Una mujer de verdad

Una mujer de verdad

¡Lucía, ¿dónde te has metido?! ¡Tráeme los pepinillos! ¿Voy a tener que esperarte toda la tarde?

El tono de voz de David denotaba ya una paciencia al borde del colapso, pero Lucía estaba bastante ocupada. Ahí estaba, concentrada en pintarse el ojo izquierdo con una máscara de pestañas nueva y carísima. De vez en cuando, paraba y admiraba el resultado con deleite. El ojo derecho de Lucía, después de la máscara, el delineador y las sombras que su amiga Carmen le había recomendado (con esto podrías ir a una recepción de los Reyes, exageró), estaba, literalmente, dos veces más grande que el original y casi empezaba a dar un poco de miedo. Pero Lucía, como era de esperar, no tenía intención de detenerse en semejante hazaña estética.

Que si los pepinillos marinando en la bañera ella en ese momento no tenía tiempo para nimiedades domésticas.

Y todo porque, hace no más de una semana, su marido, ese mismo David que ahora renegaba en la cocina mientras palpaba frascos y tapas, decidió soltarle el bombazo:

¡Quiero que seas una mujer de verdad!

Y así, sin una pizca de rubor, le pasó a Lucía la tarjeta con los ahorros secretos de un año entero.

Decir que Lucía se quedó de piedra sería poco. Lo primero que pensó, como toda mujer española que se precie, fue: Aquí va a haber bronca. ¡Pues claro! Si David había conseguido guardar unas perrillas de tapadillo, igual la nómina no llegaba íntegra a casa ¿y quién sabe cuántos embustes más? Uno empieza a sospechar y se vuelve un Sherlock de andar por casa. ¡Esto no puede ser!

Luego se le encendió la segunda bombilla. Y sin tiempo de abrir la boca, se dejó caer sobre la silla de la cocina, y el puchero de lentejas, que a la pobre ya le salía por las orejas, siguió hirviendo allí, sin nadie que le prestara atención.

¿Cómo que una mujer de verdad?

Menudo día ¡Ganas de gritarle hasta a los cojines de plumas y de estampar la vajilla nueva, esa que su suegra le había regalado hace solo unos días! Aquella vajilla Lucía soñaba con ella igual que niña con rey mago. Carísima, solo accesible en sueños. Y, de pronto, va su suegra, Mercedes, y se la regala por su cara bonita. Cuando Lucía rompió a llorar pelando platos, su suegra se echó a reír:

¡Ay, Lucía! Qué tonta eres. Yo por ti haría lo que fuera. ¡Solo vivan tranquilos!

Nunca entendió muy bien Lucía ese gesto tan generoso, pero tampoco tuvo oportunidad de pedir explicaciones: Mercedes les dio un achuchón a cada uno, besó a los nietos y se largó en cuanto asomó el primer bostezo. Su suegra no era de esas de estarse largas temporadas de visita; siempre decía que el huerto y el gallinero no se cuidan solos.

Lucía tampoco le llevó la contraria. Llevaba a los críos los fines de semana, velaba porque no destrozaran la casa ajena y, antes de cada viaje, inventaba nuevas formas de sorprender a quien la había acogido como una hija más.

Porque, vamos, Lucía tenía motivos para temer reproches. Hasta a la familia le costó tragar el sapo, así que imagina tú una señora que ni conocía. Cuando David llevó a Lucía y a su hijo a casa de la futura suegra, Lucía, que ya era madre soltera, no se atrevía ni a abrir la puerta del coche.

¿Y si no le gusta? ¿Y si me echa a la calle con el niño y la maleta? ¡Vamos, que esto ya lo he vivido!

¿Pero qué historias te montas? replicaba David, que no se enteraba de la mitad.

¡Historias nada! Cuando tuve al peque, mi tía me echó de casa. Nos has dejado en ridículo, fuera, me soltó. Así que tu madre, recibirnos con los brazos abiertos ¡Vamos, David, que de eso nada!

No prejuzgues, mujer. Igual te sorprende.

