Tres hilos. Tres destinos.
¿Qué ha dicho? Concha, que no he alcanzado a oír bien, ¿qué? María Luisa se inclina un poco hacia adelante y hacia el lateral, acercándose más a su amiga que camina a su lado, Concha Fernández.
Concha empieza a explicar con detalle de qué hablaban la madre y la niña de unos siete años que acaban de pasar junto a ellas.
Nada, que en el colegio tienen un gamberro y ella le ha dicho…
Concha habla en voz alta, resonando por toda la calle. María Luisa la escucha con atención, no la interrumpe, luego mira hacia atrás, vuelve la vista para buscar a esa niña, y asiente en su dirección.
Una chiquilla buena, limpia, pero ¡qué carácter tan peculiar tiene la cría! concluye.
¿Por qué? pregunta María Luisa, coge a su amiga del brazo, y tira de ella para avanzar, ya que el semáforo lleva rato en verde y unos cuantos coches esperan, en fila, a que las dos mujeres mayores crucen la calle.
¿Cómo? No te oigo, Mari, ¿qué dices? pregunta de nuevo Concha, mirando a su alrededor algo confusa y apretando contra sí su bolso, avanzando rápido hacia la acera salvadora.
¡Qué por qué te parece tan peculiar! repite María Luisa, elevando la voz.
Ah… Es por eso.
A veces, María Luisa no tiene ganas de explicar el porqué de sus conclusiones, por pereza quizá, o porque en su opinión es obvio.
Que esa cría haya decidido que debe corregir al holgazán y salvaje de clase, que le da sermones y quiere educarle… No, hijita. Así no se arreglan las cosas… ¡Así no va a funcionar!
María Luisa niega con la cabeza al ritmo de sus pensamientos. Concha suspira. Su amiga, en su críptica manera, a veces es de lo más insoportable. Pero sin ella, este mundo, tan cambiado, tan ruidoso y exuberante, sería demasiado enrevesado.
María Luisa y Concha son vecinas. Sus viviendas son insólitas en sí: cada una tiene una salida propia a la calle, sin pasillos, sin ascensor. Viven en uno de los edificios de una antigua finca solariega, de aquellas que pertenecieron a algún capitán de caballería en su día y, después, pasaron a manos de un reputado hombre de cultura que, tras consultar a su esposa, decidió convertir la casa principal en un colegio mayor, cediendo los anexos y pabellones menores a talleres artísticos. Los embates de la historia zarandearon la vida apacible de los salones de la finca. Ahora, el edificio bajo, en semicírculo, que en otro tiempo, casi da risa, fue una cuadra, ha sido reconvertido en viviendas. La mayoría de los vecinos ya se mudó a pisos más altos y modernos, pero Concha, María y su amiga Rosario siguen aferradas a sus muros, rompiendo en mil pedazos las notas que les deslizan debajo de la puerta con ofertas de compra, intercambio, ayudas en la mudanza o promesas de conservarles el empadronamiento.
Para empresas, inmobiliarias, agencias de seguridad y comerciantes, este rincón de Madrid es un caramelo, tan bien situado, en pleno barrio de Chamberí. Cerca está el Convento de las Comendadoras, pero incluso el mismo Palacio Real se vislumbra allá, con su cúpula reluciente. Vale, el edificio principal lo ocupa el colegio de música, sí, pero aún quedan pabellones y casitas, no todos han sido “entregados a manos fiables”.
Pero las mujeres, frágiles, ya casi impedidas por la edad, defienden sus refugios con uñas y dientes. Allí pasó toda su vida, allí han de terminarla.
Vamos a ver a Rosario toma la delantera Concha, con paso decidido y una caja de pasteles entre las manos. A felicitarla.
¿Qué dices? No te entiendo nada. Concha, mírame que te lea los labiostira María Luisa de la manga de su amiga, apurada, avergonzada y, sobretodo, aterrada de que Concha al fin se harte, le grite y se marche. Normal, la sordera es un fastidio; Conchita no es de hierro…
Pero no, Concha se detiene, se inclina y articula con esmero, vocalizando para que la amiga la entienda bien.
Ah, sí. Que Rosario nos invitó… Me acuerdo Conchita asiente. El malentendido resuelto, pueden seguir.
Hoy es el santo de la hija de Rosario Salas, pobre señora de movilidad reducida. Lucía, su hija, ya tampoco es joven, trabaja en alguna empresa y viene poco. Habían quedado en celebrarlo el fin de semana, luego lo aplazaron. Pero Rosario nunca se queja.
