Ya no queda esperanza

Ya no queda esperanza

¡Que no quiero su dinero! soltó con rabia Lucía, lanzando los billetes arrugados al suelo.

En realidad, es tu dinero contestó la dueña del piso. Y yo no tengo culpa de lo sucedido. Por favor, no montes una escena, que vas a despertar a los vecinos.

Lucía le lanzó una mirada fulminante, giró sobre sus talones y bajó corriendo las escaleras del portal.

Al salir a la calle, notó que todo le daba vueltas y casi no llegó hasta un banco. Se sentó, ocultó la cara entre las manos y rompió a llorar, silenciosamente, apenas haciendo ruido. Y se reprochaba todo el tiempo:

«Si hubiera sabido que acabaría así, ¡jamás habría ido a esa boda!»

*****

¡Lucía, que me caso! le anunció su amiga Carmen por teléfono. La boda es en un mes. Y después, la ceremonia religiosa. ¿Vas a venir?

Enhorabuena, de verdad. Me alegro mucho por ti, Carmen. Lo único es que… Lucía suspiró, preocupada.

¡Venga, dilo ya!

Perdona, pero igual no puedo ir. Me gustaría muchísimo, lo sabes, pero

¿Pero cómo que no puedes? Carmen sonaba realmente sorprendida. ¿No lo decía en serio? Llevamos juntas desde la primaria, hemos pasado de todo, y ¿no vas a venir a mi boda? ¿Quieres enfadarme?

De verdad que no es mi intención, Carmen. Pero boda y ceremonia no son solo un día…

Bueno, sí, serán tres días. Pero seguro que puedes pedirte libre en el trabajo.

No es por el trabajo. El problema es mi gato, Tomás. No tengo con quién dejarlo, y traerlo… ya sabes que no se puede. Así que

¡Mira, Lucía, ni lo digas! Tienes que estar en mi boda y en la ceremonia. Busca a alguien que lo cuide, o hay residencias de mascotas, ¿no? Si no puedes sola, te ayudo yo.

No sé, Carmen…

Mira, tienes un mes para solucionarlo. No me falles, de verdad. Es el día más importante de mi vida y quiero que estés conmigo.

Después de colgar, Lucía se quedó pensando. No quería decepcionar a su amiga, pero tampoco encontraba solución con Tomás. No se atrevía a dejarlo solo en el piso ni siquiera tres días, ni aunque le dejara comida para un mes. Tomás era un gato sociable, y quedarse solo, ni hablar.

Lucía le dio vueltas todos los días y finalmente decidió que debía ir. Tomás lo dejaría con una mujer que le parecía de confianza. Al menos, eso pensaba Lucía.

Isabel Romero, a quien encontró en un anuncio por internet, llevaba años cuidando gatos en su casa y prometía devolverlos sanos y salvos.

Lucía leyó todas las opiniones y le parecieron buenas, incluso algunas personas repetían con ella cada vez que se iban de viaje. Y un detalle decisivo: Isabel había trabajado en una clínica veterinaria.

Evaluando pros y contras, Lucía se atrevió. Habló con Isabel y quedaron en verse.

La casa era amplia, con tres habitaciones, y una de ellas la más grande estaba dedicada entera a los gatos. Lucía quedó encantada tanto con el espacio como con Isabel, una mujer amable que le dio muy buena impresión. Además, Tomás estaría acompañado de otros gatos y no tendría tiempo de aburrirse.

Tomás, cariño, sólo serán tres días. Sé bueno, ¿vale?

El joven gato se restregó en las piernas de Lucía mirándola con sus grandes ojos. Sabía lo que quería: que lo cogiera en brazos. Pero ya era hora de marcharse.

No te preocupes tanto le sonrió Isabel. Va a estar de maravilla.

Eso espero. Aquí tienes el dinero le entregó dos billetes de veinte euros. Si pasa cualquier cosa, me llamas enseguida, ¿sí?

Por supuesto.

*****

Los tres días pasaron volando.

Carmen estaba feliz de tener a Lucía en la boda y en la ceremonia, y Lucía se alegraba muchísimo de ver a su amiga tan bien. El marido recién estrenado le pareció alguien estupendo, confiable.

Pensaba en Tomás cada día y llamaba a Isabel:

Hola, ¿cómo sigue Tomás? ¿Se porta bien? ¿No le causa problemas?

Hola Lucía respondía Isabel. Todo fenomenal. Tu gato come con ganas, va bien al arenero… ¿Sigues llegando dentro de tres días?

Sí. ¿Por?

Nada, es por saberlo. A veces la gente se retrasa y avisa a última hora, pero yo ya tengo compromisos con otros dueños. Por evitar imprevistos, lo pregunto.

No, no. Yo no podría dejar a Tomás más días. Le echo muchísimo de menos, estoy deseando verle.

