¡Siéntate! No estamos en casa, dijo Pedro con tranquilidad.

¡Sábado, doce del mediodía y aquí estamos, escondidos en nuestro propio piso de Madrid, como si fuéramos delincuentes! Lo he apuntado en el diario solo para desahogarme un poco Acabo de oír el timbre, y lo primero que ha dicho Mateo ha sido, tranquilo y sin mover un músculo:
¡No hagas ruido! ¡No estamos en casa!
Pero claro, han vuelto a llamar, y yo me he detenido a medio incorporarme del sofá.
Pero, Mateo, ¿y si es importante? ¿Y si es algo serio?
Es sábado, no hemos invitado a nadie, ni yo ni tú. Lo lógico es que no abramos.
Lo ha dicho tan sosegado
Solo miro por la mirilla, le he susurrado.
¡Ni se te ocurra levantarte! ¡Que no te vean!
Si es quien creo, te aseguro que no se va a rendir tan fácil, he contestado, encogiéndome de hombros.
Pues peor para ellos, replica él. No vamos a estar aquí toda la vida; antes o después se cansarán. No van a dormir en el rellano. Ponte los cascos, coge el móvil, y ponte una película.

En eso, me llama mi madre. Le enseño la pantalla a Mateo.
Ya está, dice. Es tu tía Carmen con su inútil hijo Borja.
¿Cómo lo sabes? pregunto.
Si fuera mi primo
El primo lo dice con una desgana en la o que me da hasta grima.
Mira, si fueran los vecinos, yo no tengo ganas de socializar. Si fueran amigos, ya se habrían marchado y, de ser educados, habrían avisado antes. Solo los familiares pesados pueden ser tan insistentes con el timbre.
Unos minutos después, mi madre manda un WhatsApp: que Carmen quiere quedarse dos días porque tiene gestiones en Madrid.
Dile que hay un montón de hoteles, dice Mateo, sonriendo.
¡No puedo poner eso! le regaño.
Pues dile que estamos fuera, que hemos tenido que irnos a un hostal porque han fumigado el piso.
¡Idea brillante! Mando el mensaje.
Mamá dice que reservemos dos habitaciones de hotel, para Carmen y para Borja.
Respóndele que no tenemos dinero y que hemos cogido dos literas en un albergue, compartiendo con quince trabajadores extranjeros, remata Mateo.
Me parto de la risa mientras lo escribo.
¿Cuándo volvéis a casa? pregunta mi madre.
En una semana, responde Mateo sin pensarlo.
Después de media hora, dejan de aporrear el timbre. Suspiro de alivio.
Cariño, dice mamá que Carmen viene la semana que viene.
Y justo tampoco estaremos, concluye Mateo.
¿Y si vienen entre semana? ¿O nos esperan después del trabajo en la puerta? Mateo, lo sabes, esto no tiene arreglo.
El chico reflexiona.
Y a nosotros quién nos mandaría comprarnos este pisazo
Era para la familia grande que soñamos, Mateo, le digo yo.
Pues entonces a tener hijos, ¡pero de dos en dos!
Si no te discuto, pero hay que hacerse pruebas, ¿recuerdas? No conseguimos quedarnos.
Nos fastidian los nervios, es evidente. Si lograras deshacerte de los familiares
Sé que tiene razón.

