Huyendo de mi marido en un pueblo remoto, caí en una trampa para osos y pensé que era el fin, perdiendo la conciencia…

Huyendo de su marido desde un pueblo abandonado, cayó en una trampa para osos y pensó que era el fin, perdiendo el conocimiento
Al despertar en una habitación desconocida, Lucía gimió suavemente. La cabeza le daba vueltas como si le hubieran golpeado la nuca, y su memoria era un vacíono recordaba qué había pasado ni cómo había llegado allí. El cuerpo le dolía, como tras días de inmovilidad, y se negaba a obedecer. Al intentar levantarse, descubrió con horror que estaba atadamanos y pies apretados con cuerdas. La invadió el pánico y se retorció en la cama, haciendo crujir los viejos resortes.
Bueno, por fin despierta resonó una voz fría. No importa. Permanecerás aquí un poco más. Entenderás tu error, y luego te dejaré ir. Volveremos a casa.
En ese momento, Lucía lo recordó todo. Había acordado el divorcio con su marido, Adrián. Él aceptó, pero luegoun golpe. Nunca había planeado dejarla ir. «Eres míadecía, y si no lo entiendes, te haré entender». Pero Lucía ya no soportaba sus infidelidades. Tras la primera, lo perdonó, le dio otra oportunidad. Tras la segunda, no. El amor se había apagado hace tiempo; solo quedaban el miedo y el asco hacia esa relación tóxica, donde uno sufría de obsesión y el otro, de soledad.
Suéltame susurró, temblando. No cambiará nada. No puedes obligarme a quererte. Adrián, por favor
Resígnate. Ahora estás en negación, pero entenderás que estamos hechos el uno para el otro. Me darás otra oportunidad. Y no tienes adónde huir. ¿Recuerdas lo que te conté de este pueblo abandonado, donde vivían mis abuelos? Nadie viene aquí. Nadie te ayudará. Y no me enfurezcassabes a qué puede llevar eso.
Lucía se estremeció. En los ojos de Adrián vio locura, y eso la aterrorizó más que nada.
¿Una semana y media? ¿O más? Pasó esos días en aquella casa. Adrián solo la liberaba unas horas, vigilando cada movimiento como un depredador a su presa. Lucía comprendió: no era un hombre, sino alguien enfermo que necesitaba ayuda psiquiátrica. Pero fingió. Actuó sumisa, simuló esperanza de reconciliación, solo para volver a la civilización. En el trabajo nadie la echaría de menossu jefa ansiaba deshacerse de ella desde que la pilló con su marido. Sus padres habían fallecido, y sus amigas estaban acostumbradas a sus largas ausencias. «Marido celoso», suspiraban, sin indagar.
Un día, cuando Adrián se desvió, lo golpeó con una pesada figurilla. Cayó inconsciente, pero respiraba. Lucía no tuvo tiempo de comprobar si despertaría. Sabía que si lo hacía, no habría segunda oportunidad. Él decía que se quedarían allí mucho tiempo, y ella no podía seguir viviendo con alguien cuya ira era como una bomba a punto de estallar.
Se vistió con lo que encontró y salió al frío. El aire helado le quemó los pulmones, pero corrió. Coches, carreterastodo estaba lejos. Temía que Adrián la siguiera por las huellas, pero debía huir. El bosque, el aullido de lobostodo la asustaba, pero prefería ser presa de una bestia que de un loco.
Las fuerzas la abandonaron. No sabía cuánto tiempo había pasado, ni adónde iba. La idea de congelarse o perderse la atormentaba. Y de prontoun dolor agudo, un grito. Su pierna quedó atrapada en una trampa para osos. La sangre tiñó la nieve. Cayó, intentando liberarse, pero las fauces de metal no cedían. El dolor era insoportable. La conciencia se desvanecía.
Entoncesuna voz:
No te rindas, Blancanieves
Volvió en sí en un lugar desconocido. El aire olía a té de hierbasalgo que alguien le hacía beber a sorbos entre sus desmayos.
¿Dónde estoy? susurró al incorporarse.
¿Ya estás despierta? sonó una voz desde la puerta.
Frente a ella estaba un hombresereno, de ojos amables, con un jersey de lana y pantalones gruesos.
¿Me salvó?
Tú misma lo hiciste. Luchaste. Yo solo ayudé.
Se presentóDaniel. Le contó que la encontró en la trampa, la llevó a su cabaña, la curó, le puso antibióticos. Había estado delirando casi una semana. La trampa no había dañado el hueso, pero las heridas eran graves. «Sobreviviste. Eso es lo importante», dijo.
Vivía en la casa del guardabosquessu abuelo. Había venido para descansar de la ciudad y continuar su labor: retirar trampas de cazadores furtivos.
Así que hice bien al echar a ese hombre que vino aquí agregó. Un día después de traerte. Parecía una bestiabuscaba a alguien. No temas. Si vuelve, no entrará.
Lucía tembló. Adrián estaba cerca. Pero ahora se sentía segura.
Pasaron los días. Le contó todo a Danielel matrimonio, las infidelidades, su huida. Él escuchó en silencio. Esperaba temer a todos los hombres tras lo vivido, pero con él era distinto. Se sentía en paz. Cómoda. Él no presionaba, no exigía, no acusaba. Solo estaba ahí.
En diez días ya podía caminaraunque cojeando. Daniel salió al bosque, y ella decidió cocinaralgo para agradecer su bondad.
Cuando volvió, la vio frente a la estufa.
Te dije que descansaras frunció el ceño, sacudiendo la nieve de su ropa.
Perdona Quería ayudar. No soporto sentirme inútil. Una carga.
Se suavizó.
Está bien. Ayúdame si quieres. ¿Qué hacemos?
En la conversación, por primera vez compartió algo personal: hacía dos años perdió a su prometida en un accidente. Cada aniversario venía a este lugar tranquilo para enfrentar el dolor.
Lo siento murmuró Lucía. Pero la vida sigue. Estoy segura de que ella querría que fueras feliz. Después de lo que hizo mi marido, podría temer a todos los hombres. Pero tú no eres él. No puedes esconderte eternamente tras el miedo. Hay que seguir adelante.
Daniel asintió, y juntos prepararon una cena sencillapatatas guisadas, abrieron una botella de vino tinto. Mientras comían, Lucía preguntó lo que la intrigaba: ¿de dónde salían los víveres en ese lugar remoto? Llegar era difícil, e irse aún más. No sabía cómo regresar.
Mi ayudante los trae cada dos semanas respondió Daniel. Justo se acabaron, y las carreteras están bloqueadas. Vendrá mañana. Y tú irás con élde vuelta a la ciudad.
El corazón de Lucía se encogió. Volver. Donde la esperaba no solo su pasado, sino también enfrentarse a Adriándenunciarlo, exigir justicia, divorciarse. Solo pensarlo le helaba la sangre. Pero junto a Daniel se sentía protegida, como si su presencia fuera un escudo. Sin embargo, sabía que huir no era la solución. Debía terminar lo que empezó.
No temas dijo Daniel, tomándole la mano. Lo lograrás. Y ese ciervo cornudo ya no te asustará.
Lucía sonrió entre la ansiedad. Su seguridad la reconfortaba, pero no disipaba sus dudas. Y estaba tristesu breve pero cálido tiempo juntos terminaba. Sabía que era lo correcto. Pero en su corazón

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

8 + seventeen =

Huyendo de mi marido en un pueblo remoto, caí en una trampa para osos y pensé que era el fin, perdiendo la conciencia…
¡Lena! Tenemos que hablar en serio…