Ganadora sin amor
Pues ya está, Sergio, se acabó anunció doña Nines, dejando la taza sobre el platillo con un pequeño golpecito, ceremonioso para sus adentros. Ya se puede seguir viviendo.
Mamá, hablas como si hubieras ganado el campeonato de ajedrez.
¿Y acaso no es eso?
El hijo miraba por la ventana. Fuera, marzo se deshacía en una mezcla húmeda y gris, como una toalla antigua. Nines siguió la mirada del muchacho, por si veía algo interesante, pero nada.
Sergio, digo, ¿no es así?
Mamá, ella simplemente se ha ido. Con una maleta. No veo la fiesta.
Pues motivo suficiente: se ha marchado. Con una sola maleta. Llegó con las manos vacías, se va con las manos vacías. Justicia divina.
Finalmente, él se giró. Nines esperaba ver rabia, rencor, aunque fuera cansancio. Pero ahí había algo distinto, indefinible, lo que quiso no mirar demasiado.
Clara puso dinero en este piso dijo él, bajo.
El piso está a mi nombre. Yo te lo di a ti. No a ella.
Ya sé cómo está todo firmado.
Entonces, ¿de qué hablamos?
Él se levantó, cogió la chaqueta del perchero. Nines notó que no se había terminado el bizcocho, su bizcocho especial para la ocasión. La mitad de la tarta seguía intacta en la mesa.
Me voy dijo él.
¿A dónde?
A donde sea.
La puerta se cerró suavemente. Casi como si toda su vida se hubiera esforzado por no hacer ruido, por no romper nada. Nines miró la tarta, luego la probó, comiéndose el trozo de su hijo. Las manzanas estaban un poco ácidas, pero así debían ser. Ácido casero.
Se quedó sentada en la cocina de su piso, el mismo donde llevaba treinta y siete años viviendo, pensando que ahora sí, ya todo estaría bien.
Nines tenía sesenta y dos. Era menuda y pulcra, recogía siempre su melena plateada en un moño recogido y firme. Su pensión era decente, considerando que vivía en Valladolid. Había sido contable toda la vida, de números sabía un rato. Por eso, cuando Sergio llevó a casa a Clara, hace cinco años, Nines la miró y enseguida supo que esa chica iba por el piso.
Clara venía de un pueblo a unas tres horas, llegó para estudiar, se quedó trabajando, alquilaba una habitación en una residencia para empleados de una ingeniería local. Simple, tranquila, con una trenza oscura y la costumbre de mirar ligeramente de lado al hablar. Nines sabía leer a la gente. A Clara la leyó en la primera cena: la chica había puesto la proa en el piso.
Es diferente, mamá, la quiero decía Sergio. Bueno, decía poco tal y como era él, pero Nines pasaba sus palabras por su propio filtro y siempre sacaba la verdad correcta, que por lo general era la que ella pensaba.
Vivieron tres años en el piso que Nines puso como donación a nombre de su hijo cuando él cumplió veintiocho. Un abogado amigo le explicó cómo al divorciarse lo que es tuyo no se parte, si no lo has comprado estando casado. Nines por entonces no pensaba en divorcios. Ella solo pensaba en la cautela. Siempre había pensado en ello.
Clara había puesto cortinas nuevas atrevimiento, pensó Nines, cambió la vajilla la anterior era mejor, sentenció. Cocinaba cenas para Nines dos veces por semana, que ella siempre aceptaba con mesura y se largaba luego con una desazón innombrable.
Después Clara reformó la cocina. Con su propio dinero especialmente dejado claro y registrado en su charla de pareja, nunca con Nines. Nines se enteró cuando ya estaba todo terminado, armario blanco, papel de rayitas. Puso morros.
¿No le gusta, Nines? le preguntó Clara de frente. Tenía esa costumbre. A Nines no le gustaba.
Oh, claro, querida, muy mono.
