Bueno, Carmen María, siguió diciendo el director, dejando a un lado la carpeta con los papeles y elevando la mirada hacia la mujer sentada frente a él. Ella miraba sin ganas, como si nada le importara, con los ojos desenfocados en algo tras la espalda del hombre. Parpadeaba despacio, pesadamente, como una tortuga a punto de echarse la siesta, y suspiraba.
¡Carmeeen! ¿Qué te pasa? se extrañó don Federico. ¡Carmen! la llamó chasqueando los dedos delante de su cara.
Carmencita, sobresaltada, parpadeó y frunció el ceño. Se había perdido todo Algo le estaba diciendo, mira que hay documentos ahí Y ella, en su mundo
Le ocurre cada vez más a menudo. Por eso Carmen ya ni coge el coche, le da miedillo llegar a un semáforo y quedarse en ese estado gelatinoso, dispersa, y montar un buen atasco. Si le preguntaran cómo se siente, diría que es como un flan. Y todo a su alrededor es flan, denso y de fresa, como el que daban en la guardería, con un montón de maicena, medio transparente, algo rosado. Ni sabe por qué le viene ese color a la cabeza pero así lo ve.
Allí dentro se está calentita, tranquila, se oye todo como a través de una almohada igual que cuando era niña y se tapaba los oídos para no escuchar a su madre llamarla para desayunar.
¡Carmencita! ¡Corre, Carmen, vas a llegar tarde al cole! gritaba su madre desde la cocina, cantando, y Carmen apretaba la almohada contra la oreja y cerraba los ojos fuerte, a ver si podía volver al sueño
Y así, ahora, don Federico le hablaba desde algún lugar lejano, hacía muecas, agitaba los brazos, pero Carmen abría y cerraba los ojos y el jefe desaparecía tras las cortinas de sus pestañas, y volvía a asomar. Hasta que le entraron ganas de vomitar, se levantó de un brinco y salió corriendo al pasillo sin disculparse.
Federico se rascó la coronilla despoblada, que por las mañanas siempre acariciaba su mujer, Amalia, mientras le susurraba tonterías y le animaba a quedarse en la cama; luego, encogía los hombros y bajaba a preparar el desayuno. Meli qué de menos la echa Federico. Eso de que el amor se apaga y queda la costumbre ¡Patrañas! ¡No sabéis prepararlo!, le reprochaba siempre a sus amigos. Un amor bien cocinado vale oro, no es para cualquiera.
Ahora se da cuenta de que sin pelo pasa más frío en la cabeza; se compró un gorro y lo lleva hasta cuando no hace ni frío antes se habría partido de risa viendo a los hombres con esos gorritos de lana fina. En fin Me estoy haciendo viejo, admite mientras baja aún más el gorro sobre su cráneo redondeado y grande
Volvió Carmen, pálida, agotada, se dejó caer en una silla, derrotada.
Perdone, don Federico, intentó sonreír, creo que me ha sentado mal algo Ayer cené sushi con mi marido, ¡qué puntería!
Se encogió de hombros, sonrió con pena.
Venga, sí le entiendo. Bueno, Carmen María prosiguió el director, entonces, vas a volar a Valladolid, allí lo revisas todo, investigas, ya hemos hablado de los objetivos, y cuando vuelvas tendrás el ascenso. Estoy seguro de que el departamento contigo al frente va a entrar en otro ritmo. ¿Qué me dices? ¡Dime algo, mujer, que no dices ni mu!
Carmen volvió a encogerse de hombros. Valladolid, objetivos, departamento Pero ella solo quería dormir Será anemia, se le agarró a ese pensamiento como a un clavo ardiendo. Anemia será, seguro. Con hierro y vitaminas seguro que vuelvo a estar como antes.
Sí, claro que acepto, asintió, desabrochándose el primer botón de la blusa. Perdone, me quito la chaqueta, es que tengo un calor
Federico asintió, aunque él mismo tiritaba: se le quedaban los pies helados bajo la mesa. Ella sudando Seguramente del subidón por el ascenso. Así son las buenas noticias.
Genial. Pues ve tirando a casa. Mañana Angelines te compra el billete, el hotel ya está reservado. ¡Carmen! llamó a la empleada que ya se marchaba, ¡la chaqueta y los papeles, mujer! Y la puerta, recuerda: abre hacia fuera, ¡normas de seguridad!
