La enfermedad inventada

La enfermedad inventada

¿Elena, me estás escuchando? Te lo pregunto por tercera vez ya.

Te escucho, Alberto. Todo lo escucho.

Entonces, ¿por qué estás callada? Te digo que mañana hay que levantarse pronto y prepararles a los niños un desayuno decente. Jorge se va a la olimpiada, necesita algo en condiciones.

Ya lo prepararé.

Elena, ¿puedes al menos mirarme cuando hablo?

Ella se giró. Alberto estaba de pie en la entrada, todavía con el abrigo puesto, aunque había entrado en casa al menos hacía cinco minutos. Eso ella lo había notado hacía tiempo. Siempre se quedaba así, como si se reservase la posibilidad de irse en cualquier momento. Como si la casa no fuera suya, sino solo un trámite más.

Te miro. Jorge se levantará a las seis, ya se lo avisé ayer.

Bien.

Alberto asintió, pasó de largo a la cocina, abrió la nevera, se quedó un rato plantado, la cerró. Luego subió las escaleras. Elena escuchaba sus pasos firmes y seguros en la madera; pasos de alguien que sabe que todo eso le pertenece.

Elena De la Fuente, cuarenta y cuatro años, chalet en la Urbanización Monte Sereno, a treinta kilómetros de la ciudad. Tres hijos. El mayor, Jorge, quince años. La mediana, Lucía, doce. El pequeño, Nico, ocho. Quince años en las afueras. Quince años casi sin vida social, sin amigas cerca, sin conversaciones más largas de cinco minutos con nadie que no fuera de la familia.

Cogió del salón el libro a medio leer, lo dejó de nuevo. Miró por la ventana. Fuera era noviembre, oscuro y lluvioso, los árboles desnudos y resignados, como si hiciera tiempo que ya les diera igual.

Recordaba bien cuándo empezó todo. Alberto entonces decía cosas bonitas. Quería protegerla del ruido, de la gente vacía, de los juegos de empresas a los que él debía jugar. Decía que ella era demasiado buena para eso. Que la vida de verdad era una casa con jardín, niños, silencio de campo, no la pantomima de los colegas y sus esposas. Ella le creyó. Tenía veintinueve años y le creyó.

Los primeros años, ni lo notó. Luego empezaron a colarse pequeñas señales. Una frase de la secretaria por teléfono: «Don Alberto, la fiesta de empresa del viernes, Marieta ya confirmó asistencia». Más tarde una foto en una revista que había comprado en la farmacia: Alberto en un congreso, al lado una mujer de rojo con el pie de foto: «Alberto De la Fuente, director de desarrollo de Iberarte, acompañado de su esposa».

Elena miró durante mucho aquella foto. La esposa del vestido rojo sonreía. Pelo perfectamente peinado, postura segura de quien está acostumbrada a las cámaras.

Ella aquella vez no dijo nada. Luego pensó que sí lo haría. Después cambió de idea. Jorge era pequeño. Lucía acababa de nacer. Montar una escena le parecía un abismo, algo que rompería lo poco que aún quedaba. Y pospuso la charla. Una semana, un mes, un año. Quince años.

Alberto nunca le afirmó a la cara que tenía otra vida. Pero tampoco la escondía mucho. Simplemente no decía nada. Llegaba tarde, a veces muy tarde, siempre «por trabajo». Y no mentía: llegó a ser subdirector de un gran holding, ganando muy bien, casa cómoda en Monte Sereno, niños en buenos colegios, a Elena nunca le faltó de nada: coche, tarjeta sin límite en supermercados, caprichos varios.

La versión de la enfermedad la supo gracias a la vecina, Doña Concha, señora de setenta años, de la parcela de al lado, que un día, al pasar, lo soltó como quien habla del tiempo.

Elena, quería preguntarte una cosa. Se comenta que tienes problemas serios de salud, y por eso no sales casi. ¿Es cierto?

¿Quién lo dice?

Bueno, el vecindario, ya sabes. Tu marido lo mencionó… No sé, algo oí de Francisca, que conoce gente de la empresa donde trabaja.

Elena solo contestó que estaba bien, que simplemente le gustaba la vida tranquila. Doña Concha asintió y no preguntó más. Elena entró en casa y se quedó largo rato mirando la pared.

