No metas mano en mi bolso

No te metas en mi bolso

Marta me llamó a principios de diciembre, justo en el momento en que yo, Javier, estaba colocando en la entrada las compras recién traídas del centro comercial. Las bolsas se amontonaban en el suelo de madera, de una asomaba una caja con unos botines nuevos, de otra, el extremo de una bufanda que en realidad no hacía falta, pero que combinaba tan bien con el abrigo que no pude resistirme.

Javi, quería preguntarte una cosa empezó mi cuñada Marta, con esa voz suya de disculpa crónica. ¿Venís vosotros en Nochevieja o vamos nosotros?

Hombre, claro que venís vosotros contesté, sin apartar los ojos de los botines, imaginándolos con el abrigo, primero con un look, luego con otro. ¿Dónde si no? Aquí hay sitio de sobra y ya está todo previsto.

Sí, sí, si yo lo entiendo dijo Marta. Pero mamá decía que no quiere molestaros.

Marta, esto lo hablamos todos los años. Dile a mamá que venga el día 31 a las siete y que deje de darle vueltas.

Colgué y coloqué los botines en su estante. Eran de serraje auténtico, de suela antideslizante, tacón cómodo. Justo lo que necesitaba. No como los de Marta, que llevaba los mismos zapatos comprados en el mercadillo cada invierno y aún presumía de que son comodísimos.

No soy mala persona, nunca lo he sido. O al menos siempre me lo digo, y generalmente es verdad. No deseo mal a nadie, ayudo cuando me lo piden, hago regalos en los cumpleaños y por Navidad. Pero tengo la cabeza bien amueblada y una mirada precisa; veo las cosas como son, sin adornos innecesarios. Como ver que Marta subsiste en un piso antiguo de tres habitaciones con su hija y nunca es capaz de pedir ayuda como una persona normal, pero luego va por la vida como una mártir. O ver que mi suegra, Carmen, maestra jubilada, no pierde ocasión de hacerse la sufrida, aunque tiene una pensión decente y mi hermano Luis le hace una transferencia de euros todos los meses.

Luis siempre llega tarde a casa. Dirige un departamento en una gran tecnológica en Madrid, tiene gente a su cargo en todo el país y, francamente, el trabajo le come vivo. Muchas veces solo le veo a primera hora y ya casi de madrugada. Pero, gracias a eso, para qué engañarnos, vivimos muy bien. Un piso nuevo en el barrio Salamanca, altura de vértigo, vistas al Manzanares, tres dormitorios, cocina con isla y tarima de madera de roble. Nuestra hija, Alba, de ocho años, tiene todo lo que se puede soñar: juegos de construcción, bici, tablet, clases de robótica los sábados. Yo me aseguro de que no le falte de nada. Ni de sobra.

No trabajo. No porque no pudiera, sino porque así lo acordamos. Luis me lo propuso una vez: ¿para qué vas a trabajar si yo gano suficiente? Lo pensé y acepté. La economía doméstica requiere atención, Alba también, y francamente, si se tiene la opción de no ir cada mañana a una oficina, sería un pecado no aprovecharlo. Me ocupo de la casa, voy a pilates, leo, llevo a Alba a extraescolares y voy de vez en cuando a comer con amigas. La vida me sale bonita y ordenada.

Solo hay una cosa que me molesta de verdad, y es todo lo que tiene que ver con la familia de Luis. No es que sean malas personas. No. Es solo que son diferentes. Con su orgullo, su manera de rechazar la ayuda con una dignidad a veces incómoda. Varias veces he ofrecido a Marta ropa casi nueva, buena: abrigos, jerséis, hasta unos zapatos que apenas me puse. Marta lo rechaza, poniendo cara de que no es caridad lo que busca. Mi suegra igual. Le regalé una vez una crema facial francesa, carísima. Carmen la agradeció, pero a las dos semanas vi el bote sin estrenar en la estantería de su baño. Quizás le parecía demasiado bueno para usarlo, o sus principios no se lo permitían.

