El instante perfecto

Todo el mundo creía que Marina era feliz. Un marido amoroso que trabajaba en una empresa constructora y ganaba bien. Un piso en Madrid, un coche, vacaciones en la costa, viajes anuales a Barcelona y Marbella.

Sí, la pasión se había apagado hacía tiempo, ya no sentía ese vértigo en el estómago. Una relación estable, predecible, sin peleas ni sobresaltos. Su hijo Andrés iba bien en el instituto, sin darles problemas. ¿Qué más podía desear?

Cuando, quince años atrás, Javier le propuso matrimonio, su madre y sus amigas no paraban de decirle que era un sueño de hombre, que con él viviría como una reina. Y no se equivocaron. Así fue… hasta hace poco.

Y entonces… Marina se enamoró. Sus amigos, sus compañeros, incluso su marido, que no era ciego, notaron el cambio en ella. Los ojos le brillaban, no podía dejar de sonreír. Adelgazó, se veía más radiante.

—Me gustas más así —murmuró Javier, acercándose para besarla.
Marina contuvo el impulso de apartarse, solo ladeó ligeramente la cabeza y cerró los ojos.

Amaba a Adrián como nunca había amado a su marido. ¿O acaso lo había olvidado? No, jamás había sentido una pasión así, ni en su primer amor a los diecisiete.

Adrián era cinco años más joven. ¿Importaba eso? Se veían a escondidas, en la hora de comer, en el coche. No corría hacia él, volaba. Le costaba desprenderse de sus brazos. Vivía de encuentro en encuentro.

Marina misma se asustó de su propio sentimiento. No creía que pudiera pasarle a su edad. Aunque, ¿qué edad tenía? Solo treinta y siete. Resulta que el amor podía ser tan distinto. Se sentía joven, viva, feliz.

Por las noches, a veces, la asaltaba el remordimiento por su marido y su hijo. Pero Andrés ya era mayor, en un par de años se enamoraría y ya no la necesitaría. Entonces la entendería. Tenía que entenderla. Así calmaba su conciencia rebelde.

En casa, fingía ser la misma de siempre: serena, atenta. Vivía al borde del deber y la locura de la pasión. Andrés sospechaba algo. La miraba con curiosidad.

—Has cambiado, mamá. ¿Estás enamorada? ¿De alguien mejor que papá? —La miraba frío, reprobador.

—¿Qué dices? Los quiero a los dos. Eres un fantasioso —intentó pasarle la mano por el pelo rebelde, pero él esquivó el gesto, se levantó de la mesa y salió sin mirarla.

Tenía razón. Había perdido la cabeza y la prudencia. Cansada de fingir, de partirse en dos. Si Andrés lo notaba, pronto lo harían los demás. Marina reflexionó. Debía hacer algo. ¿Pero cómo renunciar al amor? Moriría sin Adrián, no podría respirar. No encontraba salida.

Solo su amiga Lucía conocía su tormento. No pudo contener el torbellino de emociones y se lo confesó.

—¿Y cuánto durará esto? ¿Un año, dos? Tarde o temprano tu marido lo notará.

—Andrés ya hace preguntas —contestó Marina, asustada.

—Exacto. Se ven a escondidas. El amor es amor, pero no lo conoces de verdad. Verse es una cosa, vivir juntos, otra muy distinta. Deberías irte con él un par de semanas, probar. A muchos les hace entrar en razón y los devuelve a casa. Créeme. Luego ya verás —le aconsejó Lucía.

Poco después, Adrián le dio noticias.

—Me ofrecieron un buen puesto en una nueva fábrica en Bilbao, con piso incluido. Vente conmigo. Andrés es mayor, se las arreglará con su padre. Luego, si quiere, nos lo llevamos. Te amo como un loco. Enloquezco de pensar que estás con él…

—No estoy con él, estoy contigo —susurró Marina, besándolo—. ¿Cuándo nos vamos?

—Pronto. En dos semanas.

Marina sabía que era una locura, un sinsentido, pero no podía, no quería luchar contra su sentimiento. Que la llevara la corriente del amor. Pagaría las consecuencias cuando llegara el momento.

Durante días, anduvo ensimismada. Su marido lo notó.

—¿Qué te pasa? —preguntó él.

—Lucía me dio un viaje a Barcelona. ¿Te imaginas? —Marina lo miró con culpabilidad.

—¿Y cuándo es?

—Pronto. Es una oferta de última hora. A Lucía se le rompió la cadera a su abuela, tiene que cuidarla.

—Yo tengo la entrega de una obra en una semana. No puedo ir. Lo siento.

—Lo entiendo. Andrés está en pleno curso. No podemos sacarlo. Además, el viaje es solo para una persona. No, no iré sin ustedes. Que se lo dé a otra persona.

Mentir le daba vergüenza. Javier no merecía eso. «Soy una egoísta», se reprochó.

—Ve. Son solo dos semanas. Trabajas mucho, llevas la casa, nos llevas a nosotros. Necesitas descansar. Andrés y yo nos arreglaremos —sonrió Javier.

Ella se resistió un tiempo, pero al final cedió. Compró un vestido nuevo, hizo la maleta a escondidas. Cada día cocinaba algo especial, intentando compensar su culpa.

Y por dentro, quería gritarle al mundo que amaba, que deseaba esa felicidad para todos, hasta para su suegra, siempre tan fría. Que a ella también le tocara un poco de esa dicha.

El último día, temblaba de nervios. No durmió en toda la noche. Dudaba. «¿Qué estoy haciendo? Aún puedo echarme atrás. ¿Y quedarme sin él? No. Esto es lo correcto. Al fin y al cabo, solo se vive una vez. Si a Javier le pasara esto, no lo pensaría dos veces, se iría sin dudar. Los hombres son así. Pagaría la pensión y adelante,

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

15 − 14 =