Así que él había explicado su ausencia con una enfermedad. No con una separación, ni con que la mujer no quería ir, no. Una enfermedad. Y claro, una enfermedad inspira compasión, elimina preguntas, y lo mantiene a él en el papel de esposo sacrificado y digno de consuelo.

Por primera vez pensó que no solo la utilizaba. La había convertido en narración, en personaje secundario de un relato sobre él mismo. Una escenografía.

A partir de ese día empezó a observar más. Y a escribirlo, aunque destruía siempre las notas: no fuese que los hijos o el propio Alberto las encontrasen.

Cuando Nico tenía tres años, vio por casualidad un mensaje en el móvil de Alberto, que lo había dejado olvidado en la mesa. No pretendía mirar, pero alcanzó a leer: «Marieta» y «después del cóctel». Apartó la vista, salió del salón.

Marieta. Marieta, la del vestido rojo.

Aquella noche no pudo dormir. Pero no fue por dolor en el sentido literal: no lloró, no montó dramas. Solo pensaba. Que en el fondo, lo sabía desde hacía mucho. Que una cosa es sospechar y otra saberlo, pero la diferencia no es tan grande.

Por la mañana se levantó, despertó a los niños, hizo el desayuno, llevó a Jorge al instituto. La vida seguía.

No se iba por muchas razones y, por una vez, admitía casi todas, incluso las menos nobles. Los hijos, sobre todo. No podía imaginarse explicándole a Jorge por qué papá ya no vivía con ellos. Ni lo que sería para Lucía, justo ahora en plena edad difícil, ni para Nico, tan pequeño, tan pegado a su padre, al que Alberto por cierto prestaba más atención que a los otros. Los hijos eran la razón principal.

Pero había otra razón que apenas se atrevía a confesar: el miedo. No a estar sola, ni a la pobreza. Miedo a empezar de cero. Tras quince años allí, sabía hacer de todo: cocinar, conducir, arreglar cosillas, ir al médico, tratar con los profesores. Pero lo que era el mundo fuera de Monte Sereno, eso… lo había olvidado.

Y aún otra razón, esta sí muy secreta. A veces, de noche, pensaba que alguna vez amó de verdad a su marido. Que aquel Alberto que le traía flores existió. No sabría decir cuándo dejó de estar. Pero existió. Y eso también la anclaba, aunque hacía ya mucho que sabía que era la memoria, no la realidad.

Así iban las cosas.

Aquel noviembre era especialmente gris. Los días cortos, Nico resfriado, Lucía empollando para los exámenes, Jorge perdido en los entrenamientos. Alberto apenas aparecía, a veces días sin venir viajes de trabajo. Ella ya ni preguntaba.

Aquella tarde estaba recogiendo en el dormitorio de ambos. Él había salido a toda prisa por la mañana, dejó cosillas en la mesita, ella quería dejarlo ordenado. Cogió el cargador, arregló el cable, metió una libreta en el cajón. Y vio una caja de pastillas. Blanca, pequeña, con el nombre de Alberto a mano del farmacéutico. Para la arritmia. Sabía de su arritmia hacía unos tres años: el médico le había insistido en tomar la medicación regularmente, más aún en eventos sociales, por el estrés, el calor y el cava.

Cogió la caja. Prácticamente llena. Quizá hoy no las había tomado. O quizá sí, pero se había dejado la caja. No, debía llevarla encima. Dos al día.

Lo llamó al móvil. Fuera de cobertura o apagado. Volvió a intentarlo. Igual. Le mandó un mensaje. No llegó.

Recordó que esa noche Alberto tenía algún evento importante del holding. Lo mencionó días atrás: una cena de gala en el Hotel Estrella del Norte. Había pasado varias veces por delante, yendo con Nico al médico. Fachada de cristal, letras doradas.

Se quedó un momento con la caja en la mano. Después la dejó en la mesita. Luego la cogió otra vez.

La arritmia no es tontería. Saltarse la medicación puede ser grave. Más aún con emociones, calor, cava, jaleo.

No lo pensó mucho. Luego, a posteriori, intentaría recordar en qué pensaba exactamente durante esos minutos. Pero la verdad es que casi no pensaba. Cogió la caja, la metió en el bolsillo. Se puso la chaqueta. Salió al pasillo.

