Ganar el perdón

Gonzalo se caló la boina hasta las cejas y, protegiéndose del viento con las manos, avanzó con las piernas flexionadas hacia lo que, en su imaginación, era su casa. Pero nunca llegó.

En un instante supo, con la extrañeza de los sueños, que estaba perdido. Miró alrededor con desconcierto, incapaz de reconocer las calles de su propio barrio.

*****

Sus padres preparaban bolsas de tela para ir a comprar a la tienda del barrio. La abuela, sentada junto a la ventana, tejía unos calcetines de lana mientras el televisor, grande como una luna menguante, llenaba el piso con ecos de un concierto de Nochevieja.

Gonzalo, frunciendo el ceño, miraba el patio bañado por la nieve y…

…veía cómo los chicos jugaban al fútbol.

Tal vez a alguien le parecería absurdo, pero a los chicos eso no les frenaba. Corriendo entre montículos de nieve, patinando con las botas gruesas, se las ingeniaban para impulsarse detrás de un balón descascarillado, entre los breves silencios que dejaban los adultos en la cocina con sus faenas “de mayores”.

¡Solo los cobardes no juegan al fútbol en invierno!, se decían.

¡Gooool! gritó con júbilo Javi, del portal tres, cuando el balón pasó rozando a un muñeco de nieve apostado como portero entre dos plataneros.

Gonzalo aporreó el alféizar con frustración. Si estuviera yo en la portería…

Pero no estaba allí. Él era prisionero del cristal, en su propia habitación, mientras en el patio faltaban efectivos.

Así que los chicos, resueltos, habían sustituido al portero desaparecido por ese muñeco. Mejor eso que nada, pensó Gonzalo, aunque para él seguía siendo un portero nefasto.

¿De qué sirve que ese hombre de nieve estire sus ramas torcidas si ni atrapa ni desvía el balón?, suspiraba. De vez en cuando, el balde de plástico en la cabeza del muñeco amortiguaba los disparos más certeros, pero no siempre: el marcador ya iba 8 a 3.

No van a remontar… Sin mí, imposible. ¡Tengo que hacer algo!

Abrió la puerta, cruzó el salón y llegó al recibidor.

Mamá, ¿puedo bajar un rato al patio?

Estás castigado… ¿A qué viene eso ahora?

Mamá, de verdad, ya lo he pensado y prometo no volver a tirarle del pelo a Martina.

La razón de su castigo había sido Martina, hija de los Cordero, con su aire de fortaleza inexpugnable que no parecía verle. Gonzalo le había escrito versos, garabateado corazones en el cuaderno y dejado chocolates en la mochila. Nada funcionaba.

Ella ni le miraba. O peor: cuando cruzaban las miradas, Martina torcía el gesto y huía la vista. ¡Como un castillo inexpugnable!, mascullaba.

Gonzalo buscó en internet cómo conquistar una fortaleza, hallando consejos insólitos sobre asedios y asaltos. Pero ni con asaltos ni con bloqueos logró que Martina se derritiera.

Frustrado, durante el recreo tiró de su trenza con rabia. Ella chilló, lloró y sus amigas la rodearon. El, apretando en el puño la goma naranja que le había arrancado, sonrió sin saber por qué. Al menos, por fin, Martina le prestaba atención, ¡aunque fuera mala!

Pero la tutora no compartió su alegría. Llamó a sus padres y ellos decretaron: durante todas las vacaciones de Navidad, nada de ordenador ni patio, solo lecciones interminables sobre el bien y el mal.

¡Un campo de concentración!, protestaba él. ¡Si estamos en el siglo XXI!

Aun así, nunca perdió la esperanza de conseguir el indulto.

Mamá, por favor… insistió con la vieja táctica del suplicio.

Mamá permanecía callada.

Venga, mujer, por el espíritu de la fiesta… abogó su padre. Además, parece sincero, ¿verdad?

Sí, lo reconozco afirmó Gonzalo.

Al final, su madre cedió.

Pero solo un ratito. Al volver del mercado, te quiero aquí.

¡Vale, mamá! ¡Gracias!

Salieron juntos del portal y, al doblar la esquina, se separaron: sus padres hacia la tienda, él hacia el patio.

