Los dibujos de mamá

Los dibujos de mamá

Bueno, Miguelín, ¿te han desterrado? preguntó Eulogio, mirando a su nieto con el sol de Salamanca dándole de frente y entornando los ojos.

Como de costumbre, no obtuvo respuesta. Así que acomodó su pierna dolorida delante de sí, acarició el muslo que le molestaba y volvió la vista al chaval flacucho que, con la camiseta gris desbocada y los vaqueros descoloridos, se apoyaba en la tapia del corral.

Conseguir que Miguel actualizara el armario, se peinara o, sencillamente, se cambiara de ropa era misión casi imposible. Su madre, Tamara, ya ni se molestaba: la batalla estaba perdida desde el desayuno.

Y tú, chaval, nada más salir de la ducha, te pasas el peine, ¿me oyes? Que tú tienes mucho pelo, pero muy áspero, y así parece que llevas un estropajo en la cabeza, hombre ¡Hay que ir bien presentable! recitaba la peluquera, dando vueltas y vueltas con el peine por su flequillo y echándose miradas de satisfacción en el espejo, como si hubiera obrado un milagro.

Apenas Tamara pagó por el corte (otra humillación innecesaria: ¿no podía él sacar la cartera?), y salieron los dos a la calle, Miguel volvió a despeinarse como si nada.

¡Pero Miguel, hijo! ¡Mírate! ¿Dónde vas tú con esos pelos? ¡Dame el peine, que te lo arreglo yo ahora mismo! bufaba Tamara, desarmando el bolso a la búsqueda del dichoso peine.

Que no hace falta. Yo paso de ir peinado lengua de vaca. No pienso ir así, y punto resopló Miguel, adelantándose a su madre y perdiéndose por delante hacia el metro, donde le tocó esperarle veinte minutos de reloj.

Vaqueros enormes arrastrando por el polvo, rotos en las rodillas; camisa de cuadros, medio dentro medio fuera del pantalón todo comprado con dinero que le habían regalado sus abuelos y que a Tamara le hervía la sangre. Por su parte, el padre, Alejandro, solo se reía y restaba importancia a todo, justificándolo con eso de la adolescencia. Si además añadimos el pelo desgreñado, los cordones de los zapatos cada uno de un color y las cadenas en cuanto apéndice era físicamente posible, el resultado era una especie de ornitorrinco humano al que Tamara no había pedido por Amazon. Y mientras tanto, ella sentía que ya no podía con ese hijo ni con el mundo.

Daba igual lo bien que estudiara Miguel (que tampoco es que sacara matrículas, pero se defendía), daba igual que fueran unos años complicados… Nada, nada la consolaba.

Que es tu hijo, Tomasa, ¡hijo tuyo! suspiraba su suegra, doña Nines Si cuanto más le aprietas, más se te va a escapar. ¡Déjale que espabile! Si tú y yo solo nos vemos una vez al año, pero Tamara… ¡tú le tienes todo el día encima! ¿Qué quieres, que se te escape del todo? le reprendía Nines, con aires de sabia matrona.

Vosotros consejo, yo guerra diaria en bus con el muchacho. ¡Esto es una pesadilla! Alejandro, ¿a ti te parece normal? ¡Con lo que hay que trabajar para que salga persona y no mono de circo! clamaba Tamara, buscando apoyo en su marido, que solo la miraba de reojo y encogía los hombros como el que pasa por ahí.

Así pasaban los días y las guerras tamariles, con toda la parentela a favor del pobre Miguel.

Un día Miguel hacía el tonto junto al contenedor, escupía piedras al cubo de basura, justo asegurándose de que su madre lo viera bien. Hasta que el barrendero apareció de la nada y le soltó un empujón.

¡A tu casa, chaval! ¡Qué espectáculo! refunfuñó el señor mientras barría alrededor.

Intentó Miguel morder, pero Tamara ya le giraba el brazo y tiraba de él calle abajo.

¡Ay, qué horror! ¡Te vas con el abuelo, y punto! Este verano lo pasas en el pueblo. Yo no puedo más, me peino todos los manuales de crianza y lo tuyo no tiene arreglo sentenció cuando llegaban al andén del metro. Mañana mismo te vas. Y basta de chivatazos a la abuela Nines, que sé que le cuentas todo para que después me dé la paliza de argumentos. Si te haces un delincuente, la culpa será mía, sí, pero al menos podré decir que lo he intentado.

Miguel puso morros, enmudecido y mirando mala cara a la gente que pasaba, los anuncios del andén, los vestidos y camisetas de colores.

