El amor de Vanina

El amor de Iván se tornó en un extraño sueño de azulejos agrietados y tardes granates.

Don Ildefonso Martínez llevaba rato deambulado frente al portal del número diecisiete de la calle Hortaleza, sentándose ora en el banco de piedra junto a la parra, ora levantándose como un resorte, incapaz de decidirse a entrar. Sudaba, el cuello de la camisa le rozaba la piel, bajo la chaqueta se cocía en un bochorno digno de los veranos de Córdoba, y los zapatos le apretaban con saña de duende. Pero resistía. No en vano había pasado ayer la tarde entera en la barbería, dejado que le perfilaran las patillas hasta el ardor y pasado dos honestas horas en los baños públicos de la plaza Tirso de Molina antes de encerrarse en su minúsculo y desangelado cuarto a planchar los pantalones, rociándolos con agua de botella, que bufaba contra la base del hierro como una serpiente subterránea. Se quemó los dedos, ansioso por dejar todo perfecto. Y cuando pensó que podía respirar tranquilo, ¡zas!, un agujero traidor surgió junto a la costura. Benditos hilos viejos, capitulando uno tras otro, hasta que, bajo la luz temblorosa de la lámpara sin pantalla, Ildefonso mascullaba intentando enhebrar la aguja. Maldecía, aunque luego se reprendía: hay que dejar de decir barbaridades, que no se puede delante de las señoras, hombre.

Por la mañana, la Casilda su vecina de pensión, huesuda y de lengua viva le soltó, mientras sorbía su café con leche y fumaba en la ventana, que olía a perro callejero.

¡Tócate las narices! ¡Pero si ayer fui a los baños! A lavarme, y además… protestó él, herido.

¡Hombre, que hueles! No me discutas, Ildefonso. Seguro que te sentaste en el sitio del chucho ese de Aurelio. Bueno, mira, te voy a salvar la tarde. Tengo colonia de la buena, Agua de Azahar, que hasta el azufre camufla. ¡Ahora te la traigo!

Casilda, mordiendo la colilla con sorna, se fue sin esperar respuesta y volvió agitando una botella de cristal oscuro con tapón de bola y una borla ridícula, muy de verbena castiza.

Te la echo en la coronilla. No te me muevas Ya apuntaba con la borla, y Ildefonso reptó, doblándose como una anguila, hasta cubrirse con la sartén.

¡No, por favor! ¡Me vas a estropear todo! ¡Que yo no tengo calva! protestaba escudándose.

¡Anda ya! ¿Quién va a querer ese tufo a chucho? Esto le gusta a cualquiera. ¡Cabeza!

Cedió, no tanto por convicción como por no buscar bronca con una mujer. Casilda era temible. Sintió la humedad y enseguida percibió el aroma rancio y dulzón, algo mohíno.

Bueno, el perfume ya está viejo, pero algo hará ¿Te echo más? Casilda volvía a cargar la borla, pero Ildefonso salió disparado rumbo al lavabo comunitario a frotarse la cabeza bajo el grifo, sin éxito.

¿Y ahora qué? Tendré que probar con jabón de fresa ¡No, mejor el de lagarto!exclamaba desde el baño entre chapuzones, mientras Casilda, instalada en la mesa redonda de la cocina compartida, se ablandaba contemplando el ambiente hogareño. Estaba el puchero burbujeando en el fogón, el pescado friéndose, la chaqueta de Ildefonso colgada suavizando el respaldo de la silla

Nada consiguió borrar el olor y, encima, la chaqueta terminó oliendo a sardina. Pero Ildefonso ya iba a toda prisa por la Gran Vía, zigzagueando entre turistas, muchas veces tropezando, rozando hombros, pidiendo disculpas, esquivando el agua de las baldeadoras municipales y saboreando la anticipación: hoy, sí, hoy pasaría todo. Hoy la vida dejaría de ser un circo mínimo.

¡Las flores! Había olvidado las flores. Peonías. Debían ser peonías, pero sin abrir, que el milagro ocurriera ya en el interior del piso, bajo el techo de la reconciliación. Buscó el quiosco con la torpeza de las pesadillas, mientras la ciudad mutaba de ultramarinos a teterías y zapaterías de barrio.

Disculpe, ¿sabe dónde venden flores por aquí?preguntó a un transeúnte que le ignoró como si fuera aire.

