El desagradecido Grisenka

INGRATO GREGORIO

Esta mañana Gregorio llamó a Lucía directamente al despacho para avisarle de que, nada más salir de la oficina, se iría a casa de los Vázquez a celebrar el Día del Trabajador con sus compañeros.
Si quieres, te pasas, añadió con esa desgana suya, seguro de que ella se quedaría en casa leyendo o entretenida con el ordenador toda la tarde.
Vale, respondió ella en el mismo tono, pero en el descanso para comer, se acercó al Corte Inglés a buscarle un detalle. En la sección de perfumería, las mujeres revoloteaban en torno a los expositores.

Lucía se fijó enseguida en un frasco carísimo de colonia; en la caja negra y brillante, un chico guapo, vestido con chaqueta echada al hombro, mirada descarada y sonrisa burlona. Clavado a su Gregorio.

La dependienta envolvía los regalos en un segundo, pegando lazos sobre el papel plateado. De repente, una señora mayor, con el pelo recogido, se acercó y comentó:
Ay, chicas, siempre regalando colonias a los hombres, y al final quien las huele son otras… igual que los trajes, les quedan mejor en compañía ajena.
Todas las mujeres se echaron a reír, pero Lucía pensó que así había sido siempre: todo para Gregorito, y él solo pendiente de los demás. Cuando eran jóvenes lo quiso con locura mientras él, encantado, lo daba por hecho. Entró en la universidad a distancia y ella le hacía los trabajos por la noche. Llegaron los niños, y toda la carga para ella.

Al principio, le agradecía el esfuerzo. Luego se acostumbró y lo veía normal. Por fuera eran la familia modelo: buena casa, calma, niños listos y educados. Pero cuando los chicos se fueron a estudiar y a trabajar fuera, Lucía se quedó sola con su marido. Y entonces se dio cuenta de que le faltaba algo.

Su madre nunca aprobó aquel matrimonio. Fíjate, hija, que guapo es, y encima lo sabe y le encanta mirarse al espejo, le decía a la Lucía enamorada e ingenua. Un hombre guapo es hombre de todas. Todas lo miran y tú, la que menos lo disfruta, aunque seas la única con derecho.
Así que tenemos la esposa no correspondida, 43 años y la sensación de no importar a nadie

Lucía se apoyó en la ventana. El sol pegaba ya como en primavera. Pronto es el Día de la Mujer ¿Y qué? Otra vez sola Y ya llevo media vida. ¿Y ahora qué me espera?

De la calle subía el trino de los gorriones y un golpecito en el cristal la hizo mirar: un gorrión despeinado paseaba por el alféizar, muy decidido, mirándola bien de frente.

Esto es una señal, pensó Lucía. Y justo en ese momento sonaron las campanadas del reloj de pared.

Todavía puedo hacer algo. Primer paso: si no me quieren, me querré yo. Cerró la puerta de un portazo y bajó las escaleras corriendo: primero a la peluquería, luego a la tienda

A las siete menos cuarto el espejo no paraba de admirarla: una desconocida misteriosa, moviéndose con gracia en la silla del escritorio. Vestido negro, sencillo, el pelo corto y moderno, un flequillo en tres tonos, y los ojos profundos y sugerentes delineador, sombras, difuminado perfecto los labios carnosos y sugerentes, con un poco de lápiz y brillo.

Paso dos: a los 40 la vida empieza de nuevo

Fue a la cocina, llenó una copa de vino, brindó con el espejo: Paso tres: ¿nos merece la pena un marido que no sabe valorar a una mujer así?

¿Para qué contarte que entró en casa de los Vázquez con esos taconazos y todos los hombres se ofrecieron a ayudarle con el abrigo, a darle sitio, a acercarle una manzana?
Ay, ¿sí?, ¿de verdad? ¿Y mi marido está aquí? Ni me había dado cuenta dijo sonriendo.

Gregorio se quedó de piedra, descolocado entre las miradas y los halagos de todos, totalmente fuera de juego.

A la mañana siguiente, intentando recuperar terreno, adoptó su tono mandarín de siempre y soltó:
¿Qué, desayunamos o qué?
Pero ahí se equivocó, o quizá todavía no estaba del todo despierto, porque la Lucía de al lado no era la de siempre, esa de dímelo-todo-y-te-lo-hago.

A su lado dormía dulcemente una mujer, tierna y con su punto rebelde, completamente segura de sí misma.

Sin girarse, y aún despeinada y perezosa, le susurró:
¿Y tú ya has preparado el desayuno, cariño?
Se estiró, medio dormida, pensando: Así está bien, chato. Si no, volvemos al punto tresGregorio torció el gesto, desconcertado, pero Lucía solo esbozó una sonrisa serena, la sonrisa de quien conoce su propio valor. Recogió la copa de la noche anterior, paseó hasta la ventana y, mirando el cielo claro, pensó en todo aquello que aún le quedaba por descubrir.

