Quasimodo: El misterioso campanero de Notre Dame

Era un verdadero Quasimodo, ese Eugenio Víctor Echevarría. De verdad, lo juro. Así lo definió Clara, asegurando que el nuevo responsable de mantenimiento era un esperpento.

La cara marcada de viruelas, la nariz rota y achatada, así, con jorobaexplicó mientras se tapaba su propia naricita perfecta con un pellizco de los dedos, y las demás contuvieron la respiración. ¡Enseguida se ve que viene de líos! Seguro que en los noventa era un matón, liando broncas por ahí, y ahora, con los años encima, ha acabado aquí, en nuestro almacén. Anda todo encorvado, siempre sujetándose la mano izquierda, no sé si la tiene seca o qué, se tambalea al andar… Y cuando firmó la recogida en el registro, me quedé a punto de desmayarme.

Las niñas, porque así se llamaban aunque superaban con creces los sesenta y hacía décadas que se despidieron de su juventud y de las siluetas de antaño, estiraron el cuello y abrieron aún más los ojos. El silencio expectante olía a confidencia.

¿Qué pasó? ¡Vamos, dilo ya, Clara! susurró por fin Asunción Martínez.

¡No tiene un dedo en la mano! exclamó Clara en un grito ahogado. ¡Eso lo hacían los mafiosos! Cuando los pillaban robando, ¡zas! Clara se dio un golpecito teatral en la mano derecha, señalando el lugar donde a Eugenio le faltaba el dedo.

Las mujeres, cada cual más redonda y con el bolso apretado bien cerca, suspiraron al unísono. Carmen se llevó la mano al pecho.

¡Santo cielo! ¿Y para qué tenemos a ese hombre aquí? ¡Da miedo! resopló Teresa Aguado, palpando el monedero dentro de la bolsa. Yo estoy sola, como todas vosotras, en fin…

En Villalba escaseaban los hombres y los que quedaban eran borrachos y camorristas, todos pillados ya y absorbidos por alguna familia. No había hombres para todas, así que muchas seguían solteras y otras venían de divorcio reciente, con su cuota de escándalo pero sin perder nunca el interés por el sexo opuesto

¿Y a qué temer ahora, mujer? Anda ya, ¡el peligro pasó! intentó aparentar valentía Clara. Ese ya cumplió sus batallas. No me extrañaría que el buen señor Eugenio Víctor está bajo la lupa de la Policía.

¿Y cómo lo han dejado trabajar aquí en el almacén entonces? Anda, Clara, no inventes. ¡Yo conozco a la gente nada más verlos! terció, erguida y diminuta, Margarita Gallego. Con sólo mirar a los ojos, lo sabré.

¡Pues baja al almacén! No sé, aunque sea para buscar chinchetas. Pronto habrá que colgar el cartel del Día del Trabajador y no tenemos ni una.

El cartel, pintado con gouache y extendido sobre la mesa del despacho de Clara, recogía palomas blancas de su autoría, banderas rojas de Margarita y una muralla, la de Segovia, esquematizada por Teresa, la artista frustrada.

¿Para qué movernos? Llamemos y que lo traiga él mismo. No vamos a estar correteando por los sótanos Margarita frunció el ceño y levantó el auricular del teléfono viejo, ahora de un amarillo sucio e indescifrable.

¿Almacén? ¿Esto es el almacén? preguntó dándole fuerza al acento castellano y al final de la palabra. ¿Se escucha? ¡Almacén digo!

Hubo interferencias, asintió y alzó la voz. ¡Chinchetas! Necesitamos chinchetas en la sección cuatro. ¿Qué? ¿Que vayamos nosotras? ¿Y usted qué se ha creído? Mire, caballero, ¡usted es un impertinente y un incompetente! ¿Echevarría, verdad? Pues le va a caer una buena. ¡Eso! ¡Hasta nunca!

Colgó de golpe, afilándosele aún más la nariz, los ojos zorros y diminutos.

Bueno… Está bien. ¡Luz!, Luz María, que eres la más joven, deja ya el ordenador, que luego terminas el informe. Vamos al almacén a por las chinchetas llamó al despacho contiguo, donde la buena de Luz se peleaba con una máquina de escribir, los dedos tan hinchados que apenas atinaban. Todo le costaba, tenía el huerto hecho un desastre, el cerezo enfermo y más tareas que ganas de salir

Luz sacó una caja del cajón.