Carmen clavó en la puerta una mirada herida, fue a recoger sus cosas y la carpeta azul, asintió y sonrió.
Perdóname, Carmencita, la detuvo de nuevo Federico. Mira que te he dejado aquí un número. Es de la consulta. Llama y pide cita con la doctora Teresa Benavente, y solo con ella, ¿vale? Allí trabaja mi tía, la señora Dolores.
¿Para qué? preguntó Carmen, desconcertada.
Para la revisión médica. Ellas te dirán qué pruebas necesitas. Te da tiempo antes del vuelo, ¡queda una semana!
Pero puedo hacerlo en mi centro de salud protestó Carmen María.
No, allí hay esperas de un mes. Aquí te lo van a acelerar. Y es una orden.
Federico se levantó, abrió la puerta y le indicó el suave pasillo alfombrado. Carmen obedeció y se fue.
Así que Lo de Valladolid está en el aire se dijo Federico, marcando el número de su mujer y, junto a la ventana, empezó a planificar el fin de semana, la graduación de la hija, el verano. Amalia contestaba mientras hacía ruido con las cazuelas, preparando la cena
Su marido esperaba a Carmencita cerca de la barrera del aparcamiento. Cuántas veces le había pedido que le consiguiera un pase para poder recogerla justo a los pies de la torre, pero a Carmen siempre se le olvidaba, y luego cambiaron al jefe de seguridad, con el que Carmen ya no tenía trato, y este no estaba por la labor de hacerle el favor.
¡Pero alma mía, cuánto has tardado! ¡Ya casi envío a los bomberos a buscarte! bromeó Víctor mientras la abrazaba en cuanto se le acercó dando pasitos cortos. El asfalto estaba helado, caía un granizo menudito, saltaba y se esparcía por el césped.
Era don Federico. Me voy de viaje de trabajo, se colgó de los brazos del marido. A Valladolid.
¿Cuándo? se le torció el gesto a Víctor. No le gustaba nada cuando Carmen se tenía que marchar, se ponía nervioso como si enviara a su niña pequeña sola a un campamento.
Carmen encogió los hombros. No recordaba nada, se lo había perdido todo.
Creo que en una semana, pero me hacen primero el reconocimiento médico.
¿Cómo? se le subieron las cejas a Víctor.
Lo de siempre, la revisión. Que ya tengo cuarenta y tres, Víctor Es lo que toca.
Lo dijo con tal seriedad que a Víctor se le puso la piel de gallina. ¿Lo que toca? ¿Ir al médico? ¿Preparar la tumba? ¿Morirse?
Bueno, pues si toca, ¡adelante!
Carmen últimamente la verdad es que no tenía buen aspecto. Pálida, sin apetito, ni siquiera el sushi de anoche le apetecía. En el trabajo la tenían frita, incluso los fines de semana la llamaban para pedirme cosas. Y ahora encima lo del viaje
Valladolid Seguro que hará un frío Hay que comprarle un abrigo, largo, que llegue al suelo, que presuma allí.
¿Eh? ¿Un abrigo? preguntó ella, entre sueños.
Víctor se dio cuenta de que había pensado en voz alta, asintió y encogió los hombros.
¡Allí hace un frío que pela, pleno Castilla y León! le explicó.
No. Con abrigo me muero de calor. Y en general tengo calor en todas partes, apaga la calefacción, por favor.
Víctor miraba boquiabierto a la friolera de su Carmen, pero aflojó el aire caliente que salía de las rendijas bien limpias del coche.
No me llevo abrigo, ordenó ella y, a los dos minutos, ya estaba dormida. Ultimamente dormía mucho, por las noches y los fines de semana, cualquier sitio era bueno
Papá, ¿mamá está mala? le soltó el otro día Pablo, el hijo.
Que va, está agotada. No cogió vacaciones este año, acumula cansancio. No hagas ruido, le riñó Víctor. Déjala dormir.
