La traición

Traición

¡Carmen, te quiero tanto! ¡Tanto, que haría cualquier cosa por ti! susurraba Javier casi en silencio, con el rostro hundido en el hombro de su mujer, mientras se sentaban en la penumbra de una antigua sala del cine Callao.

A su lado, la presencia de Carmen le envolvía en una calidez ardiente; olía a algo dulce, probablemente su perfume, ese que siempre le hacía pensar en tardes de primavera madrileña.

Javier se inclinó para besar a Carmen en los labios. Desde la fila de atrás, un ¡chss! y algún reproche seco les hicieron girar la cabeza.

¿Todo, TODO? sonrió ella, como si estuviera sorprendida.

¡Todo! confirmó Javier.

Eran felices, radiantes, la clase de pareja que parecía entenderse con solo mirarse. Cualquiera se derretía ante ese brillo de amor en sus ojos.

Qué suerte tienen cuchicheaban los amigos a espaldas de la pareja. Jóvenes, con una relación sana, estable… ¡Ni una sola pelea! Parecen hechos el uno para el otro.

Ya veremos cuánto les dura resopló Marina, la amiga de Carmen, levantando los hombros con desgana. Según yo, Javier es un calzonazos, encima le lleva más de diez años. Se nota que la adora porque tiene miedo a que ella le deje. Ella tiene carácter, viene de buena familia, sabe lo que quiere. Y él… Un panoli. ¡Dicen que se ha buscado un segundo trabajo solo para darle más dinero a su Carmencita! Es un blando, eso es lo que es.

A Marina se le dibujaba una sonrisa cínica; parecía disfrutar hablando mal de su amiga en voz baja.

Lo que pasa es que les tienes envidia murmuró Gala, una chica dulce, frágil, de esas que leen poesía y suspiran con las canciones de Sabina. Se hacen uno por el otro. Si hace falta, se sacrifican el uno por el otro. Eso es una familia de verdad.

Bah, ¿y tú qué sabes de la vida? bufó Marina. Siempre intentando encajar tus versos en la realidad. La pasión dura un rato, luego viene la rutina, y un día te das cuenta de que tienes una casita, una olla con cocido y poco más. ¡Eso no es vida!

Gala no contestó; se limitó a encogerse de hombros, resignada

Debían volver a casa en metro, pero a Carmen no le apetecía.

Javier, ¿me pides un taxi, porfi? gruñó, poniéndose la cazadora mientras bostezaba.

¡Pero si llegamos antes en metro, Carmela! Anda, vamos protestó él, ayudándola a ponerse la chaqueta.

Por favor, estoy agotada, me duele la espalda Javi susurró. Igual hasta estoy embarazada, por eso me cuesta tanto. ¡Ten un poco de compasión!

Javier se quedó petrificado, los ojos como platos. Le cogió las manos, besándolas; y corriendo salió a buscar un taxi, sintiéndose a la vez asustado y emocionado. ¡Iban a tener un hijo! Mejor dicho: ellos iban a ser padres, ¡de su primer hijo!

En el taxi, Javier sonreía embobado.

¿Será niño o niña? ¿Y si vienen gemelos? ¿Qué hay que hacer para ayudar a tu esposa embarazada? ¿Qué cosas comprar?

Le daba vueltas a esas ideas toda la noche, y, al bajar del taxi en el portal, Carmen soltó de repente que quería una cerveza.

Carmen, ¿no crees que es malo? negó Javier con la cabeza.

¿¿Malo?? ¿La cerveza? ¡Anda no digas tonterías! rió ella, y se acercó al kiosco a comprarse una lata.

Es que… ¿y el bebé? Dijiste murmuró Javier, mirando el vientre bonito de Carmen, del que tanto presumía.

¡Vaya, Javier! soltó Carmen, riendo como las campanas de la Almudena. ¿Te lo creíste de verdad? Qué ingenuo eres ¡Solo lo dije para que te preocuparas! Anda, toma cerveza, está fresquita. Le ofreció la lata, él la rechazó. ¿Te has enfadado? Perdona, ha sido una broma tonta. ¡Venga, no te pongas así!

