La última llamada

La última llamada

Desde primera hora de la mañana, no dejaba de rondarme una extraña sensación, una corazonada de que algo iba a suceder.

Algo malo…

Llamé enseguida a mi madre, y Carmen Rodríguez me tranquilizó diciéndome que todo estaba bien:

La tensión como la de un chaval, no me duele la cabeza. ¿Por qué lo preguntas?

Por nada por si acaso le respondí. Bueno, tengo que prepararme para ir al trabajo, pero llámame si pasa algo.

De acuerdo, hijo.

Tras colgar, se suponía que debería sentirme mejor. Pero la inquietud no se fue y la corazonada seguía presente.

No lograba entender a qué se debía, porque realmente no había ningún motivo claro de preocupación.
Aunque, con mi trabajo, cualquier cosa puede pasar. Y más siendo lunes, ese día tan duro para todos.

Apuré el café, miré el reloj, que marcaba las seis y media, me vestí rápido y, cogiendo algo de comida, salí rumbo a mi jornada.

*****

Al llegar a la base de ambulancias, me encontré con Miguel el conductor con el que hoy me tocaba recorrer toda Madrid. Me saludó con una mano en alto y yo, algo cansado ya antes de empezar, le devolví un leve gesto.

Juan, ¿pero qué cara es esa? sonrió Miguel, encendiendo un cigarrillo. ¿Te ha pasado algo?

No, Miguel. Todavía no ha pasado nada. Pero tengo la sensación de que va a suceder contesté, pensativo.

No digas eso, hombre ¿De dónde sacas esas ideas tan temprano? ¿Has dormido mal?

No le contesté. Eché un vistazo al cielo, totalmente cubierto de nubes oscuras: en cualquier momento iba a llover a cántaros.

La lluvia nunca me ha gustado, ni de niño…

¿Será simplemente eso? ¿Será solo el mal tiempo lo que me pone así? Me alegré al pensar que, quizás, ya había encontrado la razón de mi intranquilidad.

Pero, tras un breve instante, aquella inquietud regresó de golpe.

¡Buena guardia, compañeros! gritó una joven que pasaba corriendo.

Al oírla, Miguel se atragantó con el humo y, tras toser un poco, le enseñó el puño en broma. Ella agachó la cabeza de inmediato, nerviosa.

Ay, perdonadme… Se me ha ido completamente se excusó ella apurada.

Aquella chica era nueva, empezó en la base como técnica de emergencias hacía apenas una semana. Todavía no sabía que, en nuestro gremio, desear una buena guardia a los que entran de turno da mala suerte.

Uno de esos dichos que todos respetan.

Ya está. Ahora sí que seguro pasa algo susurré apenas, notando un escalofrío en la espalda.

Que te calles refunfuñó Miguel, tirando la colilla en la papelera metálica.

*****

Me mordía el labio cada vez que la central nos mandaba una nueva dirección por la tableta y avisaba por la radio del motivo del aviso:

Varón, 35 años, con fuerte dolor de cabeza y dificultad para hablar. Posible ictus.

Sólo me faltaba esto, pensé. Sí, en nuestro trabajo tienes que estar preparado para todo, pero

Cada servicio me afectaba, especialmente los que podían acabar en muerte. Y en caso de un ictus, podía pasar perfectamente.
Hoy, más que nunca

Por suerte, el hombre al que atendimos no tenía ningún ictus.

Era el resacón tras una larga noche de celebración con sus amigos, y el habla pastosa era producto del alcohol. Le di algo para el dolor y le recomendé dormir un poco.

¿Y si me tomo una cañita, se me pasa? preguntó él, esperanzado.

¡Ni se te ocurra! Sólo lo empeoras. Si quieres estar bien, deja el alcohol del todo.

Salí de la casa aliviado, satisfecho de que no había habido nada grave.

Quizá tenga razón Miguel, y sea ese presagio raro fruto del cansancio y el exceso de tensión acumulada.
Casi me estaba tranquilizando cuando la central nos dio una dirección nueva: el cementerio municipal.