Ese “mono” lo dijo con el tono suficiente para convertirlo en horrendo, y ambas lo captaron. Pero Clara no replicó. Clara sabía callar justo donde Nines necesitaba un drama para sacar su ataque de dignidad.
El divorcio llegó al cuarto año. Razones había varias, ninguna la única. Sergio se fue distanciando. Luego más aún. Clara preguntaba, explicaba, pedía. Él asentía y se iba directo a la tele. Nines a la que el hijo llamaba cada dos días para desahogarse le dijo:
Sergio, así no se puede vivir. Ni tú, ni ella.
A lo mejor cambia.
Nada cambia. Solo puede ir a peor.
Luego vino el abogado. Después, los papeles. Al final, la cocina, la tarta y marzo fuera. Clara se marchó con una maleta gris, con ruedas. Nines la vio desde la ventana, y fue el alivio de la fiebre tras una gripe larguísima.
Sergio tenía treinta y cuatro. Trabajaba como ingeniero en una constructora, sueldo sólido, nunca preguntaba por dinero el primero. Nines sentía por él un orgullo hecho de amor, posesión y algo más para lo que no conocía palabra. Lo crió sola desde que el padre se fue, cuando Sergio tenía ocho. Desde entonces, estaban solos y a ella eso le parecía el equilibrio natural del mundo.
Cuando Sergio tenía diecinueve, Nines se dio cuenta de que él sabía vivir solo. No en el buen sentido. En el de no saber luchar por lo suyo, ni exigir, ni enrabietarse. Solo sabía asentir o callar. Nines decidió llamar a eso educación y se quedó tan tranquila.
Sergio tras el divorcio estuvo un mes solo. Luego llamó y dijo que había conocido a Lucía.
¿Dónde?
En la oficina, en una fiesta.
¿Y cómo es Lucía?
Buena chica. ¿Te vienes a conocerla?
Nines fue. Pero la quedada era en una cafetería, nunca en su casa. Primer aviso, pero ella no lo vio. Lucía era siete años menor que Sergio, veintisiete. Trabajaba en publicidad, se vestía con color y sabía lo que quería del camarero, de la carta y, aparentemente, de la vida.
Doña Nines dijo Lucía con la seguridad de quien organiza la reunión. Me han hablado muy bien de usted.
¿Sergio?
Sergio, sí.
Espero que bueno contestó Nines, sonriendo diplomática.
De todo respondió Lucía abriendo la carta.
A Nines le punzó algo entre las costillas. Lo achacó a la corriente de la puerta. La cafetería realmente tenía mala climatización.
Lucía era guapa, pero no como Clara, de esa belleza modesta y algo culposa. Lucía era guapa a lo castizo, con conocimiento de causa, con el pelo negro sin medias tintas y los labios bien perfilados. También sabía callar, pero era otro silencio. El de Clara era paciencia. El de Lucía, evaluación.
Cuatro meses después, Sergio llamó una tarde de miércoles:
Nos hemos casado dijo.
¿Hoy?
Hoy, mamá. Sin líos.
No me ofendo. Felicidades.
Colgó, regó las plantas y se fue a dormir. A la mañana siguiente, todo seguía igual.
Lucía se mudó al piso al poco. Trajo un arsenal de cajas, aunque ella era menuda. Sustituyó las cortinas de Clara en un día: ahora colgaban unas verde botella, que daban sensación de despacho inglés.
¿Y las viejas, Lucía?
A la basura gritó desde la cocina.
Pero si eran casi nuevas.
No iban conmigo, doña Nines.
Después de esa frase, el resto no tenía sentido. Nines lo aceptó y esta vez sí, de verdad, calló.
En los primeros meses venía a menudo. Lucía no la echaba, pero lograba una atmósfera de mejor me piro fascinante. No salía a saludar, no ponía el hervidor de agua, no dejaba el portátil. Contestaba con monosílabos y sin interés y Nines se sentía una extraña en la casa que había regalado.