Lo que de verdad me dolía venía por otro lado. Cuando Carmen venía, rara vez al año, siempre observaba cómo miraba a Alba y cómo miraba a Julia, la hija de Marta. Eran miradas distintas. A Alba la trataba con dulzura, pero cierta distancia. Con Julia, esa niña de nueve años, delgadita, con trenza y ojos enormes, el trato era otro. Más tierno. Más íntimo. Podía pasar una hora leyéndole en voz baja, acariciándole el pelo como solo había visto hacer a una madre. Y yo, al mirar, sentía una rabia sorda.

Una vez se lo mencioné a Luis.

¿Te has dado cuenta de cómo tu madre mira a Alba? pregunté aquella noche, ya con la niña dormida.

¿Mira? Luis ni apartó los ojos del portátil. Yo la veo normal.

No, Luis, no es igual. A Julia la mira como si la quisiera más.

Luis cerró el portátil y me miró.

Javi, ¿en serio?

Del todo.

Julia lo tiene más difícil. No tiene padre, Marta sola la saca adelante. Mamá lo sabe. Eso no significa que quiera menos a Alba.

No quiero que a mi hija le toque siempre el cariño de sobras.

No te inventes historias y volvió al portátil.

No seguí discutiendo. Pero mi opinión no cambió.

Diciembre fue deslizándose hacia Nochevieja, la oscuridad entraba temprano por las ventanas, Alba ensayaba su poesía para la función del colegio y Luis desaparecía absorbido por el despacho. Yo decoraba el piso para las fiestas sin mucha ilusión, lo tenía todo tan estudiado que ya no hacía falta pensar: abeto natural en la sala, luces blancas y doradas, menú planeado hasta el último detalle.

Marta volvió a llamar la semana antes de Navidad.

Javi, ¿llevamos algo? ¿Hago una ensaladilla o algo?

No hace falta, ya está todo comprado.

Al menos algo, que no quiero aparecer con las manos vacías

Tú trae a Julia, y ya está.

Breve silencio.

Vale. Gracias, Javi.

El 31 por la tarde el piso relucía. La mesa vestida de lino, cubiertos buenos, velas, pescado preparando el horno, tabla de embutidos y canapés listos. Alba corría emocionada con su pijama nuevo cruzando al árbol, deseando que llegasen la abuela y la tía Marta.

Vendrán a las siete, cariño, repetí. Hasta entonces nada de ir a por los regalos.

¿Y si llegan antes?

Van en metro con dos transbordos, antes de las siete imposible.

Ese detalle era ya parte del retrato mental que siempre llevo. Nosotros vivimos en el centro, en lo alto del barrio más caro. Carmen reside en el otro extremo de Madrid, en un edificio antiguo sin ascensor donde siempre huele a gatos. Solo fui allí una vez, nada más casarnos, y no he vuelto. Marta vive algo más cerca, pero le lleva igualmente más de una hora.

Luis estuvo ocupado todo el día. Salió por la mañana, volvió a las cinco, me besó en la mejilla, soltó un todo está perfecto y se fue a cambiarse. Me quedé en la cocina pensando que esa frase no es la que una espera de su marido después de haberte roto el lomo cocinando desde las ocho. Pero Luis es así: no es malo, ni frío, solo agotado y sin ganas de hablar.

Carmen y Marta llegaron a las siete y cuarto. Julia entró delante, con su abrigo triste, las mejillas encendidas por el frío, y una boina que le bailaba. Alba se la llevó corriendo a enseñarle los juguetes. Marta tenía un gran bolso de cuadros; Carmen seguía con su abrigo marrón de siempre, ese que ya tenía el invierno anterior.

Pasad, pasad, dejad los abrigos, lavaos las manos y sentaos dije, colgando sus prendas en el armario.

Javi, qué bonito está todo. Cada año me dejas alucinada murmuró Marta mirando alrededor.

Ponemos empeño contesté, más por costumbre que por otra cosa. Un piropo sobre tu casa, lanzado por quien siempre anda justísima de todo, siempre me sabía raro. Me sonaba a condescendencia, aunque igual era mi problema.