Intentó besarle pero él se apartó. Carmen se puso seria y aceleró el paso.

Le dio pena no estar esperando un hijo, pero se consoló pensando que ya llegaría su momento… Sentía como si dentro de él una vela se apagara de repente.

Medio año después, una doctora anunciaba a Carmen la noticia:

Estás embarazada. Ocho semanas, dijo la doctora Inés Antúnez, lavándose las manos.

Anda ya, ¿pero qué dice? replicó Carmen desde detrás de la pantalla. No lograba subirse las medias, la falda se le arrugaba, y ese cansancio

Mira, aquí tienes el ecógrafo, el análisis. ¿Cómo te encuentras, Carmen Vargas? preguntó la médica, imperturbable, sentándose a la mesa con un fajo de papeles.

No sé, no siento nada respondió Carmen pensativa. Dígame Se sentó por fin al otro lado de la mesa, se arregló el pelo, miró de reojo a la enfermera, Ana, una chiquilla que rebuscaba en un armario de cristal y cuya actitud le resultaba extrañamente molesta. Esto, ¿hay manera de? Ya entiende usted

Miró a la doctora con culpabilidad.

Las botellitas de la enfermera tintinearon. Carmen frunció el ceño.

Carmen, ¿por qué así, si eres casada? se giró Ana, atrevida, juzgando con la mirada.

¿A ti qué más te da? No tengo que justificarme. Es pronto, tengo otros planes con Javier, aún no toca. Entonces, Inés ¿Me ayuda? Si no, lo hablo con mi madre, pero preferiría no meterla.

Es tu decisión. contestó la doctora. ¿Y tu marido lo sabe? insistió la enfermera.

¡Que te importa!

A mí nada ¿Le doy el volante, Inés? Ana volvió a encerrarse entre papeles.

Carmen, piénsalo una semana. El tiempo apremia, pero medítalo. De momento, hazte unas pruebas, aquí están los papeles.

La doctora los deslizó suavemente hacia Carmen, que los tiró en la basura nada más salir.

Ya lo tenía decidido desde que sospechó lo ocurrido…

… No te cierres así a la gente, Ana le reprochó Inés después, sola. Son sus vidas…

¡Pero es injusto! Eguren lleva años intentándolo y ni lo consigue… Y a esta le viene bien cuando no le apetece fastidiarse la figura. Ni se lo va a decir al esposo. ¡Quizá él sueñe tener un hijo!

Todos los hombres sueñan replicó Inés afilando un lápiz con la navaja mientras la viruta caía sobre unos análisis. Pero luego se largan o lo dejan todo a la mujer. Les encanta decir que tienen tres hijos delante de los amigos, eso da caché, pero la que se queda en casa eres tú, entre purés y noches sin dormir, odiando el día en que te casaste. ¡Oye! alzó las cejas Inés. Siempre puedes darlo en adopción. A ti te suena eso, ¿no, Ana? ¿Y qué, es mejor así?

Ana levantó la barbilla, desafiante.

Yo ya paso de pensar en mi madre. Vivo, leo, voy al Prado, amo… hago lo que quiero. Ni por hacerle la contra, simplemente porque puedo. Ella me dio la vida, así que decido yo. Y nunca haré lo que hizo conmigo. No quiero vivir nadando en rencor ni odio. Ya está, se acabó. Me voy, Inés, hoy termina mi turno.

Ana salió deprisa, abrigo en mano, mientras Inés permanecía, cansada ya de su profesión. Las maternidades le parecían cadenas de montaje: flores, bombones baratos, padres gritando bajo la ventana… El nacer, llevar el embarazo, parir… solo procesos biológicos. Inés estuvo meses en cama, con fiebres y dolores, prometiéndose no repetirlo. Ana, en cambio, aún no tenía la coraza de cinismo…

A los dos días, y tras esperar a que Javier llegara de la oficina, Carmen le dijo que se marchaba unos días con Marina a El Escorial.

