Calor sofocante. Catalina

Calor. Catalina

Cuando pienso en la historia de Óscar y Lucía, parece que hubieran pasado siglos desde aquellos años. Se casaron, sí, pero sólo dos años después de haberse conocido, recorriendo juntos un camino de pasos delicados, casi de puntillas, como si temieran asustar a esa felicidad nueva que la vida por fin les ofrecía tras tanta desilusión. Fueron precavidos, vigilando cada palabra, cada gesto. No les faltaban motivos: el amor ya lo sabían era escurridizo y a veces traicionero, y no siempre llegaba para quedarse.

Doña Carmen, la madre de Óscar, también guardó silencio. Observaba con cuidado la transformación de su hijo, que recuperó la postura altiva y ese brillo en los ojos, y se preparaba con esmero para cada encuentro con Lucía, como si fuera a firmar el acta matrimonial en cualquier momento.

Óscar presentó a Lucía a su madre enseguida, y aunque Carmen la examinó detenidamente, en Lucía no halló ni sombra de la difunta Marina, la antigua pareja de su hijo. Lucía, incluso, se negó a mudarse con Óscar.

No, Óscar. No es momento. Doña Pilar no lo entendería, y yo le tengo mucho aprecio. Ha hecho mucho por mí, y además no anda bien de salud. Necesita ayuda. Mejor dejemos las cosas como están. ¿Por qué correr?

Óscar aceptó, claro. Pero aquel obstáculo sólo fortaleció el cariño entre ambos. La larga etapa de cortejos y cartas fue, de hecho, motivo para conocerse aún más profundamente.

Lucía se mudó a casa de doña Carmen sólo poco antes de la boda y por razones desgraciadas: había fallecido doña Pilar, la que fue su protectora y amiga. Llevaba tiempo enferma del corazón. Lucía se volcó en cuidarla, liberándola de las tareas domésticas y acompañándola al médico, pero todo fue tan solo un aplazamiento del final. Un día, al volver del trabajo, Lucía la halló en la glorieta del jardín, con una carta de su nieto en las manos. Solo al acercarse comprendió que la señora ya no respiraba.

Lucía llamó al servicio de emergencias, pero nada se pudo hacer.

Lloró mucho aquel día, recordando las tardes junto al río, las mermeladas en la pequeña cocina de verano, las canciones compartidas. Y agradeciendo, una vez más, que doña Pilar la acogiese sin hacer preguntas, en un momento en que necesitaba apoyo y no tenía a quién recurrir.

Gracias… murmuraba Lucía, agradecida para siempre a quien le abrió el corazón.

Los hijos de doña Pilar vinieron al día siguiente con sus familias. El mayor, acabadas las tristes gestiones, llamó aparte a Lucía.

Mi madre quería que te quedases con parte de la casa. Nadie de nosotros planea vivir aquí, pero ella decía que tú cuidarías bien del lugar. Hay testamento, y mi hermano y yo estamos de acuerdo. De no ser por ti, madre habría estado sola, y te estamos muy agradecidos.

No puedo aceptarlo Lucía negó con la cabeza. Esta es vuestra casa, es vuestro derecho. Si sólo hay que cuidar el sitio, lo haré encantada, pero no me corresponde la herencia. Vuestra madre os amaba profundamente.

Lo sabemos…

Así lo dejaron. Con el tiempo, Lucía buscó inquilinos y mantuvo el contacto con la familia, sobre todo en los veranos.

Una cuñada de doña Pilar prestó ayuda a Lucía medio año después de la boda, cuando ésta cayó enferma. Fue una operación difícil. El médico fue claro:

Un embarazo ectópico. Tendrás que cuidar tu salud, señora. Por suerte tenías cerca a tu suegra; de no haber sido así, habría acabado mucho peor.

Sí, era mi suegra… pero en el fondo, como una madre.

Por lo que veo, has tenido otros problemas antes…

Así es.

Si deseas tener hijos tendrás que hacer revisiones y tratar esos problemas de raíz. De otra forma, temo que la única vía sería la fecundación in vitro.

Lo comprendo…

Lucía no lloró aquella vez. Ya habría tiempo. Ahora lo importante era actuar y buscar soluciones, porque deseaba que ella y Óscar tuvieran hijos y, por momentos, esa idea se volvió casi una obsesión.

La que frenó aquella ansiedad fue doña Carmen.

Lucía, ¿puedes hablar conmigo? Fue una tarde, aprovechando que Óscar estaba de viaje.

Lucía y Óscar, para entonces, ya vivían aparte. Habían comprado su propio piso tras casarse. Óscar se lo pudo permitir: los negocios marchaban muy bien, tanto que doña Carmen pensaba en comprar una casa grande para una pensión.

Los padres de Lucía quisieron participar, pero Óscar se negó con educación.

Lucía, cariño, lo haremos nosotros. A tus padres los recibo siempre con gusto, pero quiero que seas tú mi responsabilidad.