Sergio, en su presencia, se mutaba en algo aún más callado. Servía el té, ofrecía galletas, asentía a las historias de mamá, miraba con una cautela nueva a su mujer. Nines lo notaba pero no le ponía etiqueta: la palabra era miedo, pero prefería ni nombrarla.
En octubre, Lucía cambió la cerradura. Así, sin más. Sergio llamó:
Mamá, hemos cambiado las llaves. Avísanos antes de venir y voy a abrirte.
¿Por?
Bueno, Lucía dice que así es más seguro.
¿Más seguro de qué?
Pausa. Silencio elocuente.
Mamá, es lo corriente.
Veinte años había tenido esa llave. Primero como dueña, luego como madre bienvenida. Ahora la dejó colgada en su llavero, entre la de su propio piso y el buzón. Allí sigue, arrumbada en un cajón.
La cena de Nochevieja siempre era en casa de Nines. Veinte años de tradición. Ella preparaba ensaladas, pescado, montaba el árbol en el rincón, como lo hacía su madre. Su ley.
En noviembre, Lucía decidió que ese año irían a casa de sus padres en Madrid.
¿A Madrid?
Allí está toda su familia.
¿Y yo?
No se puede estar en dos sitios, mamá.
Nines pasó la Nochevieja sola, con la mesa puesta para una, descorchó el cava a las once y media, vio el discurso en la tele, brindó consigo y fregó la vajilla. Se fue a la cama en cuanto terminó. Para qué más.
Por la mañana felicitó por teléfono. Sergio contestó al tercer tono, voz contenta y soñolienta.
Feliz año, mamá.
Igualmente, hijo. ¿Cómo lo pasasteis?
Bien, muy animado. Te llamo luego, ¿vale? Lucía sigue durmiendo.
Claro, claro.
Ese claro sonó a nunca, pero él ya había colgado.
En febrero, Lucía apareció sola en casa de Nines. Primera vez. Sin aviso, vestida de punta en blanco, con tacones. Nines tardó en reaccionar.
Pasa, ¿quieres un té?
No le digo que no.
Se sentaron en la cocina. Lucía miraba alrededor como quien toma medidas para reforma. Nines puso las tazas y cortó un limón.
Doña Nines, quiero hablar franco.
Adelante.
Sergio le llama cada día.
Es mi hijo.
Sí, pero es demasiado. Cada día, una hora. Nos interrumpe la tarde, los planes. Creo que puede ser menos seguido.
Nines sirvió el agua. No le temblaba la mano. Eso nunca.
Mira, Lucía, Sergio es adulto. Decide por sí mismo a quién y cuándo llama.
Desde luego. Pero una persona adulta prioriza su hogar.
También soy su familia.
Pero usted es su madre. Es distinto.
Se observaron a través de la mesa. El té se enfriaba. Nines pensaba que, de haber sido Clara, ya habría bajado la mirada. Lucía no.
Te he entendido dijo Nines.
Bien dijo Lucía, apurando el té como si hubieran discutido sobre el tiempo.
Cuando se fue, Nines se quedó de pie en la ventana mucho rato. Fuera, la nieve se convertía en charcos sucios, espejo de cielo plomizo. Pensó en Clara. En cómo nunca llegaba así de directa. A veces se equivocaba, pero jamás hacía daño como el cierzo.
Empujó aquellos pensamientos al rincón más remoto de la mente y le puso encima algo pesado.
Las llamadas de Sergio se fueron espaciando. Primero cada dos días, luego cada tres. Nines se dio cuenta, pero no dijo nada. Ella también llamaba menos. Porque él siempre tenía prisa. Respuestas cortas: mamá, tenemos visita, mamá, salimos, y se oía la voz de Lucía de fondo, firme, segura, como la de una locutora.
