La boda de Inés
Supe que él era especial en cuanto giré la cabeza y lo vi entre la multitud bajando del Cercanías en la pequeña estación de Las Encinas. Eran los típicos pasajeros de fin de semana: señoras con bolsas del mercado, obreros de la fábrica del turno de noche, una cría abrazada a su muñeca, su madre con una maleta a cuestas… Todos se dirigían a la salida, menos él. Se apartó, se detuvo, encendió un cigarrillo y, mientras exhalaba el humo pausadamente, miró en derredor rascándose el cuello con ese aire de quien no pertenece al campo, pero lo disfruta.
Se me encogió el corazón de pensar en lo cómodo que parecía sentirse, tan sencillo, con esa gorra antigua, deslucida, igualita a la que llevaba mi difunto Pedro…
¿A qué te quedas, Inés? Que los clientes están esperando, Inés me llamó Carmela, la dependienta del ultramarinos, dándome un golpecito en el hombro. ¡Anda ya!
Di un respingo. Al volverme, vi un grupo de niños contándose las monedas, los mayores empujándose para mirar las pastas y caramelos en los cestos de plástico del mostrador. Atendí a los clientes a toda prisa, pero no podía quitarle ojo al desconocido de la gorra. Él terminó el cigarro, se colocó el cinturón bajo la barriguita redondeada y tiró con su maleta hacia el pueblo. Fuerte, apuesto, con las piernas arqueadas, pero con unas manos grandes capaces de abrazar y ahogar cualquier pena, pensé yo, enrojeciendo por mis ideas tan atrevidas.
Carmela, siempre curiosa y descarada, sacó la cabeza por la ventanilla de la tienda. Ella era experta en flirtear con los forasteros: les lanzaba algún piropo, después los ignoraba al acabar la jornada.
¡Caballero! ¡Sí, usted! ¡El de la gorra! le gritó Carmela, a lo suyo mientras yo me moría de vergüenza.
Déjalo, Carmela, ¿qué haces? le susurré, incómoda.
Si te gusta, hay que intentarlo replicó ella, convencida.
Para Carmela, todos los hombres eran un espécimen: éste demasiado flaco, ése un tacaño, aquel otro imposible de mantener, pero este… “este te ha gustado, Inés, no lo niegues”, sentenció con una sonrisa. Asomó la nariz a la caja registradora, mientras soltaba cáscaras de pipas en su mano. Yo me escondía tras la cortina, negándolo todo.
No es verdad, no me ha gustado nadie repliqué, pero Carmela no me creyó.
Anda ya, se te iluminan los ojos y ese rubor te delata. Aprovecha, que la vida es corta y la suerte pasa una vez dijo empujándome a cambiarme el pañuelo y pintarme los labios con su carmín.
Entra el pasajero. Carmela se presenta: “Carmela, servidora”, le estrecha la mano y luego me señala: “Ella es Inés Segura”. Me sonríe; él responde con una voz grave: “Encantado, Ángel Gómez. Estoy por aquí de paso, asuntos de trabajo”, el clásico forastero. Mira la oferta local: una caja de mantecados, otra de yemas y la especialidad de Carmela, la pastilla de membrillo.
¡Llévese también esto, es regalo de la casa y de Inés, personalmente! le dice Carmela, entregándole un osito de chocolate envuelto en papel. Yo, roja como un tomate, deseaba desaparecer.
Sabe usted que Inés es la mujer más apañada del pueblo, cocina de maravilla, su casa es un museoseguía Carmela elogiándome sin piedad. Su jardín tiene un estanque hermoso, y hace unos pasteles que ni en Chinchón, ¿a que sí, Inés?
El forastero, incómodo, replica que prefiere comprar el pescado que pescarlo, pero revela que vivir en el campo es su sueño. Pregunta por la casa, y Carmela describe mi hogar: diez minutos desde la estación, con su fachada color arena y un gallo en el tejado.
Sin darme cuenta, Carmela me animó a salir tras él con una botella de agua fresca. “Ya verás como vuelve agradecido” me dijo, forzándome a salir corriendo calle arriba.
¡Disculpe, sólo quería ofrecerle agua! dije jadeando al alcanzarle. Es cortesía, hace mucho calor…
Él sonríe, me agradece el detalle, y pregunta el precio. “Es un regalo, por su llegada”, musité, armándome de valor para preguntarle dónde se alojaba.
En el hostal del pueblo, “Los Leones”. Le di las gracias, invitándolo a pasar si algún día deseaba un café. De regreso a la tienda, mis piernas temblaban, la cabeza me daba vueltas.
Jamás pensé que a esta edad pudiera enamorarme así comenté después a Carmela. Ella se rió a carcajadas, augurando que pronto vería a Ángel llamando a mi puerta.
Me aconsejó que me pusiera guapa, incluso me ofreció su vestido de seda verde: “Sólo tienes que pedirle a tu hija Laura que lo ajuste un poco de arriba”, guiñando un ojo.
