No me arrepiento de nada

¡Y que para cuando vuelva esté el piso como los chorros del oro! María del Pilar cerró la puerta de un portazo tan fuerte que las ventanas temblaron en todo el rellano.

Isabel, que bajaba por las escaleras justo en ese momento, dio un brinco. Luego se quedó quieta, intentando pasar desapercibida. Pero fue inútil. María del Pilar la vio.

¡Ah, Isabelita Buenos días!

María del Pilar dejó en el suelo una caja de cartón de una olla programable mientras abrochaba apresuradamente los botones de su abrigo. Estaba claro que tenía prisa por irse.

Buenos días, María del Pilar sonrió Isabel, conteniendo el gesto. ¿Otra vez han liado algo los niños?

¡Eso es quedarse corta! No sé cómo no me da algo resopló la vecina mientras luchaba con los botones.

En ese momento, la caja se movió sola.

Isabel por poco salta del susto, aunque estaba a una distancia prudente.

No es que fuese miedosa, es que no esperaba que algo estuviera vivo allí dentro
«¿Qué será?», se preguntó.

Su imaginación, siempre al acecho, visualizó una olla programable, rebelde, lanzando zanahorias por toda la cocina hasta ser condenada a la basura.

Mira, observa por ti misma dijo María del Pilar, levantando la caja para mostrar el contenido.

Isabel se acercó con curiosidad y asomó la cabeza. Sabía que no habría nada extraño, pero lo que vio la sorprendió de todas formas. Para bien.

En el fondo de la caja, dos ojitos muy abiertos la miraban atentos. Era un pequeño gatito.

¡Madre mía, qué monería! exclamó Isabel.

Justo… para qué emocionarse murmuró María del Pilar cerrando la caja con fastidio.

¿De dónde ha salido?

¡De los niños, cómo no! Me arrepiento de haberles dejado quedárselo. Este cachorro sólo trae problemas y disgustos. Me encandiló con esos ojazos y ese hocico gracioso, pero como dice el refrán: «No es oro todo lo que reluce». Debajo de ese pelo suavito, tiene más genio que mi exmarido.

Tranquila, María del Pilar, seguro que cuando crezca será más tranquilo intentó animarla Isabel. ¿Vas al veterinario para que le pongan las vacunas?

¿Veterinario? ¿Vacunas? Anda ya, Isabelita. No puedo más con él. He decidido llevarlo al pueblo, a la casa de campo Que viva allí.

Isabel la miró incrédula, esperando que fuese una broma. Pero el ceño de su vecina lo dejaba claro: hablaba en serio. Y tampoco era el Día de los Inocentes, sino 15 de noviembre.

¿Dejarle en el campo ahora, a finales de otoño?

¿Qué quieres, que espere a la primavera? Me da igual. Si fuese invierno lo dejaba igual. Este gato es un error. Un atrevimiento de la naturaleza.

María del Pilar se detuvo, agitada, recuperó el aliento y continuó:

Si lo vieses Yo ni cuando me quedé sola criando a los dos niños necesité tantos tranquilizantes como ahora. Así que la decisión está tomada e inapelable: ¡al pueblo va!

Pero

Mira, también podría dejarlo en el portal. Allí lo encontraron. El problema es que los niños seguro que lo vuelven a meter en casa y me lo esconden en algún armario. Y yo ya no.

María del Pilar sacó el móvil para mirar la hora y negó con la cabeza:

Me has hecho perder el tiempo, Isabelita. Corro, que pierdo el autobús.

Con la caja entre los brazos y cogida a la barandilla, empezó a bajar deprisa.

Isabel la miraba, incapaz de comprender cómo alguien podía dejar solo a un gato tan pequeño en pleno campo; sabía que no sobreviviría ni un día.

¡Espere, María del Pilar! gritó Isabel.

¿Qué pasa ahora? ¡Que llego tarde!

No lo lleve al pueblo. Déjeme intentar encontrarle una familia. Déjemelo, por favor.

Fue entonces cuando la vecina frenó y

se dio la vuelta.