Margarita, aquí aún hay bastantes. Mejor acabo el informe, ¿no?

¡No, son pocas! ¡Hace falta más! ¡Vamos! Margarita se abalanzó hacia la puerta, pero antes de salir sonó el teléfono rojo de la dirección. Tomó la llamada, se despidió breve y anunció con pesar: Nada, luz verde cancelada, voy a una reunión. Pero ve tú, Luz. Que vean que no pedimos por capricho. ¡Y que al volver esté el cartel colgado en el pasillo, junto a los retratos!

Las mujeres desfilaron por el despacho, murmurando como un reguero de agua. Luz bajó las escaleras, enderezando el poto en su maceta, y cerrando una ventana por la que se colaba el aire frío de la sierra. Paró ante el espejo, arreglándose el cuello del abrigo.

Luz hacía tiempo que no era, como decía su vecina, de primera floración.

Aún no estás mustia, atraes zánganos, pero tampoco eres una rosa de mayo. María, la vecina, reía comparando a los hombres con abejorros. Todos los buenos se fueron, hija, ¡hay que conformarse!

Pero Luz, ajena a consejos, simplemente vivía y soñaba, viendo telenovelas, llorando por amor, y después acurrucando a su gato Peluso en el regazo, contándole sus planes estivales.

Pelusiño, todo irá bien, ¿a que sí? susurraba al oído del gato, que la miraba como sabiendo de qué hablaba. En cuanto me den las vacaciones, nos vamos al pueblo de la tía Lola. Tú al sol en el porche, y yo a recoger fresas.

En uno de esos veranos trajo a Peluso, peludo y maltrecho, envuelto en una cesta. Lo curó, lo domó, y ahora el gato era compañero leal, ronroneando cada vez que Luz volvía derrotada.

Cuando bajó al sótano, con los tacones resonando, se estremeció; el frío allí era punzante, las paredes grises con zócalos granates, saturadas de marcos nuevos y puertas, preparándose ya para la reforma de verano.

Luz esquivó montones de madera, pero se enganchó la manga, quedando colgando la hebra suelta de lana.

¡Perdón! ¿Hay alguien? ¡Vengo por chinchetas!

Al principio nada. Después, una puerta chirrió en la distancia.

¡Por aquí! Pase, con cuidado.

Estoy aquí. No puedo pasar, temo romperme la ropa. ¡Menuda barricada han montado!

Espere ahí, voy para allá.

Unos ruidos lejanos, golpes, un improperio, un disculpa, y apareció aquel hombre con bata azul, caminando torcido, la cara medio escondida. Luz, picada por la descripción de Clara, ansiaba verle.

El hombre avanzaba, bajo, robusto, coronado como rodeado de un halo. Luz creyó, por un momento, ver bajar a un ángel, aunque un tanto ajado.

Ella tosió, retrocedió un paso. Él le extendió una caja de chinchetas.

Aquí tiene. Asigne a su departamento. Un momento sacó un cuaderno del bolsillo de la bata, lo apoyó en la pared. Firme aquí, por favor.

Luz puso los ojos en blanco.

¿Por esta caja destartalada, que se va a caer entera? refunfuñó, aunque luego se arrepintió, pareciéndose a Margarita. Bueno, pero no tengo bolígrafo.

Él le pasó un viejo lápiz azul y Luz vio la mano mutilada, sin dedo.

Quizá se le notó demasiado la sorpresa, porque Echevarría suspiró nervioso, escondió la mano, rescató el cuaderno y se marchó.

Perdón, no quería… balbuceó Luz. Pero Eugenio ya estaba lejos.

Cuando volvió y dejó la caja en la mesa, las mujeres no la dejaron hablar. Gritaban, interrumpiéndose, solo querían comentar lo dicho antes por Margarita.

¡Por supuesto que es horrible! ¡Luz, qué cara traes! ¡Pa’qué has ido! decían desde todas partes.