Soltó el abrigo, apartó al muñeco de nieve y se plantó bajo el improvisado larguero. El equipo, revitalizado con la vuelta del portero genuino, gritó ¡Ala, a por ellos! lanzándose al ataque bajo la nevada, acusando el incesante viento.

Gonzalo atrapaba cada balón. Su equipo empató y luego remontó. Uno arriba, poco, pero victoria al fin.

En ese momento, apareció un diminuto gato pelirrojo. Primero quiso atrapar a los chicos; luego, cansado, trepó hasta Gonzalo, lloriqueando para llamar su atención.

¿Y tú qué quieres? le espetó, fastidiado. Movió los pies y amenazó con asustarle, pero el minino no se arredró. Se restregó suave.

Mientras, Javi se acercaba a la portería, tropezando con la nieve, decidido.

Y entonces…

¡Gooool! gritó Javi, eufórico.

Gonzalo, petrificado entre los plataneros, maldecía al gato por haberle distraído.

¡Por tu culpa ha sido! ¡Largo!

El animal lo miró triste y se fue despacio, perdiéndose de vista. Gonzalo ya no lo buscó: solo seguía el vaivén del balón.

¡Ahora marco! prometió Javi. Falló de un resbalón ante la portería.

¡Eh, chavales! ¿Pero qué hacéis? gritó doña Teresita, que esquivó el balón por poco. ¿Queréis matarme de un susto?

Perdone, doña Teresita, ¿puede pasarnos el balón?

¡Hay que ver, no paráis! rezongó. Sin embargo, pateó la pelota, que rebotó contra un árbol y se deslizó hacia la calle, para ser aplastada bajo un coche con un estruendo humillante.

Bueno, se acabó… suspiró Gonzalo.

Acordaron que la contienda seguiría otro día, cuando los padres de Javi comprasen un nuevo balón. Cada cual se fue a su casa en busca de radiadores y tazas de chocolate.

Gonzalo recogió su abrigo y al alzarlo sintió un temblor: dentro de la manga encontró al dichoso gato pelirrojo, encogido.

¿Tú qué haces ahí?

Miau… respondió triste, tiritando.

Ni lo sueñes, yo no…

Gonzalo lo sacudió al frío, se enfundó la prenda y marchó hacia el portal.

El gato quedó allí, en medio de la nieve, con los ojos llenos de reproche. Incluso levantó una patita, como pidiendo ayuda.

De pronto el viento sopló con furia, colándosele en las orejas. Los copos, gordos, iban en diagonal, cegándole y arañándole las mejillas.

Gonzalo se abotonó a toda prisa, bajó la boina, dobló las piernas y echó a andar contra el vendaval. Hasta que, con lógica de sueño, se descubrió perdido en el propio patio. Avergonzado, giraba la cabeza, incapaz de hallar el camino.

No pares, no pares, se murmuraba, a punto de romper a llorar. Le aterrorizaba oír los maullidos lastimeros del pequeño gato entre los aullidos del viento.

Al final, tropezó con un árbol o eso creyó y se abrazó a él para no salir volando. Gritó:

¡Mamá! ¡Papá! ¡Socorrooo!

Gonzalo, ¿qué haces abrazando una farola? preguntó su madre detrás de él.

Se volvió atónito. Del cielo caían copos, pero ya no azotaba el vendaval, ni el silbido gélido laceraba sus oídos.

¿Por qué abrazas el farol? rió su padre.

Todavía desconcertado, contestó:

No sé… Me nació hacerlo.

Venga, a casa ya, que tienes la nariz más roja que un tomate ordenó la madre.

Y así, obedeciendo, enfiló el portal. Pero detrás, bajo el alero, vio al gato pelirrojo mirándole de reojo, como la profesora de matemáticas cuando le pilla sin hacer los deberes.

Entonces entendió lo del búmeran. Había herido al gato y, en sueños, su suerte le daba la espalda. La abuela se lo había advertido…

Al llegar a casa, se desvistió rápido y corrió al salón donde la abuela seguía tejiendo, hipnotizada por el concierto.

Abu, ¿te acuerdas de que dijiste que no se puede dañar a los gatos pequeños?