¿Y qué insinúas al decir buenas manos? ¿Que las mías son malas, eh? la miró con una ceja levantada. Con estas manos he criado yo sola a dos hijos.

¡Que va! Sólo quiero buscarle un hogar. No va a sobrevivir en el campo.

Si tiene ganas, sobrevivirá. Si no, pues no debía haber nacido.

¿Pero cómo puede decir eso?

La culpa es suya. No sabe portarse en casa.

¡Si es sólo un bebé! Aprenderá. Al fin y al cabo, usted no mandó a sus hijos al pueblo, aunque se pase el día gritando.

¡Mis hijos son mis hijos! Nada que ver con esto. Pero si quieres, quédate esta caja, es tu problema.

María del Pilar dejó a sus pies la caja.

Mejor para mí, no pierdo tiempo ni dinero en el viaje. ¡A ver lo que te dura! ironizó.

Entró en casa y, tal como había salido, cerró la puerta con otro portazo. Isabel apenas escuchó su voz gritándole a los niños.

Sin más, Isabel recogió la caja, se aseguró de que el gatito seguía dentro y subió a su piso.

Así, de improviso, se convirtió en dueña de una caja de olla programable y

del pequeño gatito que escondía.

Desde luego, Isabel no había planeado ese día encontrar un compañero peludo en su vida.
Menos aún hoy, que sólo salía a comprar café y, por casualidad, acabó en el lugar equivocado en el momento más inesperado.

La verdad es que ni siquiera era amante de los animales; no sentía esa devoción de quienes desbordan amor por perros y gatos. Pero impedir que María del Pilar llevase al gato al abandono era un deber. Porque ser indiferente, no significa no tener corazón. ¡No se podía permitir!

Además, ¿por qué recurrir a medidas tan drásticas, cuando seguro había alguien dispuesto a adoptar al gatito? Con esa carita, seguro que sí. Ni lo dudaba.

Sólo había que hacerle unas buenas fotos, subirlas a internet y, en menos de un suspiro, media ciudad estaría haciendo cola en su puerta por adoptar un pedacito de felicidad.

*****

Isabel no perdió el tiempo. Tan pronto llegó a casa, fotografió al minino y colgó las imágenes en varios foros bajo los temas Adopción gratuita y Buscamos hogar.

Después salió a por café y por comida para gatos (hasta que lo adoptaran, tendría que ocuparse de él).

También compró una bandeja de plástico y arena para el baño. Gastos imprevistos, pero necesarios.

«Cuando alguien venga a recogerle, le doy todo esto de una vez», pensaba mientras sonreía, satisfecha de hacer algo bueno; no le dolía el dinero.

María del Pilar decía que el gato se llamaba Rosquillo, pero no hacía caso a ese nombre, así que Isabel le buscó uno nuevo. Probó unas cuantas opciones y, tras mucho pensar, eligió la número ciento treinta y dos.

¡Ahora te llamas Tizón! ¿Te gusta? le preguntó.

¡Miau! contestó el gato, corriendo a pelearse con las zapatillas de felpa.

Él estaba convencido de ser el más bonito y suave del mundo no esas vulgares zapatillas.

Isabel sonrió al verlo jugar y se sentó a trabajar. Era fotógrafa freelance, organizaba sesiones por encargo y le apasionaba su trabajo. Además, le daba buen dinero, todo sea dicho.

Urgía entregar las fotos de la última sesión, así que encendió el ordenador, abrió el Photoshop y comenzó a editar con gesto serio.

No pudo trabajar mucho.

Tizón, harto de las zapatillas, empezó a corretear por el piso, resbalando en cada esquina. El alboroto era de escándalo.

¡Eh, pequeñajo! giró en la silla y le señaló con el dedo.

El minino se detuvo y la observó entre curioso y mofletudo, como diciendo «¿Hay problema? ¡Tengo cosas que hacer!».

Entiendo que estés aburrido y necesites jugar, pero recuerda que esto es temporal

¡Miau!

¡No me contradigas! Eres mi invitado, así que compórtate bien y déjame trabajar.

No debió decir eso.

Tizón la miró con tal expresión doliente que a Isabel se le encogió el alma de vergüenza. No sólo vergüenza, sino ganas de desaparecer.

