Los amigos nunca se abandonan

No me mires así, criatura inquirió la jubilada con un deje de sorpresa en su voz, agitando aún con más fuerza la bolsa de pienso que llevaba en la mano. ¡Anda, ven aquí, que te voy a dar de comer! ¿Es que no me recuerdas? ¿No te acuerdas de mí?

Fausto suspiró, hondamente. Por supuesto que se acordaba.

Que quede claro: Fausto hasta sabía cómo se llamaba la señora, de nombre y apellidos. Doña Rosalía Martín, ni más ni menos.

Y si hemos de ser francos, Fausto había estado esperando con impaciencia hoy la llegada de Doña Rosalía. Pero justo ahora, no podía acercarse.

«Acabaré lamentándolo», pensó el gato gris mientras giraba la cola como un estandarte de adiós y partía, en carrera rápida, rumbo a los contenedores de basura.

*****

Jamás se había visto Fausto envuelto en una situación tan absurda.

A escasos metros de él, una mujer mayor, con la piel gastada por el sol de Castilla y una bolsa de pienso en la mano, le llamaba con insistencia. Quería alimentarlo.

No es que fuese la primera vez que el gato veía a esa jubilada; al contrario, ella solía aparecer varias veces a la semana junto al mercado central de Salamanca repartiendo pequeños gestos de generosidad a todos los desamparados que encontraba: perros y gatos, principalmente.

Pero la bondad de Rosalía no se limitaba a los de cuatro patas. El otro día mismo, Fausto la vio sacar euros de su monedero para dárselos a un hombre barbudo, con ropas sucias y desgarradas, preguntándole antes: ¿No será para vino, verdad? Que me conozco el cuento.

No, no, señora, para pan, para chorizo que tengo hambre respondía el hombre, asintiendo con avidez.

Fausto, después de un almuerzo generoso, observaba divertido la escena. Pero luego, con algo de desaprobación gatuna, lo veía doblar la esquina y salir de la tienda del chino, botella en mano, el alma llena de alegría por un rato. Qué poco necesita a veces el ser humano para ser feliz

Así era siempre, Fausto se sabía la historia. Ni pan ni chorizo: el euro iba para vino peleón. Y el hombre, tras beberlo y encogerse sobre cartones húmedos, caía en sueños profundos con la indiferencia de un rey destronado.

Aquel día, Fausto no aguantó y, al pasar junto al mendigo, “accidentalmente” tiró la botella recién abierta. El lío fue de órdago. El hombre lanzaba miradas de odio etílico y buscaba al gato por la plaza como un hidalgo busca al dragón. Mejor no pensar qué hubiese hecho si lo pillara.

«Madre mía, qué torpe eres, humano», pensaba Fausto, nervioso, la cola en ristre. «Quiero ayudarte, para que vivas más. El vino solo trae desdicha.»

Desde entonces, el hombre veía en el gato a su archienemigo y Fausto, a su vez, le evitaba cuanto podía.

Pero esa es otra historia. La cuestión hoy era Fausto, el hambre que traía y la bondadosa doña Rosalía con su bolsa de pienso.

Había madrugado sin comer dos días: la gente del mercado, tacaña; los perros, demasiado bravos. Estaba dispuesto a engullir hasta un cochinillo entero. Bastaba acercarse, recibir el bocado, asunto sencillo. Solo había que dar unos pasos.

¿Pero entonces? ¿Por qué no iba? Algo, un sonido extraño, lo retenía. Venía del contenedor en el otro extremo del mercado.

La señora, viendo la indecisión, agitó la bolsa con más énfasis.

¿Pero qué te pasa hoy? ¿No me reconoces? insistió.

Fausto volvió a suspirar. Cómo no iba a reconocer a doña Rosalía, la antigua charcutera del mercado a la que acudían todos, humanos y animales.

Mientras él dudaba, se acercaron dos gatas Milagros y Jacinta y empezaron a restregarse por las piernas de la señora, ganándose sendas montañitas de pienso sobre el empedrado. Rosalía volvió a mirar a Fausto.

¿Hace falta invitarte con una cartita? Anda, que te quedas sin nada si te lo piensas tanto.

Fausto dio un paso, pero el sonido se intensificó: un chillido cada vez más urgente, más punzante. Alguien de los suyos, eso seguro, pedía ayuda entre la basura.

