La tía del mercadillo

La tía del mercado

Recuerdo a Valentín saliendo el último de la taberna de la plaza del mercado. Tras un vaso de orujo en mitad del frío, apenas si se estremeció; sólo se abrochó su raído abrigo negro y, con paso tranquilo, se dirigió a casa desde la plaza de abastos.

No era tanto que a esos bares fuese por el beber, sino por ver y dejarse ver. Vivir solo se le hacía cuesta arriba, y los sábados tenía siempre el mismo ritual: primero las verduras y después el café, o el vino, o tal vez la cerveza, ya que el sitio valía igual para taberna que para tasca. Aquella tarde, no halló conversación, y así regresaba, con el alma algo más vacía.

A su esposa la enterró hacía tres inviernos, y su única hija vivía lejos, tan lejos, que apenas llamaba. Valentín llevaba ya años en soledad.

Al quedar viudo vendió el huerto y las gallinas a los vecinos, y para qué tener animales, decía, si el mercado está al lado. Solo con la carpintería seguía en su cobertizo, y más en invierno, ya en casa, caliente por lo poco que podía. Nadie le regañaba ya por las virutas por el suelo, y los huesos le crujían de noche, cosas de la edad.

Pocas veces vendió lo que fabricabano se tenía por artesano; era más distracción, para las manos inquietas.

Aquella tarde, al regresar, vio junto a unos setos una caja robusta de pino recién cortado. Miró a un lado y a otro; habría sido desechada, como tantas cajas con verduras por el mercado. Se la colgó bajo el brazo y continuó el camino.

¡Oye, desgraciado, devuelve eso!

Le ofendió el grito. Al girarse, vio una mujer mayor, desaliñada, con un mandil gris sobre la cazadora, un pañuelo de lana y botas de goma. Salía de un pequeño puesto de hierro en la misma calle.

Que sueltes la caja, viejo cabrón, ¿es que eres tonto?

Colérico, aunque no era hombre de responder a malas maneras, tal vez por el orujo, dio un par de pasos para atrás y, en lugar de devolverla, tiró la caja a sus pies.

¡Ahí la tienes!

La caja cayó de lado. Ella la recogió murmurando entre juramentos. Valentín ya ni escuchaba lo que ella vociferaba. Esas mujeres de mercado siempre lo exasperaban, tan mandonas, tan bruscas, creyéndose dueñas del lugar. El año anterior le cayó encima una vecina de ese corte: primero vino a tomar algo, quejarse de la vida, y luego empezó a pasar demasiado, imponiendo su ley en casa.

Pero ¿qué quieres, Luz? le preguntó un día, harto.

¿Qué va a ser? Ya lo entiendes, Valentín. No estamos tan mayores, ¿no? ¿Para qué andar cada uno solo?

Ya, ya lo pillo. Pero…

Pero nada, escúchame. Nos vamos juntos a mi casa, no sales perdiendo, no te preocupes. Mi piso es mucho mejor, tengo buena despensa, me gusta cocinar. El tuyo lo vendemos; nos vendrá bien el dinero para instalarnos.

¿Venderlo?

¿Para qué tener dos pisos? Mejor venirte tú y lo tienes todo hecho, con calefacción, con empanadas…

Y a mí ¿piensas preguntarme?

Ya lo estoy haciendo. Es lo lógico. ¿Qué quieres tú, hombre? Mi sótano es de cemento, no como el tuyo…

Ella argumentaba su futuro común, presentando todas las ventajas ya decididas y planificadas. Pero a Valentín todo aquello le iba haciendo cada vez menos feliz, hasta que, finalmente, la despidió. Ahora Luz ni le saludaba, y él ya se había acostumbrado a su soledad. Echaba de menos a su mujer, dulce y nada conflictiva, cuya muerte fue tan silenciosa como su vida. Sostuvo su mano en el hospital y, al quedarse dormido, al despertar, ya estaba fría.

Todo esto cruzó por su mente en segundos mientras andaba.

Y entonces, tras unos pasos, oyó un crujido de madera y un grito de mujer. Al dar la vuelta, vio a la tía del mercado caída en la nieve, agitando las manos, rodeada de tablas de la caja rota. Se había sentado sobre ella y cedió. Forcejeaba inútilmente por levantarse entre la nieve resbaladiza y la ropa de abrigo que la entorpecía.

