Diario personal de Soledad Jiménez
Hoy me he despertado con el cuerpo dolorido, como de costumbre. Me cuesta darme la vuelta en la cama, y las piernas me pesan. Últimamente, los dolores de las articulaciones no me dejan tranquila, y los médicos ya no me traen consuelo. Estoy agotada de ir de consulta en consulta, de tomarme las pastillas, de no notar mejoría apenas.
Vivo sola. Nunca me casé, y mi hijo nació hace mucho, fruto de aquel amor de juventud que nunca llegó a nada más. Hoy, mientras andaba a trompicones por el pasillo, he oído el timbre. He tardado en llegar, pero al abrir la puerta casi no daba crédito.
Allí estaban mi hijo, Guillermo, y mi nuera, Carmen, con mi nieto pequeño de cuatro años, Miguelito. El niño, siempre tan despierto, apretaba fuerte una pequeña ambulancia de juguete. Al lado, plantado como un pino, un perrazo que ocupaba casi media entrada.
Mamá, venimos de paso. Nos tenemos que marchar de nuevo, pero Miguel y Albóndiga se quedan contigo. En unos cinco días volvemos y los recogemos, ¿vale? me dice Guillermo, apresurado.
Pero Estoy enferma, ni siquiera salgo a la calle. No sé si voy a poder… fue lo único que pude balbucear, apoyándome en el marco.
No nos queda otra, de verdad. Es que nos es imposible llevarnos al niño y al perro ocho horas hasta Salamanca. Además, la madre de Carmen… Ya no está. La voz de mi nuera se quebró y rompió a llorar.
El pequeño Miguel sollozaba a la vez. Incluso Albóndiga, el perro, soltó un suspiro resignado. En ese momento sentí que tenía que hacer algo. Aunque me dolía el alma, entendí que sólo yo podía ayudarles.
Hace medio año llegó la enfermedad.
Sólo tengo sesenta años, pero en este barrio es habitual ver a muchos mayores con bastón. La salud nunca avisa cuándo se marcha. Y me enfrentaba no solo a la mía, sino al vacío que deja la marcha inesperada de alguien querido, como la madre de Carmen, con la que tantas charlas tuve tomando café. Era más joven que yo, pero se fue antes.
Guillermo y Carmen ya se marcharon. Ahora solo quedábamos nosotros: yo, el peque y ese perro tremendo.
Miguelito abrazaba al mastín, que le respondía relamiéndole la oreja. Yo los miraba, intentando imaginarme cómo iba a cuidar de ambos sola.
Miguelito ¿Ese perro muerde? ¿Por qué es tan enorme? Podríais haber elegido un caniche, ¡digo yo! ¿Esto qué es? pregunté, sin saber muy bien qué hacer.
Es un bulldog inglés, abuela. Se llama Albóndiga. Es muy bueno el niño lo acariciaba, convencido.
¿Y hay que sacarlo a la calle? pregunté, llevándome la mano al pecho.
Salvo gatos (que hace años ya no tengo), nunca he cuidado de otro ser vivo. No tengo experiencia en perros.
Se me hacía un nudo al recordar a la madre de Carmen. Pero estaba claro que, pese a mis achaques, tenía que hacerme cargo del niño travieso y del perro gigante.
Hay que alimentarlo, y sale a la calle todos los días. Le gusta arroz con carne me explicó Miguelito con aplomo, calzándose las botas. ¡Vamos abuela, que ya es hora del paseo!
No recuerdo ni cómo salí a la calle. El niño me puso la correa en la mano y me llevó él a mí. No pisaba la acera desde hacía semanas, pero allí íbamos los tres. Yo, medio renqueando, casi llorando del dolor y de la responsabilidad. En mi fuero interno rezaba: Dios mío, dame fuerzas…. No quedan más manos que las mías. Solo yo para cuidar al niño y al perro.
Durante el paseo, Albóndiga no tiró de la correa ni ladró a ningún perro. Caminaba a mi lado, formalísimo. Casi me sentí orgullosa cuando cruzamos delante del portal, donde esperaban las vecinas sacando punta a las últimas novedades.
¿Te han traído visita o qué? ¡Si decías que estabas enferma! A ver cómo te apañas tú con el crío y ese perrazo. Vas a terminar peor, mujer, de verdad. Niño, ¿a qué vienes con tu abuela enferma? Tus padres se habrán ido de vacaciones, ¡qué descaro! exclamó Zenaida, la del quinto, a voz en grito.
Sentí la mano de Miguelito apretarse aún más. Hasta Albóndiga movió la cabeza con desaprobación.