Parecía invisible. Don Ildefonso, das vueltas y vueltas y nunca concretas nada, repetía Casilda con aire de superioridad y una pizca de ternura, sirviéndole un plato de cocido humeante. Le echaba un buen chorro de aceite y luego, sin dejarle empezar, hundía en medio una cucharada de nata, viendo cómo se derretía lenta. Tocaba alabar el guiso, incluso pedir bis, si el decoro lo consentía; pero a Casilda nunca le pidió repetir. ¡Por dios, no era pedigüeño! Mejor una tortilla con chorizo a deshoras. Aunque el cocido de Casilda era gloria.

Finalmente localizó el quiosco, entró con la timidez de quien se siente intruso en su propio sueño.

¿Peonías? Claro que sí, mire: estas, aún cerraditas, perfectasdijo la florista, una chica de mejillas de manzana.

I-I-I-¿Y tienen capullos? De esos que no enseñan el color aún para que revienten de madrugadafarfulló Ildefonso sin atreverse a sostenerle la mirada, igual que antaño, cuando acompañaba a su madre a visitar a las amigas en Alcorcón los sábados.

Su madre, Adoración, había criado a Ildefonso sola, alejándose de todos los hombres, convencida de que era plaga venir de la costilla de Adán. Esos sábados, entre quejas y cotilleos, las amigas descuartizaban al género masculino; mientras, él, sentado en un taburete, arañaba el papel de la pared con la uña y callaba. Jamás podía quedarse en casa ¿y si se quemaba con la leche? ni era propio recorrer el piso ajeno ¿y si rompía algo, torpe como era?.

Las mujeres lo miraban como a un animalillo raro, y a veces, entre risas, le preguntaban por vestidos, películas o si veía guapas a la tía Sole o la tía Pilar. Ildefonso nunca acertaba con la respuesta. Confundido, enmudecía, mientras lo regañaban luego por su falta de gracia. Las respuestas correctas se le esfumaban.

Pero había un secreto muy suyo, ocluido bajo siete llaves y casi tan sagrado como los cuentos ilustrados de la biblioteca de su madre: Inés.

Inés vivía con sus padres en el entresuelo de la calle Alcalá, en una casa con terraza, ficus y sillones mullidos. El salón con vitrina de cristal y servicio de los domingos, el baño era otro planeta; y el despacho de su padre, un templo de lomos dorados y postales entre sus páginas Quería tocarlos, poseerlos, aunque se conformaba con mirarlos de reojo, por miedo a ser indigno.

Su madre despreciaba los libros, por inútiles. Así que Ildefonso devoraba horas en la biblioteca municipal de Chamberí, para olvidarlo todo según traspasaba el umbral materno, donde solo había espacio para la retahíla de agravios familiares y advertencias de que ningún hombre vale nada.

Pero los lunes, cuando la suerte le sonreía y podía acompañar a Inés tras el colegio, el mundo era otro. Inés llegó nueva al curso, la más guapa, enérgica, orgullosa porque podía serlo. Ildefonso era su acompañante.

A papá lo acompaña su secretario, el señor Llorente, que le lleva las carpetas, el paraguas y le abre la puerta del coche. Tú me acompañarás a mí. ¿A que te gusto? decía Inés sin sombra de rubor.

Ildefonso asentía.

A Llorente le pagaban un sueldo en euros con muchos ceros; a Ildefonso lo toleraban en la entrada y, en días contados, le dejaban esperar en el pasillo mientras Inés cambiaba de uniforme para la comida.

La cocinera, doña Matilde, lo apartaba del comedor a escondidas, le ofrecía un paquete con caramelos de violeta o almendras garrapiñadas.

Bueno, ya puedes irte, Ildefonso, anda, gracias le sonreía Inés con aires de duquesa hereditaria.

Él flotaba de felicidad. Le agradecían, le necesitaban, le sonreían.

Jamás pidió un libro prestado; pensaba, temeroso: si lo hiciera, dejarían fuera para siempre a ese torpe niño de zapatos gastados.

Acabaron juntos el bachiller, e incluso se atrevió a pasarle una chuleta en el examen. Creía que en la fiesta de graduación se declararía ¡Locura! ¡Un plan condenadamente imposible! Pero decidió arriesgar: rompió la hucha, compró peonías y las escondió en el guardarropa pero alguien por error se sentó encima y las aplastó. Si fuera poco, un tipo con uniforme de la Marina pegaba saltos con Inés por la pista de baile. Reían. Tal vez de él.