Debía decidir. ¿Saborear el pienso, saciar el hambre bestial? ¿O ir, como un loco, a investigar la llamada en el basurero?

No era un Robin Hood felino, ni pensaba serlo Pero la costumbre era ayudar a quien lo necesitaba, costara lo que costara. Y una vida quizá dependía de un solo minuto.

«Me arrepentiré», pensó, dándole la espalda a la señora. Un giro de cola y voló hacia los cubos.

Rosalía, encogiéndose de hombros, se giró a alimentar a la siguiente generación de peludos, mientras algunos la llamaban en sueños.

*****

Frente al contenedor, Fausto se quedó quieto, tratando de captar el eco de aquel chillido. Había dejado de oírse, lo que le daba mal fario. «Tenía que haber venido antes», se reprochó.

Por el rabillo del ojo vio moverse una bolsa negra entre otras tantas. Se acercó, olfateó.

Le dio un toque con la zarpa, suave, y al punto un chillido brotó del plástico alegre, no lastimero.

Fausto se puso tenso. «¿Un cachorro? ¿Quién se atreve a meter a un pobre animal en una bolsa, tirarlo y condenarlo a una muerte absurda? ¡Maldición, qué gente!»

Rasgó el plástico con precisión, evitando hacer daño al ser atrapado. A través de la abertura aparecieron dos ojos caninos e ilusionados.

Perros El trato entre gatos y perros nunca ha sido cordial. Fausto suspiró, recordando alguna que otra pelea con los mastines de la zona.

Pero el cachorro salió del envoltorio y lo miró como los críos miran a una madre. Se acercó y le lamió el hocico.

¡Eh! ¿Tú qué haces? ¡Deja los lametones, chucho! protestó Fausto.

¡Guau, guau! replicó el cachorro, empeñado en acercarse.

¿Ves? Ya estás vivito, ahora busca a un humano y apáñatelas le espetó Fausto, haciéndose el distante.

Pero el cachorro tenía otros planes. Después de todo, los hombres le habían abandonado. El gato le había salvado.

Así que, vayas donde vayas, iba tras él. Movía la cola con tal entusiasmo que hasta las hojas secas bailaban en el aire.

Fausto, al principio, pensó en huir de él o disciplinarlo a zarpazos. Pero desistió: estaba claro que, sin ayuda, el pequeño no duraría ni dos noches en la selva de adoquines salmantina.

«En fin, te buscaré un hogar, a ver si hay suerte. No pega mucho un gato y un perro juntos, pero primero comer; ya veremos mañana», murmuró.

Esa tarde encontraron, como por ensueño, un bocadillo de calamares casi intacto, olvidado en la parada del bus. Fausto lo arrastró con los dientes hasta un rincón y estaba a punto de hincarle el diente cuando vio, a dos pasos, al cachorro mirándolo con ojos enormes.

El gato se apartó. El perro devoró la mitad y, sorprendentemente, dejó el resto para Fausto.

«Mira tú, qué detalle más raro», se asombró Fausto, saboreando la herencia de pan y calamar.

Así comenzó la amistad entre el gato de la plaza y el cachorro sin nombre. Amistad que nace en los rincones más insospechados: a veces con una sonrisa, otras con la mitad de un bocadillo.

Fausto insistía en convencerse de que era simple supervivencia compartida. Pero cada día el cachorro lo quería más, y el gato sentía, sin querer, una responsabilidad nueva y acogedora por ese pequeño ser.

Vigilarlo era una odisea: se metía bajo bicicletas, casi era atropellado por un cochecito eléctrico o se colaba dónde no debía. Ningún diálogo surtía efecto: era un cachorro testarudo y revoltoso.

Y encima, tenía pinta de mastín. Si seguía creciendo así, acabaría cazando elefantes, pensaba Fausto cuando le veía engullir la loncha de jamón serrano que, usando tretas felinas, había conseguido de un puesto de charcutería (bajo grandes protestas del charcutero).

Cambiar de barrio hubiese sido prudente corre el rumor de que pronto vendrán del ayuntamiento, con furgón y lacero, para limpiar de animales el mercado y sus aledaños, pero las zonas estaban todas ocupadas; en el mejor de los casos encontrarían una pandilla de perros hostiles, en el peor les iría aún peor.

Así que ahí aguantaban, con sigilo y suerte.

