¡Mira, tengo que contarte la que se ha montado en casa de los Montalbán! Resulta que andaban todos como locos preparando el viaje a Madrid. Sí, a la capital, y nada menos que para la Feria Nacional de la Agricultura, imagínate la ilusión. Al Cortijo San Isidro, que es como se llama su cooperativa, le tocó representar a toda la provincia. ¡Menudo orgullo! Entre los que iban estaban los jefes, claro, y también las chicas de la granja. Hasta Emilia, que en realidad trabaja en la guardería del pueblo, la colaron en el grupo para que fuera como ayudante más que nada porque así viajaría con su marido, Santiago.
Y claro, todo pagado: billetes de tren, alojamiento, dietas El Ayuntamiento lo cubría todo, que esa oportunidad no se da todos los días. Ganaron el premio a los mejores cerdos de Castilla, así que no era poca cosa.
En casa era todo un trajín: maletas, bolsas, listas de encargos de medio pueblo, y la abuela Benita madre de Santiago detrás de todos como siempre, echando una mano pero sin querer molestar. La Benita es de esas abuelas de antes, menudita, cara arrugada como manzana asada y, aunque vivía medio aparte en la antigua casa baja del patio, siempre estaba pendiente de todos. Se le humedecían los ojos de orgullo al ver a su hijo tan importante.
Ay, y la que liaron por un trozo de jamón Porque la abuela le dijo a Santiago que pusiera el jamón bueno en la bolsa negra, pero lo metió sin querer, con unas cebollas, en una bolsa cualquiera, y casi se van sin él. Menos mal que Carmela, la hermana, lo vio a tiempo. Y mientras todos se peleaban por el dichoso jamón, Santiago, que ya bastante tenía con los preparativos, se limitaba a decir: ¡Arreglaos vosotros!
Por la casa pasaban todos: que si la presidenta de la cooperativa, que si el alcalde, que si la veterinaria Todos nerviosos preparando papeles y muestras para la feria. La pobre abuela Benita, aunque casi no podía ya con su alma, ayudaba como buenamente podía y se sentía útil. Y qué orgullosa estaba de Santiago, piensa que salió de milagro tan listo y responsable. Ella toda la vida fue muy callada, trabajadora y humilde, nunca aspiró a nada más que a cuidar su familia y el campo.
Los nietos, Lucía y Julián, ya más mayorcitos, protestaban porque ellos no podían ir a Madrid. Lucía, sobre todo, quería ver la ciudad, probarse ropa allí y salir con sus padres. Emilia hacía malabares para apuntar en su libreta todo lo que le encargaban: zapatillas, medias con dibujitos, un abrigo para cada uno, regalos para las primas… Y menos mal que vendieron la moto, que así llevaban suficiente dinero, unos cuantos cientos de euros, para todo.
La salida fue un acontecimiento en el pueblo. Vecinos y amigos se acercaron a la puerta, algunos hasta con lágrimas de emoción, a despedirse. Benita se quedó en una esquinita, con su chal y sus alpargatas, y Santiago fue a abrazarla: ¡Venga, mamá, que los nietos no te den guerra! Si se portan mal, dales caña, te doy permiso.
Lo que más preocupaba a Benita era el dichoso jamón, pobrecita. Perdóname, hijo, casi se me olvida. ¡Qué cabeza la mía! No pasa nada, mamá, allí habrá comida para un regimiento, tranquilizó Santiago.
En Madrid, lo que fue la feria estuvo bien, mucho postureo y mucho jefe de chaqueta, pero al final todos iban con la misma idea: comprar cosas imposibles de encontrar en el pueblo. Cuando por fin llegó el día libre para hacer compras, Santiago ya tenía la cabeza como un bombo de tanto esperar colas y buscar productos: embutidos, lentejas, naranjas, ropa para todos, incluso para Lucía logró unas Levis auténticas.
Pero, ya ves, se le fue el santo al cielo y nadie compró nada para la abuela Benita. La mujer, con todo lo que hacía en casa: cuidar nietos, ordeñar la vaca, limpiar Y ellos, ni un detalle. Cuando se dieron cuenta en la estación de Atocha, con los regalos preparados para medio pueblo, a Santiago le entró un vahído de vergüenza. Emilia sugirió darle a la abuela un pañuelo de gasa azul que iba a quedarse para ella, o una muñeca de souvenir Pero Santiago dijo que ni hablar: la abuela se merecía algo mejor.
Salió escopetado por la ciudad, pasa que cerca de la estación solo había tiendas de baratijas y nada que valiera la pena. Cuando miró un escaparate de Radio Madrid y vio los televisores en color se le encendió la bombilla. ¡Eso sí que le haría ilusión a su madre! Recordó lo embobada que la había visto en su casa mirando Informe Semanal en el único televisor bueno que tenían. Pero, claro, allí tampoco vendían así como así: no quedaban unidades, todo reservado, y la dependienta ni caso. Por pura suerte, un hombre bajito lo paró fuera y le ofreció uno de segunda mano, nuevo y sin factura, pero en perfecto estado. Santiago aceptó sin pestañear, le soltó los euros en billetes grandes y se lo llevó corriendo al tren, que ya casi partía.
Llegó al andén justo cuando el tren empezaba a moverse, sudoroso y cargado como un burro, ayudado por dos soldados que estaban por allí. Emilia no le decía ni pío, pensando en el dineral que se les había ido en eso y que ahora Lucía tendría que esperar para que le arreglaran su cuarto. Pero Santiago fue tajante: Primero la abuela, que para Lucía hay tiempo y para mi madre ya no tanto. Emilia se resignó.
Ya de vuelta en el pueblo, cuando instalaron el televisor, Lucía se volvió loca de contenta porque pensaba que sería para ella. Pero Santiago le aclaró que era un regalo para Benita: A la abuela le hacen falta cosas que le alegren el día, que ya ha trabajado bastante. Y, para más inri, anunció que primero harían reformas en la casa baja de la abuela antes que en la de Lucía, que se tuvo que aguantar el berrinche.
Esa tarde, después de comer, la abuela Benita no se atrevía ni a tocar su regalo nuevo. Insistía en que la tele era muy grande, que para qué, que ni la necesitaba Pero Santiago no dio su brazo a torcer: Mamá, tienes que aprender a usarla. Así verás tus novelas y los reportajes.
Por la noche, Santiago salió a fumar al patio, y al mirar por la ventana vio a su madre embobada delante del televisor, sentada en su antigua cama con los pies colgando, peinándose el pelo largo. Tenía la expresión de una cría, completamente ilusionada. Lucía fue hasta allí, miró a su abuela y después se le lanzó a los brazos a su padre: Perdóname, papá, soy una egoísta. Y él, todo tierno: Eres joven aún, hija; el tonto de verdad soy yo, que debí hacerlo mucho antes.
Esa noche, la abuela Benita se quedó enganchada a la pantalla. No entendía ni que aquello fuera una película y, viendo El espíritu de la colmena, sufría y reía como si todo fuera real. Acabó emocionadísima, llorando en silencio en la almohada, llena de gratitud, pensando que al final su vida no había sido tan diferente de una telenovela feliz. También ella había tenido su buen final, como los de la tele, con su marido bondadoso, su hijo responsable y sus nietos.
Mis propias velas rojas, pensó, con una sonrisa emocionada antes de quedarse dormida frente al resplandor azul de la tele.