Carmen abrazó a Luis, le dio unas palmaditas en el hombro y enseguida fue a buscar a las niñas, de quienes ya salían voces desde el dormitorio. La oí decir a Alba: Déjame verte, mi niña, y luego algo muy bajito, que ya no alcancé.

La cena fue agradable y familiar. Luis descorchó un Rioja, sirvió a todos, incluso a Marta, que nunca bebe. Charlamos de cosas livianas: el festival del cole, la escuela de Julia, alguna noticia pasajera. Carmen estaba elegante, comía despacio, elogiaba cada plato. Julia, sorprendentemente, se comportó como una señorita, no apoyó los codos, no pegó tirones a los platos.

Muy bien, Julia, así da gusto dijo Luis.

Intentamos educar rió Marta. Me fijé que utilizó la misma expresión que yo antes. No lo comenté.

Después de la cena, Alba reclamó los regalos, el gran ritual de cada año: todos alrededor del árbol, cada uno saca su paquete. Luis y yo pusimos los nuestros. Carmen trajo el bolso de cuadros y lo puso junto al árbol.

Empieza Alba, que es la anfitriona dijo Carmen.

Alba sacó un paquete grandote de la abuela, rompió el papel sin remedio hasta sacar una caja enorme de LEGO. De esos caros que siempre he dejado para otro día, porque ya está rodeada de juguetes. Alba miró a su abuela con unos ojos serios y dio las gracias muy sentida.

Que lo disfrutes, hija le sonrió Carmen. Tienes quinientas piezas, te va a durar.

Automáticamente calculé el precio. Era un set caro, Carmen no escatima, algo sabe.

Siguió el turno de Julia. Sacó de la misma bolsa algo mullido, lo abrió despacio. Era un abrigo azul océano, de esos con capucha de pelo. Y junto a él, en el paquete, unos botines del mismo tono, con forro por dentro y de serraje auténtico. Supe que era bueno, lo noto al tacto.

Julia lo sostuvo clavada en el sitio, callada. Miró a su abuela.

¿Para mí?

Claro, corazón, pruébatelo.

Julia se puso el abrigo sin desprenderse del vestido, le quedaba perfecto. Marta murmuró algo que no entendí, pero tenía los ojos húmedos.

Es precioso susurró Julia.

Sí que lo es aprobó Carmen.

Yo, de pie al lado del árbol, sonreía. Por fuera. Por dentro, era otra historia. El abrigo era estupendo. Y unos botines así, ni te cuento. Eché un vistazo al LEGO de Alba y al conjunto entero de Julia y mi cabeza, sin querer, hizo sumas. Y la cuenta no me salía: el regalo de Julia costaba, seguro, varias veces más.

Carmen, bonitos regalos dije, de verdad.

Si gustaron, estoy feliz respondió ella, mirando a Julia, que no quería quitarse el abrigo nuevo.

Luego se repartieron los nuestros, las niñas escaparon a jugar y Luis ofreció café mientras Marta venía a ayudarme en la cocina. Carmen se sentó agotada en el sillón.

Preparé el té, coloqué bombones en un platón y corté tarta, todo en automático. Pero la suma me daba vueltas en la cabeza: el LEGO era caro, sí, pero el conjunto de Julia era de otra liga. Si había comprado los dos, había gastado mucho más en la nieta de su hija que en la de su hijo.

Marta cortaba limón a mi lado.

Gracias por todo, de verdad. La cena un diez.

Nada. Me quedé allí, luego no me aguanté. Oye, Marta, ¿tú sabes cuánto se ha gastado mamá en el abrigo?

Marta se sobresaltó.

No Ella lo quiso comprar sola.

¿Pero te imaginas? El abrigo, los botines de serraje no ha debido de ser barato.

Javi. Soltó el cuchillo. ¿A qué viene esto?

Simple curiosidad. Alba un LEGO, pero Julia, mucho más. Da un poco rabia.