Valentín corrió a ayudarla. ¿Cómo no iba a hacerlo? Le tendió la mano, ella, con gesto hosco y derrotado, la aceptó, y tuvo que levantarla de las axilas.

Apenas en pie, el aire de víctima se le borró y retomó la bronca. Evidentemente, él tenía la culpa de la caída:

¡Serás cabrón! ¡Maldito seas! ¡Has roto mi caja, borracho! ¡Que te…!

Ella mascullaba insultos, se frotaba el costado magullado, maldecía por la pérdida de la caja, decía que siempre había aguantado su peso, y que él la había destrozado. Renqueando, se dirigió a su puesto, arrastrando los tablones, furiosa y dolida.

Él la miraba marchar, sintiendo ira y… compasión.

A la mañana siguiente, como siempre, contempló el día desde el portal, cubriéndose los ojos. Así predecía mejor el tiempo que cualquier parte meteorológico.

En una hora ya estaba en el cobertizo, vistiéndose su chaleco de lana, alisando una tabla larga con el cepillo, acariaciándola con mimo, embriagado del olor a madera. Hizo patas dobles, fuertes, para asegurar la firmeza.

Al cabo de dos días, con un banco barnizado bajo el brazo, acudió al mercado.

El puesto de la tía era un barracón pequeño. Vendía empanadas grasientas, agua embotellada, cigarrillos, pipas, y mil chucherías. Encima de la ventanilla, un letrero presuntuoso: “Aquí hay de todo”.

Él miró los productos y sacó unas monedas de euros.

Me pones esa tableta de chocolate.

Ella, al reconocerle, le devolvió el dinero con desdén.

¡No se vende!

¿Cómo que no? Si está ahí.

No le vendo a cabrones apartaba la mirada y fruncía el labio inferior.

Bah Valentín, estos días se había ilusionado tanto con la idea de sorprenderle que olvidó por completo su carácter rudo. Ni falta que hace a uno, iba a dártela yo…

Sí, como si me fiara. Fuiste y rompiste la caja, ¿no? ¡Desgraciado!

¿Y quién más la rompe? Nadie más que yo.

¡Claro! Y yo que sólo quiero sentarme y descansar un poco, vosotros los machotes me amargáis el día. ¡Sois todos iguales!

Él se asomó a mirar dentro del puesto. Buscaba ver qué usaba ahora para sentarse. Vio una banqueta coja con una grieta en el medio. No era un buen lugar para pasar largas horas.

¿Qué miras tanto? ¡Lárgate! Ya te lo he dicho, aquí no te vendo nada.

¡Ni lo quiero! gruñó al fin. Y toma, el banco, para que lo uses.

¿El banco? se asomó al comprobar que él lo sostenía.

¡Sí, el banco! rodeó el puesto y tiró de la puerta, que resultó estar cerrada.

¡Te las verás conmigo, que llamo a seguridad! Esta vez su voz sonaba menos enfadada.

Él regresó a la ventanilla y alzó el asiento ante ella.

Si no lo quieres, lo rompo ahora mismo advirtió, sorprendido incluso de su propio impulso. Lo rompo y punto.

¡Ay, Virgen! ¿Eso es para mí?

Para ti.

Ella apareció desde la esquina. Observó el banco, incrédula, meneando la cabeza como una chiquilla a la que nunca nadie le regaló nada; se recogió torpemente el pelo bajo el pañuelo y, de pronto, se puso colorada.

Pero, que es para mí… ¿Y tú no lo necesitas?

Si me hace falta hago otro. Es para ti fue brusco y dejó el banco en el suelo antes de marchar.

¿Lo has hecho tú solo…? Espera… ¡Te vendo el chocolate si quieres! gritó, con la voz súbitamente cambiada, insegura.

¡Quédatelo tú! dijo apenas mirando atrás, y se perdió calle abajo.

Mientras andaba, se reprochaba, la llamaba necia, le irritaba su terquedad, pero al recordar ese gesto torpe al colocarse el pelo, la miró con otros ojos. No era tan vieja, simplemente tenía sobrepeso.