Lucía, la publicista, ganaba bien. Se lo decía Sergio con una voz que tenía algo de sumisión. Compraba tecnología, ropa, viajaba en reuniones. La acción de Lucía cercaba cada vez más a Sergio y dejaba a Nines sin su sitio.
En primavera, Nines se plantó en casa sin avisar. Sergio abrió la puerta y puso esa cara con la que ella entendía todo antes de oír palabra.
Mamá, mejor si avisas.
Pasaba cerca y me acerqué.
¿Pasabas?
Sergio, vivo a diez minutos.
Lucía está trabajando hoy. Mejor no molestarla.
Yo venía por ti, no por Lucía.
La dejó entrar. Estuvieron en la cocina media hora. Lucía no salió de la habitación. Nines se levantó, se despidió. Y ahí, antes del ascensor, supo que era la última vez que iría sin avisar. No porque él lo pidiera. Porque ya no quería ver esa expresión suya al abrir la puerta.
El verano voló callado. Nines fue a la casa de campo, plantó tomates, llevó a los nietos de la vecina una semana a la playa. Nietos propios no tenía. Lucía sostenía que era pronto, que la carrera, que ya habría tiempo. Nines no discutía. Ya aprendió a no discutir con lo inevitable.
En septiembre ocurrió la casualidadesas casualidades que no existen en ciudades como Valladolid.
Volvía Nines del mercado, bolsas pesadas, paso lento, mirada en el suelo. Y entonces, vio a Clara.
Ella estaba en la puerta de una oficina, charlando por teléfono. Un abrigo azul marino que Nines no conocía, el pelo cortado por los hombros y risueño, una risa auténtica que Nines no recordaba haberle visto. Antes reía quedo, ahora abierta.
Nines se paró, indecisa entre pasar de largo o quedarse plantada como un buzón. Se quedó.
Clara la vio, terminó la llamada y se acercó.
Doña Nines.
Clarita se sorprendió Nines diciendo diminutivo. Nunca la llamé así antes, pero ahí salió.
Está usted estupenda dijo Clara. Frase de cortesía, de esas que se dicen cuando no tienes que decir.
Y tú también fue espontáneo y, para qué negarlo, cierto.
Clara estaba distinta. No bien, sino diferente. Más entera, mirando de frente. Sin desvíos, ni trenza.
¿Trabajas aquí? preguntó Nines.
Dirijo aquí respondió Clara. Abrí mi propia empresa hace seis meses. Diseño de interiores.
¿De verdad?
Sí.
¿Y el dinero? se le escapó a Nines, innecesario, pero el daño ya estaba hecho.
Clara no se ofendió. O no lo mostró, que a saber.
Trabajé tres años a doble jornada dijo. Por la mañana en empresa, por la tarde con encargos privados. Ahorré. Me compré un piso el año pasado. Pequeño, pero mío.
Nines notó que las bolsas pesaban el doble.
¿Un piso?
Tipo estudio, en la Avenida de Salamanca. Me basta.
¿Vives sola?
Sola. Y me gusta.
Silencio breve. Unos niños reían tras la esquina, coches pasaban.
Clarita Nines no sabía adónde quería llegar, improvisaba.
Doña Nines le interrumpió ella, suave. Tengo reunión en diez minutos.
Sí, claro.
Que le vaya bien.
Igualmente.
Clara volvió al portal, se giró una vez, rápida. Nines pensó que su cara no era de rencor, ni de tristeza. Simplemente tranquilidad. Como quien ya no pelea nada con nadie.
Nines llegó a casa, dejó las bolsas, ordenó compras, se lavó las manos, cocinó sopa, fregó, se sentó a mirar la ventana.
Clara compró un piso. Un estudio en la Avenida de Salamanca. Su negocio. No de repente, sino a base de esfuerzo.
Nines miraba, recapitulando: piso, hijo, Clara se fue con las manos vacías.
Pero ahora el hijo llama una vez por semana. A veces cada diez días. Y la Nochevieja otra vez será en casa de los padres de Lucía, en Madrid, como ella ha decretado.