¿Dónde? preguntó Miguel, extrañado.

Al cementerio dije yo, crispando los dedos sobre la tableta.

Hoy daban sepultura en La Almudena a un actor famoso de la ciudad. Curioso, porque yo nunca había oído hablar de él.

Había muchísima gente.
Unos guardaban silencio, otros lloraban, algunos recordaban anécdotas del difunto.
Yo aguardaba, temiendo que pasara algo. Miguel fumaba sin parar.

No ocurrió nada, por suerte, y no se necesitó nuestra ayuda.

Vinieron luego otros servicios, pero de esos rutinarios, que casi se convierten en costumbre diaria.

Sin darnos cuenta, pasaron casi doce horas y la jornada llegaba a su fin.

Unos diez minutos más y volveríamos por fin a casa.

Ya soñaba con llegar, darme una ducha y caer rendido en la cama. Mañana sería otro día, y esperaba encontrarme de mejor humor.

Por si acaso, llamé por décima vez a mi madre.

Todo bien respondió Carmen Rodríguez. Ahora ceno y me pongo a ver la tele.

¿Y qué tal está tu madre? me preguntó Miguel cuando colgué el teléfono.

Está bien.

¡Ves! sonrió abiertamente. Te lo dije: hoy no iba a pasar nada. Y tú dale que dale con tu mal presentimiento…

Miguel, pero lo sigo sintiendo… No sé, algo me inquieta, pero no sabría decirte el qué.

Deberías adoptar un animal. Ayuda mucho a relajar la mente.

¿Hablando en serio?

¡Claro! Yo tengo un gato, Turrón. Cuando llego, se me sube encima, y empieza a ronronear Me quedo nuevo y duermo como un bendito.

¿Pero tú sabes qué horario tengo yo para tener un bicho en casa? Cuando me voy de guardia, ¿quién lo cuida? Tú al menos tienes familia, mujer, hijos. Yo vivo solo.

Quise decir algo más, pero en ese momento, la tableta vibró y oí la voz de la central:

Juan, lo siento, pero la guardia no se ha terminado todavía, tienes que coger el último servicio. Calle Quevedo, 23. Tercero espera, un momento

¿No será puerta 48?

Sí, Juan, es justo esa. ¿Cómo lo sabes? preguntó la operadora sorprendida.

Allí vive don Alfonso Gutiérrez. Voy a verle casi como de visita. ¿Otra vez dolor de pecho?

Un suspiro ahogado al otro lado de la línea me inquietó aún más…

Ha fallecido, Juan Por la mañana, al parecer. La policía ya está allí, tienes que acudir tú. Sabes por qué

Lo sé respondí con voz extraña.

Dejé la tableta en las piernas, mirando a Miguel. Él lo había oído todo y mantuvo silencio.

Al poco me dijo:

Una pena lo de don Alfonso. Por lo que me contaste, era buen hombre. No te sientas culpable. Rechazó ir al hospital una y otra vez. No es culpa tuya, ¿me oyes?

Ajá

Me recosté y cerré los ojos, perdiéndome en mis propios pensamientos.

*****

Hacía mes y medio que conocí a don Alfonso. Él mismo llamó porque sentía fuertes dolores en el pecho.

Dice el paciente que la puerta está abierta, podéis entrar directamente nos dijo entonces la central.

Vale.

Nada más entrar, en el recibidor me salió al paso un cachorro; minúsculo, tan pequeño como la palma de mi mano.

Al principio ladró, después se puso a gruñir y, en cuanto le llamó el dueño, fue a su lado moviendo el rabito.
Lo recogí en la calle y ahora es mi guardaespaldas sonrió el abuelo, intentando levantarse.

Quédese acostado, por favor le pedí. Y el perrito es precioso. Yo también tendría uno si pudiera.

¿Y por qué no puedes?

Hay razones. Pero cuénteme, don Alfonso, ¿qué le pasa, desde cuándo, le ve algún cardiólogo?