La culpa es mía dice, cuando las visitas se acomodan en la mesa cuidadosamente puesta. Y ni una palabra mala sobre mi niña, ¿eh? alza el dedo en gesto de advertencia, aunque nadie tenía intención de criticar. Lucía es de las suyas, sólo merecedora de buenas palabras.
Concha acaricia la mano temblorosa y huesuda de la vecina, esa mano que de pequeña arrancaba malas hierbas del jardincillo, allá por el cuarenta y cinco, cuando tras la guerra quisieron plantar un huerto. Esa mano diminuta sujetó la azada, se hundió en la tierra, y luego, como quien acaricia un pajarillo, sembraba semillas en los surcos. Qué tiempos duros, qué hambre, qué frío. Las tres madres trabajaban como enfermeras en clínicas, hospitales; las niñas solas se apañaban como podían. Lo que encontraban para comer, comido estaba. Sus madres traían a casa pan, a veces, hasta manteca, pero era rara, con gusto a serrín. Rosario, Concha y Mari no se quejaban, sabían que el hambre era general… Pero ellas, con su huerto, iban a plantar delicias. Las semillas, un milagro de don Procopio, el viejo agrónomo de la pensión de al lado. Gruñón pero buen hombre, fumando la casa entera, pero adoraba a las ‘chicas de las caballerizas’. Eran tan vivas, tan auténticas, con una curiosidad infantil por la vida.
Venid aquí las llamaba dándole golpecitos al banco. Don Procopio les daba semillas: Plantad chicas, y veréis qué maravilla. Yo os voy guiando.
No creían que brotaría nada, pero salieron dos coles, pepinos, alguna tomatera… El perejil, eso sí, fracasó. Don Procopio les riñó una buena, y tras escarmentarlas, les dio pan duro, les mandó enjugarse las lágrimas.
Tranquilas decía. Cuando esto acabe, cuando termine la guerra y vuestros padres vuelvan, haremos un jardín precioso, con árboles frutales que todos envidiarán…
Pero Procopio no sobrevivió a la guerra. Rosario, Concha y Mari miraban horrorizadas cómo lo sacaban de casa, cómo se lo llevaban al cementerio. Había tanta muerte entonces… Más aún cuando se va quien es, de alguna forma, parte de la familia. Y sus propios padres no volvieron. Ellas solas hicieron el jardín…
Ahora, sentado Rosario en su silla de ruedas, Concha la acaricia y María corta el pepino y reparte el asado. En la mesa hay vasitos de licor. Rosario es amante de la crema de orujo. Van a brindar por Lucía, por las piernas de Rosario que dejaron de responder hace cinco años y por que el invierno no se cebe con sus huesos viejos.
Así se quedó Rosario casi sin poder moverse, tan doloroso, tan absurdo. Salió una mañana de enero a tomar el aire, resbaló, cayó. Ni se hizo mucho daño… pero al día siguiente, las piernas no se movían. Fría de miedo, empapada en sudor… El teléfono, demasiado lejos; no tenía fuerza para arrastrarse. Con los años, Rosario había engordado en las caderas. Los médicos le echaron la culpa a las hormonas, pero ella ya solo asumía: cosas de la edad.
Rosario oyó cuando Concha salió a alimentar las palomas; dejó el pan para ellas y luego su silueta pasó bajo la ventana, casi a ras de suelo, pues las casas están bajas y los suelos, en invierno, helados. Todo el que pasa se ve, como en una tele.
“Ahí va Conchita… va a la compra. Pronto saldrá María, ya le gusta remolonear…” pensaba Rosario, y no se atrevía a pedir ayuda. Le daba vergüenza. Pero las amigas, alarmadas, fueron ellas mismas a buscarla.
¡Rosario! ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado? voceaba María Luisa, fuera de sí. Casi sorda por el susto.
La encontraron tirada, entendieron todo y despacharon al portero.
¡Qué vergüenza! ¡No miréis, niñas, salid! lloraba Rosario, mientras Concha con manos expertas la aseaba y cambiaba. No era nada que no supieran hacer: Concha había cuidado a su esposo, restaurador de arte, caído de un andamio. Lo enterró hace ocho años, con alivio y pena mezcladas.
Sufrió mucho decía Concha ante la tumba. Ahora descansa en paz. Allí arriba volverá a ser como nuevo.
¿Por qué su marido, tan ruin a veces, debía ir al cielo? Sus amigas no lo sabían, ni lucharon por convencerla.
