Por la mañana, ya limpiaban la estancia, preparándola para un nuevo paciente.
¿Y el abuelo, mi vecino? ¿Dónde está? preguntó a Tamara, exhausto. Ella encogió los hombros. Juan comprendió todo: esa misma noche se fue el anciano. Él, Juan Gómez, fue el último con quien habló. Ni siquiera llegaron a presentarse Qué injusto, ni tiempo de despedirse. El billete es solo de ida para todos, aunque el tren tenga muchos vagones.
Se giró, dispuesto a regresar a su habitación, y tropezó de lleno con Carmen Sandoval.
Ella, diminuta, estaba ahí, abrazándose a sí misma, llorando.
Tenía que haberle visitado ayer pero corría prisa, tenía que estar en casa antes de las diez ¡Y él, don Mateo! Igual me esperaba para despedirse, y no fui
Carmina sollozaba como niña, secándose con la manga. De pronto a Juan le entraron ganas de rodearla, pegar esa bolita de pena a su ancho pecho, acariciarla, consolarla, susurrarle cosas bonitas. Y después, ofrecerle té y bollito.
Él no se enfadaría. Dijo que debía vivir su vida musitó Juan, extendiendo la mano, pero se contuvo.
Carmina lo miró con ojos enormes, el rímel corrido, el mentón tembloroso; se giró, apartó a Diego que pasaba y escapó. En la calle buscó el paquete de tabaco, corrió afuera y, sin dar con el mechero, maldijo. Ahí apareció una mano con una cerilla.
Juan.
Él esperaba, serio, esperando la bronca mientras el fósforo le quemaba los dedos.
Carmina encendió su cigarro, aspiró hondo, y solo entonces explotó:
Aquí no se puede fumar. Vuelva a su habitación, ¡ya se lo he dicho cien veces! ¡Esta terraza es para el personal, al final habrá que poner rejas! ¿O cerraduras? ¡Déjeme en paz!
No le hago nada, solo le di fuego. Tengo tanto derecho a estar aquí como usted contestó Juan, muy calmado.
¿Ah, sí? ¿Por qué motivo?
Porque su contrato está tan mal redactado que solo prohíbe ir a zonas con cartel. Aquí no hay ninguno, así que disculpe, pero también me quedo.
Se acomodó junto a la barandilla, abriendo su bata, con el calor que hacía debajo del pijama.
Mire, ha nevado. ¿Cuándo dio tiempo? Es bonito el parque. Y allí, en el banco No, es un muñeco de nieve divagaba Juan, solo por distraerla. Carmina lo miraba de reojo, achicando los ojos; se le apagó el cigarro, tuvo que tirarlo.
Conocí a Mateo desde que me quedé sola, tras la marcha de Lucía. Él ya estaba jubilado y tocaba el violín en el parque susurró Carmen.
¿El violín? ¿Ese abuelo? Juan le ofreció su cigarro, ella lo rechazó.
Sí. Solía tocar sobre la avenida, junto al banco, siempre con chaqueta y sombrero. El sombrero era su marca.
¿Y una bufanda roja? No, entonces sería saxofonista se permitió bromear Juan.
Bufanda sí, gruesa, de lana. A Lucía le hubiera encantado. Pero se fue. Mateo fue el último que vio a Lucía. Y ahora, él también se ha ido. Y yo sigo aquí.
Iba a decir más, pero Diego interrumpió era hora de la ronda
¿Qué hace este paciente aquí? protestó Diego, pero Carmen ya lo arrastraba por el brazo, y Juan quedó solo contemplando al muñeco de nieve que se derretía.
Y entonces alguien cerró con llave la puerta del balcón, y Juan Gómez, en su bata roja y pijama de rayas, quedó fuera, en el otro lado.
Hasta que lo echen en faltaAl otro lado, Juan miró el cielo encapotado y se sintió, por primera vez en años, exactamente donde debía estar: en pausa. Nadie podía entrar ni salir; ni enfermos, ni médicos, ni recuerdos pesados. El frío le calaba la piel, pero extrañamente, no le apremiaba volver. Bajo el banco, el muñeco de nieve seguía aún entero, resistiendo, y Juan recordó de golpe la promesa que una vez le hizo a su abuela: Espera siempre, hasta la última estrella.
A través del cristal, vio a Carmen en la sala. Hablaba con Diego, gesticulaba, se reía a medias mientras secaba los restos de llanto. Parecía frágil y fiera, como una gata mojada buscando refugio. Él se acercó al ventanuco, posó los dedos en el frío y le hizo un saludo improvisado, dibujando una carita sonriente en el vaho. Carmen lo vio y, tras un segundo de duda, le devolvió una mueca. Diego puso los ojos en blanco y se marchó.
Una enfermera, de regreso del café, vio a Juan allí fuera y, alarmada, rebuscó las llaves. Pero Carmen, suspirando, la detuvo un instante y dijo, como para sí misma:
Déjelo, que espere un poco. Solo un poco más.
Juan apoyó la espalda en la baranda. Respiró hondo el aire helado. Dentro, Carmen sonreía. Afuera, el mundo era grande y gris pero, por fin, la espera tenía sentido.
¿Puedo esperarte? murmuró él, sabiendo que, de alguna forma, ya no estaba solo.
Y así, en el borde exacto entre el hospital y la calle, entre la costumbre y el deseo, bajo el tenue brillo de un sol invernal, Juan descubrió que a veces la felicidad o algo aún más valioso llega justo en ese instante en que uno aprende, por fin, a esperar junto a otro.