Ildefonso se esfumó, no saludó el amanecer, ni cantó con la tuna como el resto. Llegó a la conclusión de que su madre tenía razón. No era más que un inútil.

Tiempo después, doña Matilde le contó que Inés se casó con el marino y se mudó a Barcelona para estudiar arquitectura.

¿Y tú, hijo? ¿Qué será de ti ahora?

No sé, no importa. Adiós, Matilde.

Pero el tiempo le deparó su propio sendero. Estudió en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros, terminó con buenas notas, trabajaba en obra pública, alquiló la vieja habitación de la familia en la calle Segovia. No se casó, no cortejó apenas: temía no servirle a nadie.

Esperó. ¿A quién? A Inés. Y casi veinticinco años después

Ildefonso ¡No te reconozco! lo detuvo un día en la Plaza Mayor doña Matilde, achaparrada, con las bolsas del mercado

¿Usted? Buenas tardesasintió él distraído, y luego sonrió al entender.

¡Inés ha vuelto! Tan rellenita que no la conocerías, divorciada del marino, ha vuelto a nuestro piso. ¡Está triste de verdad! Si vinieras a verla sólo tú podrías animarla. ¿Vendrás, hijo?

Ya no era un muchacho, sino un pobre pensionista Quizá, sólo quizá

Sí, vendrédijo convencido Ildefonso. Y gracias, muchas gracias.

Matilde le sonrió cómplice. Para ella, Ildefonso y Inés siempre serían los niños que se empujaban el uno al otro en el recibidor, los rubores intactos, la juventud de los otros, que, extrañamente, siempre permanece.

El día del reencuentro fue como caminar bajo un vaso de agua: la barbería, los baños, el traje con remiendos, Casilda y su colonia, el jabón de fresa, las peonías en un cucurucho y la mirada fija hacia las ventanas de Inés.

Al fin, tras dudar un instante, Ildefonso ajustó el cuello, abrió la puerta del portal y subió.

Fue asaltado, en cada peldaño, por recuerdos como ráfagas desordenadas: allí Inés se cayó y él le sopló la rodilla; aquí comieron cerezas un día de lluvia y ella tomó una de su mano, bromeando, probando su amor como quien juega con el tiempo; allí, en la gran maceta junto al descansillo, Inés escondió una vez el boletín de notas para que su padre no la regañara, y él, en secreto, le corrigió el suspenso.

Se detuvo y respiró hondo antes de llamar. Abrió Matilde, arrugada como una uva pasa y feliz.

¡Milagro, milagro, es Ildefonso Martínez! ¡Inés, corre, mira quién ha venido!

La puerta crujió y apareció Inés. Engordada, sí, la madurez la había redondeado como a su madre, doña Ramona, con mejillas pintadas por años dulces y manos gordezuelas. Miró inquisitiva.

¿Quién eres?… ¿Ildefonso? ¿Eres tú?

Él se ruborizó, farfulló, entregó el ramo de peonías.

Gracias ¿Todavía recuerdas? ¿Sabías que peonías? susurró ella con nostalgia.

Del fondo asomó doña Ramona, que otrora le ignoraba y hoy le recibía a brazos abiertos.

¡Ay, Ildefonso, cómo pasan las cosas! El marido la dejó, así, sin más. Escándalo en toda regla, pero el muy cínico ni perdió el puesto, ni el piso, ni nada y ella aquí, descuadrada ¿Has visto lo delgada que está? Ildefonso, hombre, come un poco más, prueba este pisto con huevo, que Matilde lo bordaapremiaba doña Ramona.

¡Basta, madre, no seas indiscreta! Ildefonso, cuéntanos, ¿dónde vives, qué tal tu madre?

Nunca antes se había interesado por su vida. Ildefonso dudó.

Ella bueno, está delicada, pero resiste. Yo trabajo como arquitecto. Sigo en la habitación de la calle Segovia. Para uno solo, suficiente.

Doña Ramona asintió, más amable, exclamó sobre el crecimiento de Madrid y la suerte de ver en él a un buen hombre.

La cena transcurrió entre platos, risas forzadas y la certidumbre de que en ese piso, por primera vez, él era uno más, no un accesorio.

