— ¿Pero por qué me gritas tú a mí? — protestó el hombre. — ¡Yo cuido y alimento a tu mujer, y eres tú quien me levanta la voz! ¡Esto sí que es increíble! Estuvieron chillándose el uno al otro durante media hora, hasta que el pájaro se quedó afónico y el hombre agotado…

¿Pero tú por qué me gritas así? protesté, bastante molesto. ¡Estoy aquí curando y dando de comer a tu compañera, y me vienes tú a levantar la voz encima! ¡Esto es lo que me quedaba por ver! Así estuvimos ambos, el cuervo y yo, pegando voces uno al otro durante casi media hora, hasta que el animal se quedó ronco y yo, agotado…

Volvía a casa después de mi turno de mañana en la fábrica. Ya era viernes y ya sólo el hecho de saber que me aguardaba el fin de semana me levantaba el ánimo. Aunque, la ilusión no era sólo por el descanso. El sábado por la noche tenía una cita largamente esperada con una mujer que había conocido en internet.

Habíamos estado charlando durante un mes: contándonos detalles del trabajo, hablando sobre nuestras aficiones, compartiendo pensamientos sobre la vida. Lo típico cuando empiezas a conocer a alguien así. Por fin, habíamos concretado un encuentro. Solo me faltaba llamar a una tasca acogedora de Lavapiés, reservar mesa y elegir qué me iba a poner para la ocasión.

Sumido en esos pensamientos, ya casi estaba en casael clásico bloque de pisos donde ocupaba una pequeña vivienda en la cuarta planta. No me quedaban ni cincuenta metros hasta el portal. Parecía que, con un paso más, la vida podría haber tomado un rumbo diferente, pero…

Ay, ese interminable pero.

Justo delante del portal, desde un árbol al que jamás había prestado atención, cayó de golpe una corneja a mis pies. El animal forcejeaba desesperadamente, graznaba con rabia, y en las ramas por encima de mi cabeza se agitaba una bandada entera, cada vez más escandalosa, como si hubiera ocurrido una tragedia.

Lo que me faltaba murmuré para mí.

La corneja trataba de alzarse sin conseguirlo, cayendo una y otra vez. Me fijé en que tenía una pata claramente rota.

¿Y ahora qué hago contigo? me pregunté en voz alta.

No fui capaz de dejarla allí tirada. Quitándome la cazadora, la cubrí con cuidado para que no se me escapara, la recogí y eché a andar hacia el portal. Detrás de mí, la bandada seguía armando escándalo, casi con desesperación.

En casa coloqué a la corneja con cuidado, intentando ver el hueso roto, y de inmediato me asestó un buen picotazo en el dedo.

¡Por Dios! maldije, y, costándome lo mío, le até el pico con una gasa.

Las llamadas a clínicas veterinarias no sirvieron de nada: de pájaros allí no se ocupaban. Los conocidos tampoco podían ayudarme. Y entonces se me ocurrió: si soy buen mecánico ¿por qué no intentar yo algo?

Para empezar, acomodé a la corneja en una caja baja forrada con toallas mullidas y la coloqué en la ventana. Y, sin pensarlo, le puse de nombre: Clara.

Pasé un par de horas fabricando una férula: cogí el cuchillo, dos maderas pequeñas, vacié una ranura, uní las piezas y lo sujeté todo con cinta aislante. Cuando terminé, le quité la atadura del pico.

Clara intentó picarme de nuevo.

Tranquila, tranquila le susurré. Si yo solo quiero ayudar. Pero así no vamos a llegar lejos aún hay que darte de comer y beber.

Buscando en internet confirmé que me tocaban dos destinos: una tienda de pesca y una farmacia. Allí compré gusanos y lombrices en el primer sitio, pinzas y jeringuilla en el segundo. De regreso a casa, empecé el proceso de alimentación.

Me veía obligado a abrirle el pico y, con delicadeza, meterle la comida a la fuerza. El agua tenía que dársela con la jeringuilla. La corneja se revolvía, lanzaba sus graznidos, intentaba picotearme. Yo, resignado, seguía a lo mío.

