Un millonario desafía a su criada a una partida de ajedrez para burlarse de ella, prometiéndole regalarle un tablero de ajedrez de oro si logra vencerle

En un salón inmenso de techos interminables y candelabros que relucían como soles enjaulados, se respiraba un aire de quietud dorada. Entre los retratos antiguos de nobles ceñudos y las estatuas de mármol silente, circulaba Leonor, la criada discreta. Caminaba ligera, silenciosa, casi un suspiro, como si no perteneciera al cuadro de esa mansión madrileña. Para los invitados del millonario don Eugenio Ulloa, ella era solo parte del mobiliario, nadie hacía preguntas sobre su pasado.

Aquel mediodía, mientras el eco de las campanas de San Ginés flotaba hacia la casa, Leonor se detuvo junto a una mesa adornada con una tabla de ajedrez de oro labrado y plata pulida. Las figuras relucían con destellos extraños, como si albergasen secretos inconfesables. Miró largo rato, hipnotizada, mientras al otro lado del salón don Eugenio bajaba la gran escalera alfombrada, envuelto en su batín granate.

Lo vio y sonrió con sorna, como un gato satisfecho.

¿Te fascina mi tablero, Leonor? entonó con burla, agitando las llaves en el aire, como si midiera con ellas el valor de las cosas.

Ella se sobresaltó.

Sí, señor.

Él arqueó una ceja.

¿Al menos sabes jugar al ajedrez? ¿O solo te deslumbra el brillo?

Sí, sé jugar, señor.

Una chispa divertida cruzó los ojos de don Eugenio. Era evidente que le divertía la idea.

Juguemos, entonces. Si me ganas, te regalo el tablero.

Rio suavemente mientras se sentaba, seguro de que no podía perder. Leonor se acomodó enfrente, sin ostentación, moviendo la silla con dignidad inesperada.

El juego comenzó. Don Eugenio jugaba seguro, pensando que manejaba no solo las piezas, sino el propio destino de la muchacha. Pero pronto notó que algo flotaba en la habitación, como si los pasos de Leonor sobre el tablero cambiaran las reglas de la lógica.

Sus ataques, en apariencia poderosos, caían ante defensas invisibles, y cada movimiento osado quedaba, de forma inexplicable, neutralizado con precisión. Las piezas se movían con una coreografía que parecía dictada por los relojes derretidos de un sueño.

Cuando Leonor cedió un alfil en una jugada extrañamente generosa, don Eugenio lo tomó como un regalo ingenuo. Pero unas jugadas más tarde, su dama quedó atrapada en una trampa tan elegante que solo cabía en el delirio de una siesta de verano bajo los álamos del Retiro.

Levantó la mirada, envuelto en una mezcla de incredulidad y rubor. Las piezas, impasibles, continuaban el silencio de los siglos. Sus ataques perdían filo; los movimientos de Leonor tejían una telaraña insospechada que todo lo abarcaba.

Al fin, Leonor, con voz calma, lo sacó de su estupor:

Jaque mate, señor.

Don Eugenio dejó que las palabras flotaran como el polvo dorado atravesando los ventanales. No lograba articular pregunta ni excusa.

¿Cómo es posible? musitó, debatiéndose entre el asombro y el fastidio.

Ella contestó sin rastro de altivez:

Usted miraba el oro; yo miraba el tablero.

Hubo un silencio cargado.

Mi padre me enseñó este juego en Cuenca, cuando yo era niña prosiguió Leonor. Siempre me decía que el ajedrez no premia el oro ni la soberbia, sino la paciencia y la mente clara.

El aire de derrota de don Eugenio se diluía poco a poco, como una bruma del Cantábrico al mediodía.

Usted quería ganar pronto añadió Leonor, con suavidad. Yo solo aguardaba la ocasión.

Él la observó con otros ojos. Ya no era una pieza menor en la mansión, sino un misterio y un reto. Deslizó lentamente el tablero hacia ella, el oro tintineando suavemente.

Es tuyo dijo, ceremonioso. Doy mi palabra.

No lo quiero respondió Leonor, y agachó la mirada, impasible.