Mamá, ¿a dónde vas? Nico asomó por la escalera, en pijama y zapatillas, aún con la cara colorada del resfriado.

Al centro, vuelvo en un rato. ¿Está Jorge en casa?

Jorge está duchándose. ¿Puedo ver dibujos?

Uno. Después a la cama.

¿Solo uno? ¡Mamá!

Estás malito, Nico. Tienes que dormir.

Bueeeno…

Dile a Jorge que he salido, que vuelvo antes de dos horas.

Bajó, se calzó, fue al garaje. El coche arrancó al momento. Salió a la carretera.

La noche de noviembre era húmeda a más no poder. Las farolas, con ese reflejo amarillo en el asfalto mojado. Conocía la carretera de memoria: médicos, colegio, supermercado. Siempre la misma ruta, siempre de vuelta a casa. Pero aquella noche iba hacia el otro lado.

Mientras conducía, tenía solo una idea en la cabeza, y no era sobre el marido ni sobre medicamentos. Era que no salía a Madrid de noche desde hacía años. La última vez fue cuando Jorge se hizo un esguince entrenando, y ni se había enterado de la ciudad. Ahora miraba las luces, la plaza, la gente, los bares, y algo en ella difuso, suave, casi invisible se movía. Algo que no tenía nombre.

El Hotel Estrella del Norte estaba donde lo recordaba. Fachada de cristal, letras doradas, coches delante, gente dentro. Aparcó en una calle lateral, salió.

En la entrada, dos guardias idénticos, sin mucho interés, estilo «ni estamos». Uno la miró, sin sorpresa.

Buenas noches. Evento privado.

Lo sé. Soy la esposa de Alberto De la Fuente, subdirector de Iberarte. Se ha dejado la medicación, la necesita esta noche.

El segurata dudó.

Un momento, por favor.

Sacó una radio, murmuró. Volvió.

Pase, por favor.

Entró.

El vestíbulo, con su mármol y su aroma caro, estaba lleno de aquel bullicio propio de sitio caro donde nadie se conoce. Una joven recepcionista, impecable.

Buenas noches. ¿Busca a alguien?

A Alberto De la Fuente. Traigo esto, son sus pastillas.

Un momento.

La chica hizo un par de llamadas. Volvió.

El banquete está en el salón de la derecha, segundo piso, escaleras allí.

Gracias.

El taconeo los zapatos que se puso por inercia, salida de «ocasión especial» resonaba por la piedra. No pensaba en el aspecto. Solo en los escalones.

Segundo piso. Un pasillo ancho; al fondo, voces y música baja. Caminaba hacia allí, haciéndose cada vez el sonido más real: risas, brindis, charlas.

La puerta del salón estaba entreabierta. Se detuvo un segundo.

No por miedo. Simplemente se paró. Porque al otro lado estaba la otra vida de Alberto. Quince años construyendo sin ella. Y ella iba a entrar con el medicamento en el bolsillo, y todo cambiaría o no cambiaría nada, y no sabía cuál de las dos opciones era cierta.

Empujó.

El salón era enorme. Más de veinte mesas vestidas de gala, señoras de vestido largo, hombres de traje, conversaciones animadas, algún grupito posando para foto en la ventana. En la escena, un micro, ahora vacío; la música sonaba de fondo.

No lo encontró al principio. Demasiada gente desconocida. Luego sí. Estaba junto a una mesa en la pared izquierda, traje gris oscuro, copa en mano. Varios alrededor: uno mayor, barba blanca, pinta jefazo importante, por la atención de los demás; dos hombres más. Y ella.

Marieta. Bastó la foto de la revista para que Elena la reconociera. Más alta de lo que parecía, vestido azul marino, pelo recogido. Estaba junto a Alberto como quien está junto a su marido en la fiesta de empresa: un poco más cerca de lo normal para simples compañeros.

Elena avanzó, despacio.

Al pasar, algunos se la quedaron mirando: mujer desconocida, abrigo, nada de fiesta. Pero al rato volvían a lo suyo.

Cuando faltaban como siete metros, oyó la voz de Alberto. Hablaba con el jefe de barba blanca. Esa voz especial, grave, la de cuando quería impresionar a la directiva.

