Los más cercanos al corazón

Los más cercanos

Según el médico sentado tras la mesa, María Remedios Cifuentes tenía algo de sapo: grande, desbordada, con el cuello que parecía inflarse al respirar. A esa mujer le habían dicho ya mil veces que debía tratarse, que no iba por buen camino, pero ella solo negaba con la mano.

¿Qué operación, hombre? ¿Está usted loco? ¡Si tengo la parcela, las patatas, qué se pierdan, trabajo a rebosar, y usted con la operación! ¡Si caigo en sus manos estoy lista! ¿Y luego a quién dejo a Carmen? ¿Eh? ¿A quién se la dejo?

En ese momento solía aparecer Carmen, una niña fuerte y bien plantada, con dos trenzas, vestida con un vestido de lana o de algodón, según el tiempo, con unas botas un par de tallas más grandes o unos zapatos usados. Carmen se quedaba tranquila, mirando al suelo, y la Sapa la zarandeaba del hombro con su mano enorme.

¿A dónde? ¿A un internado? ¡Basta ya! ¡Ya lo han propuesto! No insista y guarde sus papeles. No voy a firmar nada, en esto no entiendo, y me viene usted ahora… ¡Vamos, Carmen, tenemos faena! ¡Hasta luego, don Matías, que no tenemos tiempo para usted! ¡Y no toques nada, que no es tuyo! La Sapa apartaba con una palmada la mano curiosa de Carmen, que se estiraba para tocar la figurilla que decoraba la mesa del médico, se levantaba haciendo crujir la madera del escritorio con su mano carnosa, parecida a un bloque de masa levada y uñas rojas.

El mueble crujía, podía ser el escritorio o tal vez las rodillas de la Sapa. Después la puerta sonaba de un portazo y el médico exhalaba hondo. Por algún motivo, todos temían a María Remedios. Tenía una presencia apabullante.

Remedios recorría el pasillo del hospital con paso firme y dueño, escudriñándolo todo. Carmen iba detrás, como un renacuajo siguiendo a su madre, sobándose la mano magullada, pero parecía no estar molesta. ¿Indiferencia? ¿Costumbre? ¿Piel gruesa? Era el secreto de Carmen.

¡A ver! Remedios se paró, frunciendo el ceño, se mordió el labio inferior dudando de si hacía bien, hasta que agarró la mano de la niña y susurró:

Venga, lleva esto a la doctora. Le dices que María Remedios le manda recuerdos, que agradece su interés, pero que no puede meterse en quirófano ahora. ¿Entendido? ¡Pues mueve las piernas, chiquilla! ¡Mira que me ha tocado una nieta de otro mundo! Igual corre como alma que lleva el diablo, igual se queda mirando al vacío, quién sabe en qué piensa.

Remedios meneó la cabeza, giró a Carmen hacia el pasillo y la empujó con un golpecito.

La niña caminó obediente hacia el despacho.

¡Llama a la puerta, cabeza hueca! le gritó la Sapa. ¡Vaya niña! ¿A quién habrá salido? Se te enseña de todo y es como gritar a una pared…

Remedios, refunfuñando, buscó un sitio donde sentarse. Al verla, los demás se apartaron sin rechistar.

Cuando estuvo segura de que Carmen había entrado al despacho, Remedios tragó saliva, se dejó caer en el banco forrado de hule, sacó un pañuelo y empezó a secarse la frente, perlada de sudor. Los labios le temblaban y el corazón le retumbaba el pecho, golpeándole las sienes con dolor.

Remedios, al fin y al cabo, no causaba rechazo a nadie.

Grande sí, en batas largas y piernas como columnas, pero nadie sentía asco por ella. Siempre olía bien, su ropa era limpia y planchada; los zapatos, viejos pero lustrados, los únicos que tenía para todo.

Tengo los pies malos aclaraba Remedios si alguien se fijaba con descaro en su calzado, poco apropiado para el calor de julio. ¿Y qué me pongo, si tengo los juanetes saltones? Si nací prematura, toda enferma, ¡ni un sitio sano! Pero… ¡luego a todos les enseñé lo que podía!

Remedios alzaba el puño, sacaba mandíbula, y presumía:

Bailé en un grupo de danzas, canté… ¡De todo hice! Los ojos, dicen, y la tiroides… A veces le venía la lástima por sí misma, sollozaba un poco, se limpiaba los ojos y enseguida reñía:

¡A ver si me entierran ya! Se empeñan en hurgar en mis males, ¡anda y ve a la Seguridad Social tú mismo! Yo no tengo tiempo de estar enferma. Está Carmen. Criarla es una cosa, contaba doblando los dedos embutidos educarla otra, casarla la tercera. ¿Y la operación esa? ¡Me río yo de la operación esa!