Te llevo en coche, no quiero que vayas cargada en el tren abrazó Javier. ¿Te pasa algo, Carmen? Estás tan callada…

No, de verdad escapó de sus brazos fingiendo entusiasmo. Hazme unas patatas fritas. ¡Me apetece mucho! Y no te molestes, voy yo sola. Marina me recoge, tiene coche… Javier, ¿cuándo vamos a tener uno? Dijiste que pronto…

Cuando ahorre y pueda comprarlo… intentó calmarla Javier.

En poco tiempo Carmen tuvo de todo: piso propio, coche, muebles nuevos. Javier persuadió a su abuela para mudarse con su madre, que Carmen no quería a la abuela cerca. En ese espacio libre, Carmen redecoró, tiró hasta el mueble antiguo de la abuela, con sus puertas de cristal y cajones tallados, cambiándolo por un armario de conglomerado comprado con el dinero que Javier reservaba para el verano.

Siempre tenía una razón para cambiar, para pedir lo que corresponde a una esposa: piso, coche, ollas, vestidos, botas y abrigos. Pero con el abrigo de visón se frustró; Carmen probaba uno y otro, mirando los precios…

Este me encanta, Javier, mira qué bonito… decía, haciendo un puchero.

Es precioso, pero muy caro, Carmen. No me han pagado aún y solo veníamos a mirar. Mejor esperar, ¿sí?

¡Claro! A tu madre y a la tía les das euros, te compras un traje y yo tengo que morir de frío le murmuró enfadada.

Llévatela, caballero, no se arrepentirá. Mírela qué reina con ese visón,¿cómo se llama la señora?, ¿Carmen? Era evidente… intervenía el dependiente, con sus bigotitos y maneras de zorro. Se lo traeré, además el manto a juego. ¡Hay que mimar a mujeres así!

Carmen se dejó embelesar por piropos y, tras mirar a Javier y notar su incomodidad, suspiró, se quitó el abrigo, lo devolvió al vendedor.

Me lo llevo otro día, cuando ahorremos murmuró. Vámonos, Javier. Tengo que poner la lavadora…

En el camino a casa, Javier se disculpó mil veces. Ella no le dirigió la palabra en toda la tarde, lamentando su vergüenza al teléfono con su madre y amigas.

Una semana más tarde, Javier llegó con el abrigo.

¿Te han pagado? preguntó Carmen, seca.

No. Lo he pedido prestado. Pero te hacía tanta ilusión…

Y así, Carmen se marchó a casa de Marina, enfundada en el abrigo; apenas logró zafarse de los cuidados obsesivos de Javier, que no quería dejarla sola, ni que cargara el equipaje, ni permitirle coger un taxi a solas.

¿Vas a dejarme de una vez? Que me voy sola, Javier saltó. Ya te llamo.

Y se fue. Temblaba de miedo, aunque nadie lo notó. No iba hacia Marina por simple descanso: su amiga le había conseguido cita en el hospital de El Escorial, y Carmen sabía que ahí la liberarían del peso, y ni Inés ni Ana se enterarían. Era mejor así.

Le aterraba el dolor, pero más aún si Javier se enteraba.

A sus treinta y seis, Javier deseaba ser padre; ella, a sus veintiocho, sentía que aún no era tiempo, ni sabía si quería familia.

Nunca pensó en sí misma y Javier como una familia real. Compartían piso, sí, firmaron papeles porque se estila, pero en el fondo Carmen creía que aún no había empezado su vida verdadera. Javier era su ensayo general, y si surgía el hombre destinado por Dios, quizás hasta se divorciaría.

¿Le quería en realidad? De alguna manera. Fue su primer hombre. Le gustaba besarse con él, tenerlo bailando en la palma de la mano, temiendo su abandono. Le gustaba que le permitiera todo.

En su casa, sus padres y, sobre todo su madre, siempre le exigían, decían que era por su bien.

Y en parte tenía razón le contaba a Marina sobre una mesa de la cocina, copa de licor en mano. Gracias a ella me escapé con Javier. ¡Qué abnegado es! Si le pido piña en enero, me la trae. Lo mismo el abrigo. Se endeuda, trabaja de noche… Pero eso es caballerosidad. Solo que el niño, pues… No toca ahora.

¿No le contaste nada a tu marido? ¿Y si más adelante te arrepientes? Las recuperaciones son una lotería Marina encendía un cigarrillo tras otro.