Don Claudio, no lo oculto. Tengo circunstancias personales difíciles. Mi mujer lleva años mal de salud, grave. Por eso siempre vengo solo, y Marieta me acompaña muchas veces. Lo llevamos como podemos. No es fácil.

Ella ni respiraba.

Los médicos nos aconsejan que siga tranquila fuera de la ciudad. Los niños pasan por casa. Es realmente una mujer muy fuerte.

El jefe cabeceó con una palabra compasiva. Marieta le cogió la mano a Alberto, con naturalidad.

Elena recorrió los últimos pasos.

Alberto la vio ya cerca. Tres segundos tardó en reconocerla. Primero la miró sin comprender. Luego encajó. Y su cara… ¿cómo describirlo? Ni miedo, ni ira. Algo nuevo.

Elena dijo, bajito.

Ella no contestó. Sacó la caja, la puso sobre la mesa, despacio. El blíster sonó contra el mantel blanco.

Todos miraban. Don Claudio, los otros, Marieta.

Te lo dejaste le dijo. La voz increíblemente serena, hasta ella se asombró. Pensé que era importante traértelas.

Alberto abrió la boca. Cerró.

Gracias musitó al fin. Esto… Elena, no me lo esperaba.

Ya veo.

Miró a Don Claudio. Él la observaba con atención desmedida.

Don Claudio dijo. Encantada de conocerle. Soy Elena De la Fuente, esposa de Alberto. Por suerte, sana. Vivo fuera, eso sí, por elecciones logísticas.

Él asintió, inexpresivo salvo por los ojos.

Se volvió hacia Alberto. Lo miró de un modo que nunca antes se había permitido.

Alberto dijo, aún tranquila. El lunes llamaré a una abogada. Solicitaré el divorcio. Los niños se quedan conmigo.

No esperaba respuesta. Dio media vuelta.

El salón de pronto se silenció en su esquina, el ambiente tan espeso que casi se podía cortar. Todo seguía igual en otras mesas, la música, las risas, pero allí había un vacío al fondo.

Bajó despacio. Se agarró a la barandilla. No era que las piernas flaquearan; solo que necesitaba un segundo.

Lo curioso fue que, en ese segundo, no vino el dolor esperado, ni rabia, ni drama. Era más bien como abrir una ventana después de muchas horas de bochorno. No alegría, exactamente. Solo alivio.

Salió por la puerta acristalada.

Noviembre la recibió con humedad y frío. La luz de la farola resbalaba sobre la acera. En la entrada, nadie le prestó atención. Llegó al coche.

Sentada, esperó diez minutos antes de arrancar. No pensaba en nada especial. Luego empezó a pensar.

Abogada, eso primero. Conocía a una, Laura, de la facultad, hacía siglos que no hablaban pero aún tenía su móvil.

Los niños, eso segundo. Jorge ya era mayor para comprender, si se le decía la verdad. Lucía, más complicado. Nico… eso aún dolía.

La casa. El chalet estaba a nombre de Alberto. Ley de divorcio, ni idea. Había que consultarlo.

El trabajo. Quince años sin trabajar. Sus años previos, en un pequeño departamento de publicaciones, le quedaban tan lejanos como los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Arrancó el coche, puso rumbo a esa misma carretera, pero algo era diferente: no la carretera, sino ella al volante. Imposible describirlo. Solo era distinta.

Cuando entró en el patio, la luz de la cocina se filtraba. Jorge seguía despierto.

En la mesa, Jorge fingía estudiar el libro, pero su saludo al oírla delataba el engaño.

Mamá, tardaste mucho.

Se me hizo tarde. ¿Sigues despierto?

No me apetecía dormir. Pausa. ¿Todo bien?

Dejó la chaqueta, colgada del perchero. Se sentó enfrente.

Jorge le dijo, ¿te acuerdas de cuando hablamos de tomar decisiones difíciles?

Jorge dejó el libro aparte.

Sí. Cuando no quería dejar balonmano.

También entonces. Esto es otra cosa. Habrá cambios en casa. Importantes. Te explicaré todo cuando lo tenga claro, pero quiero que lo sepas ya. No tienes que preocuparte, ¿vale?

Él la miraba fijo, ojos como los de Alberto, pero el carácter de ella.

¿Os vais a divorciar?

Probablemente sí.

