Gracias por mi padre

Gracias por el padre

¿Qué han dicho en la comisaría? susurró Elena cuando su madre dejó el teléfono sobre la mesa.

Nada alentador respondió Antonia Fernández, tomando un vaso de agua y dando un par de sorbos. Dicen que es pronto para alarmarse. Que debe pasar al menos un día antes de hacer nada. Pero yo lo presiento algo ha pasado, lo siento en el alma.

*****

¡Mamá, hola! ¿Papá ya se ha ido? Elena irrumpió en el piso, llevando una tarta en las manos.

Hola, hija. Ya se ha marchado. Te lo dije, hoy era su último día en el trabajo: cumpleaños y despedida de jubilación, todo el equipo lo celebra. Entiende, no podía faltar.

Vaya, qué pena, pensó Elena, algo decepcionada.

Pero me ha prometido volver para la comida.

Bueno, justo para la comida llegará Damián. Estaremos la familia entera. Mientras podemos ir preparando la mesa, ¿verdad?

Claro. Ayúdame a cocinar, que yo sola no doy abasto. Pero primero, tomemos un té. Acabo de poner la tetera. Y tengo tus éclairs favoritos, ¿quieres?

¡Encantada!

Madre e hija se sentaron a la mesa, tomando té, saboreando los dulces y conversando sobre el tiempo, el paisaje, y sobre el padre, que cumplía 50 años aquel día.

Todo marchaba bien, aunque

Antonia notó que algo inquietaba a su Elena. Como si quisiera contar algo, pero no se atrevía.

El corazón empezó a latirle inquieto.

¿Todo va bien, hija?

¿Tanto se me nota? sonrió forzada Elena.

Mucho ¿No tienes algo que contarme?

Sí, mamá. Pero no te alteres; es una buena noticia.

¿Ah, sí? Cuéntame entonces.

Verás, Damián y yo hemos decidido regalaros la finca que compramos el año pasado.

¿Cómo que regalar?

Con todo nuestro cariño. Damián ya ha arreglado la casita y podréis vivir allí todo el verano cómodamente.

¿Y vosotros?

Nosotros iremos a veros y a descansar, mamá. La verdad, no tenemos tiempo para encargarnos del campo como planeábamos. Elena hizo una pausa y sonrió misteriosa.

¿Por qué?

Porque dentro de ocho meses vais a ser abuelos.

¿De verdad?

¡De verdad!

¡Virgen Santa! ¡Qué alegría, Elena! ¡Y cómo se alegrará Miguel cuando lo sepa!

Antonia se levantó enseguida, abrazó muy fuerte a su hija y la besó en ambas mejillas varias veces.

Quería que los dos recibierais la noticia juntos, pero no sabía que papá se iría tan pronto.

No pasa nada, pronto regresará y podrás decírselo tú misma. Ahora, hija Antonia miró el reloj, vamos a ponernos con la comida.

¡Vamos!

Retumbaron las ollas, repiquetearon los cuchillos sobre la tabla. Dicen que dos cocineras no caben en la misma cocina, pero Antonia y Elena se complementaban como una sola. Prepararon todo lo planeado y dejaron la mesa impecable.

Pollo asado, croquetas de pescado, puré de patatas, y hasta tres tipos de ensalada.

Antonia se sentó, miró el reloj:

¡Hemos acabado hasta antes de lo pensado!

Claro, ¡hemos trabajado en equipo! rió Elena. ¿Por qué no llamas a papá y preguntas cuándo llega?

Sí asintió la madre.

Yo llamaré a Damián, a ver por dónde anda.

Elena fue al vestíbulo en busca de su bolso. Antonia tomó el móvil y llamó a su marido.

Escuchó los tonos largos, colgó y marcó de nuevo. Lo mismo: Miguel no respondía. Miró el reloj, móvil aún en mano. En su cabeza solo había una pregunta:

¿Por qué no contesta?

De repente recordó que Miguel no la había llamado, como solía hacer, al llegar al trabajo. Un escalofrío le recorrió la espalda.

¡Mamá, Damián llegará en una hora! anunció Elena, alegre, al volver a la cocina. ¿Y papá?

No contesta

¿No? Qué raro.

Raro, Elena Lo he llamado varias veces, suenan los tonos pero Miguel no contesta.

Bueno, ya sabes cómo es el día de hoy. Seguro están de celebración y no se ha dado cuenta.

No, Elena. Ya debería venir de vuelta. Me prometió regresar para la comida. Y Miguel, cuando promete algo, lo cumple siempre. Ni siquiera llamó al llegar al trabajo, no es nada propio de él. ¿Por qué no contesta?