Respondió a todo. Resultó que los problemas le empezaron tras la muerte de su esposa. Antes iba al ambulatorio pero el tratamiento no sirvió para nada, y

Es que me pongo peor esperando horas allí. Y los Dolores vienen y van.

¿Puede describírmelos mejor?

No tiene misterio. Duele, se pasa con el tiempo. A veces con una pastilla, otras con valeriana.

Eso no es tratamiento sonreí. Hare un electro ahora.

En el ECG se veían claramente anomalías y yo quería llevarle al hospital, pero él se negó de pleno:

¿Y a Rolo, a quién se lo dejo? Mejor dame algo, una inyección o lo que sea.

Eso sólo le calma un rato. Yo le recomendaría ir al hospital.

Los compañeros tuyos antes hacían eso y mira, sigo aquí. Escribo el papel y no voy. No puedo dejar a Rolo.

Nunca logré convencerle. Ni aquella vez ni en las siguientes.

Así, cada vez que caía enfermo, nos tocaba a nosotros ir. Alfonso llamaba al menos una vez por semana.

Jamás me pasaba antes. Ahora ya ni remite.

La salud le empeora por no tratarse. ¿Viene al hospital?

Perdona, Juan, pero no puedo acariciaba al cachorro. No tengo a nadie más para Rolo. Está tan pequeñito aún…

¿Y si a usted le pasa algo, quién se encarga de él?

Nada me va a pasar. Y si pasa, seguro habrá buenas personas. Le he dejado encargada a la vecina; hasta le enseñé donde guardo el dinero para el pienso.

¿Dinero?

Claro, así lo puede alimentar. Yo sé que mucha gente deja perros en la calle porque no pueden pagarlo.

Un hombre noble.

Y ahora me llamaban para acudir a su casa, sabiendo que no volvería a hablar con él.

De verdad, esta vez la última llamada sí fue definitiva.

Y aunque Miguel se empeñaba en quitarme culpas, yo sí que me las echaba. Debería haberle convencido para que aceptara la hospitalización. Tenía que haberlo intentado aún más

Juan, hemos llegado.

¿Qué?

Sentí al fin la mano de Miguel sobre el hombro.

Hemos llegado.

Subí con esfuerzo. En la casa estaban el agente de policía y la vecina, doña María Pilar, a quien conocía ya de visitas anteriores.

La última vez que coincidimos, fue porque a Alfonso le dio un mareo en la calle y pidió que ella llamara a emergencias. Al llegar, ahí estaba Pilar con él.

Hola, Juan.

Buenas tardes, doña Pilar dije bajo. ¿Ha sido usted quien llamó a la policía?

Claro, ¿quién si no? El cachorro no ha dejado de ladrar desde por la mañana. Me sorprendió que Alfonso no bajara a pasearlo. Después me fui a la huerta y volví de noche. El perrito no paraba Así que llamé. Vino el policía con un cerrajero, entraron y

Entiendo, gracias.

Fui hasta el dormitorio y miré largo rato a don Alfonso, conteniendo las lágrimas. Luego rellené el parte. De repente

recordando algo, busqué por toda la casa, la cocina, el baño, el balcón

¿Está buscando algo? me preguntó el agente.

El cachorro. No lo veo. ¿No lo habrá visto usted?

¿Uno negrito? Sí, sí. Rondaba por ahí ladrando y gruñendo. Creo que la vecina se lo llevó.

Gracias al cielo, suspiré aliviado.

Me asustaba pensar que hubiera acabado en la calle. A Alfonso le hubiera roto el corazón.

Me despedí del policía y me acerqué al piso de Pilar, que se había ido hace rato.

¿Juan? se sorprendió. ¿Necesita algo?

Solo quiero agradecerle que cuide de Rolo. ¿Está muy triste?

¿Quién? ¿El perrito? Ah, ese No, no lo tengo en casa.

Pero el agente dijo que usted se lo llevó.

Sí, se lo llevé… pero luego lo solté en la calle. No paraba de ladrar y molestar, pensé que mejor estuviera fuera. Además, yo no puedo tener animales.

¿Soltó usted al perro en la calle?