Carmen dormía. Sonreía en los sueños, suspiraba leve. Se le aparecían los campos de lavanda de la Alcarria, la sierra, el mar en la Costa Brava, azul intenso, mezclado de tantos colores como si hubieran echado pintura y la hubieran agitado. El sol nadaba con ella, jugaba en las olas, chispeando como escamas de pececillos. Carmen entrecerraba los ojos, reía, y en la orilla la esperaban Víctor y Pablo. Le llamaban, agitaban los brazos, pero a ella le daba pereza acercarse. Allí tenía su propio refugio, cálido y sin preocupaciones, con su secreto, al que no quería renunciar
Pues está clarísimo: menopausia. Sofocos, cambios de humor, palidez enumeró la amiga de Carmen, Macarena. Tienes que ir al médico, chiquilla, que ahora hay pastillas para todo, te dicen lo que tomar y verás cómo espabilas. ¡Que como sigas así te vas a quedar sopa y te pierdes la parada de Valladolid!
Macarena se echó a reír con esa risilla aguda, tapándose la boca, porque siempre le daba vergüenza mostrar los dientes, pensando que para reír hay que tener sonrisa de cine.
Bueno, será menopausia, pensó Carmen. A mi madre también le llegó pronto. Pues nada, el hijo ya está grande, tira bien, ahora toca la carrera profesional. Es un incordio, porque el humor se sube y baja como una montaña rusa, pero todas dicen que pasa rápido. Habrá que aguantar.
Al cabo de dos días, Carmen llamó al número que le había dado don Federico. Repitió al menos tres veces en voz baja: Teresa Benavente, Benavente
¿Diga? tosió una voz ronca de mujer al teléfono. ¡Consulta!
Carmen se asustó y colgó. Esa voz era idéntica a la de su tía abuela Juana, que vivía lejos, en Palencia o Zamora, nunca estaba segura. La tía Juana era de las que meten baza en todo, siempre saben más que nadie. Le daba la lata a Carmen a todas horas, desde que Pablo nació. Llamaba siempre a la hora de la siesta del niño, y el timbre daba campanadas por todo el piso, Carmen brincaba medio dormida hacia el aparato.
¿Has sacado la leche? gritaba, entre estertores. ¡Sácalo todo, que si no luego habrá atascos y ni las hojas de repollo, hija (ahí lanzaba sus dichos de pueblo), ¡no te ayudarán! ¿Me oyes, Carmen?! ¿Y Pablo, su caca qué tal? ¡La caca, Carmen!
Ella gritaba, tosía, aconsejaba, se quejaba, colgaba.
Carmen, es tu familia y lo que quieras, llegó a decirle un día Víctor, pero ¿por qué nos llama esa mujer? Si nunca la has visto en la vida, ni ella a ti ¿sabes cómo es físicamente, al menos?
Carmen se encogió de hombros. Qué más daba. Para su madre, Juana era la experta en bebés y punto. Había que hacerle caso.
Y encima, en la época de Pablo, Carmen estudiaba unas oposiciones por libre, cocinaba cualquier cosa, no traía casi dinero a casa. Víctor igual, estudiando y currando por las noches con lo justo. Pero tía Juana, eso sí, a veces les mandaba dinero a la cuenta. Una ayuda importante. Pero
Carmen recuerda perfectamente la última llamada de su tía. Esta vez contestó Víctor. Escuchó todo el sermón extracción de leche, lo que come Carmen y lo que no, que ahora los jóvenes coméis más chatarra que otra cosa, si ya habían encontrado guardería para Pablo que le hacía falta sí o sí, si llevaba pañales o por favor dime que eres madre sensata y no los usas. Era un bombardeo de preguntas, consejos y suspiros. Y cuando llegó el turno de la caca, Víctor respondió que Pablo usaba un taburete estupendo, de madera, tenía ya treinta y cinco años y pronto se casaba. La tía se atragantó, pidió perdón con voz temblorosa y colgó. Nunca más llamaría.
He encontrado otro curro extra, Carmencita, no te preocupes. le dijo Víctor. Carmen lo amaba tanto que estaba segura de que todo iría bien. En cuanto Pablo creciera un poco ella también buscaría algo, desde casa, con el ordenador. Podrían salir adelante sin tía Juana.
Ahora Pablo ya es un hombre y Carmen Carmen es una profesional respetada, una manager con talento, que hace carrera. Los jefes la tienen en buena consideración, los compañeros también. Es su momento.
Aunque Carmen nunca entendió la expresión hacer carrera. No está picando piedra, solo trabaja y vive. Le gusta su trabajo y siempre pensó que hacer carrera suena a esfuerzo de obrera de fábrica, como decía su suegra cuando volvía del turno y se desplomaba en la cama.