¿Y si llamas a su jefe? Que le dejen ir ya, los suyos lo esperan en casa.

Voy a intentarlo.

Antonia nunca había sido nerviosa, pero un mal presentimiento le apretaba el corazón. Miguel siempre atendía sus llamadas. Siempre.

Incluso cuando estaba ocupado.

Porque le decía que nada ni nadie era más importante que ella, y no quería verla preocupada.
Y más aún hoy. Debía saber que su ausencia la pondría nerviosa.

Aunque pensó Antonia claro, lo despiden por jubilación, y eso ocurre solo una vez en la vida. Miguel ha dedicado casi media vida a ese trabajo, debe ser doloroso para él despedirse

¡¿Hola?! la interrumpió una voz masculina.

Buenos días, don Óscar. Soy Antonia, la esposa de Miguel. Queríamos saber cuándo podrá venir a casa, le estamos esperando con la familia

Buenos días, Antonia contestó el jefe. Sinceramente, no sé qué decirle.

¿Cómo dice?

Es que nosotros también lo estamos esperando. Hemos intentado llamarle, pero tampoco responde.

¿Cómo? ¿No ha pasado por el trabajo? se desconcertó Antonia.

No, aún no ha venido. Aunque le seguimos esperando. Si consigue hablar con él, recuérdelo, por favor. Queremos despedirle como mandan los cánones.

Sí, lo haré. Por favor, si aparece, hágamelo saber

Antonia Fernández dejó el móvil temblorosa, luego miró a su hija:

Elena, no ha pasado por el trabajo y sigue sin contestar. Ya ha pasado mucho tiempo ¿Dónde puede estar?

Mamá, calma. No nos pongamos en lo peor. Vamos a intentarlo juntas otra vez.

*****

Miguel salió del portal, sonrió al sol de la mañana, saludó a las señoras que charlaban en el banco y se dirigió a la parada del tranvía.

Veinticinco años llevaba haciendo esa ruta, y aquel día no era muy distinto de los demás.

Sólo que hoy iba al trabajo para recoger sus papeles de la oficina y despedirse de sus compañeros.

En su época también se había despedido de otros colegas jubilados, y ahora le tocaba a él.

Nada fuera de lo común, aunque estaba nervioso. No había pegado ojo en toda la noche, se había incorporado varias veces para tomar valeriana, pero no mejoraba.

Por la mañana, cuando su querida Toñi le felicitó por su cumpleaños, sonrió ampliamente.

No quiso decirle nada sobre su malestar para no preocuparla.

No era la primera vez, y normalmente, con el rato, se pasaba solo.

Salió antes de lo habitual para que no notaran lo que le pasaba. No quería aguar la fiesta. Toñi, si supiera cómo se siente, habría cancelado todo. Pero sus compañeros lo esperaban.

No pasa nada, se me irá en un rato se repetía Miguel, apretándose el pecho de vez en cuando.

Esperaba el tranvía, pensando en qué palabras dedicaría a sus compañeros, cuando vio llegar un tranvía abarrotado. Decidió que no podría subirse por el calor y la falta de aire.

Prefirió caminar. El día era bonito y sobraba tiempo. Además, el aire fresco seguro le sentaría mejor.

No llamó a Toñi, no quería preocuparla. Le llamaría al llegar, como habían acordado.

Pero no llegó al trabajo. No alcanzó

La calle atravesaba un pequeño parque apenas transitado en días laborables, y allí se sintió muy mal.

Se sentó en un banco, se desabrochó el cuello de la camisa, aflojó la corbata y aspiró el olor otoñal del parque. No supo cuánto tiempo estuvo así.

Solo sentía que no mejoraba. Más bien todo iba a peor.

Al final intentó llamar a Antonia, entonces entendió que aquello era serio. Pero al sacar el teléfono, las manos le temblaron tanto que lo dejó caer y rodó bajo el banco.

Intentó incorporarse para recogerlo, pero el dolor en el pecho se lo impidió. Empezó a faltarle el aire. Y de pronto, un velo negro cubrió sus ojos.

Lo único que pudo hacer fue tumbarse. Vaya jubilación, vaya cumpleaños, pensó con tristeza.

Pero lo que más le dolía era no poder ver más a su esposa ni a su hija

Ni siquiera decirles adiós.

*****

Antonia tomó unas gotas para el corazón, cogió el móvil y volvió a marcar a Miguel. Lo mismo: tonos, nada más Elena llamó al menos diez veces, también sin éxito.