Claro, Gonzalito. Si haces eso, el búmeran te alcanza al momento: quien hace llorar a un gato, ahuyenta su propia fortuna.

¿Y si ya lo has hecho? ¿Qué haces entonces?

La abuela dejó las agujas y le miró con gravedad.

Si lo has hecho, debes reparar tu falta, cueste lo que cueste. Y cuanto antes, mejor.

¿Cueste lo que cueste?

Sí, Gonzalo. Hay que ganarse el perdón. Si no, lo pasarás mal.

¿Cómo… cómo se hace eso? preguntó, agobiado. Pero la abuela solo respondió:

Escucha a tu corazón, nieto. Él lo sabe.

Cogió las agujas y siguió tejiendo mientras el chico buscaba respuestas en internet.

¿Qué hacer si has dañado a un gatito?, tecleó en su móvil, leyendo los foros:

Reza…

Ya la has fastidiado, prepárate para lo peor…

Pide perdón.

Cómprale algo de chorizo.

¡Cambia de nombre!

Ni DNI tenía, ni dinero para chorizo y, arrodillarse a rezar, tampoco le convencía. Pedir perdón… ¿por qué no?

Sigiloso, se vistió y salió sin que la madre se enterara.

Corrió a la calle, buscó al gato por todas partes: la esquina, el patio, el contenedor… nada. Al fin, recordó las palabras de su abuela, se palpó el pecho “pum pum pum”, e intuición lo llevó a la pista donde habían jugado. Allí estaba el minino, encogido y tembloroso.

Eh, pequeño, ¿te acuerdas de mí? Perdóname, porfa. No fue justo lo que hice. El fútbol no es excusa… da igual. Simplemente, no guardes rencor, ¿vale?

Miau… contestó el animal.

¿Me perdonas? ¿Ahora ya no perderé la suerte?

Miau… repitió el gato.

Gonzalo se levantó, sacudió sus pantalones y esbozó la primera sonrisa sincera del día. Resulta que pedir perdón era fácil.

Se apresuró hacia casa, pero, a medio camino, se detuvo. ¿Y si le dejo aquí toda la noche? Miró su ventana, luego al gato. ¿Y mamá?

Arriesgaba el encierro definitivo estas Navidades, pero pensó: ¡Que le den! Mejor salvo un gato.

Regresó, se quitó la chaqueta, envolvió al minino y, sosteniéndolo contra el pecho como un botín de oro y polvorones, fue directo a casa.

¡Eh, Gutiérrez! ¡Espera!

Se volteó: era Martina.

¡Tú no…! susurró. Imaginó la mofa en clase si le veían con el animal. Pero luego pensó: Que cuenten lo que quieran. Que vean a quién prefiero.

¿Qué quieres? murmuró, hostil.

Te vi desde mi ventana. Todos ya en casa y tú corriendo como un loco. ¿Qué haces sin abrigo?

No hace frío…

¿En serio? El termómetro marca -4 grados. Te vas a resfriar.

Me da igual. Estas vacaciones tocará encierro igual.

Ella se acercó tanto que sintió su aliento cálido en la cara.

¿Qué llevas ahí? ¿Un gatito?

Sí…

¡Déjame verlo!

Esperaba una burla, pero Martina sonrió de veras.

¡Qué monada! Pobrecillo, está tiritando.

Por eso lo llevo a casa. Lo cuidaré.

¿Puedo ayudarte? Me sé todos los trucos: en casa tengo uno igual.

¿En serio?

Mi madre me compró un libro para cuidarlo, te lo explico mientras subimos.

Gonzalo, desconcertado, accedió. No sabía si le sorprendía más que Martina amara a los gatos o que quisiese acompañarle a casa.

Cuando la madre abrió la puerta y vio a ambos Gonzalo sin chaqueta y Martina en el umbral casi se desmaya, imaginando el siguiente lío.

Pero, al aclarar que venía de visita y a ayudar, la madre reaccionó:

Pasa, Martina, siéntate. Os preparo un chocolate y unos polvorones.

Mamá, pero… venimos los tres. He traído un gato. Estaba helado.

La madre le miró boquiabierta.

Cuidaré de él, y Martina me enseñará cómo. Ella sabe.