¿Probablemente?

Seguro.

Guardó silencio.

Me lo imaginaba dijo al fin, tranquilo. Hace tiempo lo pensaba.

No se esperaba esa reacción. O sí, pero no así.

¿De verdad?

Mamá… tengo quince, no ocho. Veo cómo… no habláis nunca. Papá viene como si fuera un hotel. No soy tonto.

Miraba a su hijo y pensaba que había crecido mientras ella postergaba conversaciones. Había llegado solo a sus conclusiones.

Perdona le dijo.

¿Por qué?

Por callar tanto. Pensaba protegeros.

Mamá, no hace falta. Se encogió de hombros, como hacen los adolescentes cuando el aire se pone emocional. Todo saldrá bien. En serio.

Ella lo abrazó por detrás. Él no se apartó, solo se tensó con ese pudor adolescente, luego le puso las manos por encima.

A dormir, que mañana es la olimpiada.

Sí. Tú también deberías.

Iré ahora.

No fue. Se quedó largo rato, té casi frío, pensando. Puso el móvil en silencio. Alberto llamó tres veces y luego dejó un mensaje: «Tenemos que hablar. Es importante». Guardó el móvil.

Ya hablarían.

Los días siguientes pasaron tranquilos. Alberto no apareció. Los niños a lo suyo: Jorge fue a la olimpiada y sacó segundo premio, Lucía volvió contenta del instituto, Nico recuperado armó el jaleo habitual. La vida.

Elena encontró el teléfono de Laura en una vieja agenda de tapas ya gastadas. El número era el mismo. Laura contestó al segundo tono.

¿Elena? ¡Pero cuánto tiempo!

Mucho. Laura, necesito ayuda. Voy a divorciarme.

Pausa.

Pásate por el despacho dijo Laura. ¿Cuándo puedes?

Pasado mañana, si te viene bien.

Perfecto. A partir de las diez te espero. ¿Vienes a Madrid?

Así fue. Por primera vez en mucho tiempo se desplazó a la ciudad por algo que solo tenía que ver con ella. No médicos, ni reuniones de profe, ni compras. Por ella.

Laura seguía igual que en los recuerdos, pero con canas y una sombra debajo de los ojos. Le trajo café, la escuchó.

¿El chalet está a nombre de él? anotaba Laura.

Sí. Pero vivimos quince años, criamos tres hijos allí.

Se considera bien ganancial. Y tu aportación familiar cuenta. Por ley se reparte. La miró por encima de las gafas. ¿Quieres quedarte en la casa o vender?

No lo sé. Primero hay que ver qué pasa.

Correcto. ¿Trabajaste alguna vez?

Alguna, antes de casarme. En prensa.

¿Periodismo?

Sí, licenciada.

Laura asintió.

No es tan grave como tú piensas. Se puede volver. Despacio, pero se puede. Eso sí, no te cruces de brazos.

Lo sé.

Sabes, pero en quince años…

Sí, sí.

Silencio. Laura terminó el café.

Elena, ¿puedo preguntar?

Claro.

¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes?

Elena se lo pensó.

Porque siempre estaba esperando: los niños pequeños, que esto no es el momento, que luego… y al final el luego llegó.

¿Y qué cambió?

Escuché cómo hablaba de mí. De mi enfermedad ficticia. De lo desgraciado que es. A jefazos, a gente importante. Me di cuenta de que se había inventado otra mujer y vivía con su versión, y yo pensaba que, al menos en su cabeza, sabía la verdad. Pero no. O igual sí, y eso es aún peor.

Laura no la interrumpió.

Sí, eso es peor.

Se centraron en papeleos. Laura explicó, Elena apuntaba. Se volvió un tema práctico, haciendo listas. Eso le daba calma: pasos, no sentimientos.

Al salir, ya anochecía. Paseó mirando caras, mujeres con bolsas, parejas mayores con perro, chavales en una esquina. Vida corriente.

Entró a una cafetería cualquiera a cenar sola. Sopa y té. Al lado de la ventana, mirando la calle. Nada especial, pero para ella sí significaba algo: era, simplemente, una ciudad.

Alberto fue el sábado. Lo sabía. Los niños en casa, Nico jugando, Lucía leyendo, Jorge en sus cosas. Llamó al portero, Elena abrió.