De veras, da miedo asintió Luz, sorbiendo una taza de té frío que le pasó Teresa. Traté de no mirarle a la cara, pero vi la mano y ¡Me latía el corazón como un tambor! Salí huyendo como si me persiguiera el diablo. Mejor no acercarse ¡Y cómo huele! A sudor. Y esa barba, esas manos, enormes y peludas Y las uñas, qué horror, ni mi pobre abuelo las tenía así

Cundió el miedo, luego cada una volvió a lo suyo: caramelos, cajones, cajitas, mientras la jornada seguía su curso.

Se marcharon, como siempre, a las seis. Margarita no volvió, llamó, iría directa a casa, y recordó lo del cartel.

Luz lo colgó sola. El cartel se le caía, las chinchetas rodaban, y ella resoplaba, saltaba, el cartel no quedaba recto. De repente, alguien la sujetó casi por la cintura, le apoyó la frente en la coronilla; en un instante ya estaba delante, sujetando el cartel.

Déjelo, yo lo pego. ¿Chinchetas? Aquí hay que usar cinta. gruñó Eugenio, aspirando el aire con desconfianza, según Luz. Le vio el bocado a una manzana en el bolsillo. A ella también le gustaban esas manzanas verdes, crujientes, jugosas.

Aquí tiene le ofreció un trozo de cinta. Ella, obediente, pegó el cartel.

La pancarta lució en el pasillo, bajo la luz de las farolas. Echevarría apagó las luces de los pasillos, tintineando el manojo de llaves.

Luz ya recogía su chaqueta, el bolso al hombro.

¡Gracias! ¡Hasta luego! dijo ella. Él se volvió y sonrió.

El Quasimodo del sótano era tema de morbo y habladurías, como el herrero gruñón al que los niños del pueblo iban a espiar entre risitas.

A él, le daba igual. Pronto hizo una ronda de inventario, puso firmes a todos aquellos que descuidaban el material, y aunque no faltaba al respeto, podía soltar tal reprimenda que las charlatanas acallaban sus risitas, guardaban bombones y se tragaban el pan; su reprimenda era tanto dolorosa como cómica.

¡¿Pero qué hacen todas agolpadas aquí en la cocina como ratones en invierno?! gritaba. La instalación eléctrica echa chispas y ustedes jugando aquí. Esto no es Vallecas, ¡y ustedes no son un bodegón para merendar!

Las mujeres resoplaban y cuchicheaban: que si aprendió a gritar así en la cárcel, que si es imposible tratar con él, que si es el colmo de la fealdad. Y todas, en el fondo, temían a Echevarría. Con hombres así, ¿a quién le quedan ganas de casarse?

Margarita lideraba las protestas, siempre quejosa, señalándole defectos y reclamando. Era la distracción colectiva. Luego, en casa, cada una suspiraba recordando cómo el responsable la miróno a las demás, ¡a ella! Las otras eran matronas, malhumoradas; pero ella, sea Pili, María, Adela

La vida seguía, hasta que Luz consiguió dos plazas para un balneario una semana.

¿Con quién vas, Luz? preguntaba Margarita sin dejarla en paz. ¿Antes no te dolía nada, y ahora balneario?

Con una tía mía, sufre de las piernas, voy para ayudarla mintió. Tía Lola está pachucha. Por cierto, ¿cómo era aquel balneario en Segovia?

De lo más corriente respondía la superiora. Pero para tu tía, vale.

Y así las cosas, pasó un tiempo con Echevarría relegado al almacén, ya asimilado por todos, y la rutina tranquilizó los ánimos. Las novelas de la tele volvieron a adueñarse de las conversaciones. Luz hablaba peor que antes de Eugenio, siempre de mal humor.

Ay, hija, no hay quien mejore a los hombres se lamentaba Margarita.

Todo volvió a su cauce, hasta que, antes de Navidad, ocurrió lo impensable: Asunción llegó ahogada de la emoción. ¡Echevarría se había marchado! Así, sin ruido. Y además, se fue contento y sonriente.

Seguro que había robado y se largó afirmó Teresa, contando pesetas en el monedero.

¡Yo le vi llevarse un ficus por la puerta! reveló Asunción, recolocando el escote. ¿Para qué robar una planta? Luz, ¿tú sabes?

