— «¿Cómo puedes llegar a esto? Hija mía, ¿no te da vergüenza? Tienes manos y pies sanos, ¿por qué no trabajas?» — decían a la mendiga con su hijo

¿Pero cómo se puede llegar a esto? Hija, ¿no te da vergüenza? Si tienes las manos y las piernas sanas, ¿por qué no trabajas? le decían a la mendiga con el niño en brazos.

Concha Jiménez caminaba despacio entre los pasillos del enorme supermercado Eroski, observando las estanterías repletas de envases de mil colores. Venía aquí todos los días, como si fuera su trabajo. No necesitaba mucha comida para alimentar a una familia grande, pues hacía años que vivía sola. Por eso, cada tarde, la anciana se escapaba de su soledad buscando refugio bajo las luces cálidas del supermercado.

En verano, se las apañaba mejor: bastaba con sentarse en el banco bajo su portal y charlar con las vecinas. Pero en invierno no le quedaba más remedio que recorrerse el supermercado, y a esa rutina acabó cogiéndole cariño.

Había mucha gente, el aroma a café recién hecho flotaba en el aire y una música suave llenaba el ambiente. Las estanterías parecían una juguetería. Aquel despliegue de productos de colores hacía que te animaras, aunque fuera solo un poco.

Concha cogió un yogur de fresa, lo giró en sus manos y entornó los ojos para leer los ingredientes. Suspiró y lo devolvió a la estantería; esos caprichos no entraban en su presupuesto de pensión, pero mirar no cuesta nada.

Mientras recorría el pasillo, su mirada se perdió en el pasado: aquellas colas eternas para comprar pan, la lucha diaria por los productos básicos, los envases de papel de estraza con los quesos y el jamón. Sonrió recordando a su hija. Por Inés, su única alegría, habría hecho cualquier sacrificio y se habría pasado la noche entera en la cola. Al pensar en ella, el corazón se le desbocó en el pecho. Se detuvo junto al congelador del pescado, apoyándose en él para descansar un segundo.

La imagen de su pelirroja Inés, con esos rizos rebeldes, los ojazos grises y las pecas bailando en la nariz, se le apareció tan nítida que hasta se le humedecieron los ojos.

Qué bonita era mi niña pensó Concha con ternura y dolor a la vez.

Bajo la mirada fría del dependiente, se acercó a la sección del pan.

Inés, su hija única, siempre fue una chica lista. Cuando descubrió que trabajar no la haría feliz, decidió meterse en el mundo de la gestación subrogada. Concha se lo había avisado: nada bueno saldría de aquello.

Pero, ¿quién escucha a su madre con veinte años? Si el padre hubiera estado vivo, otro gallo cantaría. ¿Cómo pudieron esos sinvergüenzas convencer a una chica tan inocente para algo así?

Inés se reía y acariciaba su barriga, restándole importancia. Pero Concha no podía dejar de pensar en lo doloroso que sería entregar a un hijo que había llevado nueve meses bajo el corazón.

Inés insistía: Mamá, para mí no es un bebé, es dinero fácil.

El parto fue complicado y la joven no sobrevivió. No pusieron demasiado empeño en salvarla. A los tres días de dar a luz, Inés se fue para siempre.

La niña recién nacida fue entregada directamente a la familia que la encargó. Por supuesto, en cuanto al dinero, ni un duro para Concha. El contrato era con Inés. Así, la anciana enterró a su hija y se quedó sola, rodeada solo por el eco de sus recuerdos. Era más fácil tirar palante que mirar atrás.

Ahora, de vuelta al presente, fue a comprar algo de pan para no parecer que estaba allí solamente por pasar el rato. Contó las monedas en el bolsillo y fue a la caja. Pagó lo justo, guardando el resto en el puño, y se dispuso a volver a casa; por hoy ya estaba bien de entretenimiento.

Concha había notado a la joven mendiga el segundo día desde que abrieron el supermercado, hacía casi un mes. Le llamó la atención enseguida, quizá por la juventud y quietud de su pose, o por cómo apretaba con fuerza al bebé.

¿Cómo se puede llegar a esto?, pensaba mientras se acercaba a la chica. Dejó unas monedas en el vaso que tenía al lado y le dijo: Hija, ¿no te da vergüenza? Si tienes las manos y las piernas sanas, ¿por qué no trabajas?

Algunos viandantes hacían esfuerzos por esquivarlas; Concha no insistió, no era su intención sermonear. Quería ayudar, eso sí, lo hacía con discreción. Todo el mundo estaba tan acostumbrado a la mendicidad que ni la policía ni los servicios sociales se inmutaban.

De camino a casa, Concha no podía sacarse de la cabeza la imagen de la chica y el niño. Sus ojos grises, esa voz tan joven algo le resultaba familiar en ella, pero no acertaba a saber qué era.

En casa, Concha dejó el pan en la mesa de la cocina, se quitó los zapatos y puso el hervidor en marcha. Se sirvió un té con azúcar en su taza de siempre y mordió un trozo de pan de pueblo con un poco de chorizo.

Pensó en la joven madre: Con este frío y sin comer, pobre muchacha. Qué vida más dura.

Se asomó a la ventana y, para su sorpresa, vio cómo dos tipos metían a la chica en una furgoneta. Dudó si llamar a la policía, pero le dio miedo empeorar la situación.

Volvió más tarde a mirar pero ya no había ni rastro de la chica ni del niño. Decidió dejarlo estar y esperar al día siguiente; desde tan lejos ni siquiera habría podido ver la matrícula del vehículo.

Concha pasó una mala noche, dándole vueltas a la cabeza. Soñó que su Inés estaba en la puerta del supermercado, con el bebé tiritando en brazos. La abrigó con todas sus fuerzas, pero Inés le decía: “No tengo frío, mamá”.

