31 de diciembre
Hoy ha sido uno de esos días en los que siento que todo el peso del mundo recae sobre mis hombros. Esta tarde, temblando, he marcado el número de Lucía, apretando el móvil con fuerza y cerrando los ojos. “Que conteste por favor, que conteste…”, me repetía como si rezara en la iglesia del barrio.
El número marcado no está disponible o fuera de cobertura, contestó la aburrida voz de la operadora. Supe que, de nuevo, mis plegarias habían caído en saco roto.
*****
El amor… Nunca pregunta si puede entrar en tu vida. No llama a la puerta, no se anuncia. Te arrolla de repente, como esas olas gigantes del mar Cantábrico que a veces ves en la televisión durante los temporales. Mucha gente pensaría, ¡Qué espanto!. Pero yo, después de todo lo vivido, sé que el amor en su esencia es así: desbordante, vertiginoso, un torbellino de emociones imposible de comparar ni siquiera con la más loca de las ferias de San Isidro.
A mí, Mateo Martínez, antes estas cosas me sonaban a tonterías de poetas y de películas. Eso no pasa en la vida real, decía a los amigos que se empeñaban en convencerme de lo contrario. Y, sin embargo…
Aquella tarde, me estaba quedando helado junto a un banco desvencijado de la estación de autobuses de Valladolid, mirando insistentemente a la pantalla con los horarios, esperando un bus que se resistía a aparecer. Tenía que tomarlo sí o sí. Era el último del día hacia Madrid, y después de entregar el piso alquilado, todo mi mundo era esa incertidumbre de no saber dónde pasaría la noche si lo perdía. El que llega tarde, que espere al próximo, te dicen, como quien se lava las manos. Pero el siguiente salía al día siguiente. Doce horas de incertidumbre.
Quizás por eso, estaba tan atento a los números y letras que ni escuché cuando una voz femenina gritó a mi espalda:
¡Mateíto! ¡Ven aquí! ¡El autobús está aquí!
Por un instante pensé que me llamaban. Al girarme bruscamente para descubrir a quién se referían con tanto cariño, sentí un golpe seco en la frente y un fogonazo de chispas. Como si las luces de Navidad del Corte Inglés explotaran justo delante de mis ojos aunque era mayo y el calor apretaba, todo fue tan desconcertante
¿Qué demonios ha pasado?, pensé, mientras poco a poco la negrura se iba disipando.
Cuando por fin recuperé algo la visión y el sentido, vi a una joven delante de mí, frotándose la frente con cara de dolor. Yo hice lo mismo, sin disimulo. Nos miramos fijamente y, en ese instante, el bullicio del entorno pareció desaparecer. Solo estábamos ella y yo, como si el tiempo se hubiese congelado en medio de la estación repleta de viajeros.
Pasaron unos minutos, pero a mí me parecieron siglos. Y supe lo acepto al fin aunque me cueste que me había enamorado al verla. Así, sencillamente.
Era como si el destino hubiese empujado nuestras frentes una contra otra para impedir que nos perdiésemos entre la multitud anónima y apurada.
¡Perdona, por Dios! rompió el silencio ella, recogiendo del suelo su móvil hecho añicos. Íbamos tan rápido que ni te vi. ¿Te encuentras bien? ¿No te he hecho daño?
Vi cómo movía los labios, pero por un momento solo oí el zumbido de mis propios latidos.
¿Te mareas? insistió preocupada. No tienes buena cara
Me mareo, sí respondí. Y, en mi atrevimiento, añadí: Es que te miro y el suelo parece escaparse bajo mis pies. ¿Será esta la famosa flechazo de la que tanto hablan los poetas?
Ella se echó a reír, esa risa clara y sincera que ilumina toda una plaza. Tan natural que parecía que no había lugar para la más mínima trampa.
Anda, siéntate aquí, anda, no vaya a ser que te me desmayes. Toma, bebe agua.
Me entregó una botella y desde el primer sorbo sentí que el mundo se volvía más nítido. Me dijo su nombre: Lucía Morales.
Mucho gusto. Yo soy Mateo.
Intentó disculparse de nuevo; que tenía prisa, que quería coger el autobús Pero ya era tarde, el suyo había salido y el mío también. Ambos nos habíamos quedado sin viaje por el tropiezo.