«¿Cómo se puede regañar algo tan pequeño?»

Vale, juega, pero en silencio cedió.

El gato se lo agradeció con un maullido y siguió correteando por todo el piso, chocando con los muebles.

«Lo tuyo es el lema: Veo el objetivo, no los obstáculos. Esto lo escribieron por ti», pensó Isabel.

Para aislarse del ruido, se puso los auriculares y puso música. Reanudó su edición de fotos.

Cinco minutos después, Tizón, convertido en una bala, se metió bajo la mesa, tiró del cable del ordenador y apagó el ordenador de un zarpazo. Fue imposible demostrarle la culpa.

¡Válgame Dios! sólo pudo decir Isabel frente a la pantalla negra.

Durante media hora, persiguió inútilmente al gato por la casa. Lo único que consiguió fue darse dos veces en el pie con la silla.

Al reiniciar el ordenador, buscó los foros donde ofrecía al gato. Muchos Me gusta, pero al leer los comentarios se desanimó.

Todos decían lo mismo: ¡Qué bonito es!, ¡Vaya suerte has tenido!, ¡Menudo gatito!. Pero nadie mostraba interés en llevárselo. Nadie la llamaba ni escribía, ni una sola visita a la puerta para preguntar.

Decidió añadir a cada publicación que ella misma llevaría el gato en coche, a cualquier barrio o incluso a otra ciudad, si hacía falta.

Tal vez sólo sea pereza de la gente, pensó convencida.

Mientras tanto, el minino, agotado por la actividad, subió al sofá con esfuerzo y adoptó la postura de quiéreme tal como soy, enseñando la barriga. Isabel se sentó a su lado y lo acarició hasta que se durmió.

Ella también se quedó dormida.

Al caer la noche, no había avanzado nada en el trabajo.

*****

Después de una semana, Isabel se dio cuenta de que encontrar un buen hogar para el minino era más difícil de lo que imaginaba. La gente daba Me gusta y comentaba, pero no había avances. Nadie llamaba ni escribía.

Tres días después, Isabel empezó a preguntarse:

«¿Y si nadie quiere al gato? ¿Y si se queda conmigo para siempre?»
¡Ya sólo me faltaba esto! exclamó, y después se regañó a sí misma.

Tizón dormía junto al teclado, abrazado a su ratón (por eso llevaba casi una hora sin poder trabajar), pero al oírla abrió un ojo y maulló indignado, exigiendo su hora de la siesta.

Isabel suspiró y revisó los comentarios de sus publicaciones. Seguían diciéndole suertuda por tener a Tizón, pero nadie más daba un paso adelante.

Entonces recordó su última visita al psicólogo, al que fue buscando respuestas sobre lo que le faltaba para ser feliz. Tenía trabajo que le apasionaba, dinero suficiente, y un piso en propiedad gracias a sus padres. Vida resuelta, en teoría.

Pero esa sensación de vacío no se iba. Sabía que no era por los hombres había decidido tomarse un descanso de relaciones.

¿Entonces qué era? Ni ella lo sabía. Por eso acudió al psicólogo.

Seguía su consejo de hablar consigo misma, intentando rascar en lo profundo, donde decía el profesional que se escondían los problemas. Pero sólo sacó un vaso de agua y una pastilla para el dolor de cabeza. El misterio siguió en el fondo.

Decepcionada, probó otra vez a hablar con sus amigas.

Tú lo que tienes es un poco de capricho, envidia de rica opinó Laura, siempre un punto celosa de su independencia laboral y vivienda.

No lo creo, Laura. Trabajo como tú, incluso más, a veces no paro ni los fines de semana. ¿Rica yo? Anda ya.

A lo mejor lo que te falta es ÉL dijo Lucía, relamiéndose el postre.

¿A quién te refieres? preguntó Isabel, sin comprender.

Que igual te falta un poco de alegría, un poco de grasa corporal, hija Tanta delgadez no puede ser buena. Poco pastelito has comido de niña.

Reirse con las amigas no resolvió nada, así que Isabel decidió dejar de pensar en el asunto. Hasta que lo recordó de nuevo ese día.