Lucía no quería ninguna sorpresa, la verdad. Pero una vez en el portal, ya no había vuelta atrás. Cogió a su hijo, que dormía como un tronco, y tiró tras David.

Y vaya si se sorprendió. Mercedes la saludó con un buenas tardes seco, la miró de arriba abajo y, al momento, le abrió los brazos:

¿Me dejas al chiquitín? Que yo lo arropo en mi cuarto, pobrecito.

Y sin saber cómo, Lucía puso a su hijo en las manos ajenas. El niño, medio espabilado, balbuceó y enroscó los brazos al cuello de Mercedes, que empezó a cantarle una nana, y enseguida volvió a dormirse.

Abuela llamó el niño a Mercedes en cuanto aprendió aquella palabra. Y ella jamás lo corrigió, que con eso se ganó el corazón de Lucía de por vida.

Lucía fue madre joven, casi sin tiempo a digerir el fin de bachillerato. Todo el pueblo sabía quién era el padre, lo comentaban hasta las piedras. Se preguntaban si Diego Sánchez, alias el pillo, daría la cara o si se escaquearía como acostumbraba. La fama de Diego era lo más parecido a un culebrón malo; Lucía lo sabía y lo evitaba a conciencia, hasta que un día, medido todo al dedillo, cayó en sus redes.

Esa vez, Lucía volvía tardísimo de visitar a su tía; el autobús solo llegaba al pueblo de al lado y, del resto, a caminar. El conductor no se dejaba convencer:

¿Qué crees, que voy a conducir solo por ti? Anda, bonita, a tirar del tacón.

Así que Lucía se fue andando y, claro, justo apareció Diego con su Seat y la pilló justo a la salida.

Lucía, ¿dónde vas tan tarde y sola? Sube que te acerco.

Me las apaño, gracias intentó apartarse, pero era tarde…

Regresó a casa con el vestido hecho un asco y el alma todavía peor. Ni entró por la puerta, fue directa al baño y estuvo fregándose hasta el amanecer, peleando con lágrimas, barro y vergüenza. Maldijo su suerte y solo rogó que su madre no se enterara: el médico le había dejado bien clarito que un disgusto más y sería el último.

Lucía obedeció hasta el último detalle. Entre su madre y ella, solo se tenían la una a la otra, y la tía bueno, la tía era otro cantar, que Lucía entonces creía que la familia sirve para ayudar, aunque solo fuera de vez en cuando.

La madre de Lucía jamás supo nada. Y cuando estaba de cinco meses, su madre falleció, tranquila y sin molestar, dejando a Lucía completamente sola.

La tía, que vino a ayudar, la despachó de inmediato:

Tú te lo has buscado, tú te las apañas. No cuentes conmigo. ¿Por qué no denunciaste antes? ¿Por qué no has amarrado a Diego? Así, por lo menos, tapabas el escándalo. ¡Bah! No quiero saber nada de tus líos, que suficientes problemas tengo ya.

Lucía, medio a punto de desmayarse de la tristeza, necesitó días para asimilar que de la tía no podía esperar nada. Fue entonces cuando decidió ir a la Guardia Civil.

¡Pero, Lucía, hija, ¿cómo no avisaste antes?! el agente, con las manos en la cabeza. ¡Este no se va a ir de rositas, te lo aseguro!

Y vaya si no se fue de rositas. Cuando Lucía declaró, salieron a la luz otros siete niños que Diego había dejado por el pueblo. Las madres, primero calladitas, después se soltaron y el asunto voló.

La madre de Diego, escupió a los pies de Lucía en plena plaza, deseándole que su hijo naciera enfermo o ni siquiera llegara a nacer. Pero el pueblo, qué cosas, se puso del lado de Lucía: aquella misma noche pringaron con alquitrán el portón de los Sánchez, y a los dos meses, casi tuvieron que vender la casa y mudarse.

Lucía, por su parte, trajo al mundo un hijo fuerte y hermoso, que no tenía ni sombra del padre: era enteramente un Valverde, como los de su propia rama. Nariz y orejas de su abuelo, el que casi ni recordaba porque se fue demasiado pronto, y la melena y los ojos castaños, como dos cerezas, iguales que los de la abuela.