Lucía convenció a su padre de que así debía ser, y el padre se mostró orgulloso del yerno.

Muy bien hecho, hijo. ¡Tienes a tu madre orgullosa!

Doña Carmen aprobó la decisión y también celebró que no quisieran aplazar la llegada de los hijos. Pero al ver las dudas en la frente de su hijo y cómo Lucía saltaba de consulta en consulta, decidió intervenir.

Lucía, hija, discúlpame si me meto… Solo quiero lo mejor para vosotros, y sé que sufres. ¿Qué te preocupa?

Nada sale bien, mamá Lucía se sinceró. Y si al final no puedo… Si Óscar no puede ser padre por mi culpa, tendré que irme. No quiero ser una carga…

No digas eso, Lucía. Tú has dado una segunda vida a Óscar. Os disteis nueva oportunidad. Los hijos son un milagro, claro, pero no son el todo. Óscar se parece mucho a su padre… ¿Te he contado que tardamos mucho en tener a Óscar? Pensé que mi marido solo me amaba por el hijo que no llegaba. Dudé de él y eso casi destruye nuestro matrimonio. Vivimos un año separados, hasta que entendimos la tontería que estábamos haciendo. Ser marido y mujer no es solo ser padres. Es mucho más. Y el amor, si se cuida, sobrevive a todo.

¿Y cómo lograste quedarte embarazada?

¡Ay, hija! ¡Si lo supiera! Hasta casi el último momento pensé que solo eran achaques. Nos resignamos a lo que el destino nos diera, y justo entonces, llegó Óscar. Así de traviesa es la vida.

Ojalá me sorprenda igual.

¿Por qué no llamas a la cuñada de doña Pilar? Es buena médico, quizá pueda ayudarte.

Lucía se dio cuenta tarde de que había olvidado esa opción. No tardó en tomar un vuelo a Salamanca, donde la esperaban para revisiones.

Un año después, vinieron los mellizos.

La felicidad entró por la puerta de Lucía y Óscar y se instaló sin intención ninguna de marcharse.

Tiempo después, se convirtieron en padres de una niña adorable, a la que adoptaron sabiendo que no tendrían más hijos biológicos. Aquella decisión tomó años en madurar, pero la ocasión llegó inesperada: la antigua compañera de clase de Óscar, recién madre, fue diagnosticada de una enfermedad grave. La noticia la llevó a casa Arsenio, un viejo amigo.

Pobre Aurora… Estamos recaudando dinero para enviarla a Madrid, quizá allí haya suerte. Todos hemos dado algo.

Entiendo… Yo también colaboraré…

Óscar hizo una transferencia generosa. Aurora se marchó a la capital, acompañada de doña Carmen, que quiso cuidarla pues Aurora solo tenía a su abuela, y necesitaba ayuda para el bebé.

Por desgracia, todo fue inútil. Los médicos tan solo pudieron aliviar su último tramo y darle tiempo para preparar el futuro de su hija.

Fue a doña Carmen a quien pidió que asumieran su custodia, y Lucía y Óscar no dudaron en acogerla.

Así llegó su hija.

Pero la familia crecía y el piso quedó pequeño: los niños necesitaban espacio.

Fue doña Carmen, de nuevo, quien propuso:

Óscar, usa el dinero ahorrado para la pensión y buscad una casa más grande.

¿Pero tu sueño, mamá?

¡Este es mi sueño! rió doña Carmen, señalando a sus nietos. Quiero veros crecer, ayudaros. Lucía puede con todo, pero sé que también necesitas apoyo en la tienda. Vosotros trabajad, yo me encargo de los niños. Buscad un piso grande, para que cada uno tenga su habitación.

Y encontraron una casa luminosa y amplia. Los niños jugaban, hacían eco en los pasillos, Lucía reía viéndolos enseñar a la pequeña a gritar ¡eh!.

¡La compramos! dijo Óscar, firme.

Solamente una cosa enturbió el estreno del nuevo hogar: Catalina, la presidenta de la comunidad, quien decidió que una familia numerosa debía ser motivo de atención de los vecinos y las autoridades. Era desconfiada, convencida de que tanta armonía debía esconder algo.

Todo el día rodeados de gente extraña. Los niños siempre descalzos… ¡La niña pequeña duerme siempre que la sacan a la calle! ¡Es muy raro!

Quizá exageras, Cata respondían las vecinas. Hace calor, y el campo siempre va bien para los niños. Que reciban visitas no es ningún delito. Son gente decente. No hacen escándalos. Hay que saber diferenciar los chismes de la verdad…

Mientras lo averiguamos, ¡pueden pasar cosas! Todas las familias parecen buenas por fuera, pero… Yo no lo creo. Nadie es tan feliz. ¡No puede ser! La vida no es así…

Catalina, empecinada, se sentía movida más por sus propios fantasmas que por el supuesto bien común. Creció en una familia de funcionarios, rígida y estricta. Ella y sus hermanos sufrieron todo tipo de castigos, noches de rodillas en el rincón, golpizas, humillaciones. Sin embargo, presentaban en público la imagen de familia modélica, ocultando moretones bajo ropa bien planchada. Cuando pudieron, Catalina y sus hermanos cortaron todo lazo con aquella infancia de miedo.