Fue a la cocina, tomando su sitio de siempre. Ella puso la tetera. Silencio hasta que hirvió el agua.

Elena dijo él. Hay que hablar en serio.

Te escucho.

Has hecho una locura. ¿Lo entiendes?

Sirvió el té. Una taza para él, otra para ella. Se apoyó en la encimera.

Explícamelo.

Elena… le cambió el tono eligiendo el de jefe, Don Claudio ha exigido explicaciones. Dice que valora la honestidad y que lo de la otra noche… en fin, me has montado una escena donde menos venía a cuento.

Te traje tus pastillas.

¡Pero entraste sin que nadie te invitara!

Alberto dijo muy bajo. Les decías a todos que yo estaba gravemente enferma.

Se calló.

Por años. Mentías para no explicar lo de Marieta.

Elena…

No monté un escándalo. Eso no va conmigo y lo sabes. Pero quiero que veas que lo supe todo siempre. Pero callé.

La miró sin pestañear.

¿Cuánto hace?

Diez años, más.

Se pasó la mano por la cara. Antes ese gesto marcaba agotamiento; ahora era otra cosa.

¿Qué quieres? preguntó.

Lo dije el otro día.

Elena, divorciarse no es solo una palabra. Son los niños, la casa…

Lo sé. Por eso callé diez años. Pero los niños han crecido. Jorge entiende. Lucía entenderá. Nico es pequeño, pero los niños se adaptan si los mayores no mienten.

¿Eso es honestidad? ¿Romper la familia?

Lo miró despacio.

Alberto, no hay familia desde hace años. Lo sabes.

No contestó. Miraba la taza.

Quiero a los niños conmigo siguió ella. Y la casa, aunque sea de momento. Habla con tu abogado.

¿Tienes abogada?

Sí.

La miró entonces con cierta sorpresa. No era rabia, era casi desconcierto. Sólo entonces Elena supo que nunca le había pasado por la cabeza que ella podría tener esta conversación. Eso dolía, ligeramente, casi nada. Tantos años sin conocerse bien… quizá tampoco ella se dejó conocer.

Vale dijo al fin. Hablo con el abogado.

Gracias.

Se levantó, cogió el abrigo del respaldo.

¿Lo saben los niños?

Jorge sabe que habrá cambios. Los demás no.

¿Les hablo?

Mejor cuando estemos todos, con calma.

De acuerdo.

Fue hacia la salida, parándose en el umbral como siempre, en su pose de “por si acaso”.

Elena. ¿Te arrepentirás?

Tardó en contestar.

No lo sé fue sincera. De algunas cosas seguro. Pero de lo de aquella noche, no.

Él se fue.

Subiendo la escalera apareció Nico, con sus calcetines de dinosaurios.

Mamá, ¿papá se va?

Sí.

¿No come hoy?

No, Nico. Otro día.

Vaya. Bostezo. Mamá, ¿puedo dormir hoy contigo?

Claro.

¡Yuhuu!

Arreando escaleras arriba a por la almohada, Elena le vio alejarse. Eso era la vida. No el drama en el hotel, ni la conversación legal. Era esto: un niño con calcetines y una madre.

Lo que pasó en Iberarte el lunes lo supo dos semanas después, por Laura, que tenía chismes de primera mano.

Don Claudio, el director general, pidió explicaciones. Por lo visto no perdonaba ciertas cosas: mentiras públicas, mucho menos a ese nivel. Alberto se fue «por decisión propia».

¿Entonces, lo echaron? preguntó Elena.

Por lo que sé, sí.

¿Y Marieta?

Ni idea. Dicen que pidió tiempo. Pero eso ya no nos toca, ¿verdad?

No, desde luego.

Luego lo pensó sin dramatismos. No era ni triunfo ni pena. Solo… consecuencias. Él mismo había construido ese castillo, y se vino abajo no por ella, sino porque era hueco.

En diciembre, con el primer copo de nieve y Nico gritando «¡mira, mamá, todo blanco!», Elena comprendió que, por primera vez en muchos años, amanecía ligera. No era felicidad de película, sino sencillez: solo un niño, nieve y mañana nueva.

En enero presentaron papeles. Alberto no peleó por los niños. Por la casa hubo negociación: quedó a nombre de Elena y los niños; ella le pagaría su parte en varios años. Todo civilizado, sin escándalos.