***

Cuando decidimos casarnos, fuimos a todos los médicos, análisis de compatibilidad, genética, fertilidad Todo en orden. Pero, claro, tuvimos que posponer lo de los niños hasta ahorrar para el piso. Herencias, ninguna. Y tanto él como yo vivíamos con nuestras madres en minipisos de Vallecas y Carabanchel.
Cinco años de trabajo duro y gastos contados nos dieron este piso gigante (para nosotros).
El edificio antiguo, segunda mano, gastamos lo justo en muebles y reformas, pero ¡qué ilusión estrenarlo! Era como la canción de La hermosa vida en el barrio, la tarareaba sin parar.
Y a los dos días de la mudanza, la tía Carmen plantada en la puerta con Borja, y mi madre de refuerzo.
¡Por fin un sitio decente! Aquí no molestamos como antes, todos juntos, decía mi madre.
¡Perfecto! A Borja y a mí nos ponéis en habitaciones separadas, así descansamos, opina Carmen.
Aquí en el salón no duerme nadie, es zona común dice Mateo.
Ni me pienso poner a trabajar aquí, responde Carmen, riéndose. Marta, explícale a tu marido que con Borja es incómodo, ¡el chaval ronca!
Y encima, ni nos hemos sentado y ya quieren merienda puesta.
No os esperábamos, musito.
Y la nevera está vacía añade Mateo.
Bueno, venga, Mateo, ve al súper y tú, Marta, a la cocina.
¿Pero esto qué es? casi grita Mateo, y tengo que arrastrarle a la habitación para que no la líe.
Marta, ¿esto es normal? ¡Les echo y te los llevas tú con tu madre!
Mira, son de pueblo Es la costumbre, digo yo.
Eso no es costumbre, es falta de educación, rezonga.
Al final le convenzo y va al supermercado.
La tía Carmen está dos semanas en lugar de tres días. Mateo, para el segundo día, recurre a la valeriana.
Cuando por fin se marchan, celebramos la marcha limpiando la casa a fondo durante tres días.
Pero la paz dura poco.
¡Tío, que vengo a Madrid con la tropa! aparece mi primo Nacho aplastándome la espalda de un abrazo.
¿Pero no venías solo?
Con familia, hombre, ¡a quién dejo a los críos y Inma en el pueblo!
¿Por eso has traído a los niños?
¡Para que se entretengan!
¡Nacho! grita Inma, como me líes alguna, no hay nada que limpiar
A los cinco minutos del desembarco familiar, yo ya estoy con jaqueca. Los niños berreando, Inma grita a todas horas, Nacho se quiere ir de juerga y su mujer otra vez chillando.
Mateo, ¿tú tienes más primos? Porque si sí, yo me voy al hostal.
Intentamos sobrevivir, pero nada, por una visita o por otra, siempre hay algún pariente que encuentra excusa para instalarse en Madrid y exprimirnos.
Amigos, muy pocos; familiares, demasiados.

***

¿Y si nos mudamos? propongo una noche.
¿A una habitación acolchada? Pronto nos la ofrecen gratis, responde Mateo.
No, sonrío, cambiamos este piso por otro igual, pero en otro barrio, sin decir nada.
Servirá durante un tiempo, hasta que den con él. Y nos destrozan cuando se enteren, responde resignado.
Al menos igual nos da para encargar familia, sueño yo.
Hay que tenerlos antes de que entren otra vez por la puerta Si les da igual, ni un embarazo les frena.
Igual nos vamos a vivir con los amigos, ¿te acuerdas de Patricia y Luis?
Pero ellos tienen a Yara, sonríe Mateo.
Prefiero vivir con la pastor alemán que con la familia, respondo.
¡Espera! grita él cogiendo su móvil. ¡Luis! ¿Nos prestas a Yara?
¡Claro! ¡Nos vamos al norte tres semanas y no hay nadie que la aguante! Pero con vosotros está encantada. Llevo pienso, cama, juguetes
¡Perfecto!
Mateo cuelga y con cara de travieso me dice:
Llama a tu madre, di que Carmen venga cuando quiera. Yo aviso a Nacho.
¿Seguro?
Encantados de acogerles. Pero si a nuestro animal de cuarenta kilos no le gusta la visita, poco podemos hacer
Nacho y los suyos a la segunda barbaridad de Yara deciden que mejor un hotel.
Tía Carmen, muerta de miedo, pide dormir en la cocina con la puerta cerrada, pero hasta ahí llega:
¿No la podéis encerrar? suplica.
Se siente más en familia que nadie. Y como no tenemos hijos la amamos.
¡Nunca la abandonaríamos!
Llamadas de madres ofendidas después, pero nadie vuelve a insistir.
A Yara la devolvemos a sus dueños un mes después, justo cuando descubro que por fin estoy embarazada ¡de gemelos!
Hoy sonrío y lo escribo: lo fundamental, no negar nunca la hospitalidad pero si hay perro, mejor.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fifteen − three =

¡Siéntate! No estamos en casa, dijo Pedro con tranquilidad.
Un día solo para mí: Disfruta de tu momento de paz y autodescubrimiento