Me miró unos segundos. Cogió el plato y volvió al salón, sin responder.

Me quedé solo en la cocina. El hervidor borboteaba y las niñas reían en la otra habitación. De fondo, la voz reposada de Luis y el bolso de cuadros esperando en la entrada.

No sé por qué lo hice. O sí. Era esa manía mía de cuadrar cifras, de no dejar nada al azar. Sentía que tenía derecho a saber exactamente lo que costó cada cosa. Cogí la tetera y serví en el salón, luego volví por la tarta. Al pasar junto al bolso de cuadros, casi sin querer, me paré.

Ahí estaba, contra la pared, abierta a medias.

Me aseguré de que en el salón nadie mirara. En la cocina, silencio.

Abrí el bolso. Dentro, una cartera, papeles, una libreta vieja. Y, en un lateral, dos recibos doblados. Los saqué. Uno del LEGO. No estaba mal, un precio considerable. El otro, el del abrigo y los botines. El importe triplicaba el anterior.

Tres veces más. Abrigo y botines juntos. Sabía que eran caros, pero no tanto. Carmen había gastado para Julia tres veces más que para Alba. Es una nieta sí, de sangre, pero Alba también. ¿Por qué esa diferencia?

Metí los recibos en el bolsillo del jersey y volví con la tarta.

Todos estaban sentados a la mesa. Carmen sorbía el té despacio hablando con Luis, Marta ayudaba a Julia con el abrigo, Alba pedía tarta.

Repartí los trozos. Las manos se movían solas, la cabeza iba aparte.

En el bolsillo, los recibos.

Podría haberme callado. Guardarlos, tirarlos luego, fingir que no pasó nada. Pero la incomodidad ardía por dentro. No era ni enfado, era ese malestar de llevar una piedrita en el zapato que finalmente tienes que sacar aunque sea incómodo.

Carmen dije, voz firme, quiero preguntarte una cosa.

Carmen me miró.

Pregunta.

Te has gastado en los regalos de Julia tres veces más que en los de Alba. Saqué los recibos y los puse en la mesa, juntas las hojas. Los encontré en tu bolso, aquí están.

Silencio absoluto, tanto que por la ventana se escuchaba el eco lejano del primer petardo de la noche.

Luis miró primero los recibos, luego a mí. Marta bajó la cabeza. Carmen me sostuvo la mirada, tranquila, sin acritud.

¿Has rebuscado en mi bolso?

Yo tartamudeé. Estaba abierto.

Ya asintió. Estaba abierto.

Solo quiero que haya justicia.

¿Justicia? Ella dejó la taza, la miró con calma. Te lo explicaré, entonces. Alba recibió un LEGO porque ya lo tiene todo. He visto esta casa, he visto su cuarto, lleno de juguetes hasta el techo. Le traje algo que aún no tenía y que supiera que le haría ilusión.

Pero la diferencia de dinero no la justifica eso.

Julia vino hoy con un abrigo pequeño y de otoño. La he visto así desde octubre. Marta nunca lo dice, no pide ayuda, tú la conoces. Decidí ahorrar yo misma desde junio pasado para comprarle el abrigo. Fui guardando parte de lo que el médico me receta para el corazón. Pensé que podía pasar sin ellos unos meses y así juntar lo suficiente.

Sentí como si el suelo se moviera bajo mis pies. No se paró el tiempo, ni sentí vértigo, pero algo cambió de posición dentro de mí.

¿Dejaste de comprarte los medicamentos? atiné a decir.

Sí. Soy una señora mayor con una pensión. Mi hija tira sola con la niña. A ti y a Luis os va bien. A Alba no le falta nada. Lo que le traiga será una cosa más. Julia necesita abrigo. Eso no quiere decir que quiera menos a Alba. Solo veo dónde soy necesaria.

Marta seguía sin levantar la cabeza. Luis empujó el plato y se levantó, caminó hacia la ventana, luego se volvió.

Javi apenas un susurro, pero intenso.