Catalina jamás formó una familia propia. Intentó convivir con alguien, pero rompió la relación cuando su pareja amonestó a un perrito anciano. Cogió al animal en brazos y se marchó sin mirar atrás.

La casa donde vivía Catalina pertenecía a su abuela materna, una mujer áspera y dominante que la hizo sufrir lo suyo durante los años que la cuidó hasta su muerte. Catalina sintió alivio cuando por fin se fue.

En realidad, Catalina jamás logró apegarse a nadie. Recordaba cómo nadie intervino durante su infancia, y creía que la naturaleza humana era la indiferencia. Pero cuando la familia de Lucía y Óscar llegó al edificio, sintió una necesidad de actuar, como si con ellos pudiera corregir la pasividad del pasado.

Un día, Lucía, viendo jugar a sus hijos en el patio, consultó el reloj: era hora de volver a casa. Pronto la niña despertaría y los niños debían prepararse para sus actividades. Lucía pensaba inscribirlos al colegio nuevo en otoño; mientras tanto, les llevaba a actividades y fútbol.

Catalina la esperaba junto al portal.

¡Otra vez tus hijos descalzos! ¿No puedes comprarles zapatos decentes?

Lucía sonrió. Las botas de sus mellizos eran más caras que cualquier par de su marido, porque Óscar pedía no escatimar en calzado deportivo.

¿Te parece gracioso? ¡Hay que cuidar de los hijos, alimentarlos, vestirlos!

Catalina se ofuscó ante la calma de Lucía, que no respondía con rabia ni excusas.

¡Mamá, dale agua a la tía Cata!

Los mellizos sacaron una botella y, de pronto, Catalina sintió un mareo, los oídos zumbando, y habría caído si Lucía no la hubiera sostenido.

La ambulancia llegó rápido y llevaron a Catalina al hospital. Allí, al despertar, Lucía velaba junto a su cama: tras dejar a los niños con doña Carmen, fue corriendo a visitarla.

¿Qué me pasa? intentó preguntar Catalina, pero la voz se le enredaba.

Tranquila, ha sido un ictus. Los médicos lograron estabilizarte. Es este calor… Pero no temas, estaré contigo. Descansa.

Lucía cumplió su palabra, preocupándose por Catalina, que estaba, como todos sabían, completamente sola en el mundo.

¿Por qué? preguntó Catalina, poco a poco recuperando el habla.

Porque así es lo correcto. Es mal asunto estar solo en la vida… Lo sé bien.

¿Por experiencia?

Sí. La soledad es mala compañía. Pero ya no tienes de qué preocuparte. Ahora tienes otra compañía.

¿Cómo?

¿Tú crees que ahora te dejaré sola? ¡Ni lo sueñes! Me cuidaste, ahora me toca.

Lucía disimuló las lágrimas de Catalina. Desde que estuvo en el hospital, jamás volvió a ver en ella esa dureza antigua. Ahora sólo veía a una mujer mayor, tan sola como su madre o su suegra; y Lucía sentía verdadera compasión. Catalina podría haber tenido familia, nietos… pero solo tenía sus rosales tras el portal: los más hermosos que Lucía había visto. Y quien puede criar flores así, no puede tener un alma negra. Eso, Lucía lo sabía.

Dos años después.

Ay, Lucía, ¿cómo te las arreglas con ellos? ¡Tu hija es un ángel, pero los niños, vaya trasto! Catalina, sentada en el parque, vigilaba con gusto a su pequeña favorita.

Eso no es nada, tía Cata. ¡Arsenio tiene cuatro! Cuando se juntan todos dan ganas de huir de casa, su mujer ruega por no tener un quinto varón.

¿Ya saben el sexo?

Todavía no, se esconde el travieso respondió Lucía sonriendo. Arsenio dice que está preparado para sorpresas.

¡Madre mía, qué calor! suspiró Catalina, tapándose los ojos con la mano. Dime, ¿eres feliz?

Lucía se quedó pensativa.

Es difícil responder. ¿Qué hace falta para la felicidad? ¿Tener a los seres queridos cerca? Ella los tenía. ¿Que estén sanos? Eso también. ¿Que los niños crezcan alegres? De momento lo lograban… Así que sí, absolutamente, sin dudas: era feliz.

Sí dijo, sonriendo.

Y la sonrisa de Lucía, tan fresca, parecía cambiarlo todo a su alrededor, haciendo que ese calor sofocante del verano se volviera de pronto mucho más llevadero.

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