Un día doña Rosalía los vio juntos. Fausto ordenó:

Quédate aquí, ni respires y fue a por comida.

El cachorro aguantó dos segundos antes de salir corriendo, mostrándose a todos.

Mira, tú tienes un amigo nuevo dijo la jubilada, sonriendo. Venid, chiquitines. Pienso no tengo, pero os he traído croquetas de pollo. Ricas, riquísimas.

Fausto, resignado, aceptó. En realidad, peor sería pasar hambre.

Mientras comían, Rosalía observaba atentamente al cachorro.

A este lo veo de raza ¿cómo habrá acabado aquí? musitó.

«Mejor que no lo sepas, buena mujer», pensó Fausto.

Y mientras se acicalaba, recordó, como en una película que sueña mientras duerme, aquel remoto invierno en que él mismo fue un minino abandonado. Unas voces discutían si quedárselo para librarse de los ratones en el cobertizo, pero ni entraba en casa, ni mimos, ni comida en condiciones. Solo labores y soledad. Cuando terminó la temporada, lo dejaron atrás.

Esperó y esperó, hasta el primer helor. Luego, marchó a la ciudad. Ningún portal quiso adoptarlo. Solo en el mercado, tras pelear y burlar a todos, encontró un hueco. Pero soñó siempre que otros como él no tuvieran su misma suerte.

Por eso, a aquel cachorro le prometía, día tras día:

Tranquilo, te hallarás un buen hogar. Seguro.

Pero uno digno, de verdad, aún no aparecía.

Hasta que, una mañana cualquiera, doña Rosalía regresó al mercado acompañada de una familia: un hombre, una mujer, un niño de unos nueve años. Tenían buenos ojos y sonrisas sinceras.

Miren qué cachorro tan majo dijo la señora. Yo diría que es de casta buena. Les vendría de maravilla.

La familia acababa de comprar una casita con huerto a las afueras de la ciudad, cerca de la casa de Rosalía. Buscaban un perro grande por seguridad; el padre trabajaba fuera a menudo y madre e hijo quedaban solos.

Tiene pinta de crecer mucho sonrió el padre, arrodillándose junto al cachorro.

¡Papá, papá! ¿Lo adoptamos? Yo le llamaré Bartolo. Y podré jugar en el jardín con él.

Fausto se alejó discretamente. Mejor no estorbar, mejor que nadie viera qué le costaba despedirse.

Durante estos dos meses, Fausto había sentido, por fin, que servía de algo a alguien. Su amigo pequeño lo necesitaba, y eso le colmaba el alma. Por eso, cuando el niño y el padre se marchaban con el cachorro en brazos, el perro se revolvió, se zafó y corrió directo al gato.

Se plantó delante de Fausto, mirándole con amor y le lamió una vez más el hocico.

No te voy a dejar solo dijo. Sí, Fausto entendió, como si de pronto hablara en idioma felino. Eres mi mejor amigo y los amigos nunca se abandonan.

El gato no sabía si soñaba. ¿Cómo era posible? ¡Ahora el cachorro hablaba como un gato!

La familia regresó al escuchar la escena. El niño, con ojos suplicantes:

Papá, mamá, ¿podemos llevarnos también al gato? Son amigos. Que no se separen.

Rosalía intervino, divertida:

Tendrán un gato listo y bien educado que, además, les mantendrá la casa libre de ratones.

El padre cedió con una sonrisa socarrona.

Venga, nos los llevamos a los dos, así la familia está completa.

Y así acabó ese sueño de plazas y mercados. Bartolo y Fausto dejaron las calles de Salamanca y entraron en una vida mejor: casa con jardín, comida abundante, la compañía alegre de la familia y la visita frecuente de doña Rosalía y sus croquetas milagrosas.

Pero lo importante es que se tenían el uno al otro. Juntos, por cuantos años les quedaran.

¿De qué va todo esto? De amistad, de lealtad, de esa obstinación feliz de no dejar nunca atrás a los amigos. Y, por supuesto, de la gente buena, esa que aún habita la tierra y da un poco de esperanza, de esas que hacen posible los finales felices y las historias que acaban con un ronroneo y un buen lametazo.

Y, aunque parezca un sueño extraño y tierno, mientras haya gente así en Castilla, nada está, ni mucho menos, perdido.

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