En cuanto llegó a Madrid, Lucía llamó a Isabel y fue corriendo a buscar a su gato.

Vale… te estaré esperando respondió la mujer, suspirando.

Ese suspiro no dejó de rondarle a Lucía durante el camino en taxi.

«No te comas la cabeza, Lucía. ¿Qué va a pasar? Me ha dicho que todo bien con Tomás…» Intentaba calmarse, pero la inquietud sólo crecía.

Tu gato se ha escapado… soltó Isabel al abrir la puerta.

¿¡Cómo!? ¿¡Qué ha pasado!?

Verás, los vecinos de arriba estaban haciendo obras, un ruido terrible, y los gatos estaban asustadísimos. Pensé en golpear los radiadores, pero sólo los alteraría más. Fui a pedirles que parasen unos días, y cuando abrí la puerta, Tomás salió corriendo al portal. No me dio tiempo a reaccionar.

¿¡Por qué no me llamaste!? ¿¡Por qué mentiste!?

Creí que podría encontrarlo. Esto a veces pasa; tengo muchos gatos y soy sola. Cuando alguna vez ha sucedido, siempre los he recuperado. Pero esta vez no. Puse anuncios en internet, pero nada aún. Todavía puede aparecer, no te desesperes.

¿No me desespere? ¡Por Dios! Prometiste que estaría bien.

Si quieres, te devuelvo el dinero.

¡No quiero su maldito dinero! Lucía le lanzó de nuevo los billetes.

Son tuyos respondió Isabel tranquila. Y yo no tengo la culpa. Por favor, no montes un escándalo, que los vecinos duermen.

Lucía le echó una mirada de odio, giró y bajó a la calle.

Ya fuera, casi no veía de la angustia. Se sentó en un banco, sin poder creer lo que había pasado. «¿Por qué fui a esa boda? ¿Por qué dejé a Tomás?»

Por un momento, recordó el pasado, aquel día frío de diciembre cuando volvía de trabajar. Era 30 de diciembre, víspera de fiestas largas que pensaba dedicar a sí misma.

Entonces, cercano a casa, de la nada apareció una pequeña bolita naranja y se le enroscó a los pies. Apenas tuvo tiempo de reaccionar, cuando el minino escaló sus vaqueros hasta sus manos.

¡Pero bueno! sonrió Lucía, preguntándose qué hacer con ese animalito.

Se lo llevó a casa, sin pensarlo más.

Con Tomás celebró fin de año y todos los días de fiesta siguientes. Sin darse cuenta, se enamoró del gatito.

Cariño, deberías buscarte un buen chico, no ir recogiendo gatos callejeros bromeaba su madre cuando Lucía le contaba su alegría.

Pues me ha salido así; primero en mi vida llegó el gato, y quien venga después tendrá que aceptarlo.

Con la vuelta al trabajo, compartió la historia con sus compañeras.

Chicas… creo que los gatos eligen cuándo llegar: siempre esperan a un día de frío o lluvia, se aparecen de la nada, con esos ojos tristes pidiendo «¿No me llevas a casa?». Y caes, no puedes hacer otra cosa describía Lucía.

Tienes que escribir un libro, Lucía se reían las compañeras.

Ellas se alegraron por Lucía, aunque no comprendieran esa devoción por un gato. Ya les llegaría el momento, pensaba.

La llegada de Tomás llenó su piso de pelos pero también de calidez y cariño.

Siempre la recibía en la puerta, le hacía fiestas, se acurrucaba a ella y ronroneaba feliz.

Ahora, ya nadie la espera. No hay ronroneos sobre sus piernas. No está Tomás.

Bueno, ella quiere creer que está en algún lado. Pero ¿dónde?

¡Basta! se levantó Lucía del banco. No pienso quedarme sentada. Tengo que encontrarlo.

*****

¡¿Lo han encontrado?! exclamó Lucía al escuchar la llamada de uno de los voluntarios que ayudaban a buscar a Tomás.

Quizá… me ha contactado una señora diciendo que ha recogido a un gato igual al tuyo. Te envío la dirección por SMS.

¡Muchísimas gracias!

Lucía agradecía de corazón a toda esa gente que se involucró, porque sola no lo habría conseguido. Desde la fuga de Tomás de casa de Isabel habían pasado mes y medio. El tiempo más angustioso de su vida. No tenía descanso, revisaba foros, fotos de gatos perdidos, pero nunca era Tomás.

Peor aún, sólo tenía fotos del gatito pequeño, de medio año atrás, nunca pensó en necesitarlas. Tomás ya era mayor, había cambiado tanto…

Corrió al portal, marcó el telefonillo.

¿Quién es?

Soy Lucía, por el gato naranja que recogió usted, he recibido la dirección de un voluntario.