«¡Lo que me faltaba! se susurró. Aunque, mira, igual lo que me faltaba para la felicidad era Tizón. Ya veremos.»

*****

Desde que Isabel acogió temporalmente al pequeño peludo, pasó un mes volando.

Nadie lo adoptó. Y ella ya no se preguntaba cómo era posible que de mil doscientos veintiocho me gusta en las fotos, nadie quisiese llevárselo.

Ahora, tras treinta días, le parecía tener respuestas.

En esas semanas pasaron mil cosas. Más de las que podría contar Pero podría resumirlo:

Tizón demostró ser bastante espabilado. Entendía a la primera lo que Isabel le decía incluso cuando le ordenaba no destrozar el sofá.

Probó distintas profesiones, empezando como decorador de interiores. Gracias a él, Isabel cambió la cortina cuatro veces, para finalmente no poner ninguna.

Luego se atrevió como chef: probaba de todo en la cocina y, si no le gustaba, lo escupía. Ni aceitunas, ni champiñones, ni patatas hervidas Nada, sólo pienso de gato.

Pero lo que mejor se le daba a Tizón era regalar alegría.

Eso sí, el concepto de alegría para un gato y para una humana, no siempre coincide.

Para Isabel, la felicidad era dormir profundamente o terminar las fotos a tiempo.

Pero desde que apareció Tizón, la calma se esfumó.

Parece que desde arriba decidieron que Isabel llevaba una vida demasiado tranquila. Así que le mandaron a Tizón, que, apenas se tumbaba ella en el sofá, aparecía preguntando con sus ojos: ¿Jugamos?.

Montaba unas fiestas que ni nombre tenían.

Isabel empezó a comprender a su vecina María del Pilar, aunque seguía sin compartir su idea de mandarlo al pueblo.

Lo que sí cambió fueron otras cosas importantes.

Primero, dejó de preocuparse por lo que le faltaba en la vida. El vacío desapareció.

Segundo, se volvió mucho más eficiente limpiando. No montaba menos desastre, pero aprendió a recoger rápidamente antes de que el gato despertara.

Y cuántas emociones positivas sumó ese mes… ¡Por toda una vida!

Como cualquier madre que celebra los primeros pasos de su hijo, Isabel celebró cada progreso de Tizón: el día que empezó a usar el arenero solo y dejó de despertarla por la noche. Ya sólo por eso mereció la pena.

Se emocionó tanto la primera vez que pudo dormir dos horas seguidas, que estuvo a punto de llorar de alegría.

Tizón también agarró otras costumbres: jugar con la luz de noche enciende y apaga, toda la noche, hasta que ella tuvo que quitarla de la pared.

En fin, mil anécdotas. Al final, todo es acostumbrarse.

Lo más importante es la lección que Isabel aprendió: no era Tizón el que vivía en su casa sino ella quien visitaba la vida del gato. Por la mañana trabajaba fuera y al volver, era él quien la esperaba. El auténtico rey del piso.

Y lo mejor, entendió que ya no tenía que buscar una familia para Tizón: ¡ella era esa familia, esas buenas manos que tanto buscaba para él!

Estaba dispuesta a aguantar todos sus juegos y travesuras, a levantarse en la madrugada para jugar a escondidas o a fútbol con una pelotita.

Dispuesta a dejar que el minino se adueñara de su cama, ocupando el doble de lo que parecía posible.

Sí, estaba dispuesta. Y no se arrepentía. Porque quería a Tizón. Porque era imposible no quererlo.

Y Tizón, a su manera, también la quería.

Ahora, en vez de despertarla para que se levantara, se acurrucaba a su lado y esperaba, en silencio, a que Isabel abriera los ojos.

A veces, la miraba como diciendo: «¿Hasta cuándo vas a dormir? ¡Estoy esperándote!»

Y es que, al final, Isabel descubrió lo sencillo que puede ser sentirse completa: sólo hace falta abrir el corazón y aceptar lo que la vida te pone delante. Amar, aunque no lo tuvieras planeado, te puede sanar en los lugares más insospechados.

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