Quería entenderlo intenté explicarme.

Has rebuscado en el bolso de mi madre.

Estaba abierto.

Y te has traído los recibos justo en la mesa, la noche del 31, con los niños.

Están en su cuarto, Luis.

Alba está aquí. Me señala la niña. Y quiero preguntarte algo: ¿tú entiendes lo que has hecho?

Quería justicia.

¿Justicia? repitió, y la palabra sonó totalmente diferente en su boca. Tú, que llevas cinco años sin trabajar, que gastas mi sueldo, que te compras zapatos cada mes porque encajan mejor. Vas y le sacas esto a mi madre.

No es igual.

No. Es peor. ¿Tienes idea de lo que es ahorrar meses a costa de tus medicinas? ¿Alguna vez has dejado de comprarte algo necesario por falta de dinero?

No contesté.

Mamá ha ahorrado medio año. Marta trabaja horas extra para salir adelante. Y tú vienes con estos recibos a darle lecciones. Más bajo no se puede caer.

No lo digas así, Luis.

Lo digo porque es la verdad. Se volvió hacia su madre. Lo siento, mamá.

No tienes que hacerlo contestó Carmen, digna. Es vuestra familia.

No. Lo resolveremos nosotros se acercó, la cogió del brazo.

Después miró a Marta.

Vámonos. Os lleváis el taxi. Dormís en casa; yo en el sofá esta noche.

Luis supliqué. No puedes hacer esto.

Sí puedo. Ya iba a la entrada. Alba, despídete de la abuela.

Alba se acercó, Carmen la abrazó largo rato, tomó su bolso. Marta ya abrigaba a Julia, la niña callada, notando el aire raro.

Carmen empecé.

Javi me cortó con cansancio. Eres una persona lista, tienes un piso precioso. Os deseo feliz año.

Cerró la puerta.

Me quedé en el recibidor, Alba cogida a mi mano, callada. Al fondo de Madrid estallaban fuegos artificiales antes de media noche.

Entré al salón. La mesa puesta, velas ardiendo, tarta troceada, copas de vino medio vacías. Los recibos encima del mantel. Los arrugué y metí en el cubo de basura. Me quedé mirando el cubo un minuto.

Papá llamó Alba desde el sofá, ¿vemos la Cabalgata?

Vamos, sí.

Nos sentamos. Le puse te, ya frío, y me lo bebí sin pensarlo. No probé la tarta.

El móvil, en silencio. Luis no escribía. Recogí la mesa, mandé a Alba a dormir, porque ya no se le sostenían los párpados. Se acostó sin protestar, lo cual era raro. Algo intuía, los niños siempre notan.

La arropé, me quedé con ella hasta que cayó dormida. Apagué la luz de su cuarto. Al volver a la sala, las velas seguían encendidas.

31 de diciembre. La medianoche cerca. En la nevera, el cava esperando el brindis que cada año hacíamos Luis y yo. Miré las luces del árbol.

Solo una palabra me giraba en la cabeza: Ahorré desde junio. Dejé de comprarme los medicamentos.

Pensé en Carmen, cruzando Madrid en metro, en Julia aguantando meses con un abrigo de entretiempo, en Marta sin pedir ayuda por orgullo. Carmen tampoco lo contó, no habló de nada hasta que la forcé a hacerlo con los recibos delante.

Pensé en mis botines nuevos en el vestíbulo, igualitos a los de Julia pero de diferente color, comprados porque iban bien con el abrigo.

El móvil vibró. Rápido, miré la pantalla.

Era Olalla, mi mejor amiga, con una nota de audio, risas, gente, ambiente festivo.

De Luis, ni rastro.

Dejé el móvil. Faltaban cuatro minutos para medianoche. Fuera, en la ciudad, mucho ruido.

Fui a la nevera. Abrí el cava sola, tapando el corcho con un trapo para evitar desgracias. Me serví una copa. Solo una.

Me asomé a la ventana con la copa en la mano y contemplé el Manzanares, tranquilo y oscuro, las luces del otro lado y los fuegos de artificio explotando dispares.