Alberto venía los fines de semana. Nico lo esperaba en la puerta, Lucía lo saludaba con respeto distante, Jorge de manera adulta. Elena procuraba desaparecer durante esas visitas. Así debía ser.

En febrero Elena escribió a Ana, compañera de facultad: años sin contacto. Ana editaba en una web de historias humanas. Le escribió: que estaba de vuelta en la ciudad, que le apetecía retomar la profesión.

Ana respondió al rato.

¡Elena! ¿En serio? Qué alegría. Vente el viernes; hay reunión de redacción, te presento al jefe.

No sé si estoy preparada.

Sólo ven. Charla, curiosea. Nadie te obliga.

Voy.

La redacción era pequeña, típica, decorada con tazas y listas impresas. El jefe, Antonio, bajito y pragmático, fue directo.

¿Sabes hacer?

Escribía entrevistas, editaba algo. Hace mucho.

¿Cuánto?

Quince años sin escribir.

Se recupera. Hazme algo para probar: tres páginas, de lo que te apetezca.

¿De lo que quiera?

Lo que ahora te preocupe. Es lo fundamental.

Pensó durante días el tema. Al final escribió sobre mujeres que vuelven a ser ellas tras mucho tiempo perdidas. No autobiográfico bueno, vale, un poco: sobre lo que cuesta mirar atrás y no saber cómo continuar, pero que de algún modo, se empieza.

Antonio contestó a los tres días.

Escribes bien. Vente.

¿De qué forma?

Contrato, sueldo modesto, tres textos al mes. Veremos.

Lo leyó tres veces.

Bueno. Perfecto.

Ana llamó minutos después.

¿Entonces?

Me contrata.

¡Te lo dije! ¿Ves?

Veo…

Rieron. Elena, mientras hablaba, miraba el jardín nevado y se preguntaba cuándo fue la última vez que se rio así, solo por teléfono con una amiga.

Llegó la primavera, marzo. Nieves que se fundió, tierra viva, árboles que despertaban. Nico cada tarde revisaba los brotes de los manzanos junto a la verja. Lucía decidió montar un huerto y devoraba tutoriales de plantas. Jorge preparaba exámenes y pedía ayuda en historia, que Elena, curiosamente, aún recordaba bien.

El primer reportaje fue en marzo, sobre artesanos que enseñan oficios antiguos. Entrevistó a tres, escribió la pieza. Antonio llamó:

Se lee fácil. El próximo sobre bibliotecas, ¿qué ideas?

Hablar con bibliotecarios, saben mucho de personas.

Buena sugerencia. Lánzate.

Visitó la biblioteca la semana siguiente, conversó con la jefa de sala, sobre lectores, libros, la vida.

¿A usted los libros le ayudaron alguna vez? le preguntó Elena.

Siempre respondió la otra, sin vacilar. Un libro nunca te deja sola, ¿sabes? Aunque no haya nadie, está el libro.

Elena pensaba en eso al regresar a casa. Los libros le habían acompañado aun en los años vacíos, aunque no lo supiera.

En mayo Lucía y ella plantaban tomates. Lucía mandaba, Elena obedecía, entre risas. Nico revoloteaba, estorbando más que ayudando, pero felices.

Mamá dijo Lucía lavándose las manos, estás distinta.

¿Distinta?

Antes como si estuvieras a medio camino. Ahora estás aquí.

Se secó las manos.

Eres observadora.

Bueno se encogió de hombros, igual que Jorge. Eres mi madre. Te vigilo.

¿Me vigilas?

Todos los niños. Es normal.

Elena se echó a reír. Lucía también, y Nico rió sin saber por qué.

Alberto llamó en mayo, sin motivo concreto.

Elena, ¿cómo estás?

Bien.

Me han dicho que trabajas.

Sí.

Me alegra. Siempre fuiste buena escribiendo.

No respondió. No era por enfado, sino porque era un cumplido raro: años creando la situación menos propicia para escribir.

¿Quieres algo, Alberto?

No. Solo… saber de ti.

Estoy bien. De verdad.

Vale.

Silencio.

El domingo iré, ¿puede ser? A ver a los niños.

Por supuesto. Les encantará.