Le daban ganas de saltar por el hueco del andén y largarse muy lejos, donde la madre no le diera la lata, ni los perfumes le marearan ni le juzgaran en silencio. ¡Y a ella le extraña!

Pues vale. Me voy gruñó Miguel en voz baja . Por lo menos allí nadie me va a tocar las narices.

Iba a añadir algo ingenioso y cruel, pero en ese momento, más abajo en el andén, alguien tropezaba y se atropellaba con las lanzas de los libros Una chica de vestido largo y gafas torcidas, que se disculpaba mil veces mientras todo el mundo intentaba ayudarla a recoger su batiburrillo de libros.

¡Vamos, por favor, puede apartarse! ¡Aquí no se puede estar parados, por favor! resopló Tamara, apartando suave pero con determinación a la muchacha para pasar con su hijo.

Miguel se quedó mirando, se reconocieron con la chica de antes. Le invadió una extraña ternura al ver los libros desparramados.

Qué mona pensó Miguel. Un poco empollona, pero aun así Y mi madre, tan brusca. ¡No le costaría nada ser más amable!

Así que, de golpe, se fue al vagón, se sentó y decidió irse en dirección contraria. Total, su madre iría sola a casa, bufando a gusto. Él no era muñeco ni ternero, para estar pastoreado.

Esa noche volvió tarde, ignorando llamadas y mensajes de su madre. No tenía ningún interés en informar de sus andanzas con dieciséis años.

¿Dónde has estado? Y no me digas que por ahí. ¡Si no apareces en toda la tarde! lloriqueó Tamara, los ojos negros de rímel corrido. Alejandro, claro, tú lavándote las manos Ni sabes lo que pasa con tu hijo. ¡Este niño va camino de la marginalidad! No lee nada, ni un libro, nada

Los lamentos maternos le entraron por un oído y salieron por el otro: Miguel se refugió en el baño, se tiñó el flequillo de amarillo fosforito el horror de los horrores, aguantó los minutos reglamentarios, se aclaró y se miró al espejo poniendo caras y muecas.

Cuando salió de nuevo, la escena fue digna de un Don Juan Tenorio.

¡¿Pero esto qué es, Dios mío?! ¡¿Tú es que ya te has vuelto loco de remate?! Tamara se quedó muda primero y después rugió: ¡A la maleta! Mañana te largas con el abuelo. ¡Fuera de mi vista! Anda, coge tus cosas, ¡pero rapidito!

Pero esta vez, en vez de asustarse, Miguel se plantó firme delante de su madre, la miró a los ojos y, al darse cuenta de que aquella madrecita apenas le llegaba al pecho, le dio más rabia aún.

Me parece perfecto susurró, con los puños bien apretados. Sabes, mamá, yo también lo deseaba. Mejor sola, que mal acompañada, ¿no? Quédate aquí, duerme, come, vive a tu aire. A papá lo echarás tú también, seguro. Pero yo, yo no pienso estar para verlo. ¡Ni loco!

Se fue a su cuarto, dejando a todos con la palabra en la boca.

Esa noche, ni siquiera le importó cuando el padre intentó tranquilizar la cosa.

Me da igual, papá. Me ha echado, ¿no lo ves?

Y pensaba, ya desde siempre, que con la madre no terminaba de encajar.

Resulta que Tamara había soñado con tener una niña. Iba a ser su compañera de juegos muñecas, cancioncillas, desfiles de vestidos imposibles, ballet y peinados de revista, lo que nunca tuvo ella de pequeña porque en casa, con aquellos sueldos justitos y su madre Irina diciendo que dónde vas con esos caprichos. Si alguna vez tenía niña, la vestiría de princesa, bailaría, aprendería a patinar, la apuntaría a baile, a dibujo, a piano ¡Todo!

Pero nació un chico y Tamara no sabía y la verdad, tampoco quería saber cómo criar a uno. Así que se puso muy estricta con la educación de varones: disciplina, autoridad y más disciplina.

Hay que tener a los chicos siempre cortitos, que si les das carrete, te acaban en serenos o bañando la cárcel Pues los hombres son todos iguales: sólo piensan en lo suyo se decía como si recitara un salmo.

Alejandro, de vez en cuando, protestaba:

Tomasa, no digas tonterías, mujer. Que yo he crecido bien, sin cárceles ni leches. Y el muchacho está bien.

Pero Tamara, erre que erre.

