Durante dos meses salí con una mujer de 56 años por los mejores restaurantes de Madrid. Pero en cuanto la invité a mi casa, la señora mostró su verdadero rostro.
Hace cinco años me divorcié tranquilamente y me acostumbré a la vida de soltero. Al principio lo llevé bien, disfrutando de mi rutina y mi independencia, pero últimamente empezar a volver solo a un piso silencioso se me hacía cada día más cuesta arriba.
Tengo 56 años, la salud me acompaña y no me faltan energías. Por eso, me animé a abrirme un perfil en una web de citas, con la esperanza de encontrar una mujer con quien compartir la vida. Y, sorprendentemente, tuve algo de suerte desde el primer día: rápidamente conecté con alguien que de entrada me llamó la atención.
El perfil era sencillo:
«Elena, 56 años, viuda, busco hombre serio para una relación estable».
La foto mostraba a una mujer agradable, sin aires de grandeza, con ojos cálidos. De inmediato empezamos a mandarnos mensajes. Le dejé claro que no buscaba estar meses hablando a distancia, sino una mujer de verdad, con quien convivir, compartir la rutina y también viajar juntos. Ella estuvo de acuerdo, y quedamos para vernos el siguiente sábado en pleno centro de Madrid.
La primera cita fue estupenda. Dimos un largo paseo, disfrutando del tiempo primaveral. Ella me contaba emocionada cosas de su trabajo y de sus nietos, y yo la escuchaba con atención, asintiendo. Me gustó que fuera discreta y no hablase por hablar. Después, la invité a tomar algo a una cafetería; pagué yo, claro; me considero hombre a la antigua, y creo que si un caballero invita, debe asumir la cuenta, que por cierto no fue barata: veinte euros por dos cafés y unas porras.
Así comenzó nuestra época de las flores y los bombones. Los detalles corrían siempre de mi cuenta: bombones, ramos de rosas, entradas para obras de teatro Pero ambos disfrutábamos esos ratos. Cada viernes y cada sábado organizábamos planes de lo más cultured: visitas al Museo del Prado, cenas en restaurantes elegantes de la Gran Vía, conciertos, excursiones a Aranjuez con un arroz a la lumbre. No soy nada tacaño, pero basta sumar los gastos de esos dos meses para que me entre vértigo.
De verdad, me esforzaba por ser el perfecto caballero, convencido de que nos estábamos conociendo de verdad. Ella siempre sonreía con dulzura, me cogía del brazo y decía:
Esteban, me encanta salir contigo. Eres tan atento y respetuoso.
Claro, eso me hinchaba el pecho.
Luces de alarma en el cine
Visto ahora, era obvio, pero en ese momento no lo supe ver.
Nunca, en dos meses, mencionó invitarme a su casa. Ni a tomar un té ni a echar un vistazo a su colección de libros. Siempre había una excusa: Hoy está todo patas arriba, Tengo a la nieta durmiendo, He acabado agotada y mejor tomamos algo fuera. Al principio pensé que sería pudor: una mujer viuda puede no estar acostumbrada a recibir a un hombre en su salón. No insistí, preferí dejarle espacio y tiempo.
Luego, aparecieron actitudes incómodas sobre la edad. Para planear escapadas, salir a cenar o inventar planes activos, era jovencísima y llena de energía. Proponía irnos un fin de semana a Salamanca o un día al parque acuático. Pero si la conversación, aunque fuera sutil, derivaba hacia algo personal o íntimo, se convertía de pronto en una abuela gruñona.
Recuerdo aquella noche en el cine. En la última fila, le pasé la mano, tímidamente, por la rodilla. Apenas fue nada, una caricia ligera. Ella la apartó enseguida, con cortesía pero firmeza:
Esteban, que nos ve la gente.
Elena, está la sala casi vacía. ¿Quién nos va a mirar?
Me da igual, no queda bonito. No somos unos críos
Lo atribuí a una educación conservadora. Al fin y al cabo, quizá era una mujer de otra época, y hay que respetar esos límites. Pero dentro de mí empezó a crecer cierta frustración. No tenemos dieciséis años, ya casi rozamos los sesenta; no hay tanto tiempo para prolongar el cortejo eternamente ni jugar eternamente a ser adolescentes ofendidos.
Le encantaba hablar de sus achaques y dolencias. A esta edad, cierta rigidez en la espalda o el colesterol alto son normales, no hay que engañarse, pero ella lo narraba como si fuera un acto de heroicidad o de resignación. Podía pasarse todo el postre hablando de sus lumbares o de su pastilla de la tensión.