Carmen no tenía de eso. Llegando a casa, ducha, y otra vez activa: cenar rico, ayudar a Pablo con los deberes, y con una sonrisa. No se mataba por el trabajo. Había tenido esa suerte, suponía. Y ahora, por fin, llegaba el ascenso. Se lo habían rumoreado, ella lo veía venir, y sabía que podía con el puesto. Pero esto este cansancio maldito
¡Diga! ¿Se va a decir algo, señora, o no? gritaron desde la consulta al teléfono.
Sí Quería pedir cita Para ver a la doctoraCarmen consultó su papel Benavente.
¿Teresa Benavente? Mañana a las nueve de la mañana. ¡Apellidos! rugió la telefonista.
Benavente
¡No el de la médica, el tuyo! casi parecía ofendida la voz.
Martín Campos Carmen María.
Otra Martín, ¡hija mía! ¡Van cinco hoy! Mañana a las nueve, reina, ven con el DNI y arreglamos papeles. ¿Cuánto de embarazo?
Pero Carmen ya había colgado. ¿Embarazo ella, si según Macarena eso era la menopausia?
En la consulta había un follón. Varias filas de mujeres esperaban en zigzag ante las ventanillas de metacrilato. Detrás, como trillizas, tres señoras rellenitas con rulitos y mofletes, escribían papeles, se levantaban, rebuscaban expedientes entre estantes.
Toma, cariño. Segunda planta, cariño. Primero tu médica, cariño así iban, llamando a cada una cariño, asintiendo, sonriendo.
Carmen suspiró. ¡Menudo ingenio don Federico! ¿Pero para qué la habrá mandado aquí? ¿No habría bastado con ir al médico de cabecera? Un electro, un análisis de sangre ¡Aquí ya llegaba tarde!
¡Martín Campos! ¿Dónde está Martín Campos? llamaron adivinando que Carmen quería escaparse.
¡Yo! ¡Yo! ¡Aquí! gritaron varias.
Me interesa Carmencita. La que va a ver a Teresa, aclaró la voz.
Yo acabó por admitir Carmen.
¡Pero niña, que tienes cita a las nueve! ¡Ven para acá!
La rodearon, le pidieron el DNI, y la mandaron a la tercera planta.
¡Eh! ¿Para dónde ibas? chilló alguien. ¡Usa el ascensor, que lo mismo te caes! la recondujo una auxiliar muy maja.
Gracias, asintió Carmen, y fue obediente al ascensor. Mucho sueño, cero apetito. El revuelto de huevo con queso y tomate que Víctor le hizo esa mañana le pareció que olía a goma
Arriba, no quedaban asientos libres. Mujeres de todas las edades, recién embarazadas o solo revisándose, unas leían, otras ponían música, otras, con los ojos cerrados, acariciaban la tripa como si meditaran.
Carmen se sentó en el filo de un banco. Hubiera preferido quedarse de pie, pero no tenía fuerzas. Además, qué calor y el, inconfundible, olor a lejía y trapo de las mujeres de la limpieza.
¿Por qué limpian cuando más gente hay? pensó Carmen, y la señora de la limpieza, como escuchándole el pensamiento, dijo:
Perdonad, guapas, subid los pies. Es que he acompañado a mi nieto al cole y el trasto me ha manchado toda la cocina Su madre, la pobre, está aquí ingresada, de parto, y el padre a saber dónde. ¡Perdonad el retraso!
Le daba duro al suelo con la fregona mientras las mujeres subían los pies obedientemente. Alguien salió de la consulta de Benavente, y pasó la siguiente.
Y de pronto, apareció en el pasillo una señora bajita, redondita como un champiñón, bata blanca fruncida en la cintura, pasos arrastrados con sus zuecos dejando surcos en el suelo limpio.
Todas le sonrieron. Se susurraba que si la matrona Dolores estaba allí, todo iba bien.
¡Anda! pensó Carmen. Es la tía de don Federico
¿Romero?! llamó de pronto Dolores. ¿Tú otra vez aquí? se inclinó sobre una chica encogida. ¿Otra vez? Si te acabamos de dar el alta, y aún recuerdo a la nena, salió muy rica. ¿Quieres tener una cuarta este verano, o qué?