Rosario pasó un tiempo en el hospital, el diagnóstico, demoledor. Lloró toda la noche, repitiendo a las compañeras de habitación que era un castigo divino.
¿Por qué iba a castigarle Dios, mujer? se asombraban ellas.
Rosario tenía su culpa secreta, guardada desde joven. Con 19 años tuvo a Lucía, una niña pelirroja y risueña. Fue el fruto de un amor enorme, aquel chico del otro curso. Iban al Retiro, estudiaban juntos, pasó lo que pasa… Terminó el colegio y Rosario cayó en la cuenta de que estaba embarazada. Su madre la abofeteó con la toalla, la mandó a una clínica, a ver si allí ‘se arreglaba’. Pero ‘arreglar’, nada: dijeron que adelante, que diera a luz. La madre ofreció dinero a los médicos, buscaba a quien le quitara la vergüenza, pero Rosario escapó al pueblo de una tía. Allí llevó adelante el embarazo, tuvo a Lucía y sobrevivió trabajando en el campo. Su madre las visitaba poco, acostumbrándose despacio a la nieta.
¿Y el padre? Renunció a todo. Su vida, su carrera, quizá una beca en Londres… Rosario y Lucía no entraban en sus planes. “Por favor, no traigáis un escándalo a esta familia tan seria y profesional,” le hicieron saber los suyos.
A los dos años y medio, la madre de Rosario se las llevó de vuelta a Madrid. Concha y María fueron las mejores niñeras para Lucía. Las tres la criaron entre sus pisos; siempre había tres pares de ojos sobre la pequeña: los de la abuela, de la desbordante Conchita y de la cariñosa María.
Era extraño ver a Rosario antes una niña y ya madre, transformada, cambiada, pero igual de dulce. Rosario terminó el instituto a distancia, trabajó, crio a Lucía, y enterró a su madre cuando la niña tenía nueve años.
En una visita a la imprenta, donde trabajaba, llegó una delegación extranjera. Entre ellos… un francés guapísimo. Ni el Comité ni Rosario pudieron evitar enamorarse, pese a que la llamaron para hacerle preguntas, advertencias… Pero el amor vence todo.
Concha y María alucinaban con las cajas de regalos que traía Pierre: ropa, vajilla, muñecas… Después le propuso irse con él.
Tiene, imaginaos, una casa señorial en las afueras de París contaba a sus amigas. ¡Hasta una habitación para mí!
¿Y Lucía? preguntó Concha de inmediato.
De momento se queda aquí, luego la traigo… balbuceaba Rosario; en su cabeza, los violines del vals nupcial no la dejaban pensar.
Mamá, ¿y mi billete? preguntó Lucía, volviendo del cole. Tendrás que avisar al cole, ¿no?
Tú te quedas, Lucía. Es mejor así. Ya te recogeré más adelante. De momento estarás con…
El estallido del jarrón de Pierre puso punto final a la escena. Lucía lo estampó contra el suelo, y luego fueron los platos y las tazas.
Mucho después, Lucía confesó a tía Concha que ese día había sentido como si la mataran, como si le cortaran el aliento. No podía ni respirar. Sus manos arañaban el aire, sus pulmones no se abrían y todo, absolutamente todo, se oscureció.
Tu madre volverá. Ya verás como no puede estar sin ti. Y cuando vuelva decidirás si la perdonas. Yo no pienso juzgar a tu madre; tú tampoco deberías. Pero… vivimos tanto tiempo con vidas grises, que cualquier promesa de algo bonito resulta irresistible para nosotras. Es nuestra debilidad.
Concha también cayó en esa trampa una vez. Una mujer la abordó en la calle, prometiendo una pamela de astracán buenísima. La compró, la llevó en una bolsa, pero en casa sólo había trapos viejos. También quiso lujo y tampoco lo consiguió.
Rosario se fue. Lucía ni fue a la estación, ni contestó a las cartas. Rosario supo de su hija solo por las amigas.
Volvió medio año después una eternidad para una adolescente. Lucía la odiaba, sacó todos los regalos de Pierre a la basura.
¿Por lo menos te casaste? preguntó María.
No Rosario negó con la cabeza. La familia de Pierre pensó que una novia con hija no les encajaba y me ofrecieron dejar a Lucía, “una insignificancia”, decían. Cuando vi que Pierre estaba de acuerdo, les escupí en el suelo reluciente y me marché. ¿Crees que Lucía me perdonará?