¿Nico pidió algo?

Tráele uno de dinosaurios. Ahora le ha dado fuerte por eso.

Perfecto.

Colgaron. Elena salió a la terraza. Mayo olía a tierra, algo dulce del seto, y trinaba algún bicho en la valla.

Se quedó de pie, sin objetivo. Solo respirando.

Su vida actual no era la que soñó. No sabía si iba a ser fácil. Ni si su decisión era la «correcta», pero supo algo claro: Jorge pronto terminaría el instituto y volaría. Lucía sería buena persona, porque ya lo es. Nico amaría los dinosaurios un año más, luego otra obsesión. El trabajo le llenaba, y sí, aún sabía escribir. Laura era buena abogada. Ana seguía siendo Ana tras ocho años. Y Doña Concha, vecina cotilla, seguía trayéndole tarros de mermelada, aunque a ninguno de los niños les gustara y se quedara de adorno: pero daba cierto calor de hogar.

El verano llegó sin avisar. Lucía, Nico y ella escapaban a un lago cercano en coche. Nico chapoteaba con ahínco, Lucía leyendo a la sombra, Elena tumbada mirando nubes.

¡Mamá! gritó Nico en el agua. ¡Mira, nado de espaldas!

¡Te veo, campeón!

¡Ni muevo las manos si me tumbo bien!

Filosofía pura.

Lucía levantó la vista del libro.

¿Esto es una metáfora?

¿El qué?

Lo que dice Nico. Si te tumbas bien, no hace falta mover las manos. ¿Es una metáfora de la vida?

Elena se rió:

No, hija, no. Es literal.

Vaya. Sería bonita metáfora.

Invéntate tú una para el cole.

Ya me la pensaré.

Nico salió agitándose como un cachorro, empapando a las dos.

Mamá, ¿cuándo viene papá?

El domingo.

¿Traerá dinosaurio?

Ya te lo dejó en casa.

¿Cuál?

Uno verde grande. No sé el nombre.

¡Seguro que es un estegosaurio! ¡O un anquilosaurio! Nico cogió la toalla, secándose como quien pule muebles. Mamá, el anquilosaurio tenía una cola como una porra, ¿lo sabías?

No.

Ahora lo sabes. Era la mejor defensa del mundo dinosaurio.

¿La mejor, dices?

Absoluta. Nadie podía meterse con ellos.

Elena lo miró. Ocho años, agosto, pelo mojado, dinosaurios.

Nico le dijo.

Qué.

Eres buena persona.

La miró extrañado.

Mamá, eso se dice raro.

Lo sé. Pero es verdad.

Se encogió de hombros, cogió la toalla y se fue a mirar el lago. Lucía arqueó una ceja.

¿Estás bien?

Muy bien.

Vale dijo, volviendo al libro. Preguntaba.

Volvieron a casa al caer la tarde. Elena puso a cocer maíz que Nico eligió en el mercado. Lucía se refugió en su cuarto; Nico, en el sofá, con un nuevo libro de dinosaurios.

Mientras removía la olla de maíz, el anochecer iba colándose suavemente por la ventana.

Sonó el móvil. Número desconocido.

¿Elena García? Voz de mujer, seria pero amable.

Sí, soy yo.

Soy Irene Fuertes, redactora de la revista “Nuestro Horizonte”. Me habló Ana Gil de ti. Dice que escribes bien y tienes experiencia.

Bueno, algo hay.

Aquí todo el mundo. Notó el deje irónico y cordial. Nos ha surgido una vacante: temas de interés femenino, historias de vida. Ana me recomendó hablar contigo. ¿Te apetece venir un día y hablamos?

Elena removía el maíz.

Claro. Cuando digas.

Quedaron para tres días después.

¡Mamá! gritó Nico desde el salón. ¿Ya está el maíz?

¡Casi!

¡Me muero de hambre!

¡Los anquilosaurios sabían esperar!

Pausa.

¡Eso no vale! replicó él, entre risas.

Elena sonrió. Se giró hacia la cazuela.

Fuera caía la tarde. Lucía puso música bajita algo melancólico, clásico en ella de noche. El maíz burbujeaba. Nico arrastraba las zapatillas acercándose a la cocina.

Era un día cualquiera. Uno más.

Y, sin embargo…

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