En otras circunstancias, habría costado convencerla, pero, pensando que al menos la paz volvía entre las familias…

Está bien, déjalo quedarse. Tal vez el gato logre hacerte mejor persona sonrió, camino de la cocina.

El padre entró después, dándole un apretón de manos.

Eres un fenómeno, Gonzalo.

Y, finalmente, la abuela trajo una mantita tejida especialmente para el nuevo huésped. Al partir, le susurró al oído:

Has hecho lo correcto, hijo. Ahora, ya verás, la suerte vuelve contigo.

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Ganar el perdón
El gato la miraba en silencio. Tras suspirar y armarse de valor, Anita se inclinó hacia él, con la esperanza de que las mangas de su cazadora de cuero protegieran sus manos de las garras del esponjoso polizón… Terminaba el turno, y Ana fue hacia el fondo del autobús, inspeccionando meticulosamente bajo cada asiento. Para ella, el autobús era como su propio hogar, y en casa de Ana siempre reinaba la limpieza. Quizá porque no había nadie que la ensuciara. – Ana, hija, ya va siendo hora de que te busques un novio –le decían las tías supervisoras–. Vas camino de los treinta y sigues sola. Y además, ¡menudo oficio llevas! Este trabajo ni los hombres lo aguantan… ¡menuda gente viaja en bus a veces! – A mí me toca gente maja, –replicaba Ana–. Y a mí mi trabajo me encanta. Un hombre… no es un gato ni un perro, ¡no se trae a casa porque sí! Las tías se miraban entre sí. Sabían que con un hombre había más jaleo que con cualquier mascota con rabo. – Entonces busca un gato, –aconsejaban–. ¡Por lo menos así no estás tan sola! Ana suspiraba: – De momento, no me viene ningún gato, –contestaba benévola, y se marchaba a casa, ponía música, preparaba la cena y luego leía antes de acostarse… Los días se parecían como dos gotas de agua. No le gustaban los fines de semana: le sobraba tiempo libre. Entonces se montaba en el autobús, pero sentada como pasajera. Le gustaba la sensación de que alguien la llevaba a una vida feliz y bonita… Aquel día no era distinto de cualquier otro. Al terminar su turno, fue a repasar el autobús y a dejarlo limpio. Cuando miró bajo el último asiento, al principio hasta retrocedió del susto. ¡Dos ojazos brillantes la miraban! – Oye, ¿quién eres tú? ¡Mishi-mishi! ¿Cómo has acabado ahí? –Anita se agachó–. ¿Te has perdido, pequeño? El gato la miró en silencio. Con un suspiro y algo de ánimo, Anita se inclinó hacia él, esperando que las mangas de cuero salvaran sus manos de las uñas del peludo intruso. El gato se dejó sacar de debajo del asiento y Ana pudo verlo mejor. Era maravilloso. No entendía mucho de razas, pero la forma de la cara y la melena delataban un persa. Llevaba un collar con medalla. – Merlín –leyó Anita, girando la medalla–. ¿Será posible? ¿El Gran Mago y Hechicero? El gato bostezó, sin negar tal posibilidad. – ¿Y qué hago contigo, Su Majestad Mágica? –decidió tratarlo con respeto–. ¿Dónde buscamos a tus dueños? El gato la miró y volvió a bostezar, como diciendo: “¿Y yo qué sé? Por cierto, no me vendría mal cenar y algo de sueño…” Ana entendió que solo tenía una opción. Bueno, dos, pero ¿qué tipo de persona abandona a un polizón peludo en la calle? – Así que vas a pasar la noche conmigo, y mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que alguien te busca, ¿vale? El gato no protestó. Pero cuando Ana se fue hacia la puerta, él se le escurrió y volvió debajo del asiento trasero. Salió de nuevo, trayendo algo en los dientes. – ¿Qué tienes ahí? –preguntó Ana, inclinándose. El gato soltó un billete de lotería en su mano. – ¡Menuda cosa! –Ana examinó el hallazgo–. ¿Tu dueño perdió el billete y a ti de golpe? El gato la miró y bostezó de nuevo. Como diciendo: “¿No vamos a