Al principio ni quería hacer los deberes con el chico, eso que lo hiciera el padre ¡mejor!, pero en cuanto a notas, ahí sí, vestirse y comportarse como ella lo mandaba, todo tenía que ser como Dios manda

¿Y ella misma quién era? Pues una mujer normal y corriente.

¡No soy tu criada, mamá! chilló Miguel, zapatilla en mano, en el recibidor. Me voy con el abuelo, y punto. ¡Hala, a ver si así te relajas!

Pegó portazo y se largó escaleras abajo. Tamara, eso sí, no iba a permitir que el chaval viajara solo. Lo acompañó bien acompañadito hasta el pueblo, a las afueras de Ávila.

Allí los esperaban al otro lado de la verja, Eugenio y Rosario, los padres de Tamara, con los brazos abiertos y ya disculpándose: Venir así, de sopetón.

Que se quede con vosotros dijo Tamara, endilgando la bolsa a la entrada. Me está quitando la vida. Fíjate en ese estropicio que lleva en la cabeza. ¡A posta me lo hace!

Pues hala, hija, descansa, que aquí lo apañamos nosotros. ¡Miguelín, ven acá, que la abuela tiene tortitas y nata! Rosarito, sírvele bien, que este chico está deshidratado igual que yo a su edad exclamó el abuelo Eulogio.

Miguel entró en el zaguán con la abuela y, mientras tanto, el abuelo movía las cejas y sacudía la cabeza.

Ya se le pasará, Tamara. Es joven. Y tú, hija, tienes también lo tuyo Si se ha teñido, es porque es verano y está de moda. Tú de pequeña hacías cada cosa…

Pues hoy moda, mañana delincuencia, que aquí empiezan así y acaban en el talego refunfuñó Tamara.

¡Ya! zanjó Eulogio, cansado.

Dos horas después, Tamara lanzó un suspiro, se montó en el tren de cercanías y se marchó. Miguel ni salió a despedirse: se subió al trastero, abatido, y se puso a tirar con rabia de todas las cajas, hasta que dio con una carpeta roja, vieja, con unas cintas deshilachadas.

La destapó y se topó con dibujos antiguos, hechos con colorines que ahora parecían pastel… Prácticamente todas princesas: vestidos con volantes, tacones imposibles, diademas, pendientes de perlas de aire Abajo, ponía: Tamara.

Vamos, un desfile de la Gioconda, comentó Miguel, flipando.

Eran dibujos de su madre, de cuando era cría. Recordó cosas que le contaban: que cuando llovía en verano, Tamara se pasaba las tardes enteras pintando en la cocina, con una tenacidad infantil de la que ya ni quedaba rastro. Soñaba, a lo grande, y dibujaba su vida ideal, a todo color.

Se detuvo un rato con las hojas en la mano, pensativo.

Después, guardó la carpeta y bajó del trastero justo antes del mediodía, echando un vistazo despreocupado al huerto de los abuelos.

No te preocupes, Miguel, que todo se arregla le animó su abuelo, invitándole con la mano a sentarse en el escalón. Miguel negó con la cabeza y pegó la nariz al móvil.

Eso a ti te parece. Pero mamá no me quiere ni me soporta. Que no, abuelo.

Desapareció al rato, mochila bajo el brazo y, curiosamente, la carpeta roja dentro.

El pueblo le parecía ácido como las grosellas de junio: la fresa, la vida y hasta el olor a zorro de la zamarra vieja del abuelo. Ni un alma de su edad. Y para colmo, las hormigas del estanque, el único entretenimiento, le picaban la muñeca.

A la tercera vez que intentó ponerse encima de aquella rama vieja al borde del agua, resbaló con los vaqueros mojados y, entre insultos a la madre, acabó empapado. Lo peor: la carcajada de alguien detrás.

Giró y vio a una chica, más alta que él, llena de pecas, con vestido amarillo y cara de brisa. Miraba al suelo, tapándose la risa con la mano.

Si quieres tirarte, ahí hay una liana mejor, le dijo ella. Aquí está poco profundo.

¿Qué pasa, que eres la socorrista? refunfuñó Miguel, rojo de vergüenza Anda, no molestes.

La chica se disculpó, pero se acercó: había recogido la carpeta del suelo.

Disculpa, miré un poco. Son dibujos bonitos. ¿De tu hermana?

Son de mi madre reconoció Miguel, resoplando Y no hay que tocar sin permiso, ¿te lo han dicho alguna vez?

Se cayó sola, con todo el lío. Y tu madre, por los dibujos pues ¡qué suerte! sonrió ella.

Después, se presentaron: Natalia, hija de Verónica, que pasaba el verano en la casa de al lado por los ataques de asma de la madre. Por casualidad, era la despistada de los libros en el metro.