Bueno, parece que las estrellas han decidido que debíamos conocernos le dije bromeando.
Como diría mi madre: Se han juntado dos que estaban solos.
La invité a pasear por el Campo Grande, a pocos minutos de la estación. Ella accedió, sonriendo y guardando el teléfono roto en su bolso.
*****
Tras comprar dos helados porque, como decía mi abuela, un cortejo sin helado no es cortejo, caminé hacia la banca, temiendo que ella se hubiese marchado. No sé por qué, pero me sentía intranquilo, como si algo importante dependiera de ese reencuentro. Y cuando la divisé, sentada, sentí que el corazón me saltaba de alivio.
Lucía parecía ajena a todo, serena, esperando. La miré con la devoción de quien contempla un milagro. Me dio vergüenza todas mis dudas anteriores, toda mi incredulidad ante el famoso amor a primera vista.
¿Vas a dejarme espacio o te quedarás ahí plantado para siempre? la voz de una mujer mayor me sacó del ensimismamiento. Al girarme, vi a una anciana con bastón, que me observaba con una mezcla de fastidio y sabiduría de quien ya ha visto demasiado.
Perdón, me quedé pensando le cedí el paso.
¿La miras a ella, eh? preguntó, señalando a Lucía.
Sí Es preciosa.
Pierdes el tiempo. No es para ti soltó la señora, y se alejó sin darme opción a réplica.
Aún me retumban esas palabras. Sentí un escalofrío, como si una señora vestida toda de negro fuese la portadora de un augurio funesto. Cuando recuperé el habla, Lucía ya no estaba en el banco. Miré desesperad y no la encontré. Las frases de la vieja resonaban en mi cabeza: No estaréis juntos.
Quería gritar ¿por qué?, pero el mundo siguió y yo me sentí más solo que nunca.
¿Tanto me echas de menos que olvidas dónde me dejaste? me sobresaltó su voz otra vez, justo detrás de mí.
Nos chocamos de nuevo, frente con frente. Nos reímos, como si la suerte quisiera repetir la escena.
Pensé que te habías ido le confesé.
Solo fui a tirar la botella. ¿De verdad te asustaste tanto? Pues prométeme que ya no vamos a darnos más coscorrones, que tengo exámenes y temo perder lo poco que estudié.
Te lo prometo. Sólo tuve una visión rara con una señora y me asusté. Pero vamos a pasear, ¿vale?
Ya era hora.
Le di su helado, le cogí la mano y nos fuimos al parque, después al río Pisuerga, luego caminamos por el centro, bajo la luz de las farolas, hasta casi el amanecer.
Le conté que era soldador, que estaba en Valladolid de paso por trabajo, que vivía en Madrid. Ella me habló de su final de carrera de medicina, de sus prácticas infinitas en el hospital, de su sueño de ser doctora y ayudar a los demás.
Al despedirnos, con el primer bus de la mañana, prometí volver. Quería su número, pero Lucía me mostró el móvil destrozado. Tomó mi número escrito en un papel.
Cuando tenga un móvil nuevo, te llamo yo, Mateo, me aseguró.
Guarda también tú mi contacto, por si acaso le insistí.
¡Chaval, el bus sale ya! bramó el conductor.
Me monté a toda prisa. Desde la ventanilla, grité:
¡Espera por mí, Lucía, que volveré!
¡Te esperaré! agitó la mano.
*****
Pasó un mes terrible. Ninguna noticia suya, ni una llamada, ni una respuesta. Yo tampoco logré contactar; los teléfonos no daban señal. Pedí dos semanas de vacaciones sin sueldo, dispuesto a volver a buscar a Lucía, pero justo entonces ocurrió lo impensable: mi madre, Carmen, cayó enferma.
Tuve que regresar al pueblo, al norte de León. La encontré impedida, el ictus le había arrebatado la movilidad y los médicos dijeron que la recuperación sería larga, si es que llegaba.
Me quedé a cuidarla. No tenía a nadie más, y la familia es la familia. Pensaba cada noche en Lucía, jurando que la buscaría apenas mi madre mejorara.
Pero nunca llegó ese momento. Madre se fue unos meses después, silenciosa y como ausente. Vendí las gallinas y el perro a los vecinos, cerré la casa y, tras el funeral, volví a Valladolid en busca de mi esperanza.