Clara tiene estudio en la Avenida de Salamanca.
Nines fue al dormitorio, se tumbó y cerró los ojos. No dormía. Simplemente estaba.
En octubre Lucía le dijo a Sergio que quería irse a Madrid. Que Valladolid se le quedaba chico, que la empresa le ofrecía un puesto importante en la central, que era una oportunidad y no podía dejarla pasar.
Sergio llamó un domingo.
Mamá, tenemos que hablar.
Habla.
Quizá nos mudamos a Madrid.
¿Cuándo?
No lo sabemos, pero quería que lo supieras.
Gracias por avisar.
No te lo tomes así, mamá.
¿Así cómo?
Fría.
Sergio, no. Solo te escucho.
Pausa larga.
Mamá, podríamos alquilar el piso mientras. Algunos ingresos extra. Podrías echar un ojo a los inquilinos.
Nines entendió perfectamente: cuidar de los extraños en la casa donde perdió su reino, sin llave ya.
Ya lo pensaré consiguió contestar.
Vale, mamá, no te preocupes. Madrid está cerca, dos horas en AVE. Vendremos cuando podamos.
Claro.
Otra vez ese claro igual a nunca. Y él tampoco lo notaba.
En noviembre se adelantó el frío. Nines cogió el abrigo a primeros días, fue al mercado de los Encantes y se vio con Mariela, una amiga de antes del retiro. Se tomaron un té rápido en un bar de los de toda la vida, entre bacaladillas y tomates.
Mariela le habló de sus nietos, su huerta, que el marido está regular del corazón.
¿Y tú qué, Nines? Sergio, ¿bien? ¿La nuera, adaptada?
Sí, adaptada. Ahora quieren mudarse a Madrid.
Vaya. ¿Y tú te vas?
Qué va.
Mariela movió la cabeza. Era una de esas personas que saben guardar los silencios llenos de todo.
¿Y no lo lamentas, Nines?
¿El qué?
Bueno, lo de Clara. Era una muchacha callada.
Callada sí, pero se las traía. Solo quería el piso.
¿Tú crees?
Nines dejó su vaso.
La vi la semana pasada.
¿Sí?
Se compró su piso, montó empresa, le va de fábula.
Mariela la miraba mucho rato, sin pena ni juicio. Y fue Nines la que apartó los ojos.
Entonces no buscaba piso, Nines dijo Mariela.
No, venga, déjalo.
Yo solo lo digo.
No tienes ni idea. No viste cómo era ella en casa.
No sé. Solo sé que estás sola, yendo en noviembre a por conservas. Y Sergio, a Madrid.
De camino a casa, Nines fue andando. Le ayudaba a pensar, esa ilusión de ir hacia algún sitio.
Diciembre trajo la primera nevada. Nines decoró ella sola el árbol, sacó las cajas, encendió luces. Era bonito, lo era todos los años.
Sergio llamó el veintitrés y dijo que irían el treinta y uno.
Solo un rato. Por la mañana, después a casa de los padres de Lucía.
Entendido.
Mamá.
Me alegro de que vengáis. Haré bizcocho de manzana.
Llegaron a las once. Lucía con abrigo de estreno, un gran bolso con cava y bombones, que dejó en la mesa sin más. Sergio abrazó a su madre. Tomaron el té. Lucía con el móvil sin dejar de contestar, eficiente. Tenía cosas urgentes, dijo.
¿Lucía, quieres bizcocho?
No, gracias. No como harinas.
¿Sergio?
Claro, mamá.
Comió dos tajadas. Nines lo miraba pensando que probablemente era de las últimas meriendas familiares así. Porque Madrid. Porque Lucía. Porque la vida no coge el desvío que tú decides.
A la una se fueron. Lucía en la puerta se la quedó mirando un momento. Nines no supo qué significaba. Quizá nada; quizá todo.