Aquella tarde se animó, y se puso a limpiar un poco la casa. No llegó a mucho, pero al menos barrió las virutas y tiró lo podrido del frigorífico.

Después, cansado, pensó en ella. ¿Estaría casada? Casi seguro que no. Una mujer que gruñe así debe tener mucha soledad. Las casadas no se amargan tanto, pensó, y menos estarían todo el día tras el mostrador de un chiringuito congelado. Sería ya pensionista si tuviera quien la cuide.

A la mañana siguiente empezó a preparar una silla especial, con el asiento ajustable. Jamás antes fabricó una igual; necesitó piezas y acabó recorriendo el mercado en su búsqueda.

Evitó su puesto a propósito, y ni supo explicarse por qué: tal vez por no tener aún el regalo listo, tal vez por vergüenza. Aquellos días ni comía a gusto, y ni siquiera fue a la taberna del sábado.

Una vez sí pasó por su puesto, de refilón. La oyó discutir con un cliente y, por cómo terminaron, se notaba que se peleaba con todos.

***

Valentín tardó dos semanas más en ver terminada la silla. Llegó al puesto algo nervioso, temiendo que ella lo despachara. Para justificar la entrega ensayó discursos: que sobraba en casa, que era un encargo fallido, cualquier excusa. Mientras lijaba, no paraba de preguntarse: ¿por qué tanto esmero en esta silla? ¿Por la tía? No era precisamente hermosa y, en realidad, eso ya no importaba. Pero su manera de mirar al caerse, tan indefensa, le dejó huella.

Al acercarse al puesto, oyó una voz diferente, con acento extranjero. Se asomó cauteloso y la vendedora era otra: una mujer redondeada, de ojos rasgados.

¿Qué desea? Empanadillas frescas.

Deme… dos… aunque el estómago no le iba bien, cogió dos por puro aturdimiento.

Llévese más, están muy ricas…

No, eso basta. Oiga, la señora mayor que solía estar aquí…

Ah, doña Teodora. Si quiere algo, vuelva el lunes de la semana que viene.

No, nada rezongó Valentín, indeciso. ¿Regalar la silla ahora? En realidad la hicieron para el mostrador. Pero por alguna razón solo quería dársela a Teodora.

¿Cuándo vuelve?

El veintidós. Cambiamos cada dos semanas. Si quiere dejarle algo…

En ese momento entró una panadera, preguntando a la dependienta por la tía Teodora, para devolverle dinero aparentemente, porque le había ayudado con un préstamo en un apuro para operar al marido. Coincidieron ambas en que, en el fondo, la tía era generosa pero desafortunada.

El resto de la semana, Valentín no se reconocía limpiando las ventanas a fondo, ni removiendo las macetas secas. Desde joven, nunca tocó esas cosas: primero vivió con suegra, después con su mujer y su hija. Siempre hubo mujeres ocupadas de la casa; él, solo de arreglar lo roto.

Ahora, en el silencio de la casa, rememoraba los días lejanos con su esposa, la fábrica textil, su trabajo de mecánico, y la costurera que fue su mujer, cosiendo visillos y cortinas para su hogar. Vivieron bien, lo normal, ni ricos ni pobres. Nunca pensó quedar solo.

En el silencio de la noche, se revolvía en la cama, rascándose el cuero cabelludo y rememorando su vida. Todo el pasado parecía ahora borroso, como si no le perteneciera.

¿Sería eso todo? ¿Acaso su atracción por la tía del mercado era una última llamada a la aventura, a algo distinto antes del final?

Se respondía que no era eso. Pero entonces, ¿qué era?

Pensaba en ella, solo en ella.

***

El lunes madrugó, se afeitó a conciencia y llevó la silla al mercado. Ella estaba ocupada, revisando la mercancía.

Espere un momento dijo sin mirarle. Luego, al alzar la vista. ¿Sí?

Buenos días sonrió él, no podía evitarlo. ¿Ya lista?

Lista, sí. ¿Qué quieres? No tengo tiempo.

Yo… sacó la silla medio desmontada.