Hombre, ¡tampoco estamos en la Edad Media!¡Vamos a médicos! Si pasa algo, diré que me resfrié.

Todo salió según lo planeado. Dos días después Carmen fue dada de alta, aunque se fue por su cuenta. No sentía fuerzas, tenía fiebre.

Un virus, Javier. También Marina está enferma sonrió lánguidamente al marido al verla llegar. ¿Cogemos un taxi? No me encuentro para el metro.

Javier asintió en silencio, cargó la maleta y caminó delante.

Javi, agárrame del brazo, que esto resbala pidió Carmen suavemente, pellizcando el borde de su abrigo. Nunca lo había visto tan frío.

Él volvió sobre sus pasos, la cogió firmemente y la llevó hacia los coches.

El taxista charlaba sin parar, bromeando solo para sí mismo, mientras el matrimonio apenas respondía.

Algo pasa. ¿Pero qué? pensaba Carmen angustiada, buscando la verdad en los ojos de Javier, pero él fingía atención a otra cosa, pidiendo que no le interrumpieran…

No habló hasta llegar a casa, comiendo unos bocadillos que él mismo había preparado, algo raro, pues Javier solía cocinar con esmero, no así.

Carmen hasta se atragantó cuando Javier le dijo que del centro de salud llamaron, preguntando cuándo iría ella a control.

Qué atentos murmuró Carmen sin inmutarse. No tiene importancia, cosas que pasan, ¿no? Mi madre también lo hizo varias veces antes de tenerme. Y aquí estoy. ¿Quién llamó? ¿Esa enfermera? Lo imaginaba. ¿Qué le contestaste?

Que no sabía nada respondió Javier, con frialdad, sirviéndose más té sin mirarla. ¿Por qué, Carmen? ¿Por qué? Además, Marina me llamó, me preguntó si llegaste bien. Dijo que vienes de bueno, del hospital ni sé decirlo…

Javier recordó la llamada…

¿Javier? Perdona que te moleste. ¿Has recogido a Carmen? Cuídala, viene del hospital, le han hecho un legrado, pero mejor que la observes. Ya tendréis niños, más adelante. Si quieres hablar, llámame. susurraba Marina del otro lado.

Carmen suspiró, mientras se reproducía mentalmente el diálogo y, como tantas veces, imaginaba que él la perdonaba, la mimaba y ella volvía a revolotear por la casa. A ver qué decía ahora

No te rayes,Javi. No era el momento, tienes líos en el curro, y yo… mejor lo arreglé sola. ¡No tienes que darme las gracias! Ya habrá tiempo para niños cuando yo quiera. Javi… en el hospital sentí miedo de volverme como esas mujeres agotadas que olían a desinfectante. Pero a ti sí te quiero, ¡murmullo, bésame!

Intentó sentarse en su regazo, abrazarle, pero Javier la apartó y se fue a la ventana.

¿Arreglado sola? Perfecto. Y será siempre cuando TÚ quieras. Pero yo quiero YA, ¿es que no merezco ni saberlo? ¿No soy tu marido? Quiero una familia, Carmen. Estoy cansado de vivir de prestado… Javier apartó la cortina, mirando a la calle.

Yo estoy bien así gritó Carmen, golpeando la mesa. ¡Madre mía, qué drama por nada! Sí, he hecho lo que creía mejor, como mi madre. No me arrepiento. Pero tú eres un pusilánime, Javi: ni siquiera sabes discutir. Si chasqueo los dedos, corres a satisfacerme. Y tú te lo tragas todo, porque crees en eso del amor, que todo lo perdona. Y LO VAS A PERDONAR. Porque ¿qué otra mujer va a mirar a uno como tú, con tu calvicie, y tus sueldos de maestro? Ni una.

Gritó, sin importarle lo finas que eran las paredes.

Javier apretó los puños. Quiso golpear la mesa, pero no lo hizo. Solo salió, cerrando la puerta de un portazo. Un blando.

Aguantaron juntos apenas tres meses más. Javier pasaba más y más tiempo fuera de casa, llegaba borracho, encendía la tele a todo volumen.