Al final, nos agotamos ambos. Clara, después de llenarse el buche y luchar con el dolor, finalmente se calmó y se durmió. Yo tampoco tardé en irme a la cama.

A la mañana siguiente, el ritual se repetía: darle de comer, soportar sus protestas, resistirnos los dos. Y de pronto, noté que fuera, en el alféizar, se posaba un cuervo grandeclaramente machoobservando la escena con mucha atención.

Sin saber muy bien por qué, abrí la ventana.

¿Tú eres el compañero de Clara? Pasa, venga. Mira con tus propios ojos. Sólo quiero ayudarla.

El cuervo me escuchaba atento, ladeando la cabeza y mirando de reojo a su pareja tendida en la caja. Luego, titubeando, entró y se acercó más.

Clara chilló bajito. El cuervo me miró, desplegó las alas y soltó un graznido descomunal.

¡Pero bueno, no me grites tanto! le respondí. Que estoy cuidando a tu compañera, le doy de comer, ¡y encima me montas este pollo! ¿Qué te parece?

Y estuvimos así, cuervo y yo, media hora larga, los dos alzando la voz hasta quedar reventados.

Entonces, sin decir palabra, arrimé dos cajitasuna con lombrices, otra con gusanoshacia el cuervo. Sin más explicaciones ni rodeos.

El animal examinó el manjar, como evaluando la calidad, y, satisfecho, empezó a comer.

¡Ah, así que era esto! solté, sonriendo. Ahora entiendo, yo aquí dejándome los euros en tu banquete

Saciado, el cuervo fue junto a Clara y con increíble delicadeza le acomodó las plumas con el pico.

Qué barbaridad musité, tocado por la imagen. Así da gusto ver: cariños familiares. No te preocupes, sacaré a tu Clara adelante. Sólo convéncela de que no me muerda tanto y coma con ganas.

Aquella noche el cuervo se fue, pero por la mañana volvió. Golpeó el cristal con el pico, esperó a que le abriera, revisó a Clara y desayunó tranquilo.

Buenos días le saludé, y me sorprendí pensando que, poco a poco, nos íbamos entendiendo.

Mientras yo alimentaba a Clara y trataba de que no picara, su compañero observaba el proceso en silencio.

Y de repente noté que me recorría una angustia.

Madre mía gemí, llevándome la mano a la cabeza. ¡La cita! No he llamado, no he reservado nada

Agarré el móvil y marqué.

Disculpa balbuceé, y le conté honestamente todo lo que me había pasado y por qué no había hecho la reserva.

¿O sea, que una corneja cualquiera te importa más que nuestra cita? me cortó, herida.

¡No! No es eso No lo entiendes. Esto también es importante, no podía dejarla ahí tirada

Pues anda, ¡quédate con tu corneja! me espetó, y colgó.

Pues ya está suspiré, mirando al cuervo. La cita se acabó antes de empezar.

En ese momento, el cuervo se plantó en la mesa delante de mí. Se irguió, desplegó las alas y anduvo de un lado a otro, muy digno, como dándome ánimos.

No pude evitar reírme:

No sé si habrás entendido nada de lo que he dicho, pero se agradece el apoyo, amigo mío. ¿Qué pasa, que no hay que venirse abajo? ¿Que mejor tirar para adelante?

En ese justo instante sonó el timbre. En la puerta, la vecina del quintouna mujer amable que siempre me saludaba en el ascensoresperaba algo inquieta.

Perdona empezó, algo cortada, pero llevan días rondando los cuervos tus ventanas. ¿Pasa algo? ¿Estás bien?

Es difícil de explicar dudé. Mejor pasa y lo ves tú misma.

Entró y se quedó clavada, boquiabierta.

¡Pero bueno! ¿Estás salvando a una corneja?

Clara puntualicé.

Pues el cuervo que viene será Carlos bromeó, y su risa fue tan clara y alegre que me hizo recordar cuánto tiempo hacía que no escuchaba nada tan bonito. La miré y pensé que, a la porra la cita perdida.