¿Qué es eso? frunció el ceño.

Una silla. Para ti, en vez del taburete destartalado.

Él miró hacia dentro, y ya no vio la banqueta, sino una silla vienesa con un cojín encima.

¿Y la otra?

Ella siguió su mirada, tensa.

¿Y para qué la quieres tú la banqueta?

Nada, pensaba… Bueno…

¿Vas a comprar algo o no? lo cortó bruscamente.

No suspiró. Las empanadillas aún le sentaban mal, de tantas cenas a base de pan duro en los últimos días.

Ella le dio la espalda y continuó con su inventario. Él entendió que todo había sido en vano. Quizá se había engañado pensando que le hacía falta.

Se fue a la taberna con la silla, pero sin ganas de nada. Los parroquianos eran desconocidos, y no le apetecía regalar su obra a las jóvenes risueñas de la cocina. Se sentó, fumó, observando al gentío pasar por la plaza.

Finalmente, aburrido, se caló la boina y marchó hacia casa. Iba perdido en sus pensamientos, mirando el charco de nieve sucia bajo las botas, cuando una voz lo detuvo.

Eh, tú.

Alzó la mirada. Allí estaba ella, sentada donde antes la caja, medio oculta entre arbustos, las piernas estiradas bajo las botas de goma, sobre su banco. Se acercó.

¿De verdad has hecho tú la silla? preguntó, resignada y hasta algo serena.

Claro montó la silla ante sus ojos. Mira, puedes ajustar la altura demostró y se sentó junto a ella.

¡Madre mía, qué manos tienes! Todo un artista. Tu familia debería estar orgullosa.

No tanto. Las alacenas siempre pendientes… pero ya no merece la pena, total, ¿para quién? Mi mujer murió, la hija se fue.

¿Solo?

Solo confesó.

No esperaba ya nada, ni ilusión alguna. Era un necio por albergar esperanzas. Solo quería descansar.

Ella comenzó a hablar:

Me mantengo trabajando sólo por no pudrirme en casa. Mi vida fue cuesta arriba y luego cuesta abajo. El marido se me fue joven, me dejó con un hijo. Fui buena madre, lo intenté. Quería darle lo que podía: comida, abrigo, una casa grande; pero en el fondo, algo traía ya torcido de familia.

Con una voz cansada, sin mirarlo, relató la tragedia de su hijo. De niño, crio males: hizo barbaridades, robó, terminó en el correccional, en prisión, después vino peor: de matón, de matón a verdugo del mercado, enredado con la gente peligrosa. Tras una paliza brutal, ella vendió la casa de la calle Mayor, después de rendirse ante la violencia. Lo poco que sacó fue para procurarse una humilde vivienda y aún el hijo venía a molestarla.

Le enviaba paquetes a la cárcel, hasta que, años después, murió allí de una neumonía.

Bueno, ya debo irme. Se me ha acabado el descanso dijo, incorporándose con dificultad. ¿Y la silla?

Para que la uséis en el puesto. Ya no tendréis que sufrir en ese taburete.

Pues la acepto. ¿Cuánto es? ¿Te debo algo?

Nada, nada. Es un regalo.

Vale, la probaré con Dalia dijo, avergonzada, como quien hace mucho no recibe nada de nadie.

¿Y hasta qué hora curráis?

Iban ya camino del puesto.

Hasta las seis. ¿Por?

Vivo a dos calles. Si quieres, te acompaño y tomamos un café.

Ella se detuvo, sorprendida.

Bueno… si quieres respondió, pero su gesto se ensombreció y, al volver al trabajo, ya ni lo miró.

A las seis menos cuarto, Valentín ya merodeaba por la plaza. Cuando la vio cerrar, intentó ayudar con la bolsa, pero lo rechazó.

No, mira, no voy. Estoy cansada. Y la silla, si la quieres, te la llevas. Es rara para mí, no me acostumbro.

Y se alejó, lenta entre la gente. No iba ya en botas, sino en zapatillas de fieltro, el abrigo oscuro de siempre, el pañuelo de lana, la andadura fatigada.

Él contempló su figura alejándose hasta que desapareció.

Nunca se volvió a mirar atrás.

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