Medianoche. Un nuevo año.

Bebí despacio. El cava, excelente. Yo lo había escogido.

Todo en este piso era excelente y caro. El parque, el abeto, el lino, la plata. Todo elegido con cuidado. Sé elegir objetos. Sé hacer bella una casa.

Pero Luis, a esa hora, estaría en casa de su madre, en su piso sin ascensor, quizá mirando por la ventana o ya dormido en el sofá.

Terminé la copa, la apoyé en el alféizar.

Solo me rondaba una idea molesta, como la piedrecita del zapato, pero ahora ya la había sacado y, sin embargo, la molestia seguía. Era más nítida.

Cogí el móvil. Escribí a Luis una palabra: Perdona.

Esperé.

Nada.

La ciudad lucía. Alba dormía en su habitación repleta de juguetes. Julia ya estaría dormida también, con su abrigo nuevo colgado a los pies de la cama, ignorante de lo ocurrido en la mesa y feliz por estar, por fin, calentita.

Me senté en la oscuridad del salón. Las velas se fueron apagando. Solo quedaban las luces inútiles del árbol.

Me pregunté si basta una sola palabra, perdona, para enmendar el daño hecho. Si sirve de algo después de haber convertido la generosidad silenciosa en una humillación pública.

No lo sé. No sé medir estas cosas. Soy preciso con números, sé comparar, pero esto no sé cómo computarlo, ni cómo deshacer lo dicho.

El móvil sin novedades.

Limpié mesa, fregué platos, guardé restos. Apagué la luz de la cocina y me metí en la cama. El lado de Luis, intacto.

Fuera seguían los fuegos, ya lejanos.

Pensé en que mañana será uno de enero. Y habrá que hacer frente a lo que hay. No a la casa ni a la comida, sino a lo que he dicho, a cómo me mira ahora Luis, y a reconocer que hacía años que no me planteaba si la vida se veía igual de bien por dentro que por fuera.

Entonces, con el móvil en la mano, Luis mandó al fin un mensaje: Descansa.

No era te perdono. No era te quiero. No era ya vuelvo.

Solo descansa.

Dejé el teléfono. Cerré los ojos.

Descansa. Puede significar tantas cosas, incluso nada en absoluto. Y me di cuenta de que hay mucho que nunca supe: que mi suegra ahorró meses privándose de medicamentos, que Marta no pedía ayuda por no deber favores. Que Luis lo intuía todo y nunca dijo nada hasta que no pudo más.

Pensé en ello y no dormí.

La ciudad se fue calmando. El año empezó. Afuera, frío y real, y dentro de mí, por recomponer.

No me dormí enseguida. Pensé mucho, mucho, en esos dos recibos, que ya estaban en la basura pero seguían pesando, como si el papel pudiera recordar lo que uno querría olvidar.

Supongo que el mayor lujo es darse cuenta a tiempo de lo importante, antes de que alguien tenga que recordártelo dejando de lado hasta su propia salud.