¿Entonces qué deseas?

Ella, con firmeza:

Una oportunidad. Ser valorada por lo que pienso, y no por cómo luzco o de dónde vengo.

En ese instante, don Eugenio sintió que nada de lo que relucía en su casa valía tanto como aquella lección, tan extraña y poderosa como los sueños de una tarde de verano en Madrid.

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Un millonario desafía a su criada a una partida de ajedrez para burlarse de ella, prometiéndole regalarle un tablero de ajedrez de oro si logra vencerle
La vida, como la luna: a veces llena, a veces menguante Siempre creí que nuestro matrimonio era inquebrantable y eterno, como el propio universo. Pero me equivoqué… Conocí a mi futuro esposo en la Facultad de Medicina, cuando ambos éramos estudiantes. Nos casamos en quinto curso. Como regalo de bodas, mi suegra nos entregó un viaje a Yugoslavia (hoy Eslovenia) y las llaves de un piso. Y eso solo fue el principio. …Nada más casarnos, nos instalamos en un amplio piso de tres habitaciones. Mi suegro y mi suegra apoyaban a nuestra familia en todo. Cada año, mi marido y yo recorríamos Europa, gracias a sus padres. Éramos jóvenes y felices: la vida nos sonreía. Dima era virólogo y yo, médica de familia. Trabajar, sanar, amar. Nacieron nuestros hijos: Daniel y Luis. Ahora, con el paso de los años, entiendo que mi vida en aquel entonces era un río caudaloso. Sin duda, disfruté de todo lujo durante mis diez años con mi marido. Todo se vino abajo de golpe. …Llamaron a la puerta. Abrí. En el umbral, una chica guapa, afligida. —¿A quién busca? —pregunté con calma. —¿Eres Sofía? Entonces vengo a verte. ¿Puedo pasar? —titubeó. —Pasa —respondí, intrigada. Vi que la chica estaba levemente embarazada. —Sofía, me llamo Tania. Me da vergüenza, pero amo mucho a tu marido. Dmitri también me ama. Vamos a tener un hijo —soltó de golpe. —Vaya… qué sorpresa. ¿Eso era todo? —comencé a hervir. —No… —sacó una cajita de su abrigo—. Toma, Sofía, es para ti. Abrí la caja: un anillo de oro. —¿Y esto? ¿Quieres comprar a mi marido? ¡Dima no está en venta! ¡Llévate la caja! —cerré la caja indignada. —¡No quiero ofenderte, Sofía! Me siento fatal… No sé qué hacer. Sé que tú y tus hijos vais a sufrir. Mi madre siempre me decía: “¡Hija, te enamoras de un hombre casado, te perderás!” Pero no puedo vivir sin Dima. Al menos acepta el anillo… ¡Quizá así me sienta mejor! —Tania rompió a llorar. Durante un segundo me dio lástima. Pero, ¿quién me compadecerá a mí? Esta chica se llevaba mi felicidad y yo la consolaba… Recobré el sentido, rechacé su “pago” y la puse de patitas en la calle. En ese mismo instante, mi vida se precipitó por un abismo… Mi suegra me llamó: Dima dejaba la familia. Vino a por las cosas de su hijo. Se las señalé, aún sin creerlo. Lo guardó todo en la maleta que trajo ella misma. —Sofía, pase lo que pase, seguiremos siendo familia. Y Dima y Tania, como terneros: donde se encuentren, allí se acurrucan —“me consoló” mi suegra. Medio año después, Dima y Tania tuvieron una hija. Luego oí que adoptó a la hija de Tania de un matrimonio anterior. Durante ese tiempo, Dima no vino ni una vez a ver a sus hijos. Mandaba unas perras por medio de su madre, de “pensión”. Era la España de los años noventa. Yo acabé en el hospital con un cuadro de nervios. Daniel y Luis acabaron con la abuela, que los cuidaba y mimaba. Al salir del hospital, corrí a buscarles. Pero mis chicos se negaron a volver a casa: allá comían bien y no les regañaban ni les restringían los dulces. No pude rebatirlo. Abrazando a sus nietos, mi suegra me