Yo la escuchaba con interés y hasta le recomendé algún médico conocido. Pero un día le mencioné que yo iba a nadar dos veces por semana para estar en forma, y frunció los labios:
¿Y para qué tanta tontería? Al final te vas a romper algo. A nuestra edad, lo mejor es leer un buen libro tirados en el sofá, y dejarse de natación y de historias.
No me veía todo el día en el sofá; quería algo más de la vida.
El momento decisivo: las lecciones sobre la vergüenza
Ayer sentí que era el momento de dejar de posponer la verdad. Tras dos meses, ya tocaba analizar en serio si encajábamos o no.
Esa noche cenamos en un restaurante gallego de la calle Mayor, saboreando unos buenos percebes y una botella de albariño. Estábamos animados, se reía alto, contaba anécdotas divertidas del trabajo, y yo pensaba: Es una mujer normal, hora de dar el siguiente paso.
Tras la cena, subimos al coche. Fuera llovía con ganas sobre Madrid, dentro se estaba calentito, y sonaba un bolero suave por la radio. Le tomé la mano con cariño y, por primera vez, no la apartó.
Elena, ¿te apetece que vayamos a mi casa? Ponemos un poco de música, charlamos tranquilos, tomamos una infusión.
Se tensó como una cuerda; la alegría se borró de su rostro, que se volvió una máscara.
Esteban, ¿qué quieres exactamente?
No me ando con rodeos. Me gustas. Estoy solo, tú también. Llevamos más de dos meses saliendo. Es normal querer intimar más, ¿no?
Entonces se arrancó con un discurso larguísimo sobre la edad, la vergüenza y la espiritualidad, que me dejó helado.
¿Pero tú escuchas lo que dices? me soltó con voz seria. Eso es cosa de jóvenes. ¡Para perpetuar la especie! ¿Nosotros para qué queremos eso? Piénsalo, imagina lo ridículos que debemos de vernos desnudos. Yo con mis arrugas, tú con tu barriga. ¡Menudo espectáculo! A nuestra edad hay que buscar una compañía espiritual, ayudarse en la vida, la verdadera amistad. Tú solo tienes la mente en cosas más terrenales.
Me quedé mirándola, incrédulo. Parecía que por desear una mujer tras dos meses de cenas y citas, yo era un animal.
¿Pero qué barriga ni qué narices, Elena? Si voy al gimnasio y tú estás estupenda para tu edad. ¿Por qué autoimponernos vivir como momias? ¿Quién ha decidido que a los cincuenta y seis la vida solo puede ser espiritualidad?
¡Eso es lo normal! cortó con rabia. Una mujer decente de mi edad cuida de sus nietos y de sus plantas, no anda por ahí con hombres. Me moriría de vergüenza si mis hijos supieran que tengo un hombre para esas cosas.
En ese momento no pude más y solté todo lo que tenía guardado:
Pero entonces, ¿para qué buscas un hombre? En dos meses has cenado a mi costa, has viajado en mi coche, has ido al teatro conmigo. ¿Te dio vergüenza aceptar los regalos de ese animal? Pero en cuanto pido algo más, resulta que es inmoral.
Se puso roja, pero no de vergüenza, sino de rabia.
¿Insinúas que te lo debo por las cenas?
No tergiverses. Yo he puesto todo de mi parte, pero una relación supone avanzar juntos. ¿O solo buscabas un amigo con coche y cartera?
Salió del coche de un portazo. No hice amago de ir tras ella. Lo vi claro al fin. La observé marchar, altiva, bajo la lluvia hacia el portal; sentí rabia conmigo mismo.
Me gusta una buena charla, la literatura, la historia. Pero también soy un hombre con deseos normales, y no pienso renunciar a la cercanía solo porque alguien arrastre traumas de juventud en su cabeza.
Borré su número y mi perfil de la página de citas. Ahora me doy un tiempo para respirar tras este esperpento.
He decidido algo: en las primeras citas, preguntaré claramente cómo entienden la intimidad. Y si sale el sermón sobre la vejez y los nietos por bandera, dividimos cuenta y cada uno por su lado.
Y tú, ¿qué opinas? ¿De verdad sigue siendo un tabú proponer a una mujer digna de mi edad un poco de intimidad? ¿Por qué mujeres así siguen apuntándose en páginas de citas, si creen que su vida ya se terminó?