El médico, asombrado y un poco apabullado, callaba, y Remedios salía victoriosa.

Pero ahora no podía irse, esperaba a Carmen, que no salía del despacho.

¿Dónde está esa cría? ¡Carmen! ¡Vete a casa ya! rugió la voz de Remedios por el pasillo, haciendo saltar a la fila de pacientes y mirar asomada a una limpiadora con un caramelo en la boca.

¡No grite! ¡Esto es un hospital! le chistaron varios, pero callaron al toparse con su mirada.

Mientras, Carmen se movía de pie a pie ante la doctora, doña Elena Jiménez, que la miraba con ternura.

Esto, gracias por su interés. Es de parte de María Remedios Carmen tendió una caja de bombones. Pero, ahora no puede curarse. Hay que sacar las patatas, que si no, los vecinos se las llevan. Mañana iremos, y arreglaremos.

Doña Elena la miró con horror.

¿Tú? Tú tienes que dedicarte a estudiar, a leer libros, no a trabajar el campo. Dime, niña, ¿qué eres tú para María Remedios? ¿Quieres un bombón? A mí el dulce no me viene bien, pero tú seguro que sí. La doctora abrió la caja, pero Carmen negó con la cabeza.

No puede ser. Mi abuela se enfadaría aclaró la niña. Bueno, me voy. María Remedios es solo mi abuela, no hay más.

Espera. ¿Eres Carmen, verdad? Precioso nombre. ¿Y tu abuela se porta bien contigo? ¿No te pega? insistía Elena, siempre atenta.

¿Mi abuela? Bueno, a veces… El rostro de Carmen se ensombrecía, como recordando ocasiones. Pero siempre es por algo. ¿Sabe? Mi abuela es buenísima, solo que se preocupa de todo y se pone a gritar. Y lo de pegar, se lo he inventado. Escriba, doña Elena, lo que hay que hacer, un papel para el hospital o así… Usted es nueva, ¿no? Antes estaba don Luis, él sí que sabía tratar con mi abuela… No se preocupe, la abuela es dura, es su carácter… Carmen negó con la cabeza. Bueno, gracias por todo. Adiós, que me voy.

Carmen se fue y la doctora quedó pensativa, preguntándose cómo llegar a una persona así. Y si hacía falta. Al final, Remedios era dueña de sí, que afrontase sus males sola.

¿Pero qué has hecho tanto rato? ¿Te ha contado lo de la operación? saltó Remedios a por la nieta, agarrándola del hombro.

Si la doctora le llenaba la cabeza de ideas a Carmen, la niña no pararía hasta llevarla al hospital. ¡Una discípula de Marañón! Y ella, Remedios, iba a parecer el perro al que experimentaban. Cuánta dedicación…

No me ha contado nada. Solo preguntó cómo me tratas. Vámonos ya, anda, no te pongas nerviosa, que tenemos la colada por hacer Carmen guardó en el bolsillo el papel con las indicaciones, tomó el bolso de Remedios y se lo cruzó por el hombro.

¿Cómo que si te trato bien? ¡Venga hombre! Remedios salió tras ella enfadada, inflando cuello y mejillas, retumbando por el pasillo. Carmen, para, a ver, ¿qué le has dicho? ¡Devuélveme el bolso, bandidilla!

La alcanzó bajando y la giró de golpe, obligándola a mirarle a los ojos.

¿Qué le has dicho? Venga.

Nada importante. ¡Déjame en paz, no me tires de la lengua! Carmen apretó los labios. Pero, abuela, ¿a quién le importa? Ya está, ¡olvidado! Abrió la puerta pesada de la consulta. Cuidado con los escalones. Qué pena que don Luis ya esté jubilado

La corpulenta Remedios bajó las escaleras, ceñuda y de ojos grises deslavados bajo un mísero moño, caminando hacia la parada. No faltaba más que esperar media hora el tranvía porque una médica le viera mala madre.

¡Eso sí! Cuando hay que ayudar, nadie viene, pero meterse en tu vida

Remedios iba indignada todo el camino a casa. Por la tarde, ya más tranquila, canturreaban acurrucadas en el sofá Ay, riachuelito que corres…, con lágrimas en los ojos de Remedios y suspiros de la nieta. Así era la vida de Remedios, como río: nunca vuelve atrás. Y a su lado, el arroyito de Carmen, ganando fuerza, burbujeando entre piedras. Hay que ayudarle, protegerle, ¿pero le quedarán fuerzas a Remedios?