Sube.

Pero el gato que encontró no era Tomás. Muy bonito, sí… pero no era su gato.

Pues se quedará conmigo dijo aquella mujer, abrazando al gato. Ánimo, chica. Seguro que aparecerá Tomás. No pierdas la esperanza.

Lucía, por primera vez en su vida, sintió envidia de alguien. Se marchó rápido.

En los meses siguientes recibió varias llamadas, fue a ver otros gatos naranjas… pero ninguno era él.

Era una tortura: ir corriendo a cada dirección, con el corazón en un puño, para luego decepcionarse.

Hija, te entiendo. Le querías mucho le consolaba su madre por teléfono. Pero hay que seguir. Seguro que hay más gatos naranjas, o vente al pueblo, que la gata de la vecina acaba de parir, creo que hay uno naranjita.

Gracias, mamá. Pero yo sólo quiero a Tomás…

Pasaron seis meses, y Lucía perdió la esperanza. Sólo pedía a Dios que Tomás estuviera vivo, aunque lejos, aunque con otras personas o en la calle, pero vivo.

*****

Lucía ya no sabía cómo seguir adelante. Se sentía culpable y no se lo perdonaba. Por una boda… Si no hubiera ido, nada habría pasado.

Ahora, por haberlo dejado con una desconocida, Tomás ya no estaba.

Peor aún, la incertidumbre: no saber si sigue vivo. Eso era lo más insoportable.

Los fines de semana salía del piso, incapaz de estar entre cosas que le recordaban a Tomás.

Vagaba por la ciudad, miraba en patios y cerca de los contenedores. Sabía que no lo encontraría, pero no podía evitarlo.

Un día sin darse cuenta acabó casi en las afueras, donde hay un refugio de animales. «Quizá mamá tiene razón y debería adoptar otro gato», pensó Lucía.

Pero lo descartó enseguida. ¿Y si Tomás aparece? ¿Qué pensaría, que lo traicioné?

Ya pensaba marcharse cuando una empleada del refugio se le acercó.

¿Buscas mascota? Si quieres ver a nuestros peluditos, te los enseño. No hay compromiso ninguno, pero quizá te enamoras de alguno.

Lucía no quería mirar animales, pero no supo negarse.

Ese de ahí se llama Simba. El otro es As. ¿A que son guapos? le enseñaba la chica.

Sí, mucho asintió Lucía.

Extrañamente, entre los animales sintió por primera vez un poco de alivio. Sus miradas, llenas de esperanza, le calmaban el alma. Pensó que no quería marcharse.

¿Y aquel? preguntó señalando el último corralito. ¿Hay alguno allí?

Sí ahí tenemos a nuestro «gato ermitaño». Así le llamamos porque no deja que nadie se acerque. Ni para darle de comer. Lleva con nosotros medio año, llegó fatal, conseguimos sacarlo adelante, pero no logramos ganarnos su confianza.

A Lucía le dio un vuelco el corazón.

¿Puedo puedo verlo?

Ven, claro accedió la empleada.

Al escuchar pasos, el gato naranja se dio la vuelta, mostrando total desinterés. No quería ver a nadie ni ser visto.

Es nuestro «gato ermitaño». Siempre rehúye a la gente explicaba la trabajadora.

Pero Lucía apenas la escuchaba. Miraba atentamente al gato naranja y

No, no se lo había imaginado.

¿Tomás? susurró, casi sin respiración. ¿Tomás, eres tú?

El gato giró la cabeza sorprendido, escrutando a la visitante.

«No, me lo he imaginado»

¡Tomás! repitió Lucía, esta vez con voz firme. ¡Dios mío, estás vivo! Ven, cariño, ¿me reconoces?

El gato la miró largo rato; vaciló «¿Es mi humana?» Y sí, la reconoció. Su voz, su mirada, su olor. Pero, ¿debía acercarse? «¿Me dejó? ¿O no? Si me abandonó, ¿qué hace aquí? ¿Qué dice mi instinto gatuno?»

El instinto le dijo: corre. Y corrió. Hacia su querida dueña.

La empleada abrió la puerta y ambos se fundieron en un abrazo.

Todos los miraban: la chica, los animales del refugio, las nubes, el sol Porque hay momentos en que el mundo entero sonríe contigo.

Lucía salió del refugio con Tomás en brazos y prometió ayudar siempre al refugio. Ellos habían salvado a su gato.

*****

De camino a casa, Tomás ronroneaba como un motor, maullando de vez en cuando para contarle todo lo vivido: «Me asusté tanto aquel día, con el ruido, y como tú no estabas, salí a buscarte… Hasta una rueda casi me atropella. Pero cuánto me alegro de que me hayas encontrado, ¿no volverás a dejarme, verdad?»

No, Tomás. Nunca más.

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