El miedo me recorría al atravesar la ciudad; no sabía si Lucía seguiría allí, si tendría otra vida. Recordé la profecía de la anciana No estaréis juntos.
Me pregunté también por qué nunca llamó ella tenía mi número y por qué nunca pude yo localizarla.
Al llegar a la residencia estudiantil, me recibió una portera hosca:
¿A quién busca usted?
A Lucía No sé su apellido, estudio medicina. Tengo una foto
Le mostré la única imagen nuestra, la que guardé como un tesoro.
¡Ah! La muchacha guapa del pelo rizado. Pero ya no vive aquí, terminó la carrera y volvió al pueblo Hoy ni está la residencia abierta, es Nochevieja.
¿No dejó nada para mí? ¿Un mensaje? ¿Un número?
La mujer rebuscó en un cajón, sacando sin ganas un sobre manchado de café:
Me pidió que te diera esto, por si alguna vez volvías. Dijo que el número lo perdiste el mismo día que te fuiste Le robaron el bolso en la estación, con tu nota y todo. Este es su nuevo número. El resto del mensaje está borroso, lo siento me explicó.
Desplegué, con manos temblorosas, la hoja aún manchada. Lucía me contaba que no me olvidaba, que esperó tantos días en nuestra banca, junto a la estación, con un gato naranja enorme que bautizó Mateo, igual que yo. Que si alguna vez pasaba y veía al gato, no olvidase comprarle pienso de pavo en la tienda de la esquina. Que se iba porque su madre enfermó gravemente y necesitaba volver al pueblo, pero que aún tenía esperanza de reencontrarnos.
Al final, garabateado, el nuevo número. Llamé al momento, con el corazón en vilo. Pero la misma voz neutra respondió: El número marcado no está disponible. El café hacía imposible leer el nombre del pueblo ni la calle.
Dejé la carta en el bolsillo y salí al frío. Caminé por las calles nevadas de Valladolid sin apreciar las luces ni la alegría de Fin de Año. Compré el billete del primer autobús de la mañana a Madrid Faltaban aún cuarenta minutos.
¿Y si voy a la banca a ver si el gato está? Al menos tendré un recuerdo de ella, me dije sin esperanza.
Fui, y ahí estaba el dichoso gato: pelirrojo, grande y con esa mirada entre curiosa y desafiadora. Parecía buscarme.
¡Hola, Mateo! le saludé. El gato, como si lo reconociera de otras vidas, se acercó y frotó su lomo contra mis piernas.
Espera aquí, voy a por tu comida le pedí.
En la tienda, la cola era interminable, la víspera de Reyes siempre pasa igual. Cuando regresé, alguien más intentaba coger al gato. Era una chica, de espaldas, luchando con el animal que no se dejaba.
¿Pero qué te pasa hoy…? ¿No me reconoces? ¡Soy yo, Lucía! le decía.
Ella no me veía. Me acerqué y, cuando se giró, supe de inmediato. El mismo golpe de chispas, el mismo caudal de alegría y confusión de la primera vez.
Nos miramos largos segundos, casi sin respirar, y luego nos abrazamos y lloramos, riendo y temblando, sin importar lo que pensara nadie.
¿Qué haces aquí, Mateo? preguntó Lucía soltando el gato.
He venido a buscarte. Siempre te he buscado, como prometí. ¿Y tú?
Vine a buscar a Mateo, el gato. Ahora que mamá ya no está mi vida está aquí, quería comenzar de nuevo.
Yo también vine a comenzar contigo.
¿Quieres venir a casa? He alquilado un piso. Quizá no haya cena de gala, pero aún tenemos tiempo de celebrar juntos el año nuevo.
No se me ocurre mejor plan.
Cogí a Mateo el gato en brazos, y los tres nos fuimos a casa. Picoteamos turrón, decoramos un pequeño abeto en una maceta. Cuando sonaron las campanadas y brindamos con una copa de cava barato, supe que, por fin, el destino había dejado de bromear conmigo.
Ahora Lucía tiene dos Mateos a los que cuidar. Y yo, la certeza de no querer jamás perderla de nuevo.
Feliz Año Nuevo, diario. Ahora, por fin, he encontrado mi hogar.