casa ya?” Ana se apresuró, dándole vueltas a si debía o no poner lo del billete en el anuncio. ¿Y si alguien quería timarla diciendo ser el dueño solo por el billete? ¡Había que ser más astuta! Pero mientras, mejor comprar algo extra para su invitado. – ¿Qué te apetece? –preguntó en la tienda, mirando confundida las estanterías de comida de gato. Merlín inspeccionó los sobres y se inclinó hacia uno, haciendo que Ana se acercara. – ¿Seguro que es ese? –confirmó. Merlín atrapó el sobre con los dientes, disipando toda duda. – ¡Eres listísimo! –lo elogió Ana. Merlín emitió un maullido que parecía decir: “¡Eso ya lo sé!” Compró algo para ella también y regresó a casa… – ¡Ponte cómodo! –dijo, dejando al gato en el suelo. Merlín inspeccionó el piso. Ana fue a la cocina. Sin cuencos de gato tuvo que improvisar un par de platillos. Cuando Merlín terminó, Ana lo fotografió y preparó un anuncio. En él no mencionó ni el nombre ni el billete. Imprimiendo el cartel, se lo enseñó a Merlín. – ¡Mira qué guapo sales! –lo alabó–. Mañana lo cuelgo en el bus. ¡A ver si aparece tu dueño! ¡Ay! Se quedó paralizada recordando que al día siguiente trabajaba y no tenía dónde dejar al gato… ¿Llevarlo? Mala idea: perdería de vista la carretera y distraída, sería un peligro para los pasajeros. ¿Dejarlo solo? ¡El gato ya había tenido suficiente estrés! Entonces pensó en Carles, su vecino del rellano. Él trabajaba desde casa; no necesitaba oficina ni volante. Solo su portátil e Internet. A veces coincidían en la escalera. Era alto, algo desgarbado y con gafas. Se saludaban y seguían sus caminos. Pero Carles era perfecto para cuidar del gato. Armándose de valor, Ana llamó a su puerta. Carles apareció, despeinado, en zapatillas y con pantalones de estar por casa. La miró sorprendido. Le explicó la situación y, aunque intentó sonar persuasiva, a él no le hizo falta mucho. Asintió en silencio y recogió la llave. Durante un instante, a Ana le molestó que apenas le hubiera prestado atención. Suspiró, volvió a su piso y llamó: – ¡Mishi, Merlín! ¿Dónde andas? El gato estaba junto al balcón, exigiendo salir. Tras dudar un segundo, y confiando en que un gato inteligente no saltaría desde un octavo piso, Ana abrió y salieron juntos. Merlín se subió ágilmente a la barandilla. Ana corrió a sujetarlo. El gato la miró con altivez, luego giró la cabeza hacia lo alto. Ana, acariciándolo, también miró arriba… y vio las estrellas. El cielo las observaba con mil ojos brillantes. Una estrella fugaz surcó el firmamento como una lágrima. El gato se rozó contra su mano, como diciendo: “¡Corre, pide un deseo!” Ana lo pidió… Se durmió nada más tumbarse, sin película ni libro. Quizá porque al lado le arrullaba un gato llamado Merlín… Por la mañana, tras dar las instrucciones a Carles, Ana fue a trabajar. Todo el día fue leyendo la ciudad con el anuncio en el autobús, pero nadie preguntó por el felino encontrado. Le daba cierta vergüenza… y también alegría. Voló a casa, donde la aguardaban… El piso olía a café. Del bueno. Ella solo tomaba soluble, así que la diferencia saltaba enseguida, o más bien, a la nariz. – He hecho algo de orden aquí –confesó Carles–. Sin ofender, pero tu café es horrible. He traído y preparado del mío. ¿Quieres? – ¡Claro! –aceptó Ana–. ¿Y Merlín? El gato apareció en el pasillo, radiante. Considerando, se rozó por la pierna de Ana en señal de máxima simpatía. – Tu Merlín está en forma, –Carles se agachó para acariciarlo–. ¿Sabes? Hacía tiempo que no desconectaba así. Pensaba trabajar, pero puse el portátil y no me apetecía… Recordé que antes escribía cuentos. Y de repente, los dedos empezaron a teclear solos, —encogió los hombros—. He escrito un cuento de gatos. — ¿Me lo enseñas? —se