No lo solté. Simplemente lo dejé salir. Aquí ya no tenía sentido que se quedara. El dueño ha fallecido.

Alfonso me dijo que usted se haría cargo y le dejó el dinero para comprarle comida.

La expresión de Pilar cambió bruscamente. Primero asustada, luego molesta.

No sé de qué me habla, Juan. Yo no he acordado nada y no sé de ningún dinero.

Pero él me

Perdone, Juan, estoy ocupada. El perrito… si quiere sobrevivir, sobrevivirá. Siempre hay gente buena en el mundo.

*****

Bajé corriendo y salí del portal. Ahora sí, llovía con fuerza.

Aún así, el aguacero sólo me animó un poco más.

¡Juan, qué haces ahí! gritó Miguel desde la ambulancia. Sube, que te vas a empapar.

Dejé la mochila médica dentro y cerré la puerta.

¿Vas a alguna parte? salió Miguel, preocupado.

Tú ve a la base, que yo tengo que hacer algo.

¿El qué?

Buscar al cachorro.

¿Qué cachorro, Juan? ¿Me lo explicas?

Le resumí la historia, mientras él encendía un cigarrillo.

No puede haber ido lejos. Debe de estar cerca, ¿sabes? Vete tú y yo lo busco.

Miguel tiró el cigarro al suelo y lo pisó:

No te dejo solo. De noche y en esta lluvia, buscaremos al perrito los dos.

¿Pero y la ambulancia?

Eso será nuestro secreto. No pasará nada, tranquilo.

Miguel y yo estuvimos unos diez minutos peinando el patio y buscando al perro, que parecía haberse evaporado. Nos acompañó también el policía cuando salió del portal y nos vio buscando.

Él se unió enseguida. Sinceramente, me gustó ese gesto.

¡Aquí está! gritó Miguel.

Corrí hacia él, seguido del policía.

Míralo, le encuentro yo y me gruñe en vez de agradecérmelo bromeó Miguel junto a un banco frente al portal de don Alfonso.

Debajo del banco, agazapado, estaba Rolo.

Y sí, le gruñía a Miguel, negándose a dejarse coger.

¡Rolo, pequeño! casi lloré de alegría, o quizá era el chaparrón disimulando las lágrimas. ¿Me reconoces, Rolo?

El cachorro me reconoció. Salió de debajo del banco con ojitos tristes y gimió suavemente.

Lo sé, pequeñajo Ya no está nuestro Alfonso. Ya no.

Miguel se apartó, disimulando un gesto de emoción. El policía miró al cielo para no delatarse; los hombres en uniforme no lloran.

No podré reemplazar a tu dueño, pero le hablé al perro. Lo intentaré, te lo aseguro. ¿Vienes conmigo?

Y Rolo aceptó.

Rolo sabía que yo era de fiar y que no le haría daño.
Además, nunca le gustó la lluvia

*****

Los primeros días dudaba de si podría con ello, pero mi madre fue mi ayuda.

Cuando yo estaba de guardia, Carmen venía a casa, alimentaba y sacaba a pasear a Rolo.

Y cuando libraba, los tres paseábamos juntos por el Retiro: yo, mi madre y mi nuevo amigo peludo.

Nunca me arrepentí de haberme quedado con aquel cachorro tan solo y olvidado.

Porque, desde entonces, encontré un sentido nuevo a mi vida; hasta llegué a entender a don Alfonso, aunque como médico no pudiera aprobar su terquedad.

Un tiempo después, nuestra peculiar familia creció aún más.

El propio agente de policía, aquel con quien busqué a Rolo y que tanto se implicó, pronto quiso acercarse. Luis era su nombre y desde el primer día mi madre y Rolo le dieron la bienvenida.

La primera vez que vino con un ramo de flores, fue Rolo quien le recibió en la puerta. Tras olisquearle, le miró fijamente y, acto seguido, ladró contento: puedes pasar, estás aprobado.

Eso significaba que yo, su humano, por fin tenía algo parecido a esa felicidad que tanto había esperado.

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