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No metas mano en mi bolso
No me lo esperaba de mi marido — Ana, hay que hacer algo… —dijo Irina con un suspiro al teléfono. — ¿Y ahora qué pasa? —contestó su hermana pequeña, algo alarmada. La llamada de la mayor ya la estaba poniendo tensa. Normalmente intercambiaban mensajes cortos por WhatsApp, pero ahora Irina había insistido en hablar por teléfono. — Mamá ya no puede seguir viviendo sola. Si la llamaras más a menudo, lo sabrías —le reprochó Irina. — ¡Ay, venga ya! ¡No empieces! Ve al grano. ¿Qué me estoy perdiendo? Irina volvió a suspirar. Era típico de la pequeña, que llevaba años presumiendo de independencia y saltaba a la mínima crítica. — Te recuerdo que mamá ya tiene 73 años. Le baila la tensión, está siempre débil. Le cuesta hacerse la comida y mantener la casa en orden ya es un esfuerzo enorme —explicó con paciencia la mayor—. Ya ni digo que hay días que ni puede ir a por el pan. Menos mal que la vecina, doña Nina, le acerca algo a veces. — ¿Me estás diciendo que mamá pasa hambre? —preguntó Ana, cada vez más preocupada. — ¡No, por supuesto! Cada dos semanas voy y le llevo de todo. Pero no es eso, Ana, es que nuestra madre ya no puede valerse sola. ¿Y si un día se cae y se rompe algo? A su peso, sería complicadísimo atenderla. Las dos hermanas guardaron silencio. Elena llevaba con sobrepeso desde joven y, con los años, todavía había engordado más. A pesar de los problemas de salud, le encantaba comer y se molestaba cada vez que sus hijas le insinuaban que debía hacer dieta. — Además, se siente muy sola, casi llora cada vez que me voy. Se queja de que todos la han abandonado… —prosiguió Irina—. Es una situación insoportable. — Pero entonces, ¿qué propones exactamente? No te sigo. La mayor dudó, armándose de valor. Cada año hablar con Ana era más difícil. — Lo que propongo… es que te mudes tú con ella. — ¡Anda ya! ¿Y por qué no te mudas tú, eh? A ver, déjame adivinar: ¡que si Fedito, tu marido oro molido, y el hijastro, el pobrecito, ese “niño” de 25 años, a tu cargo, no? — Ana, ¿a qué viene eso ahora? — ¡A que siempre decides todo tú por todos! ¡Y te da igual lo que yo opine! —casi gritaba Ana. Irina tampoco se contuvo: — ¿Y cuando mamá iba de casa en casa a cuidarnos a todos, a papá enfermo y a vosotras? ¿Cuando corría con la compra del pueblo y se quedaba con Mónica para que tú, la hija favorita, pudieras trabajar y descansar? Todo te venía bien, ¿verdad? ¡Nada te molestaba entonces! Ana se quedó callada un momento. Era verdad. Así fue durante años después de separarse de su ex, padre de Mónica, cuando la suegra —una santa— le dejó quedarse en el piso hasta que la niña fue mayor de edad. La abuela apenas hacía caso a su nieta y el padre pagaba cuatro duros de pensión. Ana tuvo que buscarse la vida, agradecida de que sus padres la ayudaran tanto entonces. Pero tampoco es que tuvieran que echárselo en cara de por vida, ¿no? La ex suegra cumplió: no las echó hasta que la nieta cumplió la mayoría. Mónica se fue a la universidad a la capital, tenía novio, y Ana, libre, decidió irse a Madrid a buscarse la vida. Llevaba años viviendo de alquiler en el área metropolitana, trabajando aquí y allá —¡y encontrar algo decente después de los 40 no es fácil! Pero vivía cómoda, contenta y, desde luego, ni pensaba volver al pueblo. — ¡Claro, como si tú supieras algo de criar a una hija sola! —le lanzó a Irina, dándole donde más dolía—. Pasa por lo que yo he pasado primero, ¡y luego criticas! Ahora la mayor se quedó callada. Su vida había empezado bien: tras la universidad, se quedó en la capital provincial, se colocó de contable e intentó casarse lo mejor posible. Pero los pretendientes… que si borracho, que si niño de mamá, que si vividor… Hasta los 39 no conoció a Fede —tres años mayor, viudo, con un hijo de diez años. Trabajaba de electricista y era un manitas: hacía chapuzas para los que no sabían ni cambiar