interesó Ana. – ¡Bah, tonterías! –protestó Carles, aunque deseaba enseñarla—. ¿De verdad te hace ilusión? — ¡Por supuesto! Me chiflan los cuentos. Bueno, fantasía, que es casi igual –recalcó Ana. Carles cedió, naturalmente. Después tomaron café y leyeron el cuento, mientras Merlín los miraba con aires de abuelo paciente, como a dos gatos traviesos. El cuento le encantó a Ana. Cuando Carles se fue, se sintió un poco sola. Solo un poco, pues tenía al gato. Y entonces sonó el timbre. Merlín se irguió y caminó con gracia hacia la puerta. Ana preguntó: – ¿Quién es? – Vengo por el anuncio –respondieron del otro lado, y Ana se quedó helada. Su primera idea fue no abrir, pero no era justo; abrió. Ante ella estaba un anciano alto y delgado, con capa negra. Sonreía: – Tranquila, muchacha. De verdad, vengo por el gato. Y para que lo sepas, se llama Merlín. Aquí le tienes. El gato saltó directo a sus brazos, despejando toda duda. – Pase, por favor, –dijo Ana flojito. Sentía como ganas de llorar. ¡Cómo puede una encariñarse tanto con un gato en solo un día! El anciano entró, olió y sonrió. Ana juraría que intercambió una mirada con el gato. – ¿Tiene café? –le pidió. Preparó uno gracias a la reserva que Carles dejó en su frasco bonito. Todo el tiempo, el anciano y el gato se miraban, como en un coloquio mudo. – Ah, por cierto –rompió el silencio el anciano–. ¿No ha encontrado algo más? Ana se sonrojó y le entregó el billete de lotería. Pero él apartó su mano: — Eso es para usted, –sonrió él. — Pero, ¡ese billete es suyo! –protestó Ana. — Pero lo ha encontrado usted, y Merlín no se queja, –el anciano seguía sonriendo. — Y si es premiado… –balbuceó Ana. – ¿Se va usted a negar a la posibilidad de volverse un pelín más feliz? –replicó el anciano. Ana bajó los ojos. ¡Justo eso había pedido al ver la estrella fugaz! – Dése usted esa oportunidad, señorita, –la animó el anciano–. No esté triste. Seguro que nos volveremos a ver. Cuando usted regrese… ¿Regresar de dónde?, quiso preguntar Ana, pero el anciano ya se marchaba, cerrando la puerta con esmero. La llave giró sola en la cerradura, y Ana se sintió caer rendida… soñó con el cuento que inventó Carles. Sobre un poderoso mago que toda su vida solo pensó en sí. Sus hechizos no hicieron feliz a nadie y como castigo lo transformaron en gato. Y vagar por el mundo así le tocaría… hasta que la magia se disolviera… Por la mañana volvió a trabajar, pero todo brillaba: el sol, los pasajeros, el autobús. Comprobó el billete de lotería y no se sorprendió cuando ganó un viaje al mar. Más le asombró que su jefe le diera días libres: – Tómatelo con calma, Ana. Ya tocaba. Los chicos te cubren, no te preocupes. Y llegó el mar, las estrellas y una sensación de completa renovación. Al volver a casa, traía conchas y el mar dentro de sí. Al abrir la puerta, Carles salió al rellano. Alto, algo desgarbado, despeinado. – Vinieron a verte ayer —comentó—. Me dejaron un recado… —se quedó mirándola—. Estás diferente. Y muy guapa. — Gracias –sonrió Ana–. ¿Y qué recado era? Carles se dio una palmada en la frente y entró. Volvió con un gatito persa gris, de expresión reconocible. Bueno, todos los persas tienen ese deje altivo. — Es el hijo de tu gato… Bueno, del gato que encontraste en el autobús. Se llama Arturo. El anciano dijo que él y Merlín solo podían confiarte su educación a ti, —aquí se trabó—. Bueno, en realidad… a los dos. — ¿Cómo? —Ana notó su corazón desbocado. – Dijo que solo pueden confiar en nosotros para cuidar de Arturo –confesó Carles. – ¡Miau! –corroboró el pequeño Arturo, abalanzándose a su dueña. Ella tendió la mano y encontró otra: la de Carles. Y en el mundo hubo un poquito más de bondad, calidez y simple felicidad…