María encogió los hombros y respondió tras un silencio:
Cuando madure, cuando se enamore y aprenda a sufrir. Quizás entonces entienda algo. No te justifico, Rosario, fue cruel, muy imprudente.
Concha y María ya estaban casadas entonces, cada una con un hijo. Irse más de unos días, ni se lo planteaban.
Ese es el pecado que Rosario siente le fue castigado. Por eso medio cuerpo no le responde.
Lucía contrató una asistenta para su madre, pero era poco delicada, muy seca. Una vez, la caló con agua hirviendo sin querer. Rosario chilló y la piel se le llenó de ampollas, mientras la mujer huía por miedo. Rosario quedó desnuda, sola, con el dolor centelleando en sus ojos.
Las paredes son tan finas… Concha acudió, ya tenía llave de la casa de Rosario. La cuidaron y quedó como ayudante.
¡No, mujer, no puedo aceptar! Qué vergüenza… Déjame al menos pagarte protestaba Rosario.
¡Anda ya! le silbó Concha enfadada Gasta ese dinero en cosas útiles. ¿Vamos a empezar con esto ahora?
¿Avergonzarse, ellas, después de haber ido juntas a los baños públicos, esperar juntas en la consulta de la maternidad y saber de memoria todos los lunares de cada una? Han rescatado a la otra de problemas y zafarranchos, se cubrían en los refugios cuando caían bombas. ¡Cómo van a pagarse favores ahora!
Cerraron el tema del dinero. Concha ayudaba a Rosario y luego salía a pasear con María. Esta, medio sorda y despistada en la calle, podía acabar debajo de una bici. Concha la escoltaba por Chamberí, bajaban hasta la ribera del Manzanares o paseaban por la Castellana, sentándose en plazuelas tranquilas, viendo a los niños jugar y recordando los días en que sus propios hijos rompían pantalones subiendo a los tilos. En el centro hay muchos tilos. Cuando florecen, embriaga el aroma.
María era maestra en recolectar y guardar flor de tilo, tenía su día de té de tilo, que celebraban siempre en su diminuta cocina. Se sentaban al minúsculo círculo de madera, sacaban las tazas de fina porcelana, y aquella tarde cada una traía un plato especial, a veces improvisando si los hijos les interrumpían, inventando un plato distinto, casero y sabroso.
Comían, bebían té, miraban el patio lleno de tilos y charlaban: Rosario hablaba de París, Concha de los artistas del museo donde trabajaba, María, que era empleada en una fábrica de cauchos, callaba, con el oído cada vez peor. Ya en la guerra, una explosión le dañó los oídos, comenzaron los problemas de audición y el zumbido en la cabeza que nunca cesó. De pequeña pensaba que se le abriría la cabeza como una sandía, el dulce cayendo. Se tumbaba en el suelo y se apretaba la frente. No había madre para consolar, así que debía resistir sola.
En la fábrica conoció al que sería su marido, Pedro, doce años mayor que ella.
¿Para qué me quieres, mujer? se apartaba él, con la cara marcada de quemaduras Ya buscarás tú a uno más joven y guapo, y a mí me dejarás. No lo soportaría, Mari, moriría de pena.
Se casaron, y en la primera noche él no dormía, escuchaba el tic tac del reloj, el roce de los ratones, el golpeteo de la lluvia de verano, escuchaba la respiración de María. Memorizaría cientos de matices en su forma de dormir. Sólo durmió cuando amanecía y María se levantaba ya, lista para hacer el café. Ahora era su turno de contemplar a su marido. No le asustaban las marcas, la cana en la sien le favorecía, sus ojos seguían siendo de niño.
Pedro fue el único amor de María. Una mañana, con apenas cincuenta y cinco años, se fue en sueños, en silencio. María se quedó sobre él, llorando, secando sus lágrimas en las mejillas frías de su marido.
Su hijo Javier llamó a las vecinas, ellas acudieron, abrazaron a la madre, acogieron al niño. Lucía, mirando con terror el dolor tan real y tan cercano, entonces empezó, gota a gota, a perdonar a Rosario, la madre fallida del París soñado…
Al marido de Concha, jamás le tragaron las demás. Rosario decía: blando de palabra, duro para la vida. Todo era cálculo, quejas y postergaciones. El dinero siempre era excusa. ¿Unas cortinas nuevas? Mejor después. ¿Un armario? Todo era dejando para otro mes, siempre excusa.