Al llegar a casa, la fachada de piedra, el jardín perfumado, la ropa tendida al sol, el aroma a geranios en los balcones… Todo me pareció más mío que nunca. Saludé a mi madre, Rosario, quien nada más verme ya tenía mala cara: “Inés, ¿piensas vender la casa? No lo permitiré, lo juro por la Virgen”, exclamó golpeando el bastón. “Este es el hogar de tu padre, y aquí me pienso morir”.
Intenté tranquilizarla: nada de vender la casa, sólo había conocido a alguien, nada más. Pero ella insistía: “Ese hombre vino, se asomó a la valla, miraba como quien sabe de casas y tierras. El patio, el pozo, la nueva teja que te puso Mateo… Yo lo he visto todo, Inés. ¿Acaso te faltan euros? Para baratijas mejor vende las mías, pero la casa es de Laura, la nieta”.
Apenas acababa de sentarnos a cenar cuando entró Laura, mi hija, alegre con helados para todas. Rosario le hizo prometer solemnemente que jamás traicionaría la casa: “Nunca, abuela”, juró Laura sin saber de qué iba. Yo la miraba azorada, avergonzada por las sospechas de mi madre y mi propio desconcierto con Ángel.
Poco después, mientras recogíamos la cocina, apareció Ángel en la verja, con un ramo de flores silvestres.
¿Molesto? Disculpe dijo desde la calle.
Salí a su encuentro nerviosa. “Sólo quería mostrarle mi estima”, añadió, tendiéndome el ramo. Decidí invitarle a pasear para que conociese el pueblo. Fuimos por la plaza, la iglesia vieja, la pista de baile donde a veces toca la banda municipal.
¿Tiene usted una hija? A Laura le iría bien Madrid: museos, teatros, oportunidades… dijo él, preguntando por la capital.
Asentí, callada. Aquello era un sueño imposible. De pronto Ángel me miró a los ojos con dulzura. Tal vez iba a besarme, pero en ese momento apareció Mateo, el vecino, refunfuñón y celoso: “Inés, dice tu madre que hace falta pan”.
No le di importancia. Ángel me acompañó hasta casa y prometió volver al día siguiente.
Las tardes siguientes, durante una semana, salimos a pasear y hablar. Le enseñé los cerezos en flor, los valles sembrados de amapolas. “Podrías trabajar en televisión, tienes porte, voz Hay vida más allá del mostrador”, insistía él, con grandes sueños para Laura y para mí.
Rosario, mi madre, observaba todo desde la ventana, preocupada. Por las noches, cuando volvía a casa, al colarse en la cocina oscura me esperaba su voz: “¿Has enseñado todo el pueblo? ¿Te lo vas a llevar o te vas tú? ¡Dímelo, Inés!”
Yo gritaba que tenía derecho a rehacer mi vida, que no era vieja para enamorarme. Ella replicaba con resignación: “¿Vas a agarrarte a unos pantalones? Haz lo que quieras, pero no me traigas problemas”.
A los quince días, Ángel me propuso hablar formalmente con mi madre y con Laura. Acepté, medio asustada, medio ilusionada.
El día llegó. Rosario preparó una tacita de anís: “Hay que ver cómo bebe el pretendiente, a ver si aguanta y si es persona o se le suelta la lengua”, sentenció.
Preparé mi mejor mesa, mi mejor guiso: tortilla, chorizo, ensalada del huerto, pan casero. Carmela me ayudó con el vestido. Rosario, vestida seria, se sentó en la cabecera. Laura, con curiosidad, observaba.
Ángel llegó puntual. Se le veía incómodo. El ambiente tenso. Intentó romper el hielo, pero cada vez que hablaba, mi madre le respondía frío. Tras beber el anís, Rosario fue al grano: “Bueno, muchacho, ¿a qué has venido realmente?”
Ángel sacó unos papeles de la cartera. “Me he puesto de acuerdo con el ayuntamiento. Propongo un trato: ustedes me ceden la casa y el terreno y yo les doy mi habitación en Madrid”.
A mi madre se le oscureció el rostro. Tomó los papeles, se ajustó las gafas: “¿En una pensión? ¿En un sótano? Te crees que nos puedes engañar, chiquillo. Yo viví años en Madrid, no soy tonta. Quieres quedarte el caserón y nosotros pasamos a vivir en una celda”.
Yo salí corriendo al jardín, seguida por Laura. Dentro, Mateo, el vecino, prendió la mecha: “¡Fuera de aquí!”, y a Ángel no le quedó más remedio que marcharse, magullado por el golpe que Mateo le propinó y su orgullo herido.
Pasó el tiempo. Yo lloré mucho. Rosario consolaba a Mateo: “Al menos lo intentó. A ver si hoy tiene valor y se declara por fin”, murmuraba a la abuela.
Mateo, tímido pero constante, me cortejó con rosas de su patio, aún con tierra en las manos. Rosario bendijo nuestro noviazgo y, medio año después, dimos una boda de las de antes: alegre, cercana, a la castiza, en el salón del pueblo, con jotas, vino tinto, y la vida por delante. Carmela bailó, Laura hizo de madrina. Rosario, por fin, sonrió satisfecha.
Ves, Carmela, al menos aquí los tenemos a la vistasuspiró, brindando con anís.
Y así fue la boda de Inés, una verdadera boda española, como debe ser.