Damián llegó. Los tres se sentaron frente a la mesa de celebración, en silencio, mirándose el uno al otro, esperando.

¿A qué esperamos? reaccionó de pronto Antonia. Hay que avisar a la policía. Ellos pueden ayudar a encontrarlo.

Elena y Damián asintieron. Todos sabían que Miguel no habría desaparecido así por nada.

Además, había trabajado en Protección Civil, acostumbrado a situaciones extremas. Para que él no respondiera, la causa debía ser grave.

¿Qué han dicho en la comisaría? susurró Elena cuando Antonia dejó el teléfono sobre la mesa.

Nada bueno Antonia volvió a beber agua. Dicen que es pronto para preocuparse. Que hay que esperar veinticuatro horas. Pero yo lo presiento algo ha pasado.

¡Entonces debemos buscarle nosotros! dijo Elena, esta vez decidida y firme.

Sí, hija, tienes razón. Hay que buscar Él debía ir en tranvía, la parada está cerca. Iremos allí y preguntamos a la gente, a los conductores de tranvía, lo que sea. A lo mejor alguien lo vio esta mañana.

Mamá, Damián y yo nos encargamos. Quédate en casa por si vuelve. Aprovecha y llama a los hospitales. No quiero asustar, pero mejor aseguramos.

De acuerdo

Elena y Damián se abrigaron y salieron en busca de Miguel.

Antonia, tras cerrar la puerta, tomó el teléfono y comenzó a llamar hospitales.

Ojalá no sea nada grave, susurraba persignándose.

*****

Miguel aún estaba consciente, aunque cada vez se encontraba peor. Apenas podía mover la mano, y hablar, menos aún.

Ayuda balbuceó tendiendo una mano en dirección a dos mujeres que pasaban cerca.

Ellas, en vez de ayudar, lo miraron con desdén y lo ignoraron:

Otro borracho más dijo una con desprecio.

Seguro que ha empezado fuerte esta mañana y ahora ni vuelve a casa masculló la otra. Menuda vergüenza.

Miguel oyó sus palabras. Lloró de rabia: no podía hacer nada, ni ayudarse, ni pedir ayuda. Qué irónico. Tantas vidas había salvado, incluso animales, y ahora era él quien no podía salvarse.

¿Por qué hoy?

Cuando el taconeo se perdió, cerró los ojos, resignado a su suerte

De repente, escuchó un fuerte ladrido junto a su oído. Sintiéndose de pronto tocado por unas patas, notó cómo alguien le lamía la barbilla.

Un perro ¡un perro!, se ilusionó Miguel. Si hay un perro, cerca debe de haber gente.

Con gran esfuerzo, abrió los ojos y vio a su lado a un perro ya mayor, al que reconoció enseguida. Pero ¿de qué lo conoce?

Y sin aviso, la memoria le devolvió imágenes del pasado: una casa ardiendo en llamas, compañeros rescatando a una pareja, y, desde una ventana rota, un ladrido.

¿Hay un perro aún dentro? preguntó a uno de los heridos, sentado en la ambulancia.

¡Sí, sí! Se nos olvidó No pudimos, la prioridad era salir nosotros

¡¿Y por qué no lo dijisteis antes?! Miguel estalló, y sin pensárselo, corrió al incendio.

Intentaron detenerlo: el peligro era grande, pero ignoró todas las órdenes, incluso la del superior.

Diez minutos después, asfixiado y tosiendo, Miguel salía con el perro en brazos.

Se lo entregó al dueño, pero se quedó a su lado, mirándolo a los ojos.

En aquellos ojos había un ENORME GRACIAS HUMANO. El animal le agradecía su vida con la mirada.

La luz de los recuerdos se apagó; volvió la oscuridad y el frío.

¡Guau-guau! ladraba el perro, lamiendo a Miguel, tumbado en el banco.

Había reconocido a su salvador. Y ahora

Él también quería ayudarle.

Si puedes susurró Miguel llama a alguien. Pide ayuda.

Y perdió el conocimiento.

El perro El perro escuchó cada palabra y la entendió. Salió disparado hacia la salida del parque para buscar ayuda.

Se acercó primero a un joven ante una bocatería, luego a una mujer con un niño, después a otro hombre en el quiosco.

Nadie

Nadie entendió lo que el perro intentaba decirles. Al contrario, le apartaban, temerosos. Solo pedía ayuda.

*****

En la parada del tranvía, Elena y Damián no consiguieron nada. Nadie había visto al hombre de la foto. Elena llevaba una fotografía esperanzada en que ayudase.