Cuando le llegó el turno de recibir nevera nueva, debía contratar furgón. ¿Cuánto cobraban los transportistas? Excesivo, y rasgaba el numerito del sorteo. Al final, ni nevera ni armario.
¿Por qué te casaste con él? preguntó María.
Tenía miedo de no gustar a nadie más. Vosotras sois guapas, yo soy una ratita… ¿Quién me iba a querer…?
¡Divórciate! exclamaron a coro las amigas.
No puedo. Nuestro hijo adora a su padre, no entendería una ruptura. No, chicas, no puedo.
Las amigas suspiraban, discutían con Andrés, pero Concha resurgió de repente: iba por la calle flotando, sonriendo, caminando como una barquilla.
¿Y eso? preguntó María en voz baja ¿Qué te pasa?
Concha, sonrojada, primero negó con la mano, luego confesó:
Me he enamorado. Me corteja un hombre buenísimo. Ahora sé lo que es apoyarse en el hombro de un hombre…
Lloró, mientras María sólo meneaba la cabeza. “Con sus principios morales nunca se divorciará de Andrés ni estará con el otro, ni aunque la haga feliz”, pensó.
El romance fue largo, terminó cuando Javier estaba en la universidad y Andrés, el marido, sufrió un ictus en el trabajo. Cayó de un andamio. Nunca se recuperó. Concha se convirtió en cuidadora, se sentía culpable, pidió perdón mil veces, y su marido sólo gruñía.
Al morir, el amante propuso matrimonio, pero ella se negó:
Javier no lo aceptaría, sería como traicionar. Ya le he fallado bastante a Andrés.
El hombre, un buen hombre, se fue para siempre de Madrid; nunca volvió a escribir. Había conseguido la nevera, los muebles y hasta ropa para Javier, pero dueño de casa nunca fue. Una pena…
Pasan los años, envejecen las amigas y también la casa, abrazando su patio de tilos enormes. El colegio de música forma talentos; los músicos noveles tocan sus primeros conciertos ante las tres abuelas que siempre asisten.
Rosario en su silla, bien tapada, vestida de terciopelo y cuello de encaje, Concha con su porte elegante y cinturón bordado en su vestido, María más modesta, con su traje gris, a veces negro, y sus zapatos de anciana; nunca fue estilosa, pero su rostro inspira tanta paz que algunos la confunden con una famosa pianista disfrazada asistiendo de incógnito.
Y todas llevan guantes de encaje, en honor al pasado parisino de Rosario…
Deja de culparte, Rosario reparte tarta Concha. Lucía es madre, esposa, mujer de mundo. Ya ha amado, ha sufrido. Puede que odie a Pierre, y con razón, pero a ti te quiere.
Eso es asiente María. La juventud es cruel, todo es blanco o negro. La vida, con el tiempo, es matizada. Lucía lo pasó muy mal, pero ya es otra cosa. Aunque Pierre, desde luego, era un pieza…
Ponen otra vez el hervidor de agua. Ahora es eléctrico, ni piñas ni aroma a humo, pero pulcro y robusto, un tesoro heredado, mimado.
Fuera, la lluvia resbala entre las hojas. Los crisantemos de la rosaleda del patio se marchitarán, pronto vendrán las heladas y los calendulas enrollarán sus hojas. Todo huele a otoño, pero aún queda algo de tibieza.
Un coche entra en el patio, las luces parpadean y se apagan. Se oyen tacones corriendo por el pavimento mojado hasta la puerta. Rosario se tensa, escucha.
Suena el timbre. Concha abre, deja entrar a Lucía, le da un beso y le indica la cocina.
Te esperaba. Está preocupada. Venga, hijita, pasa. ¡Feliz santo, mi niña!
Lucía trae sus dalias favoritas, granates con centros amarillos. El ramo es tan grande que casi no se ve la homenajeada, que llora. Llora porque no puede creer que hace tiempo la perdonaron, o quizá porque aún no se perdona a sí misma… Y también sonríe. Hoy, Lucía ha sido madre, ha tenido una niña pelirroja, un gatico envuelto en mantita rosa. Es felicidad…
Si hoy miras por la ventana del semicírculo de casas tras el antiguo palacio de Chamberí, verás a tres entrañables abuelas. Ríen, toman té, comparten recuerdos y esperan… a hijos, nietos y bisnietos, a todos quienes aún les llenan de vida. Pronto se irán, desaparecerán en el misterio, pero por ahora sólo quieren exprimir el tiempo, abrazar a los suyos. Un tesoro sin igual.