una bombilla. No bebía, era poco hablador (hasta serio), maniático y puntilloso para todo. Pero Irina se enamoró como nunca. En 14 años de matrimonio (se casaron un año después de conocerse) hizo todo por agradarle. Incluso acabó queriendo al hijastro, y se desvivía por ellos. Le habría gustado tener su propio hijo, pero no pudo, así que tanto Fedito como el chico se convirtieron en los pilares de su vida. Y perderlo todo, ni pensarlo. — Pensé en traer a mamá a casa —Irina habló al móvil ahora con voz ronca por el recuerdo—, pero ni quiere oír hablar de irse de su casa. — ¿Qué? ¿Y tu adorado Fedito no pone pegas a traer a su suegra a un piso de dos habitaciones? —bromeó Ana—. ¿O lo de siempre, ni se lo has preguntado porque sabías que mamá diría que no? — ¡Ana! ¡Basta ya! ¡Esto es serio! No estamos para bromas. — Pues ya hemos hablado bastante —cortó la pequeña y colgó. Desde luego, habían hablado demasiado. Irina apretó el móvil y se quedó mirando al vacío. Que Ana volviera al pueblo sería lo ideal. Ella iría cada quince días a ayudar y llevar dinero y comida. Ana podría buscar algo online: en el pueblo, sorprendentemente, había buen internet. Pero Ana no tenía ninguna intención de facilitarle la vida. ¡Con lo mimada que había sido siempre! Ya nada se le podía imponer. «He hablado con mamá. Dice que está de maravilla y que no necesita ayuda. Deja ya el show». El mensaje de Ana llegó al día siguiente. Irina ni contestó. ¿Para qué? Ana manda un WhatsApp una vez al mes, y llama como mucho otra. A mamá no le conviene que la pequeña se enfade, porque entonces igual ni llama más… Pero Irina sí escucha las penas de la madre una vez por semana, y luego ni duerme. Hasta Fede, que ni se fija en nada, ya le había preguntado qué le pasaba. No le contó el problema: para qué cargarlo con eso. Pero tampoco encontraba solución. ¿Contratar a una cuidadora? Imposible, demasiado caro. — Mira, basta ya —Fede dejó la taza de té sobre la mesa con un golpe—. Llevas tres meses rara. ¿Me vas a decir qué pasa? Irina, sin querer, se echó a llorar, pero intentó controlarse y resumirle el problema. — ¿Y por qué no me habías dicho nada de lo de Elena? —él la miró muy serio. — No quería preocuparte… —musitó, evitando su mirada. Quizá se equivocó al contárselo. Seguro que ni le interesaba… Ni le hacía gracia una mujer con problemas. — Claro… —Fede se levantó—. Gracias por la cena. Me voy a la cama. Ni siquiera vio el telediario, como siempre. ¿Y ahora qué iba a pasar? Irina apenas pudo dormir y, por la mañana, ni oyó el despertador. No tenía que ir a trabajar un sábado, pero siempre le ponía el desayuno a Fede a la misma hora. ¡Encima, ahora esto! Pero su marido estaba tranquilo, tomando té y leyendo en el móvil. — ¿Ya te has levantado? —le preguntó, muy serio pero con voz calmada. — Sí, Fede, enseguida hago el desayuno —dijo, agobiada. — Siéntate, tenemos que hablar. Irina obedeció, expectante. — Lo he estado pensando. Hay que ayudar a tu madre. No está bien eso de dejar tirados a los viejos. Mi madre, por desgracia, no llegó a mayor… Total, que nos vamos a su casa. He mirado: puedo trabajar con un ganadero de la zona y tú algo encontrarás también. Casi se cayó del taburete. — Fede… ¿Estás seguro? — Totalmente. ¿O crees que he olvidado cómo doña Elena colmaba de mimo a Vovka en vacaciones y me trataba como a un rey? No, Irina, memoria tengo. Y siempre he querido mudarme al campo. Eso sí, si a tu madre no le importa, claro. Irina lo miraba como si acabara de ver a un desconocido. Jamás habría imaginado algo así de su Fede. ¿Estaría soñando? — ¿Y Vovka, qué? —acertó a preguntar. — ¿Y qué le va a pasar? —se extrañó él—. Es ya un hombre, con carrera y trabajo. Y encantado de quedarse con el piso para él solo. — ¡Fede! —Irina le saltó al cuello, llorando, aunque él no era nada cariñoso. Pero no la apartó. Solo le acarició los hombros. — Venga, mujer. Todo va a salir bien. Irina quería creerlo…