Carlos sacudió las alas, paseó presumido por la mesa y la vecina volvió a reír.

Desde entonces todo fue mucho más fácil. El cuervo, Carlos, enseguida le cogió cariño a mi vecina: cada vez que ella aparecía, él se ponía muy coqueto y se arrimaba lo máximo posible, y ella, risueña y un poco colorada, aceptaba el cortejo. Clara entendió también que nadie quería hacerle daño, dejó de pelear y empezó a comer por sí misma. La mejoría fue más rápida. Yo incluso le di a mi vecina una copia de la llave, y cuando yo no estaba, venía ella a cuidar del animal.

Cada vez me gustaba más. Justo cuando estaba animándome a invitarla a salir, ocurrió otra cosa.

Era tarde, venía de la segunda tanda en el trabajo. Aquel día, durante el descanso, me había escapado a Gran Vía para comprarle a la vecina un detalle: una cadenita de plata con un pequeño corazón rojo.

Caminaba sonriendo, pensando cómo dársela, cuando, al pasar bajo una farola, dos figuras surgieron de entre las sombras.

Suelta la cartera, el móvil y el reloj ordenó uno, mostrando una navaja. Y la chaqueta, venga remató el otro.

Ni tiempo me dio a asustarme.

Una nube negra descendió de repente. Gritos: de pánico, de dolor, de auténtico miedo. Decenas de aves cayendo picotazo tras picotazo sobre los dos. La bandada de cuervos atacó a los ladrones.

Corrí a casa, y, a la mañana siguiente

En la puerta estaba mi vecina, pálida de nervios.

¡Madre de Dios! exclamó, abrazándome. Estás bien temí que te hubieran atacado.

¿Qué ha pasado? le pregunté, acariciando su pelo.

Esta noche, una bandada de cuervos atacó a dos tipos por aquí cerca. Están en el hospital. Dicen que casi los matan a picotazos.

Yo sonreí y recordé:

Vaya, tenía un regalo para ti.

Ay, no hacía falta dijo, tímida.

Al enseñarle la cadenita de plata, se le iluminó la cara y me plantó un beso en la mejilla.

Es preciosa. Gracias dijo, estirando la mano, pero…

Ese maldito pero.

Carlos cruzó la habitación como un rayo negro y, ágil como siempre, atrapó la cadenita, depositándola junto a Clara, ya casi recuperada.

Nos echamos a reír.

Ya te compraré otra prometí.

Carlos desplegó las alas, se irguió con orgullo y soltó un Craaac, craaac triunfal. Clara cogió la cadena con delicadeza y la escondió en su caja.

Y nosotros, la vecina y yo, nos besamos allí mismo, en el umbral de casa.

¿Y qué más da?

Al fin y al cabo, era cosa de familiaLos cuervos desde fuera batieron sus alas como si aplaudieran el momento, celebrando por fin la paz en aquel pequeño hogar tan extraño y, a la vez, tan suyo. Desde entonces, la ventana siempre quedó un poco entornada, dejando pasar la brisa y las visitas de Clara y Carlos, que seguían entrando y saliendo como si fueran los auténticos guardianes del lugar.

Las noches se llenaron de susurros y risas, de confidencias a media voz y de paseos con el corazón ligero bajo el mismo árbol donde todo comenzó. Mi vecina y yo compartimos desayunos con migas de pan y tardes en que los cuervos nos acompañaban a picotazos suaves en la barandilla, como si bendijeran cada instante compartido.

Cuando Clara por fin sanó del todo, llegó el día en que, junto a Carlos, extendió las alas en el alféizar, nos miró por última vez y se fue con un elegante batir de plumas. No sentimos tristeza: supimos, sin palabras, que seguirían volviendo siempre que los necesitáramos. El lazo estaba hecho: eran aves, sí, pero también parte de nuestra historia, una que no se olvida.

Y así la vida, en aquel rincón del mundo, se volvió ligeramente mágica; supimos que, a veces, basta rescatar a un ser herido para encontrar una bandada de pequeños milagros. Y que nunca hay que subestimar el poder de un pero, ni el de una simple apertura de ventana.

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