Pero no funcionó.

Sabía que cada minuto era oro, y que ya no era útil quedarse allí.

Corrieron de tienda en tienda, recorrieron los portales cercanos.

Pero Miguel parecía haberse esfumado. No respondía a las llamadas. ¿Dónde estás, papá? ¿Dónde?

Al pasar junto al parque, escucharon un fuerte ladrido. Elena, sin apenas pensarlo, se detuvo al ver a un perro viejo ladrando y esquivando a los viandantes que intentaban apartarlo.

¡Fuera de aquí! gritó un anciano blandiendo su bastón. ¡Qué pesados estos bichos, no dejan tranquilo a nadie!

Elena, ¿qué pasa? preguntó Damián, que la vio pararse. Se dirigían a la parada de taxis.

No sé el perro no ladra porque sí. Es como si pidiera algo No sé explicarlo, lo siento.

El perro miró a Elena, cruzando sus miradas. En esos ojos no había solo una petición, sino una súplica de ayuda.

¿A dónde vas? preguntó Damián.

Elena ya no lo escuchaba.

Se acercó al perro, y este, ladrando, la condujo al interior del parque. Damián la siguió corriendo.

Cinco minutos después, allí estaba Miguel, inconsciente en el banco. Pero aún respiraba.

¡Seguía con vida!

¡Papá! gritó Elena, alzando con suavidad su cabeza, intentando reanimarlo. ¡Damián, llama a la ambulancia!

*****

La ambulancia llegó enseguida y llevaron a Miguel al hospital más cercano con unidad cardíaca.

Elena, llevándose consigo al perro, fue con Damián al coche de este rumbo al hospital. Por el camino llamó escuetamente a su madre y prometió darle noticias en cuanto supiera algo.

Saben, su padre ha tenido suerte dijo el médico, saliendo de urgencias. Han llegado en buen momento. Media hora más y habría sido tarde.

¿Vivirá? preguntó Elena entre lágrimas.

Sí.

Elena salió, abrazó a Damián y al perro junto al coche.

Gracias Gracias por salvar a mi padre.

¿Cómo está papá? preguntó Damián.

Bien. Vivirá respondió Elena extenuada. Gracias a él señalando al perro.

Lleva collar. Debe tener dueño.

Es verdad. Pero creo que debemos acogerlo. Ha salvado la vida de mi padre, no puedo dejarlo en la calle.

Por supuesto, cariño.

*****

Antonia Fernández, Damián y Berto (el nombre del perro iba grabado en el medallón de su collar) esperaban ante la puerta principal del hospital.

Llevaban diez minutos cuando finalmente vieron salir a Elena junto a su padre.

Berto, exultante, corrió a su encuentro, saltando y ladrando feliz.

Papá, él te ha salvado. Él te ha hecho el regalo más valioso en tu cumpleaños: la vida.

Gracias, amigo sonrió Miguel, inclinándose con cuidado para acariciar a Berto. Espera, Elena, ¿y sus dueños?

Intentamos localizarlos, pusimos anuncios, pero en estos días no ha aparecido nadie.

Entonces Antonia se le acercó, con lágrimas pero sonriente:

Gracias, Miguel, por volver a casa.

Perdóname, Toñi. No te conté cómo me sentía para no preocuparte. Pensé que no era para tanto

Te perdono. ¿Vamos a casa a celebrar tu segundo cumpleaños? preguntó ella secándose las lágrimas.

Vamos.

*****

Respecto a Berto, Miguel mismo intentó buscar a los dueños, incluso pasó por la casa que ardió un año atrás.

Allí ya no vivía nadie. Los vecinos dijeron que los viejos propietarios se habían mudado a otra ciudad, dejando el perro atrás. Quizá no quisieron o no pudieron llevárselo

Así que Berto se quedó a vivir con Miguel, y parecía el animal más contento del mundo.

Miguel también lo era.

Con su perro fue a recoger finalmente los papeles de jubilación y a despedirse de los compañeros. Llevó a Berto a la finca donde pasaban las tardes libres, y junto con Damián, fue a recoger a su hija del hospital cuando nació la pequeña.

Enhorabuena, papá sonreía Elena. ¡Ya eres abuelo de dos niñas!

¡Qué felicidad, hija mía!

¡Guau-guau! ladró Berto, también feliz de que todo fuese bien en su familia.

La vida de Miguel poco a poco volvió a su cauce. Se tornó más viva, con mayor sentido. Y siempre, hasta el final, agradeció a Berto por regalarle la vida.

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