Desde ese día, las mañanas comenzaron a saber diferente: a café recién hecho, a pan crujiente y a una libertad honda, como un trino de gorrión. Cada paso nuevo, Lucía lo daba por sí misma, ligera, sin cadenas, y cada vez menos miraba el reloj ni el rostro de Gregorio para medir el tiempo ni el amor.

Había encontrado, por fin, el secreto de volar sin alejarse del suelo: cerrar los ojos, respirar hondo y recordar que la felicidad no pide permiso, se toma de un sorbo valiente.

Bajó a la calle, saludó al vecindario con una alegría nueva y, al sentir el sol en la cara, supo, sin la menor duda, que esta vez el día era suyo.

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El desagradecido Grisenka
En el umbral aguardaba un desconocido. Desde el instituto, Víctor había estado enamorado de Jana. Le escribía notitas, intentaba llamar su atención de mil maneras. Pero a Jana le gustaba Diego, un rubio alto que jugaba al voleibol con ella en el equipo. Nunca se fijó en Víctor, torpe y mal estudiante además. Pronto, Diego empezó a salir con Elena, una chica de la clase de al lado. Tras terminar el bachillerato, Víctor volvió a intentar conquistar a Jana. Incluso le pidió matrimonio en la fiesta de graduación… Pero ella le contestó rotunda: “¡No!”. Ni se le pasaba por la cabeza estar con él. Después de la universidad, Jana encontró trabajo como contable; su jefe era un atractivo moreno, diez años mayor que ella. Admiraba su profesionalidad, su porte, su inteligencia. Surgió algo entre los dos y a Jana no le importaba que aquel hombre estuviera casado y tuviese un hijo pequeño. Valentín Borja le prometía que se divorciaría y juraba que sólo amaba a Jana. Pasaron los años y ella se acostumbró a pasar sola fines de semana y fiestas, esperando el día en que su amado cumpliría su palabra. Un día, Jana vio a Valentín en el supermercado con su esposa. Ella estaba embarazada y él la llevaba tiernamente del brazo. Luego cogió las bolsas y se marcharon juntos al coche. Jana miraba aquella escena idílica entre lágrimas. Al día siguiente, se despidió del trabajo… Se acercaba Nochevieja, pero Jana no tenía ánimo ni para comprar turrones, ni para adornar la casa, ni para celebrar nada. Sin embargo, al regresar una tarde, notó un frío inusual: descubrió que la caldera no funcionaba. Jana vivía en una casita a las afueras de Madrid. Intentó llamar a un técnico, pero la víspera de las fiestas todos cobraban un dineral, sobre todo al enterarse de que debían ir al extrarradio. Ya casi rendida, llamó a su amiga Lidia, cuyo marido trabajaba en ese sector y quizá pudiera ayudarla. Lidia prometió llamarle enseguida. Dos horas después, Jana oyó el timbre de la puerta. En el umbral estaba un desconocido, pero al mirar bien reconoció… a Víctor, aquel compañero del instituto. —Hola, Jana, ¿qué te ocurre por aquí? —¡Ah! ¿Cómo lo has sabido? —El jefe me llamó y me dio la dirección: que aquí hacía frío. ¿Has vaciado el agua para que no se congelen los radiadores? —No, ni idea de cómo se hace. —Madre mía, así te puedes quedar sin calefacción. Menos mal que no hiela mucho fuera. Víctor vació rápidamente el sistema, trasteó con la caldera un rato y luego se marchó. Al cabo de una hora, regresó con las piezas necesarias. Pronto, la casa de Jana volvió a estar cálida. Víctor se lavó las manos y preguntó: —Jana, tienes el grifo goteando y la luz del pasillo parpadea… ¿Qué pasa, que tu marido no arregla nada? —No tengo ningún marido… —¿Ah, no? ¿Sigues buscando al hombre perfecto? —¿Qué ideal ni qué niño muerto? Estoy sola –admitió de repente Jana. —¿Y por qué me rechazaste entonces? –sonrió Víctor. Ella no respondió… Tras arreglar el grifo y cambiar la bombilla, Víctor se fue a casa. Jana recordó su infancia, su adolescencia, a ese chico regordete y enamorado de ella. Víctor había cambiado mucho: alto, delgado, ojos castaños… pero con la misma sonrisa de siempre. Ni siquiera había podido preguntarle si estaba casado. La noche del 31 de diciembre alguien volvió a llamar a la puerta. Jana, sorprendida, abrió —no esperaba a nadie. En el umbral estaba Víctor. Iba de traje nuevo y llevaba un ramo de flores. —¡Jana! Quiero preguntártelo otra vez. ¿Te casarías conmigo o vas a esperar al príncipe azul hasta la jubilación? La mujer rompió a llorar y asintió entre sonrisas. A la segunda, la respuesta fue sí.