Remedios pasó mala noche, pensó en su salud, maldijo su mala suerte. Pero cuando Carmen termine octavo…

Salieron a cavar patatas de madrugada, antes de que los domingueros invadiesen la estación.

¡Venga, Carmen, rápido, que aquí no se para! gritaba desde la cocina Remedios, sin importarle molestar a los vecinos dormidos. ¡Sin desayuno!

Remedios dio un portazo.

¡Jo abuela! ¡Ya voy! ¡Estaba trenzándome el pelo! chillaba Carmen desde algún cuarto.

¡No dejan dormir estos locos! ¡Y a la niña sin comer! Verás, Remedios, verás. Mi paciencia tiene límite asomó la cabeza María Luisa, con rulos, y carraspeó el pasillo. ¡Ya basta de abusar! ¡Mi cuarto será mío. Ya lo verás!

Cerró la puerta. Remedios sonrió.

Los perros ladran, la caravana pasa, María Luisa. Y cuando quieras mis patatas, ni te acerques.

Carmen, abrazada a sí misma, oía todo tras la pared. Daba miedo… pero con la abuela nada asusta, es una roca.

María Luisa casi se atragantó.

¡Fuera de mi cuarto, vieja usurpadora! ¡Hoy mismo voy a la comunidad, lo verás! ¡Juro que esta habitación será mía! Patatas ni tocarlas. ¡Sapa!

Dando tirones, María Luisa manoteaba la puerta. Pero un traspiés y podía quebrarse la cadera…

Ladra cuanto quieras. Que bastante hiciste con tu hijo. No te tengo miedo, María Luisa Remedios escupió en la puerta y sacando mandíbula, se puso el pañuelo. Pronto, en el tren, pasarían los males.

¡Carmen! ¡Vamos, que te lleven los diablos! gritó Remedios, poniéndose el abrigo.

Ya en el tren, Remedios pensaba.

¿Y si de verdad va a la comunidad? ¡Que ahora hay nuevo presidente! Nos podrían quitar la habitación, Carmen. ¿Duermes? ¡Despierta, niña! ¡Aquí lo que se juega es el futuro! le dio un toque en la rodilla.

Carmen, acurrucada entre el costado de la abuela y la ventana, abrió los ojos.

Por la ventanilla corrían los campos, el sol despuntaba entre nieblas sobre el Tajuña, un perro ladraba a una vaca; la vaca miraba el sol, y Carmen también.

¿Estás mala? se alarmó Remedios. ¿Te piensas poner enferma? ¿A quién va a cargar con los sacos? ¡A ver la frente!

Carmen le tendió la frente a la mano áspera, que olía a pan y patatas fritas.

¿Por qué? No lo sabía, pero recordaba ese olor y suspiraba.

No, estoy bien. ¿Y tú? ¡Ah, ya veo! ¿Tienes hambre? Remedios sonrió. Cuando hay que dormir eres la primera, pero cuando hay que prepararse la merienda para el viaje, te escurres. ¡Espera!

Remedios sacó bocadillos del bolso de la compra.

Toma, come. No cogí leche, esa María Luisa me distrajo. Anda, come niña, que luego hay trabajo…

¡Vaya manera de comer! comentó al vecindario con risas Remedios. ¡Que engorde el cuello, todavía!

Ella se apoyó en Carmen, buscó posición y se durmió en un parpadeo. Carmen no tardó en hacer lo mismo.

A Remedios le soñó el despacho de servicios sociales, tapices rojos, cortinas pesadas, una mesa con tapete verde, sillas de nogal, gente reunida para decidir el futuro de Carmen, pequeña, cinco años apenas, escondida tras Remedios, temblorosa. Remedios siente la manita sudando en la suya.

No llores, anda, no llores le dice Remedios, y encara a la mesa. Deciden si María Remedios Cifuentes, huérfana y sola, puede quedarse con la hija de la vecina, Carmen, cuya madre desapareció y lleva un año sin aparecer. Remedios ruega, con el mentón tembloroso.

¡No es pariente! Por la ley… dice el presidente.

¿Y el corazón qué? ¿No está mejor aquí, en su casa, con alguien que la cuida? ¡Por favor! suplica Remedios, cuenta cómo a Carmen le gusta su sopa y cómo son felices juntas.

Cuidar es para un perro, pero esto es una niña. Hacen falta papeles. No. Lo siento, no.

Remedios y Carmen lloran.

Al final, nadie fue a juicio. Remedios encontró razones, dinero, y le dieron el papel de tutela provisional. Su pequeña gran victoria.

Remedios despertó agotada cuando el tren paraba en Alcalá.