pidió: —Sofi, deja que los chicos vivan un tiempo con nosotros. Tienes que buscar un piso más pequeño. Esto es un engorro, y los niños requieren atención. Dima y yo creemos que no podrás mantener sola el piso grande. ¿Una habitación sola no te basta? Así que, sin nada, volví sola a casa. Me habían quitado al marido, y ahora tocaba a mis hijos. Tuve que cambiar el piso. Terminé en una minúscula vivienda de una habitación, sin reforma, con paredes deslucidas y muebles de la época de Franco. Mis hijos se quedaron a vivir con la abuela. Me permitían verles solo en grandes fiestas. —Sofi, no alteres la paz interior de los niños con tus visitas —me pedía mi suegra—. Haz tu vida. Mis hijos y yo nos fuimos distanciando… Se perdió el vínculo entre nosotros. Por entonces solo quería esconderme en mi rincón frío y olvidarme del mundo. Había perdido las ganas de vivir. Mi abuela decía: “La vida es como la luna: a veces llena, a veces menguante”. Sabía que no podía durar así mucho más: si no, perdería la cabeza. Estaba decidida a hacer algo… a lo loco. Me cansé de ser la buena chica a la que todos pisotean. Y, aun así, yo había sacado un sobresaliente en medicina. …El trabajo me llevó a un congreso en Francia. Allí conocí a un joven: Iván, médico serbio. Aún no sé cómo nos comunicamos, pero no lo necesitábamos. Nuestra fue una locura de amor. Pero tras los diez días tuve que volver. ¡Y no quería! Aquella relación espontánea me devolvió a la vida. ¡Me sentía viva! Después hubo otros amores fugaces. Nada serio, solo “bailes de salón”. Mi suegra comentó: —Sofía, ¡te has puesto radiante! Toda una mujer-primavera. Pero seguía sola. Mi mejor amiga, antes de irse a vivir a Grecia, me invitó a visitarla. Olga era soltera y sin hijos. —Sofi, me caso con un griego. Estoy harta de nuestros borrachos. Quiero vivir como una mujer normal —lloriqueó. —Vamos, si comienzas una nueva vida. ¡A los cuarenta todo empieza! —no entendía sus lágrimas. —Bueno, Sofía, mi Álex no sabe nada. Quiero presentártelo. Quizás logres consolarle. ¡En fin, llévatelo! ¡Es mi regalo! Pues nada, si hay novio, que no falte mesa puesta… Recogí al hombre abandonado. Así, Álex se convirtió en mi marido. Solo tenía una pega, pero lo empañaba todo: era alcohólico perdido. Pero el amor es ciego… Me enamoré locamente de él. Y empezó… …Toxicólogos, centros de rehabilitación, lágrimas. Fue inútil. Yo no me apartaba de mi marido. Y Álex me decía: —Sofía, tú quieres que yo sea abstemio, pero yo no quiero. Nunca se me pasó por la cabeza dejarle. Pensaba: “al menos tengo marido”. No podía soportar la soledad. Por extraño que parezca, decidí luchar por mi hombre, como Tania lo hizo conmigo. Pasaron siete años en la batalla… Álex entró en razón. Encontró trabajo de conductor en el tanatorio. Lo que ve cada día le ha marcado. Pero yo soy feliz: ¡por fin tengo un marido ejemplar! Llega a casa callado y reflexivo. Lo mejor: ¡sobrio! Olga, de visita desde Grecia, no podía creerlo: —¿Álex no bebe? ¡No me lo creo! Yo, riendo: —No tiene cambio ni devolución. …Mis hijos han crecido. Ahora tienen poco más de 30. Ambos solteros. De niños, después de ver tantas peripecias adultas, no quieren casarse. Aunque lo han intentado. Me temo que con los nietos será complicado. …Y de mi exmarido: su segunda y compasiva esposa, Tania, bebió hasta perderse. Su hija cría sola a su niño. Dima se casó por tercera vez con su enfermera de la consulta. Eso sí, antes preguntó a nuestros hijos: —¿No querrá mamá volver a empezar? Mi respuesta fue contundente: —¡El día de San Blas…! Es decir, ¡nunca!