La vecindad ayudó como pudo. Alguien trajo una cuna vieja, otros ropita de recién nacido; Lucía estiró los eurillos que le quedaban, sabiendo que criar un hijo sola era misión de valientes. Pero cuando empezaba a pensar que podría sobrevivir, la tía regresó, esta vez con los hermanos muertos de la madre de Lucía, a los que ni conocía.

A ver, Lucía tienes que irte. Esta casa era de tus abuelos, y ahora hay que repartirla. Mientras vivía tu madre, pase. Pero ahora

¿Y yo qué hago?

Pues te quedas con la parte de tu madre. No somos bestias. El resto te las ingenias.

Lucía no tardó en ver que con ese dinero, en el pueblo no compraba ni una caseta de perro. Tocaba largarse a la ciudad. Y en la ciudad, ¿quién iba a ayudarle con el niño? En fin, entre lloros y resignación, pensó que el mundo era un sitio bastante poco amable.

Pero entre tanto, los vecinos se movieron. Pronto, el guardia civil apareció:

Lucía, mira, en el pueblo de al lado hay una señora que vende media casa. Es buena gente, la conozco. Se quedó viuda, los hijos se fueron, y ella sola no puede con la casa entera. Vente a verla el finde, y ya decides. ¿Te parece?

¡Vamos, que voy volando! Lucía estuvo a punto de darle un abrazo apretujado al guardia.

¿Y el peque qué tal?

¡Crece como un árbol!

El guardia le hizo el cuerno a modo de saludo y Lucía respiró tranquila, acariciando la foto de su madre.

No vamos a caernos, mamá. De eso nada. Nos irá bien.

Con doña Rosario, la dueña de la casa, Lucía conectó al instante.

Lucía, no me des sustos, que no muerdo. Eso sí, no soporto el desorden. Si sois gente tranquila, aquí paz. Y te echo una mano con el niño si sales a trabajar. Eso sí, solo si es para trabajar, que para pasear, búscate una amiga.

¿Hay curro en el pueblo? Porque me iría bien.

¡Y tanto! Mi amiga Elena busca dependienta para la tienda. Acaba de abrir una más. ¿Te apunto?

¡Por favor!

Y así, entre pan y queso, mataron dos pájaros de un tiro.

En la tienda se conocieron Lucía y David. Él vino a echar una mano a su madre y le tocó ir a comprar lo del aperitivo. Lucía le preparó el pedido y, sin saber cómo, le contó su vida entera: lo de su hijo, lo de Rosario, y hasta que se había pintado el pelo de castaño para marcar un cambio.

David no interrumpía. Escuchaba, y salía del súper ya sabiendo que esos ojos-cereza y esa voz tranquila de Lucía no iban a dejarlo en paz.

Eso sí, reaparecer, le costó semanas. Qué le iba a contar a Lucía: que su mujer había desaparecido dejando a dos hijos pequeños, el menor de tres meses, y que la abuela solo podía hacerse cargo a ratos porque el abuelo estaba muy enfermo. Los niños, cariñosísimos y traviesos, lloraban por las noches recordando no se sabe qué sombra de madre.

Así que David merodeaba la tienda, pero ni se atrevía a entrar.

No contó con que Lucía tampoco lo había olvidado. Así que se propuso investigar: preguntó a doña Rosario, y cuando David reapareció en el súper, Lucía ya tenía el informe hecho.

¿Cuántos años tiene el mayor? le soltó, cortante.

Cumple tres la semana que viene.

¿Y el pequeño?

Un año.

Como mi hijo.

Lucía

Preséntame a tus niños. Y luego, ya se verá.

Y así empezó todo.

Se casaron sin teatro, lo justo para tener una foto familiar. Luego se plantaron en la playa con todos los críos, y Lucía disfrutó del mar más que ninguno; si nunca había salido ni de Castilla, ¡imagina!