¡Qué buena patata ha salido! se alegró Remedios como si volviera a los años duros del hambre y el orfanato, cuando cosechar era todo un premio.

Remedios sacudió la cabeza; nada de recordar, había que trabajar.

¡Carmen! Así no se cava, vas a agujerearlas. Déjame, quita, haz tú el ramaje.

¡Mira, otra vez Remedios con la recogida de su cría! chismorreaban los vecinos.

Que trabaje, para ella es decía otro.

Remedios es lista, ¡qué negocio ha conseguido! comentaba un anciano. ¿Adoptas, Carmen? guiñó a la chica vecina.

¡Anda ya! le replicó ella, riendo. Remedios le va a salir caro. La juventud de hoy sale rebelde.

El día avanzaba, el rocío brillaba y el sol borraba la neblina.

Remedios sacaba las patatas, restregándoles la tierra, llenando los sacos.

¿Cuántos van, Carmen? Dos para nosotros, uno para María Luisa, por si acaso. Los otros, a vender. Siéntate, estate quieta. ¡Ay, por Dios, me has roto el saco! ¡Qué torpe eres, niña! se quejaba Remedios, en busca de sitio en el vagón.

Algunos pasajeros miraron a la Sapa con recelo y a Carmen con compasión.

¡Mírala cómo la manda! ¡Que le ponga una col también en la espalda! susurró una a su amiga, con un ramito de asters.

Con una así, cualquiera llora. Se ve que la cría está atontada, seguro que la pega… replicó otra con gesto indignado.

Carmen, cansada y somnolienta, indiferente a lo que decían, se dejó caer al banco, puso el saco bajo los pies y se dejó llevar.

¿Estás cansada? Pues duerme, que nos queda trecho murmuró Remedios, estirando las piernas hinchadas.

A las tres estaciones, Remedios empezó a jadear, deslizándose por el banco.

¡Abuela, ¿qué te pasa?! Carmen, asustada, la sacudió, pero no respondía…

¿Usted qué es de la señora? ¿Tiene papeles suyos? preguntó por enésima vez el joven médico, bajando la mascarilla.

Es mi abuela… ¿Papeles? En casa. No lo sé…

Está mal.

¿Cómo te llamas, Carmen? ¿Quieres té? Tengo un bollo…

No quiero, tengo que entregar las patatas a María Luisa o nos denuncia. Hacedle una inyección a mi abuela y nos vamos. ¡No soporta el hospital! Carmen se levantó nerviosa.

No puedo dejaros ir. María Remedios debe quedarse, es el corazón. ¿Alguien puede venir a por ti?

¿Cuánto tiempo estará? insistió Carmen.

Una semana. Tiene el corazón mal… la enfermera puso una mano en el hombro del doctor. Yo soy Teresa. Tu abuela duerme, ven a comer algo.

Carmen dudó.

Vale… pero no tengo dinero, se lo traigo luego.

¡Déjate de tonterías! Yo doy de comer a los niños gratis, anda.

Teresa abrió la puerta vieja con cristales y Carmen, suspirando, la siguió.

Durmió en la sala de enfermería y por la mañana desayunó gachas.

Tu abuela ya ha despertado. Está llamando a gritos, pregunta por las patatas. Ve a verla le animó Teresa.

Ahora voy. Gracias, estaba muy bueno. Luego limpio los platos. ¿Dónde está?

En la diez. No le hagas caso si gruñe, solo es por la enfermedad Teresa la miraba con infinita lástima.

¿Dónde estabas? ¿¡Me has dejado sola?! ¿Las patatas?! ¡Cierra el jersey, niña, que se ve todo! ¡Carmen, si se pierde la cosecha, te las verás conmigo! Tenemos que dar el saco a María Luisa, lo entiendes, ¿no? ¡Contesta, boba! Desastre, lo que eres.

¡Estará usted loca! ¿A una niña así? ¡Eso no es labor de una criatura! Tiene que intervenir el director. ¡Llame al jefe ahora mismo! protestaron las demás pacientes.

No está, ha ido al Centro, a pedir una reforma explicó una limpiadora.

Esperaremos, y se lo contaremos zanjó una señora.

¿Abuela, quieres comer? susurró Carmen al oído de Remedios, que aceptó con un gesto.

¿Así me das? Límpiame, que gotea por la barbilla. ¡Carmen, ni de enfermera sirves! No eches más, aún no he tragado. ¿Quién ha hecho esta crema, que parece engrudo? Remedios gruñía por todo.

¡Ya basta! gritó cuando Carmen volcó el té en la colcha. ¡Vete! ¡Gracias por darme de comer! ¡Ahora busca las patatas, desastre!

Carmen fue a lavar el plato.