Pero ¡estás tonto! ¡Apaga eso! le gritaba Carmen, recibiendo solo una mirada de desprecio por respuesta.

Javier le perdonó muchas cosas: los caprichos, el menosprecio, los desprecios a la memoria de su abuela ella había tirado hasta los cuadros al óleo. Tonterías, podía vivir con ello, porque amaba a Carmen…

Pero aquella traición era insalvable.

En abril, Javier solicitó el divorcio y le pidió a Carmen que se marchara.

¿De verdad te vas a quedar anclado por aquello? preguntaba ella, desesperada. Ya está, ¡pasa página! Si quieres, volveré a quedarme embarazada, tendré un hijo… Javier, ¿adónde voy yo ahora? ¿A casa de mi madre? Me devora, siempre dijo que eras mayor para mí, que acabaría así

Déjalo ya, Carmen. Nos divorciamos. No puedo seguir, me has traicionado. Márchate pronto. Haz lo que quieras, me da igual lo que digan tus amigas, tu madre, tus colegas. Me da absolutamente igual remató Javier, levantando la voz. Me voy de viaje de trabajo. Cuando vuelva, quiero mi piso vacío. Márchate mientras aún me controlo, Carmen.

Los nudillos se le encendieron de rabia, Carmen recogió sus cosas asustada.

Javier la maldijo en silencio, como nunca había hecho. Decían que Carmen se fue de Madrid, a algún pueblo en Cuenca, peleada con su madre.

A él le daba igual. Le había traicionado.

…Marina apareció un día, inesperadamente.

Estoy ocupado, no tengo tiempo espetó Javier, a punto de colgar, pero ella insistió.

Si prefieres, voy yo a verte, pero tenemos que hablar, dijo con gravedad.

…Se sentaron en un restaurante japonés cerca de la oficina.

¿Comes esto? preguntó Marina, señalando la carta de sushi. Yo nunca lo he probado, me da cosa.

Ven al grano, tengo prisa atajó Javier.

Vale. Carmen está embarazada, lo supo después del divorcio. Y está en el hospital. No es fácil, los médicos tampoco son optimistas. Javier, deberías ir a verla. Sé que te ha hecho daño, lo entiendo, pero es tu hijo también; tú querías uno Puede que ahora sea el momento de dejar el pasado y volver a intentarlo. Ella no levanta cabeza, no me escucha, me rechaza…

Lo siento, Marina. Ya no quiero nada con Carmen. Ni sé si ese hijo es mío; quién sabe con cuántos ha jugado a la vida. Además, no quiero líos ni hijos enfermos. Mi nueva pareja dice que me dará hijos sanos y fuertes…

Carmen se equivocó, sí, y traicionó, pero ahora necesita tu apoyo. Y tú abandonas. No la traicionas a ella, sino al niño replicó Marina, tirando el billete que Javier había dejado, pagando su café aparte. Quizás mejor así, que críe sola a su hija. Eres un cobarde, Javier, un terco. Arruiné vuestra vida pero, dime, ¿de verdad eso era amor?

Javier apretó los dientes, quería responder pero Marina ya se había ido…

…Carmen dio a luz a una niña, frágil, prematura y calvita, llena de manchitas rojas, pero encantadora. En ese instante, cuando madre e hija se miraron por vez primera, Carmen supo que algo había cambiado para siempre. La llamó Lucía. En el registro, en padre, dejó en blanco.

Decían que Javier terminó casándose con aquella enfermera Ana, tan dura y segura de sí misma, con quien vivía ahora como un recluta en el cuartel. Pero que le fuera bien. Carmen saldría adelante sola. Por Lucía.

Carmen cambió, tal vez maduró de golpe. Tumbada en la maternidad, escuchando historias de las demás, oyendo a las mujeres reír y llorar, aprendió a apretar los dientes y convencerse de que todo saldría bien…

Te quiero, Lucía, ¿me oyes? Eres mi niña preciosa susurra Carmen, acunándola.

Les espera una vida larga. Mejor que permita que sea luminosa y dulce, como la sonrisa de Lucía, y que los errores queden atrás, perdonados, porque solo así es más fácil vivir.

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