Natalia o Nata como le llamaba su madre era tan tranquila hablando con él, que hasta Miguel bajó la guardia. Le enseñó los dibujos y ella sonreía.

Mi madre hace vestidos. Muy parecidos. Lleva las manos ahí medio mágicas ¿Y tú? preguntó, sincera.

¿Yo? Vengo aquí exiliado a que no me den la brasa.

La tarde terminó en la casa de Natalia, con té y galletas. Verónica, la madre, era una mujer de esas cálidas de verdad, sin florituras ni frases de autoayuda, que hacía vestidos tanto para la hija como para clientes de Madrid.

¡Ay, los padres! Siempre pensamos saberlo todo No te lo tomes a mal, Miguel, que es difícil, pero no imposible le animó Verónica, mientras arreglaban una rueda.

Bueno, yo ya me largo, muchos consejos para una sola tarde gruñó Miguel.

Una pena. ¿Y tu madre cómo se llama?

Tamara. Bueno ¡hasta luego!

¡¿Como Tamara Rivas?! ¿La de Segovia? Anda, qué pequeño es el mundo interrumpió Verónica, con un ataque de tos. Natalia le acercó el inhalador. No te preocupes, Migué, traerás a tu madre y a tu padre a merendar, ya verás.

Lo dudo. Pero bueno encogió los hombros Miguel.

Tamara y Alejandro vinieron el fin de semana siguiente, con víveres y un regalo: una bicicleta nueva. Mientras el padre y el abuelo apañaban ruedas y la abuela sacaba natillas, Miguel enseñaba a Natalia a montar (y a caerse sin llorar mucho).

Esa noche, como prometió, llevó a su madre a visitar a Verónica.

¿Vera? ¡Madre! se rieron, entre abrazos ¡Cuántos años!

Tamara, que se sentía siempre un trapo al lado de cualquier otra mujer, se apuró por su ropa: vestido viejísimo, manos con callos, chanclas de andar por casa. Verónica, en cambio, un vestido bonito, práctico pero con gracia, y la bandana a juego.

Al final, las mujeres se quedaron solas, charlando mientras la juventud desmontaba la bici.

¿Sabes qué ha encontrado tu hijo? Tus dibujos de princesa. Y yo, que ahora hago vestidos Vente, que te tomo medidas y te hago uno, por favor. Ya verás.

Tamara se hizo la remolona pero entre risas, tequila de guindas y lágrimas, se dejó convencer.

Dos semanas después, Miguel la vio bajar de la casa de los vecinos, con un vestido verde lima, de esos que giran con el aire, y se quedó de piedra.

¿Entonces? preguntó ella.

Pues Muy bien. Está chulísimo dijo Miguel, más contento de lo que quería admitir.

¡Ahora te falta salir a lucirlo por Salamanca, que vaya tela esconder semejante monumento! bromeó Alejandro.

¡Lo petas, mamá! resumió el chaval.

No fueron al restaurante como pretendían los padres, sino que Miguel armó una barbacoa con el abuelo y la abuela, la tía Vera y Natalia se apuntaron, todo el mundo a su bola. Nadie le reprochó a Miguel que le hubiera hecho un agujero al vaquero asando panceta, ni a Eulogio que pusiera los pepinillos en conserva directamente sobre la mesa. Estaban a gusto. Natalia era un sol, y Miguel, por primera vez, con dieciséis, hasta se sintió bien.

Tamara cambió. No de golpe, pero sí poco a poco. Dejó de gritar y se dio permiso para preocuparse menos y vivir más y de paso, gustarse un mínimo. Alejandro la miraba diferente, hasta con ojos de enamorado. No sería la primera vez, pero a lo mejor sí era la primera en que Tamara lo notaba.

Y claro, como las cosas mejoradas traen más sorpresas, llegó la pequeña Julia, la hermanita. Miguel, a sus diecisiete, miraba el envoltorio humano de la criatura y preguntó:

Mamá, ¿por qué es tan roja? ¿Esto es normal? ¿Y si yo era igual? Ay, Señor se tapó la cara.

¡Ni roja ni nada! Está preciosa contestó la abuela Rosario.

Tamara acomodó a su hija en brazos, y doña Nines despeinó con cariño el todavía rebeldísimo flequillo verde de Miguel.

Baja la cabeza, le ordenó. Tú ya naciste mayor y sabio, chiquillo, como tu padre.

Y Miguel sonrió, por primera vez, sin ironías.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three × 3 =