Doña Nines dijo Lucía. Es buena anfitriona. El bizcocho, estupendo.
Gracias.
Lucía asintió y se fue. Sergio besó en la mejilla.
Hasta luego.
Hasta luego, hijo.
Puerta cerrada. Nines limpió la mesa, envolvió el resto del bizcocho, fregó las tazas, encendió la tele. No la miraba.
Recibió el año sola, otra vez. Descapsuló el cava a las doce, brindó con la pantalla, bebió una copa. El árbol titilando sin fiesta.
En enero, Sergio anunció que se mudaban en marzo. El piso no se alquilaría, lo dejarían cerrado. Irían de visita de vez en cuando. Ella asintió por teléfono aunque él no pudiera verlo.
Febrero pasó sin pena ni gloria. La rutina: mercado, cocina, tele, alguna visita de Mariela. Una vez peluquería, para recortar aunque el moño seguía intacto. Otro día ayudó en la casa de campo de la vecina.
A primeros de marzo, el hielo empezando a rendirse, Nines marcó el número de Clara.
Lo tenía memorizado; la memoria de contable nunca falla.
Tonos largos. Dudó en colgar. Entonces respondió.
¿Sí?
Clara. Soy Nines.
Silencio. No hostil, simplemente pausa.
Buenas tardes.
Mira, quería saber si podías quedar.
Dudó. Nines miraba la calle, mártir de deshielo.
¿Para qué? preguntó Clara. No cortante. Justo, directo.
Hablar, simplemente. Hay cosas que me gustaría decirte.
Pausa aún más larga. Nines se temió el noque sería merecido.
Vale aceptó por fin Clara. El sábado, puedo. Esa cafetería de la Avenida Salamanca, ¿sabe cuál?
Allí estaré.
A las doce.
Doce en punto Nines casi se sintió joven diciendo la hora. Gracias.
Sí dijo Clara. Y nada más.
El sábado, Nines llegó con un cuarto de hora largo de adelanto. Escogió mesa de ventana. Pidió té. Miraba la calle. Una tregua en el frío, gente sin gorro, la sensación de que el tiempo pasa deprisa.
Clara apareció a las doce en punto, aquel mismo abrigo azul, el pelo ligeramente alborotado por la humedad. Saludó, se sentó, colgó el abrigo en la silla.
Buenas.
Hola, Clara. Gracias por venir.
¿Qué quería decirme?
Nines fue a coger la taza, luego la apartó, luego volvió a cogerla.
Quería decirte que me equivoqué dijo. En muchas cosas. No en todas, pero sí en muchas.
Clara la miraba fija.
Pensé mal de ti. Desde el principio. Sin dejarte hacer ni deshacer. Eso no fue justo.
Clara callaba.
Pensé que ibas a por el piso. Que no querías a Sergio, que te traían sin cuidado. Que habías planeado el golpe.
¿Y ahora?
No. dijo Nines, con honestidad inédita. No. Te vi aquel día en la Avenida Salamanca. Y me di cuenta de que lo único que tú querías era una familia, una casa. Como cualquiera.
Clara desvió la mirada. Un palomo chapoteó en el charco afuera.
Me alegro de que me lo diga. De verdad. Pero no sé qué espera que haga con esto.
No espero nada. Simplemente necesitaba decirlo. Más para mí que para ti.
Se hicieron un silencio largo. No era de pena, ni de revancha. Era paz.
¿Cómo está Sergio? preguntó al final Clara.
Se mudan a Madrid. Su mujer trabaja allí.
Entiendo.
Es diferente dijo Nines. No como tú.
¿Mejor o peor?
Nines dejó la taza.
No lo sé admitió.
Clara sonrió, de medio lado. No con burla. Solo una sonrisa.
¿Quiere algo de mí? ¿Que le ayude con algo?
Nada. Solo quería decirlo.
Está bien respondió Clara. Tengo reunión en una hora.