La muchacha se encogió de hombros. Carmen la miró bien. En realidad no era ya una niña, tenía arrugas en la cara. Simplemente era pequeña y Carmen siempre había envidiado a esas mujeres siempre juvenil, elegante.
¡Bueno! perdonó finalmente Dolores, Pues a ello. A ver si mi nieto se hace novio de Las Romero. Anda que no va a dar guerra. y sonrió enseñando el pulgar. La mayor baila ballet como los ángeles, avisó sin dirigirse a nadie en particular y entró a la consulta.
Las mujeres volvieron a cuchichear. Era evidente que Dolores era querida y respetada.
Ojalá me ayude también a mí, pensó Carmen, y le escribió a su marido que estaba esperando.
Aquí nos llaman a todas cariño y yo solo tengo sueño, le puso.
Pues duerme, cariño. Descansa un poco. Un beso, guapa.
Carmen sonrió para sí. Víctor es tan buen hombre
Mientras Carmen leía los mensajes, el ascensor se abrió y emergió una señora alta, de hombros anchos, aún con el abrigo encima del batín. Venía agarrada a la pared, respirando fuerte, sollozando entrecortada. Detrás, un anciano menudo con una bolsa de red de la que asomaba una barra de pan y una botella de leche. La mirada del abuelo, llena de pánico, recorría la sala mientras murmuraba:
Vamos a parir Vamos a parir
¡Papá, ya basta! Auuuu Llama a Dolores ya, anda.
La voz poderosa retumbó en el pasillo como una campana.
El viejo se adelantó, entró disparado a la consulta, diciendo bajito: Vamos a parir
¡Pues a urgencias directo! se extrañó la señora de la limpieza.
Yo aaaaayyy rechinaron los dientes de la parturienta. Yo sin tía Dolores no doy a luz. Está aquí hoy, y aunque sea en el pasillo, yo aquí me quedo. ¡Aaaay!
La mujer lloraba con desgarro, y Carmen sintió compasión.
Siéntate, siéntate, la animaban las más curtidas. No, espera, no te sientes, que vas a aplastar al peque Mejor quédate de pie.
¡Ya, quítame esa barra de pan de encima! irrumpió Dolores. ¡María! No te preocupes, vamos a ello. acariciaba la tripa de la mujer mientras la médica Teresa Benavente, de enormes pendientes de ámbar, vigilaba y no parpadeaba.
¡Esto es un circo! declaró Benavente. ¡Caballero, salga! Y usted, Dolores, al puesto.
El abuelo salió disparado al lado de la camilla, la botella de cristal repiqueteando.
Yo estoy en mi sitio, Tere. Tú puedes estar sentada sola en consulta, pero aquí me quedo. Vamos, María, vamos. tomó la mano de la parturienta, apretándola fuerte.
Si es que la señora de la limpieza quiso explicar.
Es quecorrigió Carmen, sin poder evitarlo.
Eso, que llevaba ya tres partos fallidos, todos perdidos. Un drama. Ahora con éste lleva meses de angustia y la limpiadora se enfadó y se marchó.
Algunas comenzaron a rezar, nadie oía los gritos de María en el paritorio, ni cómo Dolores recogió al bebé azul en brazos y los médicos corrieron.
¡Parto rapidísimo! dirían luego. En menos de una hora el niño nació y los pediatras se afanaban salvándolo, mientras María no despegaba la oreja del llanto de su hijo.
El abuelo, muy pálido y tembloroso, se dejó caer en un banco del jardín. Aguantó el tipo hasta el último momento pero luego rompió a llorar, dolorido, la mano apretada contra el pecho. A la hija le tocó mucho sufrir, y querían ese niño como nunca. Tres ángeles ya, y ahora El yerno, Santiago, era silencioso, lo sobrellevaba por dentro, y a veces bebía. Y ahora, ¿cómo iba a acabar?
El abuelo sollozaba y se balanceaba.
¡Ya está! corría hacia él Dolores, resoplando. ¡Un niño! Reza, que lo crucial es el primer día.
Se dejó caer con él en el banco.
¿Qué? preguntó el viejo, encogido.
Pues eso, que tu María ya ha parido. Tres kilos doscientos. Anda, abuelo, levanta la cabeza, llama al padre que yo no puedo.