¡Sapa, asquerosa! ¡Cómo se puede tratar así a una niña! susurró Teresa mientras vigilaba a Carmen.

De pronto, la niña lanzó los hombros atrás y apoyó las manos en las caderas.

No hablen así de mi abuela. Es lo más querido que tengo en el mundo, ¿lo entienden? ¡No se atrevan a hablar mal de ella! ¡Juzgan sin saber!

¿Y en qué es tan buena? ¿En hacerte cargar patatas o en azotarte? Teresa cruzó los brazos. ¿Querida, dices?

Carmen sonrió.

Mi abuela tiene miedo a ser débil, porque si le pasa algo me mandan al orfanato. No soy su nieta de sangre. No tengo padre y mi madre… se fue cuando tenía cinco años.

¿Se fue?

Sí. Se fue, simplemente, con su maleta. Vinieron a por mí al día siguiente, para llevarme al internado, pero mi abuela me salvó. ¿Cómo? No sé. Tocó muchas puertas, vendió todo lo que tenía, pero consiguió que pudiera quedarme y me dio casa. Desde entonces, para que la vecina no reclame nuestra habitación, le damos productos del campo. Da igual cómo me hable. Ella lo hace por mí. Sí, es brusca, y eso no gusta. Está cansada. Y… porque también fue huérfana, criada en orfanato. Ustedes no la conocen. Y yo la quiero. Cuando tenía siete años y empecé el cole, aún pensaba que mi madre volvería, porque sacaba sobresalientes. La esperé en Nochevieja, la abuela me había cosido un abrigo de piel blanca y botas de fieltro, soñaba… Mi madre no vino y lloramos juntas toda la noche. No sé por qué me abandonó, pero si me faltara mi abuela ahora… No podría soportarlo. ¡No es una sapa! Es la mejor persona del mundo. Si no saben, no hablen.

La voz de Carmen tembló y se abrazó a sí misma. No quería llorar, la abuela siempre se enfadaba por eso, pero no pudo evitarlo.

Teresa murmuró una disculpa, secándose las lágrimas.

Carmen era extraña. Muy niña, muy adulta. Sabía perdonar y mirar más allá.

A los cinco días, Remedios fue dada de alta. El doctor mismo las llevó, la enfermera Teresa preparó bizcochos para Carmen.

No hace falta, de verdad dijo la niña mirando a la abuela.

Sí hace. Cuida de tu abuela, dale té y descansad. Anota mi número, si necesitas algo, llámame. Remedios Teresa se dirigió a la mujer. Cuídese. Gracias por cuidar de Carmen. Es usted toda corazón.

Remedios miró a la nieta, se mordió los labios.

¿Has hablado de más? ¿Nos llevan en coche ahora? ¿Qué has contado, Carmen? ¡Vaya lengua la tuya!

Pero de pronto, Remedios se acercó a Teresa y la abrazó.

No es nada, de verdad. ¿Qué mérito hay en acoger a una niña? Solo hay que llegar a verlas crecer, no irse antes…

Remedios subió al coche, cerró los ojos. Ya pensaba en los sacos que quedaban en el cobertizo, en lo que haría María Luisa, en qué dar de cenar a Carmen, y si comprarle los patines… Los venden baratos, y Carmen los quiere de patinadora.

¿Vas bien, abuela? le preguntó Carmen tocándole el hombro.

Remedios nunca estaba callada.

¡Anda! Me has hecho perder el hilo. ¿En qué estaba yo? suspiró. Carmen… añadió, y la besó en la frente. Todo bien, solo pensaba… ¡Y deja de llorar, me vas a mojar entera! ¡Eres imposible, mi niña preferida! ¡Ay Señor, cómo me ha tocado todo esto!

Y Remedios siguió hablando. Carmen, viéndola volver a ser la de siempre, se tranquilizó. Mientras estén juntas, nada asusta. Y los bizcochos olían a frambuesa, y fuera desfilaban los campos y las casitas, y el sueño llegaba…

Carmen se acomodó al lado de la abuela, cerró los ojos y durmió. Remedios sonrió: es bonito que te quieran, que te necesiten, ser la única. Qué suerte tuvo de “luchar” por Carmen, sacar los papeles, no rendirse. Quedan aún muchas preocupaciones, pero por Carmen luchará lo que haga falta. Y a la doctora habrá que ir a verla. Sin falta.

Hoy, escribiendo esto, entiendo que donde hay cariño de verdad, hasta las palabras más duras resbalan. No hace falta la sangre para ser familia; los lazos se forjan a base de abrazos, sacrificios y risas. Eso he aprendido de ellas. Eso intento recordar cada día.

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