Claro, ve tranquila.
Clara echó mano al bolso.
Ya pago yo dijo Nines.
No hace falta.
Por favor.
Clara la miró un instante. Luego guardó la cartera.
Bien.
Se puso el abrigo, cogió el bolso, y al llegar a la mesa se paró.
Nines, ya no me duele. Desde hace mucho. Quería que lo supiera.
Me alegro.
No por usted. Por mí. Porque es mejor para mí. Sin rencor, no porque tuviera razón.
Nines asintió. No encontraba palabras, por primera vez en años.
Que le vaya bien.
A ti también, Clara.
Clara salió. Tras el cristal, Nines la vio alejarse con paso firme, ni deprisa ni despacio. En la esquina, móvil en mano, luego desapareció.
La contable pagó, se puso el abrigo, salió. El aire olía a marzo fundiendo la nieve, ese olor desde la infancia, de posibilidades, pensó.
Caminaba, repasando qué había hecho aquel día en que Clara se fue con la maleta gris. Ella, Nines, estaba en la ventana pensando que había ganado.
Y Clara avanzaba firme, no apurada, sin mirar atrás. Nines pensó que era la dignidad del perdedor. Ahora pensaba diferente: quizá Clara ya sabía adónde iba, y no lo que dejaba
Subió a su tercer piso, entró en la calma habitual, en la rutina de viernes y Año Nuevo quieto, familiarizada con el eco.
Colgó el abrigo. Fue a la cocina. Puso a calentar agua.
Fuera seguía marzo, la nieve fundiéndose y dejando ver una escoba vieja olvidada en el otoño. Nines miraba la escoba, sin pensar en nada concreto.
El hervidor silbó. Vertió el agua en la taza, abrazándola con las dos manos. El calor pasaba directo a la piel.
Esa era la victoria. El piso en su sitio. El hijo en Madrid. La nuera, nuevas costumbres. La primera nuera se fue sin nada, y ahora tiene estudio propio, negocio propio, se ríe por la calle.
Nines no era tonta. Era lista, calculadora, observadora. Cuarenta años entre números viendo siempre la línea de debajo.
Ahora, el resultado era: sentada sola en la cocina, con té.
No porque no hubiera a quién llamar (Mariela, la vecina, su hijo). Era sola porque así se había quedado la casa, tensa y limpia, hasta olvidar que alguna vez entraba alguien sin excusa.
Clara sí venía sin motivo. Traía empanadillas de la pastelería del mercado, la que cerró hace dos años. Nadie se las pedía, pero venía igual. Nines, estas son de col, decía ella. Entonces Nines comía, calculando.
Bebió el té. Lavó la taza. Secó las manos con un trapo con gallos bordados, del mercadillo.
Luego cogió el móvil y llamó a su hijo. No porque tuviera nada que decir, sino porque sí.
¿Mamá, todo bien?
Sí, Sergio. ¿Y vosotros?
Bien, liados con la mudanza. ¿Y tú?
Bien respondió ella. Solo quería oírte.
Bueno, te llamo luego, ¿vale?
Claro, claro, a vuestro ritmo.
¿Todo bien seguro?
Todo bien, hijo.
Pues hasta luego.
Dejó el teléfono. Marzo afuera. La escoba.
Fue al salón, tomó un álbum antiguo del cajón, abrió sin mirar. Sergio, ocho años, con una caña en la huerta. Seriedad profesional. Ella reía de verdad. Antes sabía hacerlo. Luego se olvidó.
Pasó página. Sergio adulto, con Clara. No miran a cámara, sólo se cogen de la mano. Nines se acordaba que ella hizo la foto y pensó: lo agarra para que no se le escape.
Ahora veía otra cosa: dos personas, juntos, normal.
Cerró el álbum. Lo devolvió al cajón.
El salón estaba oscuro; ya era tarde, pero no encendió la luz. Escuchaba la calma.