Es así. Mirad, mejor sin él concluyó Luz. Prefiero mil veces a un anciano amable. ¡Este era un engendro! ¿No creéis?

Todas asintieron; muy bien, ¡a ver si viene otro menos feo!

Al final de febrero, Luz también se marchó.

¿Cómo, Luz? protestó Margarita. Si te molestaba algo, dime y yo arreglo.

Motivos personales dijo, resplandeciente.

Poco después, la vieron por el centro de Madrid, junto a una librería habitual. Iba del brazo de un hombre: reían juntos.

¡Mirad! señaló Asunción; las demás se agolparon tras ella, casi cayendo. ¿Quién es ese? ¡Si es guapo! Bajo, pero qué presencia. ¡Comandante parece! ¿Y cómo se agarra a él? ¡Vaya descaro!

¡Es nuestro Quasimodo! Luz, ¿tú lo has hecho? ¡Si decías que era un monstruo!

Echevarría, aseado, boina y gabardina, con camisa fresca, traía pantalón y zapatos relucientes. Ojeaba crucigramas en el escaparate.

Buenos días saludó a las damas. Un placer verlas, están radiantes.

Cerraron el gesto.

Luz sacó el cuello del jersey de encaje, acarició a Eugenio el hombro y, suspirando, fue hasta sus excompañeras.

Lo siento, chicas. No estaba del lado de nadie, solo del mío. ¿Hasta cuándo vamos a desperdiciar la vida? De cualquiera se puede hacer un hombre decente. Basta cariño y un poco de cuidado, amor… Eugenio es apañadísimo, cuenta unos chistes en casa es un cielo. Se queda con los crucigramasy yo ahí, a su lado. ¡Y cómo toca la guitarra! En la boda de tía Lola fue el rey de la fiesta, aunque le falte un dedo. Es el mejor, ¿entendéis? ¡Estoy tan feliz! No os molestéis, de corazón. Vosotras sois guapas y divertidas, merecéis un príncipe, pero para mí, Eugenio es el mejor. Perdón, nos vamos, que hoy es el cumpleaños de su madre y vamos a comprarle un libro de aventuras, que le encantan. Tenemos viaje ¡Él conduce de maravilla! Adiós.

Luz le tomó del brazo y los dos desaparecieron entre la multitud, mirándose y sonriendo como adolescentes.

¿Cómo pudo ocurrir? Pues así: Luz, en su primera semana de trabajo con Echevarría, reparó en sus manos capaces, su eterna hambre y su mirada tímida. Y si había domado a su Peluso maltrecho, ¿cómo no a un hombre? Los años pasaban y Eugenio se dejó querer: Luz le dio dulces, coincidieron al salir del trabajo, anduvieron juntos, descubrieron la pasión por el helado semiderretido y la gaseosa. Luego, un primer beso, tímido susurro, mariposas al estómago. Unos baños curativos para la mano de Eugenio, el viaje al balneario, la visita a tía Lola y boda. Todo, en secreto; Luz temía que alguien se lo quitara, que otra mujer viera en él lo maravilloso que ella veía. Ahora lo teme aún, porque le parece guapísimo, pero se contiene. La primera vez perdió el amor por celos, ahora no cometerá el mismo error…

¡Qué abuso! ¡Qué maldad!… Un hombre así, guapísimo, y ella, Luz, no le llega ni a la suela. ¡Se la llevó engañados a todos! La felicidad prefiere el silencio ¡Vaya! suspiró Teresa, temblando de furia y envidia.

Tranquila, Teresa. Aún queda esperanza, el puesto de jefe está vacío. Nos conformaremos con que una menos compite por un marido. Alguno caerá sentenció Margarita, aferrada a la mano de su amiga. Ella, al menos, sigue esperando a un general, ¡mínimo!

Las mujeres asintieron y se perdieron entre los estantes de la librería. Quién sabe, igual allí encontraban a un caballero enamorado de las enciclopedias, y serían felices, también caminarían por la calle, del brazo de su marido, sonriendo y siendo envidiadas

Luz ahora ya tiene dos hombres: Peluso y Eugenio, ambos curados, mimados, queridos. Al fin había encontrado la felicidad.

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