El viejo salió disparado por la avenida, bendiciendo las ventanas del hospital.
Dolores, tras mirarle partir, volvió a la consulta.
Las chicas de la recepción le sonrieron.
Dolores, ¿un café? le gritó una.
Ojalá. Pero ahora no, me esperan.
Subió las escaleras. No quería que la vieran cansada, así que entró en la despensa y, sentada en una silla coja, bajó la cabeza y las manos.
Qué cansancio, pensó, madre mía. Tengo que llamar a Jaime, a ver si ha tomado la pastilla. Pero no, no tengo fuerzas; Jaime empezaría a regañar No hoy. Teresa Benavente es buena médica, pero qué seria es. Y las chicas, todas frágiles, ¿cómo vas a dejarlas colgadas? Bueno, al menos hoy hemos salvado a un niño. ¡Victoria!
Dolores se levantó, sonrió en el espejo, se recolocó el pelo, y volvió alegremente al pasillo. Estaba vacío. Benavente ya había atendido a todas, dio instrucciones, y a casa.
Solo Carmen seguía allí, apoyada a una palmera de plástico, medio dormida.
¡Eh! levantando la hoja de la palmera, gritó Dolores. ¡Ey, niña, qué haces aquí? Las ramitas de enebro ya te están esperando
Carmen, sobresaltada, frunció el ceño. ¿Y ella por qué estaba aún allí, de hecho?
Tenía cita. Me recomendaron que viniera. salió de su escondite.
¿García? se interesó la matrona, arreglándose la bata.
No, mi jefe, Federico
¡Don Fede! ¡No me líes, que me mareas! Pase, pase y ¿por qué no la ha visto la doctora?
No sé se fue, y yo me quedé esperando, explicó Carmen.
¿Qué te pasa? preguntó Dolores, pasando a la consulta.
Pues nada, eso. Me dan sofocos, cambios de humor necesitaría unas pastillas.
¿Cambios de humor? preguntó Dolores mientras se lavaba las manos y se ponía guantes, señalándole el sillón.
Siempre he sido alegre, positiva, empezó Carmen, pero ahora lloro por nada. Ayer, por ejemplo, encontré un oso viejo de peluche en el altillo, tenía la pata rota, me puse a coserla llorando mientras mi hijo se reía Qué tontería, ¿no?
Dolores musitó algo. Osos, patas, altillos Cuánto tiempo sin pacientes así de entrañables.
¿Cuarenta y tres años dijiste? preguntó viendo cómo Carmen estrujaba el pañuelo, a punto de lagrimear otra vez.
Sí. A mi madre también le pasó todo pronto, contestó Carmen.
De tu madre no sé Ven un momento, que te enseño una cosa, la llevó a la ventana. ¿Ves? Hoy se van a casa. Mellizos. Lo han pasado fatal, pero todo bien. Y tú si te portas bien, dentro de ocho meses también te vas a casa con un paquetito. ¿Eh? ¿Qué te parece?
Dolores le rodeó los hombros con cariño.
¿Cómo que me voy a casa? No lo entiende. Tengo lo de Valladolid y el ascenso. El hijo, el verano, ¡y soy mayor!
No eres una cría, eso sí, concedió Dolores, pero más fresca que yo, por supuesto. ¿Entonces quieres interrumpirlo?
Carmen se llevó la mano al vientre, sacudió la cabeza, asustada.
Entonces, ¿qué? ¿No quieres ser madre a estas alturas?
Es que ¿cómo ahora? Cuando la niña tenga veinte yo seré viejísima. Todas las demás tendrán madres jóvenes
¿Ella?, ¿una niña quieres? se rio Dolores. Mira, por aquí pasan cientos cada día, jóvenes, menos jóvenes, con carreras, con dinero, con planes. Siempre les pilla a contrapié. Todas se buscan la vida. Tú decide. Aquí tienes las recetas, te haces las pruebas y el eco. No le cuento nada a Federico. Estás bien y las náuseas acaban de empezar. Vete a dormir y luego decides.
Cuando Carmen María salió, Benavente exclamaba tras ver su expediente:
¡Otra mayor! ¡Había que haberle mandado pruebas! ¿Y si nos sale cualquier cosa? Mejor que ni lo tenga.