Ven, Inés, vamos a preparar el té. Ay, Ildefonso, qué diferente es el té en samovarsuspiró doña Ramona llevándose a su hija a la cocina.

Dejaron sólo a Ildefonso con Matilde. Se levantó pronto.

Ayudo, que el samovar pesaexplicó, huyendo.

En la penumbra del pasillo escuchó voces:

Menos mal, Inés, que Matilde ha traído hoy a tu Ildefonso…

Bah, mamá, eso no tiene sentido…

¡Claro que lo tiene! El niño necesita un padre, tú un marido, y esa habitación puede rentarse para sacar algo. ¡O mejor! Tu suegra con la pensión se va a la habitación y tú a vivir con Ildefonso aquí, y alquilamos la otra, ¿ves?

Mamá, ¡si es un don nadie!

Y tú, ¿cuándo te acostaste con el marinero pensabas en el qué dirán?

La hija agarró caramelos y avanzó hacia la sala, vio entonces a Ildefonso hurgando en el abrigo, presto a irse.

¿Te marchas, Ildefonsito? susurró Inés.

Sí. Voy. No quiero volver a ser el tonto de nadie Ni de tu madre, ni de ti. He peleado toda la vida para que alguien me respete, en el trabajo mi opinión cuenta, la delineante Elena me sonríe, aunque Casilda diga que ni para un roto valgo Pero tú, Inés, solo has pensado en mí para tapar huecos. Yo te quise, te habría querido, pero no. Apáñatelas tú sola, Inés. Me voy.

Inés le miró desolada.

Gracias por las flores.

Él era el único que sabía que prefería peonías, el helado de vainilla, que no soportaba los caramelos masticables ni el tinto de verano, que siempre contaba relámpagos.

Solo pedía un poco de dignidad.

Fuera, se despojó de la chaqueta, aflojó la camisa y aspiró el frescor de la noche madrileña, sintiendo cómo se le erizaba la piel. Fuera, fuera, pensó, a casa, a mis libros y mis croquis, donde Casilda me gruñe con cariño y el cocido humea.

Reinició su marcha por el bulevar, atrapado en los cables e hilos de su sueño, cuando le llamaron por detrás:

¡Don Ildefonso! ¡Espere!

Era Elena Ruiz, la delineante, con un saco enorme.

¿Usted aquí, Elena? preguntó él.

Sí, es que he visto a mi tía, le he traído manzanas del pueblo, ¿quiere? A mí me pesan muchísimo… se ruborizó Elena.

No hace falta, descanse. Déme el saco, llévameordenó él.

La chica le marcó el camino…

Al rato compartían té en la cocina de ella, con manzana asada y conversación suave: le habló de sus padres en Zamora, de un hermano guardia en Melilla, de cuando siendo niña huyó a buscarle y la policía la devolvió tras una odisea.

Ildefonso escuchó, olvidando la camisa, el olor del perro y a Inés.

Elena, ¿qué flores te gustan? Pero piénsalo bien…

¿Yo? Mi padre siempre me regalaba claveles por mi santo; ésas son mis favoritas.

Inés, mientras tanto, empujaba el carrito de su hijo por la lluvia sucia de marzo. Delante pitaban los coches, pasaba una comitiva nupcial, el novio parecía Ildefonso pero la novia era una vara seca.

El niño lloró. Inés soltó un taco de los gordos, miró la boda y suspiró recordando Barcelona. De repente lo entendió: ¡Esto es todo culpa de mamá! Asustó a Ildefonso, que ahora se las apañe.

Horas después, hacía la maleta.

¿Y el niño, Inés?se angustiaba doña Ramona.

Hazte cargo tú, mamá. Yo voy a arreglarme con mi exmarido. Si perdona, bien; si no, le lío un pleito. El niño, que se acuerde de mi foto en la paredrio sin ganas y colgó.

Doña Ramona crió a su nieto sola, sin ayuda de Maximiliano, el gerente del ultramarinos. Inés escribió algún mes pidiendo euros para sobrevivir. La vida siguió su curso, surrealista y circular.

Don Ildefonso, con Elena dormida a su lado, sonreía. Al torpe, al que nunca era suficiente, la vida le regalaba un hijo. Quizá una hija. Lo importante era la salud y que Elena no sufriera.

La arropó y apagó la luz.

Así era el amor de Ildefonso: sencillo y cálido como el sueño al que, por fin, llegaba.

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