¡Silencio, comadres! A vosotras ni nietos os traen, y ahora os da envidia. Fui yo quien pidió a Miguelito que me lo trajese, sólo para pasear un poco. Y el perro es de competición, ¡campeón de exposiciones! Y mis hijos no están de vacaciones, han ido a despedirse de la suegra, pero claro, a vosotras os encanta hablar solté sin pensar, y tiré calle abajo, olvidando el dolor.
No les hagas caso, Miguel. ¡Tu abuela está feliz de estar contigo! le dije, abrazándole cuando entramos en el ascensor.
Abuela ¿Tú no te irás al cielo como la abuela Lourdes, verdad? Papá y mamá me dijeron que va a vivir allí ahora. Ya está también el abuelo allí, y si tú entonces sólo me quedas tú, abuela. ¿No te irás, verdad? el niño, aferrado a mis piernas, sollozó con una tristeza que me partió el alma.
No digas tonterías, mi niño. Todavía te vas a hartar de abuela, ya lo verás. Te voy a acompañar al cole, al instituto, a todo; me quedaré contigo siempre, Miguel. Prometido le susurré, apretándole fuerte.
Esa noche preparé la cena como pude. Bajé al mercado. Y a pesar del dolor, salí otra vez con el perro. Albóndiga seguía caminando en silencio, compañero leal.
Mientras ambos dormían, fui a tomarme los medicamentos. Me dolía tanto el cuerpo que parecía que había estado cavando zanjas. En mi cabeza solo pensaba en las lágrimas de mi nieto, en el miedo a quedarse solo.
Señor, ayúdame, por favor. Déjame aguantar un poco más. Por el niño, no por mí susurré.
Al día siguiente jugamos juntos a los coches en el suelo, cosa que no hacía desde hace años. Cocinamos arroz y luego bañamos al perro, que parecía encantado en cada charco.
Hasta acabé dándole un beso a Albóndiga. “¿En qué momento pensé que era fiero? ¡Si es un pedazo de pan! ¡Menudo perro maravilloso!”, me sorprendí.
Miguelito, ¿por qué le llamáis Albóndiga? quise saber.
El niño se echó a reír.
Abuela, le encantan las albóndigas. Además, su nombre de verdad es muy difícil, pero así nos hace gracia a todos me explicó.
Los días volaron. Le conté cuentos, y él me enseñó a ver historias en la tableta. Repasamos vocales y aprendió palabras nuevas. Albóndiga adoraba tumbarse en el sillón y mendigaba trozos de queso o un poco de helado.
Un día llamó Guillermo.
Mamá, ¿estáis bien? Perdonad que os dejáramos así, pero no había alternativa. No sé cómo lo haces, con lo mal que estás decía preocupado.
No digas tonterías, hijo. Me arreglo perfectamente, soy tu madre. Quédate el tiempo que haga falta. Y cuida a Carmen, que ahora lo necesita. Yo me espabilo, siempre hay solución. A nuestra edad no hay que rendirse le respondí, sintiéndome valiente de repente.
Cuando finalmente volvieron, Guillermo y Carmen no daban crédito. Por la plaza, trotaba yo detrás del balón como si tuviera veinte años, con Miguel y Albóndiga a mi estela. Me sentí viva, como hacía años que no me sentía.
Y luego, cuando tocó la despedida, el niño se aferró a mí y lloró.
Miguelito, cariño, en dos semanas voy contigo. Iremos a la chocolatería, ¡y nos subimos a los caballitos! Voy a ir, pese a todo. ¡Te lo prometo! le dije, cogiéndolo en brazos sin esfuerzo.
Mamá, ¡que te vas a destrozar la espalda! protestó Guillermo.
¡Déjate de tonterías! ¡Todo irá bien! ¡Adiós, Albóndiga, hasta pronto! le lancé un guiño al perro, que ya me lamía la mano.
Si alguna vez me he sentido curada, fue gracias a mi nieto y a ese perro. El dolor sigue, claro. Pero ahora ni me permito lamentarme. No siempre son medicamentos o médicos quienes obran el milagro, sino el amor. Pensé mucho: ¿cómo estarían sin mí el niño y el perro, si yo me echo a la cama? Así que me levanté, y caminé, y cada día me siento más viva.
Porque tengo motivos para vivir. Así que, aunque duela o parezca imposible, hay que levantarse, caminar. Por esas manitas pequeñas que se fían de ti, porque no hay nada más hermoso. Por los hijos, por los nietos, por tus animales queridos.
Pídele fuerzas a Dios y tira adelante, que no hay pruebas que el alma no pueda superar. Incluso en los momentos más difíciles, el cuerpo y el corazón sacan fuerzas de donde no las imaginabas.
Disfruta cada día, valora la vida y todo lo bueno que aún puede traer, como aconsejo a quien quiera escuchar.
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