Dolores negó con la cabeza.
Teresa, no es tu problema. Todas tenemos un destino propio. ¡Anda, vamos a por un té! Hay cosas bonitas en la vida, no te amargues.
El sobrino de Teresa nació con un problema; su madre tenía cuarenta Eso a Teresa le dolía especialmente.
Dolores y Teresa salieron del despacho. Les quedaban diez minutos para un respiro luego, vuelta al ruedo. Tantas contradicciones, tantas mujeres y tantas decisiones a pesar de todo embarazada, no embarazada, a pesar de querer, de no querer, de poder, de no poder Demasiado para un alma de mujer.
¿Quién, sino nosotras, Teresa? ¿Quién? Sabemos hacer nuestro trabajo, así que adelante. Lo demás, a la providencia. Ah, Tere ¡qué melocotones me trajo ayer Jaime! Vente a casa luego, que invito.
Teresa asintió. Sí, hay que animarse. Será solo la tristeza de otoño
Carmen, con la nariz roja, le pidió a Víctor que la recogiera.
¿Qué han dicho? le acercó un café. ¿Te han mandado vitaminas?
Carmen callaba, perdida.
¿Qué tengo que comprar? ¡Dímelo ya!
Él se impacientaba, sin saber cómo ayudarla.
No voy a Valladolid, Víctor. Voy a tener náuseas y no podré.
Pero eso ¿a estas edades por qué se tienen náuseas?
Por lo mismo que antes.
Víctor paró el coche, lo aparcó y empezó a pasear, rascándose la cabeza.
¿Pero te alegras, o qué? asomó Carmen por la ventanilla. Parecía querer convencerle como la que trae un perrito a casa sin avisar.
Es que no sé, Carmen, se asomó Víctor, . Desde luego, lo vamos a alimentar como toca, eso ni se discute. Pero ¿y si no sé ser buen padre? Pablo no era de fútbol, y si este quiere Ni idea ¿Cuándo te dan el alta? ¿Cuándo? ¡No me entero de nada!
Acabaron debatiendo en un área de servicio sobre lo que vendría, sobre quién sería el bebé, en qué se parecería a Pablo
Al final, Carmen no fue a Valladolid, ni ascendió en el trabajo le importaba poco. El embarazo y el nacimiento de Teresa los vivió con una intensidad distinta; con Pablo todo fue deprisa, con Teresa quería saborearlo, disfrutar, no perderse ni un segundo. Por primera vez se sumergió de verdad en la maternidad. No se arrepintió. Se sintió esa cariño que durante ocho meses protegieron las manos de tía Dolores y los cuidados de Víctor y luego salió a la vida con su bebé en brazos. Un milagro. Un milagro de verdad, que no todo el mundo sabe apreciar
El director refunfuñó pero al final se ablandó. Carmen era buena persona, buena jefa, buena trabajadora. Pero por encima de todo, era mujer, y tenía derecho a serlo Cuando vuelva a la oficina, todo habrá cambiado, y le tocará empezar de cero. Es su elección y su derrota. Federico se lo explicó claro, y Carmen solo encogió los hombros. Pues que sea así
Macarena no acertaba a entender por qué su amiga se metía en algo así. Embarazos, carritos de bebé Con lo interesante que era Carmen y ahora esto
Carmen no volvió a llamar a Macarena. La amistad se apagó.
Pablo se tomó bien la noticia del hermanito. Se rio, se quejó diciendo que tendría que hacer de canguro, pero ahora adora a Teresa, la mima y le compra regalitos, le lee cuentos y le enseña a modelar con plastilina.
Bueno, la verdad es que ha sido un acierto, dijo Pablo una vez, señalando a su hermana. Así tendré con quién hablar de vosotros. Ahora es pequeña, pero pronto será toda una mujer, con opiniones y todo.
No ha sido una decisión, Pablo, nació, no es un perrito, negó Carmen. ¡Y no vale chivarse! Teresa me quiere y me contará todo, ¡ya verás! Pero sí, lo bueno es eso, ya no seré la única mujer en casa, tendré con quién ver novelas ¡Menuda suerte la nuestra!
Víctor puso los ojos en blanco, Pablo resopló y Teresa sonrió. Qué fortuna haber llegado a esta familia ¿Quién lo iba a decir?