Que la felicidad hay que currársela. Primero, cuando el mayor enfermó y Lucía estuvo dos meses en el hospital. Luego, cuando la ex de David llegó a exigir sus derechos de madre. Pero Lucía mostró ahí su verdadero acero. No entregó a nadie. Se fue a su pueblo, consultó con el guardia, y arregló los papeles para ser madre legal, no solo de corazón.

La ex desapareció tan rápido como vino, y la suegra, entre abrazos tras el juicio, sentenció:

Ahora sí que respiro tranquila por estos niños.

Y el tiempo seguía. Los niños crecían, y Lucía no cambiaba: tímida, sonriente, dulce pero, ¡ojo!, toda la aldea sabía que, si le tocaban la familia, salía gata salvaje, uñas fuera.

Y justo entonces ¡resulta que ni era mujer de verdad ni nada!

Aquella noche, tras la famosa entrega de tarjeta, Lucía no pegó ojo. De vez en cuando se plantaba ante el espejo, se miraba de lado, de frente, de medio lado ¿Qué narices le faltaba? Ni muerta le iba a preguntarle a David; ella estaba ofendida. Así que por la mañana, una en el cole, otro en la guardería, pisó la casa de Carmen.

Carmen, ¿qué narices hago?

Carmen era igual de despistada y práctica. Decidieron que lo más sabio era consultar las revistas femeninas. Si publican estos consejos será por algo, razonaron, y en media hora tenían claro que una mujer de verdad debía comer bien, vestirse bien, maquillarse bien, y, en fin, acertar en todo o no era una mujer, sino cualquier cosa con lazo (¡y ni eso, en el caso de Lucía!).

Lucía no se compró el lazo, pero sí aprovechó para ir a la ciudad con Carmen; acabó con una buena base de maquillaje, un camisón nuevo y unos tacones rojos que ni se atrevió a sacar de la caja por miedo a que los niños los usarán de barquito.

Pero David, ni caso a los esfuerzos de Lucía.

Estaba Lucía aplicando a conciencia las sombras, cuando la puerta del baño se abrió de golpe y, del susto, se enterró la brocha en el ojo. En ese preciso instante, decidió que las mujeres de verdad estaban sobrevaloradas.

¡Lu, ¿te has vuelto loca?! exclamó David, viendo a Lucía saltando a la pata coja, sollozando, intentando secarse el rimmel corre cual río por la mejilla.

¡Tú tienes la culpa! sollozó, frotándose los ojos y tirando por tierra el look ¿Mujer de verdad quieres? ¿Y qué soy entonces?

David, al ver el panorama, la abrazó fuerte para frenar el caos.

Para, anda. Que de tontunas ya vamos servidos.

Con delicadeza, le lavó la cara, entre risas reprimidas y susurros:

Seré torpe, pero tú te llevas la palma. Ya sabes que digo las cosas fatal. Pero lo de la tarjeta es porque, desde que nos conocemos, nunca te has regalado nada. Todo es para los niños, o para mí, o para mi madre. ¿Eso qué es? Te di dinero para que te lo gastaras en lo que tú quieras, como esas mujeres que se vuelven locas por las tiendas. ¡No por otra cosa!

Ahí ya Lucía rompió a reír, hasta tal punto que casi acaba en el suelo. Los niños, al ver la escena, pensaron que mamá lloraba y montaron un escándalo; costó lo suyo calmarlos a base de besos y mimos.

Por la noche, cuando los peques estuvieron roncando cual angelitos, Lucía salió al porche a respirar. Se pasó la mano por la cara, limpia de rastro de make up, y se le escapó otra sonrisita pensando en la que había montado.

Acabo de cerrar la última tanda de botes salió David, sentándose a su lado.

¿Bien cerrados?

Ni lo dudes. Están de exposición.

¡Me harán buena falta! contestó Lucía depositando la mano de David sobre su vientre.

¡No puede ser! ¿Y me lo sueltas así?

Lucía se encogió de hombros y puso morros:

¿Y cuándo, si estás siempre entre pepinillos y tus teorías raras? Bastante tengo con pillar un hueco.