Clara dijo: ya no me duele. No guardo rencor, pero no porque usted tuviera razón, sino porque me viene mejor.
Ahí está la diferencia. Clara lo hacía por ella. Nines lo hizo todo por su hijo, y resulta que el hijo se va a Madrid, y ella se queda en la penumbra con fotos.
Nines rara vez lloró. Ni cuando se fue el marido. Lloró tres días, luego llevó a Sergio al cine y se acabó el drama.
Se levantó, encendió la luz. Volvió a la cocina, sacó lo que quedaba de bizcocho y lo puso en la mesa. Cortó un pedacito.
Fuera la noche de marzo se iluminaba en naranja con el farol del portal; así la calle parecía menos hostil.
Comió mirando fuera. En sábado llamaría a Mariela. Quizás quedaran para pasear o ir a tomar algo. O a la casa de campo en cuanto llegase la primavera. Los tomates siempre le salían bien.
Después, no pensó en nada. Solo comía el bizcocho y miraba la luz.
Sobre la mesa, el móvil callado. El hijo no devolvió la llamada esa noche. Lo olvidó, cosas de mudanza. Nines mira el móvil y no lo vuelve a levantar. No es disgusto, simplemente no le sale.
La gata de la vecina maulló al otro lado de la pared, y luego el radiador se quejó. La vida de siempre.
Nines pensó que mañana iría al mercado, quizá a por semillas para plantar. O igual aún era pronto.
Lavó, apagó luces, fue al cuarto.
Leía siempre un rato antes de dormir. Ahora tenía a medias una novela policiaca. Abrió por la página marcada y releyó sin enterarse de nada.
Cerró el libro. Apagó la luz. Se acomodó en la cama.
Clara caminaba la avenida con abrigo azul oscuro, tranquila, igual que hacía tres años con la maleta gris entre las manos. Entonces, Nines desde la ventana llamó a eso la dignidad del derrotado.
Ahora, en la oscuridad, pensaba otra cosa. Quizá Clara ya entonces sabía adónde iba, en vez de pensar en lo perdido.
Nines nunca supo mirar hacia adelante. Siempre hacia atrás: que si logros, que si patrimonio, que si defensas. El saldo de cuentas final.
La cuenta ahora era: piso, hijo, la vida sigue. Silenciosa, pero sigue.
Nines se giró. Cerró los ojos.
Fuera, marzo se apretaba en la noche. Quizá pronto funda la escarcha. La primavera llega siempre, lo quieras o no.
Pensó que algún día, sin buscarlo, pasaría de nuevo por esa oficina de la Avenida Salamanca, a ver. Seguro que sigue ahí. Clara no era de dejar proyectos a media.
Eso siempre lo supo hacer. Trabajar, completar, perseverar.
Nines quizá no lo vio entonces. O lo llamó de otra manera.
Aún estuvo despierta un buen rato, escuchando el silencio de un piso que era suyo, sólo suyo, siempre suyo. Treinta y siete años de certidumbre.
La gata de la vecina dio otro discurso, luego calló.
Nines, a oscuras, pensaba y se dejaba ir, como un tranvía llegando a cocheras. Y en esa lentitud flotaba la resignación tranquila que queda cuando ya todo pasó y la única tarea es seguir.
Pero seguir, eso, nadie se lo quitaba.
Mañana se levantaría a las siete, como siempre. Pondría agua a hervir. Miraría el mundo afuera; marzo seguiría derritiendo el invierno.
En otra parte de Valladolid, en un apartamento propio en la Avenida de Salamanca, Clara también se levantaría. Antes o después. Pondría su tetera en su cocina, miraría su trocito de mundo.
Y ambas, desde dos ventanas, verían el mismo marzo. La misma nieve lenta, el mismo cielo clareando.
Solo que cada una, desde una ventana distinta.
Nines al fin cerró los ojos de verdad.
Fuera, la noche de marzo guardaba su silencio.