Al despertar, Concha se sobresaltó: el reloj marcaba las nueve y aún no estaba levantada. Corre que te corre, fue a la ventana y vio que ahí seguían la joven y el niño, junto a la puerta del súper. Dio gracias y se persignó.

Era Nochevieja, hacía un frío de narices y aquella niña llevaba allí más de una hora, podía quedarse helada. Concha cortó pan, preparó unos bocadillos de chorizo, llenó el termo de té con azúcar y se fue para abajo, abrigada hasta las cejas.

La chica se puso nerviosa al verla acercarse y trató de tapar con el pañuelo un moratón en la sien.

Tranquila, hija le dijo Concha, ofreciéndole los bocadillos. Come algo, que te hará falta.

La chica le sonrió apenas y se puso a comer con ansiedad. Miraba con angustia a su crío, tragaba sin apenas masticar, apuró el té y corrió a limpiarse las migas de la falda.

Gracias. Aguantaremos hasta las siete, luego vendrán a por nosotros dijo, bajando la mirada.

Concha pasó el día mirando el termómetro cada poco. El frío apretaba más y más. A las cinco llenó un tarro con caldo de cocido y volvió al supermercado, aprovechando para comprar más embutido y pepinillos para la ensaladilla.

Dejó el bote con el caldo junto a la chica y le metió unas monedas en el bolsillo del abrigo. Luego entró rápido al calor del supermercado; no iba a entretenerse más, que aún tenía que preparar la cena para la noche.

Cuando salió, ya no estaban ni la chica ni el tarro. “Seguramente estarán comiendo a cubierto”, pensó con una sonrisa.

La tarde se la pasó cortando fiambres, preparando el besugo y poniendo la mesa; por si acaso alguna de las vecinas más mayores se animaba a visitarla en Nochevieja.

Poco antes de las diez, se asomó de nuevo por la ventana. Buscaba asegurarse de que la joven y el niño ya no seguían fuera. Mientras miraba las luces de la plaza, la vio sentada al pie de una farola, llorando desconsolada.

Concha corrió a coger el abrigo, se puso los zuecos de casa y bajó a la carrera. Se sentó junto a la chica, sin aliento.

No tengo dónde ir murmuró la joven, con una mezcla de esperanza y resignación.

Los ojos de la chica se prendieron por fin en Concha.

Cuide de él por favor le dijo, entregándole el fardo que sujetaba. Luego echó a andar hacia la carretera.

Concha se mareó. Entendió de golpe las intenciones de la joven. Eso no era forma de irse de esta vida. La alcanzó, la giró hacia sí y, con la voz rota, le dijo:

¡Ni se te ocurra! Vente conmigo. Anda, ven y tirando de la joven, se la llevó al bloque de pisos.

Ya dentro, Concha dejó al niño junto al radiador, desenvolviéndolo con cuidado.

¿Cómo te llamas? preguntó, hasta que notó el colgante del osito enredado entre la ropa de la chica.

La joven se dio cuenta y aclaró:

No se preocupe. Es lo único que me queda de mi madre.

Concha palideció y se dejó caer sentada. Aquel colgante, inconfundible, se lo había regalado ella misma a Inés por su decimosexto cumpleaños, fundiendo una antigua medalla con una cadena de oro.

La joven se quitó el abrigo y preguntó:

¿Puedo ducharme?

Concha asintió, con el corazón a mil. Aquella mendiga ¡era su nieta! No podía ser. Pero el colgante, el nombre

Cuando la chica acabó, acomodó al niño dormido y se sentó a cenar.

Almudena dijo Concha al azar, probando el nombre.

¿Cómo lo sabe?

Lo habré oído, hija, tú come.

No cabía duda: era su nieta. Los encargados de la gestación subrogada le habían puesto ese nombre a la niña que llevaba Inés en el vientre.

La joven comió y, poco a poco, fue soltándose. Contó que vivió los primeros años con sus padres y hasta tuvo un pony. Pero todo cambió cuando éstos se separaron y la madre la dejó en un orfanato. ¿Por qué? Nunca lo supo. Pasó allí doce años. Salió para ocupar un piso para huérfanos, pero le dieron una chabola condenada al derribo.

Allí conoció a Lorenzo, un fontanero. Cuando supo que esperaba un hijo, desapareció. Tuvo que mendigar, dormir en portales y estaciones, hasta que un hombre la “adoptó” para ganar limosnas con su hijo en brazos. Dormían en un sótano con otros mendigos. Los mejores eran los teatrales: se pintaban heridas, simulaban estar embarazadas o cojas. Ella no tenía dotes para el teatro. Y ahora, ni siquiera la recogieron: le abandonaron a su suerte.

Gracias de corazón, no sé cómo habría pasado esta noche musitó la chica, agotada, antes de quedarse dormida.

Concha la condujo a la cama y acurrucó al niño junto a ella.

Luego, sola, escuchó el mensaje de fin de año del presidente mientras sonreía, entre lágrimas. Por supuesto, no dejaría que su nieta y el pequeño se marcharan jamás. Les ayudaría a levantarse, a tener un hogar y, cuando llegara el momento, les contaría la verdad.

Al sonar las doce campanadas, Concha brindó con anís, se asomó a la ventana viendo nevar y susurró: Gracias, Dios mío, por esta felicidad inesperada. Se acabó la soledad. Tengo familia otra vez.

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— «¿Cómo puedes llegar a esto? Hija mía, ¿no te da vergüenza? Tienes manos y pies sanos, ¿por qué no trabajas?» — decían a la mendiga con su hijo
No me mires así, ¡no quiero a este bebé! Tómalo” – una desconocida me arrojó el portabebés sin más. No entendía nada de lo que estaba pasando.