David, sin dejarla acabar, la llenó de besos.

Primero, para recordarle dónde reside la auténtica feminidad. Luego, para dejar bien claro cuál es su sitio. Allí, justo, junto al corazón. Poquito de lado, donde respira el alma.

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Una mujer de verdad
Se marchó… y menos mal — ¿Cómo que «el usuario no está disponible»? ¡Si hace cinco minutos estaba hablando con alguien! — Natalia se quedó de pie en medio del recibidor, apretando el auricular contra la oreja. Lanzó una mirada hacia la cómoda. La caja donde guardaba sus joyas estaba en su sitio. Pero algo no cuadraba: la tapa no estaba bien cerrada. — ¡Román! — gritó hacia el interior de la casa—. ¿Estás en el baño? Natalia se acercó despacio a la cómoda. Cuando rozó la madera pulida, un escalofrío le recorrió la espalda: la caja estaba vacía. Completamente. Ni siquiera el recibo de la joyería que usaba como marcapáginas quedaba. Con las joyas se esfumó también el dinero. Bueno, técnicamente, se lo había dado ella… — Madre mía… — suspiró dejándose caer al suelo—. ¿Cómo ha podido pasarme esto? Si ayer discutíamos sobre el papel pintado… Me prometiste que iríamos a la playa en agosto… Y todo empezó de la manera más corriente. El junio pasado, a Natalia se le gripó el pistón de su “bicho”. En el taller le pidieron un precio imposible y, enfadada, buscó ayuda en la agrupación “Ayuda Motor” de su provincia. “Chicos, ¿alguno sabe si se puede destrabar uno mismo un pistón de freno gripado? — publicó, adjuntando una foto de la rueda sucia”. No tardaron los comentarios: unos aconsejaban no meterse a “manitas” con el hierro, otros recomendaron comprar la pieza nueva. Y entonces llegó un mensaje de un tal Roman85: “Señorita, no les haga caso. Compre un spray WD-40 y un kit de reparación de 3 euros. Quite la rueda, saque el pistón con el pedal, pero no del todo. Limpie con líquido de frenos y engrase. Si el cilindro está bien por dentro, le va a ir genial”. Natalia lo leyó y sonaba competente, sin vanidad. “¿Y si el cilindro está picado?”, replicó. “Entonces hay que cambiarlo. Pero por la foto, su coche se ve cuidado, seguro que no será para tanto. Si tiene más dudas, escríbame en privado”. Así empezó todo. Román resultó ser un crack con la mecánica. En una semana la asesoró sobre cambios de aceite, bujías y hasta le recomendó qué anticongelante no echar. Natalia se sorprendía esperando sus mensajes. “Oye, Roma, eres mi salvador —le escribió a finales de julio—. He pensado… ¿quedamos? El café corre de mi cuenta. O algo más fuerte, con lo que me he ahorrado”. No contestó de inmediato. Tardó tres horas en responder. “Natalia, me encantaría. De verdad. Pero estoy… de viaje de trabajo. Uno muy largo. Y fuera de España, para que te hagas una idea”. “¿Tan lejos?” —preguntó ella. “Más lejos imposible. Mira, prefiero ser sincero. Me gustas, como persona. Pero no estoy de viaje. Estoy cumpliendo condena. Prisión de León, por si te dice algo”. A Natalia casi se le cae el móvil del susto. Un preso. Ella, una mujer decente, contable en una empresa grande, llevaba dos semanas escribiéndose con un delincuente. “¿Por qué motivo?” —tecleó, con dedos temblorosos. “Estafa. Me la lié, me metieron en un lío, la verdad que también me pasé de listo. Me queda menos de un año. Si quieres, borra la conversación, lo entenderé”. Natalia no respondió. Solo bloqueó el chat y estuvo tres días en su mundo. Las compañeras de la oficina le preguntaban si estaba enferma. Y ella solo pensaba: “¿Pero cómo puede ser? ¿Por qué alguien con cabeza y manos, tan majo, tiene que estar ahí?” Una semana después llegó una notificación al correo— él había pedido su dirección por si acaso. Ella no lo eliminó, solo cerró el chat. “Natalia, no me molesto. Ya imaginaba que acabaría así. Eres buena, honesta. Gente como yo sobramos en tu vida. Solo quería darte las gracias. Han sido mis mejores dos semanas en tres años. Sé feliz. Adiós”. Y Natalia, leyendo aquello en la cocina, rompió a llorar. Le dio pena él, y pena de sí misma, y rabia por lo injusta que es la vida. “¿Por qué a todas les va bien y yo solo me cruzo con casados, niños de mamá, o, ahora, el único normal, está entre rejas?” —se preguntaba. Y no contestó más… *** Natalia intentaba quedar con otros. Pero nada cuadraba. Uno se pasó la cita hablando de su colección de sellos, otro llegó con las uñas negras y quiso que pagaran a medias. En marzo, el día de su 35 cumpleaños, Natalia se sintió más sola que nunca. Por la mañana llegó un mensaje: “¡Feliz cumpleaños, Natalia! — escribió Román—. Sé que no debería molestarte, pero no resisto. Que la vida te sonría. Te mereces que te lleven en volandas. Aquí, con miga de pan y un alambre, he hecho una cosita… Si pudiera, te la regalaría. Solo quiero que sepas que, en alguna cárcel de León, alguien hoy te brinda con un té malísimo por tu salud”. “Gracias, Roma —respondió ella, por fin—. Me ha hecho ilusión.” “¡Has contestado! —él parecían estallar de alegría—. ¿Todo bien? ¿Y tu ‘gaviota’? ¿Sobrevivió al frío?” Y volvieron a hablar. Ahora hablaban cada día. Cuando podía, Román la llamaba. Tenía voz grave, con un deje rasgado muy agradable. Le contaba su vida: cómo creció con su hermano, cómo éste cuidaba a los sobrinos, cómo Román soñaba con empezar de cero. — No volveré a mi ciudad, Natalia —decía mientras ella preparaba algo de cenar—. Allí están mis antiguos amigos, y seguro que acabo metido otra vez en líos. Quiero marcharme a un sitio donde nadie me conozca. Trabajo siempre habrá: en la obra, en un taller… — ¿Y dónde te gustaría ir? —preguntaba ella, con el corazón encogido. — Vendría donde tú estés. Me cogería una habitación, o un estudio barato. Solo saber que respiras el mismo aire… A partir de ahí, lo que surja. Pero no quiero molestarte, entiéndeme. En mayo, Natalia estaba tan enamorada que no veía más. Sabía cuándo le tocaba recuento, cuándo tenía “ducha”, cuándo trabajaba en el taller. Le mandaba paquetes: té, bombones, calcetines de lana, piezas para sus inventos. — Roma, aguanta tranquilo ahí dentro —le suplicaba—. No te metas en líos. — Por ti, cariño, ni una mosca —reía él—. En abril seré libre. — Te esperaré. *** En abril Natalia fue a la puerta de la prisión. Le compró una chaqueta, vaqueros y deportivas nuevas. El corazón le iba a mil. Cuando salió, bajito y fornido, con el pelo ya tocado de canas, ella se quedó estática. En las fotos se veía diferente. Pero cuando sonrió y le dijo: — Hola, jefa —ella se le echó al cuello. — Ay, Dios, estás vivo —susurraba apretándose a su barba dura. — ¿A dónde iba a ir? —la abrazó fuerte—. Qué bien hueles… A colonia floral. Fueron a casa de ella. La primera semana fue de cuento. Román arregló el grifo, cambió el bombín de la puerta que se atascaba desde hacía medio año. Por las noches compartían cena y vino dulce, y él contaba anécdotas del pasado, saltándose los temas delicados. — Oye, Roma —le dijo a los diez días—, hablabas de alquilar algo. ¿No será mejor quedarte aquí? Hay sitio, y juntos es más alegre. Así ahorras, que necesitas herramientas para buscar empleo. — Natalia, eso no está bien —frunció el ceño, removiendo el azúcar—. El hombre debe poner la casa. Bastante estoy ya a tu costa. — ¡Déjate de tonterías! —le cubrió la mano con la suya—. Ya te asentarás y todo irá bien. — Ayer llamó mi hermano —dijo, sin mirarla—. Mi sobrino está muy enfermo, necesita operación privada. Me pide un préstamo, y yo… ya ves, los bolsillos vacíos. Me siento fatal, Natalia. Con mi familia. — ¿Cuánto necesita? —preguntó con cautela. — Mucho… unos cinco mil. Pero dice que ya han juntado una parte. He pensado aceitar e irme a Madrid a hacer turnos duros, ahí pagan más rápido. Natalia calló. Justo esos cinco mil estaban en su caja. Tres años ahorrando, privándose de todo. Era para arreglar el piso, cambiar los azulejos, poner ducha con hidromasaje… — Yo tengo ese dinero —dijo bajito. Román alzó la cabeza de golpe. — ¡Ni se te ocurra! Es tuyo, no lo acepto. — Es por tu sobrino. Familia. Como tú dijiste, es sagrado. Te lo presto, lo devuelves cuando puedas. Somos equipo. Se resistió. Dos días enteros, dándole vueltas, ya casi fumaba en el balcón pese a haber prometido dejarlo. Al final, fue Natalia quien puso el dinero sobre la mesa. — Toma. Llévalo a tu hermano. O hazle transferencia. — Mejor lo llevo yo —contestó abrazándola—. Así hablo con él, a ver si hay trabajo en su zona. Me voy un par de días, Natalia. Ida y vuelta. En dos días vuelvo… *** Natalia llevaba sentada en el suelo del recibidor una hora. Tenía las piernas dormidas. Ni lo notaba. Recordaba la noche anterior. Veían una comedia tonta, él se reía, la abrazaba… se sentía la mujer más feliz. — Igual pasado mañana salgo pronto —dijo él antes de dormir. Pero se largó un día antes. Ella dormía, ni lo sintió vistiéndose. Solo creyó oír la puerta de madrugada: pensó que eran vecinos. A las dos de la tarde, llamó al número de su “hermano”. Ese supuesto hermano del que Román le había dejado el contacto “por si acaso”. — ¿Diga? —contestó una voz grave—. ¿Quién es? — Buenas, soy Natalia, amiga de Román. ¿Hoy ha ido a verle? Silencio. Luego, un suspiro pesado. — Señorita, ¿qué Román? Mi hermano se llama distinto y de hecho aún está en la cárcel hasta octubre. A Natalia todo se le nubló. — ¿Cómo… en octubre? ¡Si salió en abril! Yo fui a recogerle a la cárcel. — Escuche —la voz se endureció—. Mi hermano, Alex, está en la prisión de Segovia, no en León. Román… ese era mi antiguo compañero de celda. Salió hace dos meses. Me robó el móvil estando yo todavía en trabajos forzosos, se llevó todos mis contactos. Usted será otra de tantas… Es todo un artista. Estudió ingeniería, sabe cómo hablar. Natalia dejó el teléfono en el suelo. Recordó cómo le enseñaba a cambiar bujías. — No las aprietes demasiado —decía—. Si no, te cargas la rosca y adiós. — Pues ya la he liado —musitó—. Me he cargado mi vida por completo yo sola. De repente Natalia comprendió que en realidad no sabía nada de aquel hombre. Nunca vio su DNI, tampoco ningún papel de la prisión. ¿Y si ni siquiera se llamaba Román? *** Por supuesto, Natalia fue a la Policía y denunció. Enseñó la foto y se enteró de cosas interesantes sobre su exconviviente. En realidad sí se llamaba Román —la única verdad que le contó. Le habían condenado por un delito grave, media vida entre rejas— y conoció a Natalia justo cumpliendo su tercera condena. Natalia se santiguó, cambió la cerradura y pensó que, comparado con otras mujeres a las que timó… ella había tenido mucha suerte.